12 #2
Es como estar dentro del corazón del estadio… latiendo al ritmo de la guerra que está a punto de empezar.
Ya tengo las botas puestas. La camiseta con el número 8 me abraza el torso como una segunda piel.
Miro a mi alrededor.
Chase está revisando sus guantes, sentado con la cabeza agachada. Nate se golpea los muslos con los puños, concentrado, en su mundo. Otros pasean de un lado a otro, estirando los brazos, calentando el cuello, murmurando oraciones, mantras, rituales.
Todos tienen esa expresión.
La que solo se ve justo antes de una batalla.
Me levanto.
Cojo mi casco.
Y me acerco al centro del vestuario, donde todos pueden verme.
—Eh, Titans. —Mi voz resuena entre las taquillas metálicas—.
Hoy no es solo el primer partido de la temporada.
Hoy también es la primera oportunidad de mostrarle a todo el país quienes somos.
De demostrar que este equipo no es solo un nombre en una tabla.
Es familia. Algunos asienten. Otros se giran del todo para prestarme atención.
Siento cómo crece la electricidad. Cómo sube la tensión al notar que estamos al borde de algo grande—.
He jugado con muchos de vosotros desde hace años.
Y a los que son nuevos, les digo una cosa: aquí dentro nadie juega solo.
Nos cubrimos las espaldas. Nos dejamos el alma.
Y salimos ahí fuera a hacerles entender que a los Seattles Titans no se les jode.
—¡Vamos, joder! —grita uno de los linieros, encendido.
Yo sonrío. Y por dentro, pienso en ella.
En cómo me ha cambiado. En cómo me ha hecho sentir más completo, más fuerte.
—Salimos ahí —digo, más bajo ahora—. Y jugamos con todo lo que tenemos. Por nosotros. Por nuestra gente. Por lo que hemos perdido. Y por lo que no estamos dispuestos a perder.
Nos juntamos.
Hombro con hombro.
Manos entrelazadas.
Un solo grito.
Un solo equipo.
—¡ T itans !
Y entonces el túnel se abre. Las luces nos ciegan. Los gritos nos arrastran. Y el campo nos espera.
Hoy empezamos.
Y ahí fuera, pienso darlo todo.
El rugido del estadio es ensordecedor.
Todos estamos en modo automático. Cada fibra de mi cuerpo sabe qué hacer. Cada paso sobre el césped me recuerda que este es mi lugar.
El corazón late rápido, pero no de nervios: de hambre.
Alzo la vista hacia la grada. Ahí está. Gia.
De pie, con una gorra de los Titans, los ojos brillando, los brazos levantados junto a Savannah, que agita una pancarta improvisada con mi número.
Se están dejando la voz. Y eso… me prende.
No hay forma de que hoy falle.
Primer cuarto.
Recibo el primer pase. Lo atrapo. Gano quince yardas. Los cascos chocan. Las pisadas truenan.
El juego es violento, pero hermoso. Como un ballet agresivo y coreografiado.
Chase me lanza otra bomba. La atrapo al vuelo, girando en el aire como si todo fuera a cámara lenta.
Caigo sobre el césped, con los brazos bien cerrados en torno al balón.
—¡Vamos, Titans! —grito cuando me levanto, y los míos chocan sus cascos conmigo.
Me vuelvo hacia el banquillo, pero mis ojos vuelan de nuevo hacia la grada. Ella me está mirando. Sonríe y me lanza un beso.
Y me juro a mí mismo que ese beso lo voy a convertir en puntos.
Segundo cuarto.
Las defensas del equipo rival aprietan.
Me bloquean duro. Me tiran una vez y me dejan sin aire por un segundo.
Pero me levanto. Siempre me levanto. Tengo a Gia en la cabeza.
Su risa. Su olor por las mañanas. Su voz cuando me llama idiota entre risas.
Chase asiente.
Sabe que voy a correr esa ruta aunque me partan en dos.
Y lo hago. Me libero. Giro. Salto entre dos defensas.
Y atrapo el balón justo dentro de la zona de anotación.
Touchdown .
El estadio estalla.
Yo me giro hacia la grada, levanto los brazos… y busco sus ojos.
Gia se abraza con Savannah, saltan como locas. Y ese momento vale más que cualquier copa.
Descanso.
Volvemos al vestuario jadeando, empapados en sudor.
El marcador está ajustado, pero vamos ganando por poco. El entrenador suelta su charla y todos lo escuchamos. Pero yo… solo pienso en volver a salir.
A terminar esto. Por mi equipo. Por ella.
Tercer cuarto.
Empiezan a atacarnos fuerte. Nos empatan. El ambiente se tensa.
Mis músculos arden. Me duelen las costillas, pero no me detengo.
Cada vez que cruzo la línea de golpeo, cada vez que encaro a un defensa, me repito que no puedo fallarles.
Gia está ahí. Y no solo quiero impresionarla. También quiero merecerla.
Último cuarto.
Quedan dos minutos.
Estamos a cuatro puntos por debajo. Necesitamos anotar. Es ahora o nunca.
En la reunión, Chase se centra en mí.
—¿Estás listo para hacer historia?
—Siempre —le respondo.
Jugamos la última jugada.
Una ruta larga y peligrosa.
El balón vuela. El tiempo se detiene.
Yo salto. Estiro los brazos y lo atrapo.
Un defensa me golpea al instante, pero ya he cruzado la línea.
Touchdown . Otra vez.
Caigo. El aire se me escapa. Pero el estadio explota de alegría.
Hemos ganado.
La grada es un delirio de aplausos, gritos, bengalas.
Mis compañeros corren hacia mí, saltan encima, me rodean, me zarandean como locos.
Chase me abraza fuerte y grita.
—¡Joder, tío! ¡Eres una bestia!
Estamos todos desbordados de adrenalina. Nos abrazamos, gritamos y nos empapamos de sudor y euforia.
Y mientras el resto del equipo levanta los brazos hacia las cámaras, yo los dejo atrás.
Y lo primero que hago es buscarla.
Gia está llorando, riéndose, temblando de emoción.
Me está esperando con la gorra ladeada, las manos juntas contra su pecho.
Cuando llego a ella, no digo nada.
Simplemente la tomo de la cintura, la alzo sin esfuerzo y la beso.
La beso como si no existiera nada más.
Ni las cámaras. Ni el equipo. Ni el puto mundo entero.
Solo nosotros.
Cuando la bajo, ella se ríe entre lágrimas.
—Has estado increíble —me dice, y yo asiento, jadeando aún, con el corazón desbocado.
El equipo comienza a acercarse, se sacan fotos, se tiran al césped. Hay confeti. Cánticos.
Pero yo solo pienso en ella.
Me paso una mano por el rostro, intentando procesarlo todo.
Y entonces, sin pensar, lo digo.
—No sé si he nacido para este deporte, pero sé que nací para sentir esto.
Para jugar como si ella me mirara siempre.
Y para ganar… solo si es con ella al final del partido.