La última apuesta 12
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Hay algo raro en mí últimamente.

Lo noto en los silencios, en la forma en la que la busco con la mirada cuando no está cerca, en cómo el simple hecho de saber que está bien me calma. Es una sensación nueva, y muy intensa. Y me asusta más que cualquier defensa rival con intención de partirme en dos.

Esa chica se ha colado en mi mundo de forma tan inesperada que ni siquiera sé cómo he acabado aquí, en este punto. Pero aquí estoy. Jodidamente metido. Jodidamente atrapado. Y sí, jodidamente feliz también.

La conversación que tuvimos en el coche después del trabajo me dejó dándole vueltas a la cabeza toda la noche. Ella, tan segura, tan valiente, diciéndome que conmigo no tiene miedo, que se siente bien, como si pudiera confiarme su vida, su historia, su corazón.

Y yo…

Yo no fui capaz de decirle la verdad.

Tuve la oportunidad. La tuve ahí, en bandeja, en el instante perfecto. Pero no pude. Algo dentro de mí me gritó que, si se lo decía, si le contaba cómo empezó todo esto, la perdería. Y no puedo. Ahora no, cuando por fin siento que tengo algo real.

Por primera vez en mi vida, tengo miedo de perder a alguien.

No por orgullo ni por posesión: por amor.

Sí. Lo admito para mí mismo aunque no tenga cojones de decírselo todavía: creo que estoy enamorado de Gia Clarke.

Y no tengo ni puta idea de qué hacer con eso.

He intentado convencerme de que tengo que contarle lo de la apuesta. Que es lo correcto. Que ella merece saberlo. Pero luego la veo sonreírme, como lo hizo aquella mañana mientras se recolocaba el vestido, o cuando me mandó un sticker idiota, y siento que, si abro la boca, lo echaré todo a perder.

Y no quiero estropear esto. No puedo.

Además, sé que no es justificación, pero no cogí el dinero de la apuesta. Nate me lo ofreció y yo lo rechacé. Porque ya no se trataba de eso. Ya no. Nunca lo fue, si soy sincero conmigo mismo.

Gia es más que una apuesta. Más que un reto. Gia me está cambiando.

Así que me repito que lo mejor es pasar página. Fingir que no ha ocurrido. Enterrarlo. Porque, al fin y al cabo, esto que estamos construyendo es real. Lo siento en los huesos, en el pecho, en cada latido de mi corazón.

Y sí, puede que esté construyéndolo sobre un error… Pero, por ella, estoy dispuesto a hacerlo todo bien a partir de ahora.

Ha pasado ya una semana desde que, sin decirlo con todas las letras, Gia y yo somos algo. No hubo una etiqueta, no hubo una conversación formal. Solo pasó. Natural, inevitable. Y, joder, está siendo la mejor semana de mi vida.

Entre los entrenamientos, las entrevistas y las reuniones por el arranque de la temporada, tengo la cabeza a mil.

Pero entonces ella aparece —con esa forma suya de mirarme— y todo se me calma.

Su voz tiene un interruptor para bajarme las revoluciones, cada noche a su lado es la pausa que nunca supe que necesitaba.

La rutina con ella me tiene sonriendo como un idiota.

Despertar con su cuerpo pegado al mío.

Ducharme a toda prisa para no llegar tarde, solo para acabar volviendo a la cama a besarla cinco minutos más.

Mandarnos mensajes durante el día.

Comer juntos cuando se puede. Y las noches…, las noches deberían de ser eternas. Nunca son suficientes.

A veces estamos en su sofá viendo una peli mala que ella ha elegido. Otras veces terminamos besándonos como si el mundo se fuera a acabar. Y otras simplemente me quedo contemplándola mientras duerme y Cronos se sube a mis piernas porque ya somos como colegas de toda la vida.

Ese gato me ha adoptado.

Lo juro.

Ahora se me tira encima y me hace creer que soy su humano favorito y me muerde cuando dejo de rascarle.

Gia dice que eso es amor gatuno. Yo digo que me está adiestrando. Y me encanta.

Durante la semana hemos hecho una vida bastante tranquila, la prensa no ha podido pillar casi nada porque nuestras citas han sido entre las paredes de nuestras casas.

Y tampoco es porque queramos escondernos —a nadie le queda duda de que estamos juntos—, sino porque lo que tenemos es nuestro. Íntimo. Real.

Uno de esos días Gia me preparó una cena.

Yo llegué destrozado. Había sido uno de esos días que no terminan nunca, con todo encima y mil cosas que no salieron bien. Me juré que pasaría solo a su casa a verla un rato, a besarla un poco y que iba a largarme para poder dormir algo.

Pero abrí la puerta y me encontré con velas encendidas, música suave de fondo y ella… con una camiseta mía enorme, y nada más.

Había cocinado —algo con pasta, champiñones y un queso con el que aún sueño— y supe que me estaba cuidando sin decírmelo. Me senté a la mesa, ella sirvió las copas y hablamos de cualquier tontería mientras yo intentaba no derretirme de lo jodidamente bien que me hacía sentir.

Fue una de las pocas veces en las que no quise sexo.

Solo quise quedarme mirándola.

Solo quise estar ahí.

Como agradecimiento, yo le preparé a los dos días una cita en la playa.

Quería hacer algo diferente. Algo nuestro.

Así que cogí todo lo necesario —mantas, algo de picoteo, vino frío…— y la llevé a una cala casi escondida que encontré hace unos meses en un entrenamiento cerca de la costa.

No había nadie más. Solo nosotros, el cielo tiñéndose de naranja, y el mar rompiendo con calma.

Gia se quitó los zapatos y metió los pies en el agua.

Se echó a reír cuando una ola la mojó entera. Y yo no pude evitar contemplarla como un idiota.

Estaba tan hermosa. Tan libre. Tan mía.

Nos tumbamos en la arena, tapados con una manta. Le acaricié el pelo mientras hablábamos de cosas sin peso, de tonterías, de sueños, o de teorías del universo.

Y entonces me besó. Despacio, como si no tuviera prisa. Como si besarme fuese su forma de respirar.

La tumbé con cuidado, entre la manta y la arena.

Le subí el vestido, y ella se arqueó contra mí sin decir nada.

Solo sus gemidos suaves, sus uñas en mi espalda, su boca abierta buscando más.

Hicimos el amor ahí, con el sonido de las olas de fondo.

Lento. Con calma. Con esa intensidad que solo se da cuando ya no es solo deseo, sino algo más profundo. Algo que te rompe por dentro de lo bonito que es.

Y después, la tenía en mis brazos con la brisa enfriándonos la piel, y supe que ya no podía volver atrás.

Que ya no quería que nada de esto cambiase. Nada.

Estoy enamorado de ella.

Completamente. Y sin remedio.

La pienso cuidar.

La pienso proteger de todo. Incluso de mí mismo, si fuese necesario.

Y ahora estoy aquí.

Con sus dedos entrelazados con los míos.

Frente al estadio, el lugar donde empezó todo.

Mi pecho sube y baja con un ritmo distinto al de siempre. No es solo cosquilleo previo al primer partido de la temporada, también es algo distinto. Algo más visceral. Como si el corazón me pesara el doble, pero no de miedo…, de significado.

Es ella. Es tenerla aquí conmigo. Mirándome con esos ojos oscuros que me dicen sin palabras que cree en mí más de lo que yo mismo lo hago a veces.

Gia me aprieta la mano. Sonríe. Y todo mi mundo se calma. Aunque el estadio vibre, aunque la afición ruja al otro lado de esas puertas, aunque sepa que en minutos todo va a estallar…, ella consigue que el ruido se disuelva.

Gia lleva mi sudadera de los Titans y esa coleta alta que me hace pensar en todo lo que no debería estar pensando antes de un partido.

Hemos tenido una pretemporada intensa, con dobles sesiones, repeticiones infinitas, videos analizando las jugadas hasta quedarnos ciegos. Mi cuerpo está en forma. Mi mente, centrada. Y el equipo…

Los Seattle Titans estamos listos. Hoy abrimos la temporada en casa, contra Las Vegas Storm, un equipo cabrón, rápido, que viene con sangre en los ojos después de quedar fuera de playoffs el año pasado. No nos van a regalar nada.

Pero no me importa.

Porque siento que este año es distinto.

Que yo soy distinto.

Que tengo una razón nueva para ganar. Una que camina a mi lado, con esa melena y esa forma de mirarme que me vuelve loco.

Gia se detiene conmigo a unos metros de la entrada al túnel. Hay prensa. Fans. Gente gritando mi nombre. Pero yo solo la oigo a ella.

—Vas a comerte el campo, ¿lo sabes? —me dice con voz baja pero firme.

—¿Sí? —pregunto, agachándome hacia su oído.

—Sí —sonríe—. Pero yo voy a estar en las gradas, gritando como una loca por ti.

—Dios…, te ves tan sexy cuando te pones modo fanática —le susurro, acercándome un poco más—. Vas a volverme loco.

—Ya estás loco —responde—. Por mí.

—Sí —asiento, sin pensarlo.

Silencio.

Un segundo donde existe nadie más.

—No sabía que podía sentir algo así antes de un partido —admito, mirándola a los ojos—. Antes me llenaba con rabia, con ganas de demostrar algo al mundo. Pero ahora… ahora es distinto, Gia.

—¿Distinto cómo? —pregunta, apretando más mi mano.

—Ahora quiero ganar por algo más que orgullo —respondo—. Quiero ganar sabiendo que, cuando salga de ese túnel, vas a estar ahí. Y que, si me rompo, me vas a ayudar a recoger los pedazos.

Gia parpadea. Su expresión cambia. Es más suave. Más vulnerable.

—Yo ya no sé cómo era mi vida antes de ti, Xander. Y no quiero volver a saberlo.

Dios. Esas palabras. Se me clavan en el pecho como una promesa que ni siquiera sabía que necesitaba.

La abrazo fuerte.

—Te prometo que voy a dejarlo todo ahí dentro —le digo al oído—. Por mí. Por el equipo. Pero sobre todo…, por ti.

Ella se separa un poco, y me acaricia el pecho.

—Si pierdes hoy, no pasa nada —dice, leyéndome la mente—. Pero si no luchas, sí que me vas a decepcionar.

Sonrío. Esa es mi chica.

—Entonces, prepárate para ver a tu hombre dominar el campo.

Gia me besa despacio. Un beso que tiene sabor a fe. A cariño. A un «Te espero fuera, pase lo que pase».

Y cuando me doy la vuelta y me adentro en el túnel, con el casco en una mano y su perfume todavía aferrado a mi ropa, sé que nada va a ser igual.

Lo único que tengo claro es que hoy empiezo la temporada de mi vida.

Esa temporada en la que sé que no voy a jugar solo.

Entro en el vestuario; huele a nervios, a linimento, a cuero, a historia.

Las paredes retumban con las vibraciones de los cánticos de la afición.