La última apuesta 11
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G ia

Despierto con la sensación de tener el pecho lleno. De aire, de calor, de Xander.

Me lleva un segundo recordar que no estoy sola en mi cama. Que la noche anterior no fue un sueño ni lo que pasó en el cine ni la avalancha de flashes que casi me hace hiperventilar.

Él está ahí.

Detrás de mí, su brazo cruzándome la cintura, su respiración tranquila rozando mi nuca. No sé qué hora es ni me importa. Solo quiero quedarme así un rato más, en ese limbo donde todo parece fácil y bonito.

Pero, claro, la calma es traicionera. Porque ahora que tengo tiempo para pensar, la inseguridad me araña desde dentro.

¿Qué somos? ¿Él piensa en mí como yo en él? ¿O solo estamos jugando a ser algo?

Intento que esos pensamientos se vayan, pero no lo hacen.

Y menos después de ver cómo los medios ya nos han puesto una etiqueta. «Xander Cole pillado en actitud muy cariñosa con una morena misteriosa». Esa soy yo, la misteriosa. La no definida. La que no tiene ni puta idea de qué está pasando.

Me muevo ligeramente y él se despierta. Lo noto por cómo sus dedos se tensan sobre mi abdomen.

—Buenos días, preciosa —murmura con la voz ronca, justo antes de besarme el hombro desnudo.

Se me pone la carne de gallina al instante. Me vuelvo hacia él y se me cae un poco el alma cuando veo su sonrisa. Es tan guapo, tan de verdad… Con el pelo revuelto, la barba algo más crecida y esos ojos entrecerrados que parecen estudiar cada gesto que hago.

—Buenos días —le contesto, más bajito.

—¿Estás bien? —pregunta, acariciándome la mejilla.

Dudo. Pero asiento.

No voy a soltarle mis inseguridades recién levantada. Aunque me muera de ganas de preguntarle qué somos. Qué siente. Qué quiere de mí.

—Solo estoy procesando todo lo de anoche —reconozco al final.

Él suspira y se incorpora un poco.

—Siento lo de los fotógrafos. No me lo esperaba.

—No es culpa tuya.

—No, pero… yo debería haber estado más atento. No quiero que te sientas agobiada.

Y justo ahí, con esa frase, me derrito un poco.

Porque no está huyendo. No está evitando el tema. Está cuidándome. Y cuando me besa la frente, algo dentro de mí hace clic.

Estoy jodida. ¿Me estaré enamorando?

Xander comprueba la hora en su móvil y pone cara de: «Joder, qué tarde es».

—No te vayas aún —le pido bajito, aferrándome a su espalda como una idiota.

Él se ríe suave.

—Sabes que me encantaría quedarme contigo todo el día, Gia, pero tengo mil cosas que hacer —Me acaricia la mejilla—. Ya sabes…, mi asistente me ha petado la agenda de responsabilidades. Entrevistas, entrenamiento, reuniones. Empieza la temporada.

No puedo evitar sonreír.

—Lo sé —digo, soltándolo con desgana—. Qué bien hace su trabajo esa asistente. Deberíais subirle el sueldo.

Xander se ríe y se viste rápido, pero antes de irse vuelve a la cama. Se agacha sobre mí, me aparta el pelo del rostro y me da un beso lento, suave, como si no quisiera marcharse del todo.

—Te veo luego —me dice.

—¿Sí?

—Sí. No pienso perderme ni un minuto contigo.

Y se va.

Me quedo sola en casa, con Cronos tumbado en el sofá, panza arriba, como si la vida fuera un chiste.

Me echo a reír y le tiro un cojín.

—Espabila, bicho. Haz tu trabajo y dime que no estoy loca por ese tío.

Cronos solo maúlla y estira una pata, exigiendo mimos.

Lo acaricio y suspiro.

Estaré jodida, pero por primera vez, no me da miedo.

Me visto mientras Cronos me sigue con la mirada desde el borde de la cama como si supiera que mi cabeza va a mil por hora.

Llevo el vestido puesto pero sin la cremallera cerrada cuando suena mi móvil. Savannah.

—Dime, drama queen —respondo con media sonrisa, colocándome el móvil entre el hombro y la mejilla.

—Drama, dice… —resopla—. ¿Te has visto en los últimos titulares? ¿En las fotos? Parecéis Kendall y Harry Styles versión NFL .

Suelto una risa, aunque no me hace tanta gracia como pretendo.

—Sí…, ha sido un poco… intenso.

—¿Estás bien?

Cierro los ojos un segundo, agradeciendo que me lo pregunte.

—Sí, solo me pilló desprevenida.

—Normal —responde—. Estabas abrazada a un quarterback buenorro en plena vía pública, ¿qué esperabas? ¿Un aplauso?

—Bueno…, pues no habría estado mal —respondo con fingida inocencia, y ambas reímos.

Savannah se queda callada un momento, pero luego lo suelta con ese tono que mezcla sarcasmo y curiosidad real.

—Entonces… ¿sois algo oficial o qué? ¿Ya lo puedes llamar novio o todavía está en fase de «nos estamos conociendo»?

Me detengo frente al espejo, con mis dedos a medio camino de cerrar la cremallera del vestido.

—No lo hemos hablado —reconozco, sincera.

—¿Y tú qué quieres?

Me muerdo el labio.

—Quiero intentarlo. Con él. De verdad.

Savannah se queda en silencio un par de segundos y luego suelta un suspiro sonoro.

—Joder, tía. Me encanta. Pero si te rompe el corazón, lo mato.

Colgamos poco después, y termino de arreglarme con más cuidado del habitual. No por él. Por mí. Me gusta sentirme bien. Me gusta cómo me mira cuando llevo los labios rojos y el pelo suelto.

Salgo de casa con bastante tiempo como para ir dando un paseo.

El corazón lo tengo un poco más liviano y los pensamientos, más centrados. El sol se cuela por los edificios de la ciudad y hay una brisa que huele a café y a castañas.

El día en la oficina pasa más rápido de lo que esperaba, aunque el ritmo no me da ni un respiro.

Con la temporada a punto de arrancar, todo gira en torno al calendario oficial: partidos, traslados, hoteles, vuelos, comidas.

Mi escritorio está cubierto de hojas con colores marcados, tablas, rutas de viaje y nombres de ciudades que ya me sé de memoria.

Atlanta. Chicago. Denver. Los Ángeles.

Me paso horas revisando horarios y ajustando alojamientos para el equipo.

Que no falte nada. Que todo esté en orden.

Que ellos solo se preocupen de ganar.

A media mañana recibo un paquete con los uniformes del staff . Todos nuevos.

Y al ver mi nombre bordado al lado del logo de los Seattles Titans , sonrío como una idiota.

Nunca pensé que algo tan simple me haría ilusión.

Más de lo que me atrevo a confesar en voz alta.

Hago una pausa para comprar algo en la máquina del pasillo cuando lo siento detrás de mí.

Su presencia es como una descarga eléctrica directa a mi piel.

—Tienes un minuto… —susurra Xander en mi oído, con voz rasgada.

No es pregunta.

Y mi cuerpo ya responde antes que mi cabeza.

Me toma de la mano y me lleva a rastras, sin esperar objeción.

Atravesamos el pasillo con paso firme hasta una de las salas de reuniones vacías. Cierra la puerta tras de sí con un clic seco.

—Xander…

No me deja terminar.

Me acorrala contra la puerta, su boca encuentra la mía con hambre. El beso es rápido, profundo, lleno de fuego. Sus dedos se cuelan por debajo de mi vestido, ávidos. Me agarra del muslo y me sube la pierna, marcando territorio con el roce de su cuerpo contra el mío.

Gimo contra sus labios.

Él gruñe.

—He estado pensando en ti todo el día. Necesito sentirte ya.

Me gira con firmeza y me empuja suavemente hacia la mesa.

En un segundo, me tiene echada sobre ella, con el pecho contra la superficie fría de madera. Me tapa la boca para ahogar cualquier sonido.

Y cuando me la mete de golpe, sin aviso, jadeo contra su palma.

Está duro. Caliente. Salvaje.

Cada embestida me empuja más contra la mesa, y me dejo llevar por esa sensación de peligro, del riesgo de que alguien pase cerca, de que el tiempo es escaso.

—Tienes un coño perfecto, joder… —murmura con la respiración agitada.

Mis caderas se arquean solas, buscándolo más.

Su polla me llena por completo, golpeando justo donde más lo necesito.

Y aunque el momento es fugaz, me parece que el mundo se detiene: solo estamos él, yo, y el calor que nos quema.

Cuando nos corremos, casi al mismo tiempo, tengo que morderme la lengua para no gritar. Xander gruñe contra mi cuello, descargándose dentro de mí, con sus movimientos desacelerando poco a poco, aún dentro.

Nos quedamos unos segundos así. Respirando. Temblando.

Luego se aparta, me acomoda la ropa y me da una nalgada suave.

—Que te vaya bien el día, Clarke —dice con una sonrisa ladina, y me besa en los labios rápidamente—. Luego te vuelvo a distraer.

Le sonrío sin aliento.

—Me parece justo.

Y salimos, cada uno por un lado, fingiendo que no ha pasado nada.

Pero la sonrisa de idiota en mi cara me delata.

Avanzo un poco y me fijo que al final del pasillo, está Hannah. Y nos ha visto salir juntos.

Agacho la cabeza y reanudo mis quehaceres.

Entro a la oficina, y en cuanto cruzo la puerta, lo noto.

El ambiente. La energía. La forma en la que ella me mira.

Hannah.

Antes, solía sonreírme con complicidad. Compartíamos caras de «Yo sé lo que pasa aquí» cada vez que los chicos hacían el idiota.

Pero hoy… su sonrisa no aparece.

Ni siquiera una pequeña.

Solo un gesto neutro, casi frío. Un vistazo rápido, cargado de algo que no entiendo.

—Buenas —le digo con naturalidad, esperando una respuesta.

—Hola —responde, sin emoción, y se vuelve hacia su ordenador como si tuviera algo urgente que hacer.

Me quedo unos segundos de pie, procesando.

Vale. ¿Qué mierda ha pasado aquí?

¿Será porque nos ha oído antes? Y si es así, ¿qué más le da a ella?

Pienso en decirle algo más, en intentar romper el hielo. Pero no lo hago. No me gusta forzar a nadie a estar bien conmigo.

Si está rara, tendrá sus motivos.

Pero sí lastima un poco.

Sobre todo cuando no tienes ni idea de qué has hecho mal.

Suspiro, me recoloco el bolso sobre el hombro y voy hacia el pasillo de los despachos, justo donde sé que en cualquier momento podría cruzarme con Xander.

Y solo espero que siga siendo mi refugio.

Cuando termino mi trabajo, recojo mis cosas con calma. Hannah sigue distante, así que no me esfuerzo en forzar una despedida.

Es poco más tarde de la hora del almuerzo. Así que cuando entro en la cafetería no hay casi nadie.

Cojo una bandeja y me sirvo un plato de pasta.

Me siento junto a una ventana enorme que da al campo. Fuera, algunos jugadores corren en la pista de entrenamiento. El cielo está gris y parece que va a llover, y el murmullo de fondo me envuelve en una calma inesperada.

Tengo el plato delante, pero estoy picoteando sin mucho interés. Cronos estaría orgulloso de mi nivel de pereza en este instante.

Saco el móvil y, por costumbre —o por masoquismo—, abro Twitter. Maldita sea mi curiosidad.

No tardo ni dos segundos en ver mi cara. Bueno, la de Xander… y la mía, justo detrás de él, con esa cara de susto monumental que puse anoche cuando nos asaltaron los flashes.

«¿N ueva pareja del año ?».

«X ander C ole pillado en actitud muy cariñosa con una misteriosa morena . ¿O ficial ?».

«E l quarterback más caliente de la liga parece haber colgado los botines de soltero ».

Resoplo, dejando el tenedor sobre la bandeja.

Hay fotos de nosotros entrando al cine, saliendo, con sus brazos envolviéndome para protegerme, su cuerpo bloqueando a los fotógrafos. Parecemos… algo. Una pareja. Un nosotros.

Y aunque debería agobiarme más, solo siento un nudo extraño en el pecho. No sé si es miedo o ilusión.

Muevo el pulgar y leo algunos comentarios.

La mitad son fans de Xander despotricando.

La otra mitad son curiosas investigadoras tratando de saber quién soy.

Una incluso me ha encontrado en Instagram.

Genial.

Tomo un sorbo de agua y apoyo la mejilla en la palma de la mano. No puedo evitar sonreír solo cuando me acuerdo de cómo me abrazó anoche, de lo cuidadoso que fue al taparme con su cuerpo. Lo serio que se puso. Como si de verdad le importara.

Mi móvil vibra. Xander.

Xander: ¿Has comido bien o sigues dándole vueltas a la comida? Te espero fuera.

Pongo los ojos en blanco, pero se me escapa una risa.

Le contesto con una foto del plato de pasta medio vacío y un sticker dramático.

Mi sonrisa dura más de lo que debería.

Y ahí, en medio del comedor, con esos titulares absurdos flotando en el aire digital, me doy cuenta de que una parte de mí no quiere que esto se acabe.

Sea lo que sea esto.

Salgo por la puerta, me acerco y él sonríe en cuanto me ve.

—¿Lista? —pregunta.

—Siempre.

Subimos al coche y, una vez dentro, me atrevo.

—¿Te sientes raro? —le pregunto, girando un poco la cabeza hacia él—. Por lo que se ha dicho en la prensa, digo. Que tengas pareja oficial y todo eso…

Xander frunce un poco los labios para restarle importancia.

—La prensa siempre exagera —responde con un encogimiento de hombros—. Están aburridos.

—Ya… —murmuro, observándolo de reojo.

Pero lo noto pensativo.

Lejos.

Como si su cabeza estuviera a punto de explotar y él solo intentara contener la presión.

Me humedezco los labios y suelto el aire.

No sé por qué, pero creo que necesito saberlo.

Sacarlo.

—Yo no sé si lo que tenemos es algo serio o no —empiezo—.

Y tampoco quiero presionarte. Pero sí sé que…

contigo me siento bien. Me siento segura.

No tengo miedo. —Él vuelve un poco la cabeza hacia mí, atento—.

Siempre he tenido miedo de que algo se rompa.

De que alguien se largue. Pero tú… me haces querer arriesgarme.

Me haces querer quedarme. —Me río un poco, nerviosa—.

Eso no me pasa con cualquiera, Xander. De hecho, no me había pasado nunca.

Así que… quería saber qué piensas tú. Si esto…

—hago un gesto entre los dos— también te está cambiando un poco.

Xander guarda silencio unos segundos.

Lo suficiente para que mi estómago se tense.

—Gia… —dice al fin, con la voz baja—. No sabía que necesitaba algo así hasta que tú llegaste.

—Sus dedos tamborilean sobre el volante, y le cuesta sacar las palabras, como si tuviera que obligarse a escarbar dentro de sí—.

Estoy acostumbrado a que todo el mundo espere algo de mí.

Que juegue bien. Que me porte como un cabrón encantador.

Que no me apegue a nadie. Pero cuando apareciste…

, joder, me sacudiste el puto mundo. —Y ahí está.

Ese brillo en los ojos que aparece cuando no sabe cómo ordenar lo que siente.

Xander Cole, el tío seguro de sí mismo, el que tiene a todos comiendo de su mano…

ahora parece humano. De carne, hueso y emociones enredadas—.

Con tigo no tengo que fingir. Me sale solo cuidarte, querer estar contigo, buscarte aunque no lo diga.

Y sí. Me importa lo que la gente diga. Me jode que te agobien.

Pero lo que más me jodería sería perder esto.

Perderte. —Siento una opresión en el pecho—.

Así que no tengo ni idea de cómo se hace esto —sigue—.

Pero quiero aprenderlo contigo. Y si tú estás dentro…

, yo también lo estoy. —Sonríe. Esa sonrisa torcida, sincera, que me derrite desde dentro—.

Me importas, Gia. Mucho más de lo que pensé que alguien podría importarme otra vez.

Mi garganta se cierra un poco.

Le tomo la mano. Y la aprieto. Fuerte.

Como si eso bastara para decirle que también estoy dentro.

Y aunque no lo sepa aún, me doy cuenta: estoy jodidamente enamorada de él.