La última apuesta 10 #4
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10 #4

Va con un top blanco de tirantes, pegado al cuerpo, que le marca cada curva como una segunda piel.

Unos vaqueros altos que le hacen unas piernas de infarto y unas zapatillas blancas con las que camina como si el mundo fuera suyo.

El pelo suelto, labios rojos, mirada de «sé exactamente lo que te estoy provocando».

Me quedo contemplándola un segundo más de la cuenta. Ella lo nota. Sonríe y se sube al coche.

—¿Qué? ¿Nunca has visto a una chica guapa antes? —me dice, divertida.

—Sí. Pero no así de guapa —le respondo sin pensarlo.

Ella se ríe y niega con la cabeza, pero sé que le gusta.

El camino al cine es fácil. Charlamos, nos picamos y, cada vez que se ríe, me dan ganas de besarla. Aparco y mientras vamos hacia la entrada, donde ya están nuestros amigos, solo pienso una cosa: estoy jodidamente enganchado a ella.

La sala de cine está vacía cuando nos acomodamos en nuestras butacas. Chase y Savannah se sientan un par de filas más adelante, pero Gia y yo preferimos una esquina un poco más apartada. Oscura. Privada.

La peli empieza, pero no sé ni de qué va. Estoy más centrado en la forma en la que Gia apoya la cabeza en mi hombro y se arropa con mi brazo. Su olor me embriaga. Su cuerpo pegado al mío es una puta tentación. Y no tardo en ceder.

Le acaricio el muslo suavemente, subiendo despacio. Ella gira la cabeza hacia mí y me sonríe de manera cómplice. Sus labios rozan los míos, primero en un beso corto, luego más profundo. Nos besamos en silencio, como dos adolescentes escondiéndose del mundo.

—Sois unos cerdos, ¿sabéis? —escucho a Savannah susurrar desde delante.

Gia se separa de mí, tapándose la boca para no reírse. Yo me encojo de hombros.

—No hemos hecho nada —murmuro.

—Aún —responde Gia, divertida, dándome un codazo suave.

Volvemos a acomodarnos, esta vez más tranquilos, aunque nuestras manos siguen entrelazadas todo el rato. Y es muy reconfortante.

Salimos de la sala de cine entre risas cuando las luces se encienden poco a poco, hablando de los sustos. Tengo a Gia pegada a mi costado, con los brazos cruzados y una sonrisa divertida en los labios.

—Vale, lo admito —dice Chase a nuestra espalda, en voz alta—. Ese puto payaso me ha dado más miedo que mi ex.

Todos nos reímos, pero yo no puedo evitar mirar a Gia. Tiene las mejillas encendidas y los ojos brillantes. Está preciosa.

—¿Tú no te asustas? —me pregunta, enganchándose a mi brazo.

—¿Yo? —Levanto una ceja—. A mí solo me ha dado miedo cuando tú te has agarrado a mi brazo como si te fuera la vida en ello.

—Mentira —dice, mordiéndose el labio para no reírse más fuerte—. Te he visto dar un salto.

—Solo me estaba acomodando —respondo, pasándole el brazo por el hombro.

Ella se ríe y niega con la cabeza. Y mientras vamos por el pasillo hacia la salida, con el eco de las voces y el olor a palomitas aún en el aire, me doy cuenta de que podría vivir mil vidas y seguir eligiendo noches como esta si ella está a mi lado.

Pero la realidad vuelve a mí, y sé que tengo que decirle la verdad.

Cuando salimos del cine, me doy cuenta enseguida de que algo no va bien.

Luces. Flashes . Voces. Y gente. Muchísima gente.

Un grupo de periodistas y paparazzi nos están esperando fuera del cine, con móviles y cámaras en alto, gritando mi nombre.

—¿Xander, quién es la chica?

—¿Estáis juntos oficialmente?

—¿Es cierto que ya vivís juntos?

Gia se queda paralizada. La veo palidecer y dar un paso atrás. Mierda.

—Eh, tranquila —le digo en voz baja; me acerco a ella y me pongo justo delante para taparla con mi cuerpo.

—Chase, la saco de aquí. Nos vemos mañana —le digo a mi amigo, que asiente sin dudar.

La rodeo con un brazo y avanzo entre la gente, ignorando las preguntas, las luces y los empujones.

Me cuesta abrirme paso, pero lo logro. Le abro la puerta del coche y ella entra sin decir nada, visiblemente tensa.

Cierro de golpe, rodeo el capó, y antes de arrancar les lanzo una mirada asesina a los que siguen grabando.

Conduzco rápido pero con cuidado, echándole un vistazo a Gia de vez en cuando. No dice nada. Se limita a clavar los ojos en la ventanilla, con los brazos cruzados.

—Lo siento —murmuro al fin—. No esperaba eso.

—Yo tampoco… —responde en voz baja—. No sabía que sería así de intenso.

—No volverá a pasar. Tendremos más cuidado. Te lo prometo.

Cuando llegamos a su casa, aparco y la acompaño hasta la puerta. Antes de entrar, se gira hacia mí.

—¿Quieres quedarte a dormir?

Asiento sin pensarlo.

—Claro.

La noche es tranquila. Nos duchamos rápido, sin tonteo esta vez. Nos acostamos en su cama y Gia se acurruca contra mi pecho. La rodeo con mis brazos, y le acaricio el pelo hasta que se queda dormida.

Pero yo no consigo pegar ojo.

La siento respirar tranquila a mi lado, tan vulnerable…, tan real… No es parte de una apuesta, no es un reto que debía superar.

Me siento como un cabrón.

Tenía que habérselo dicho. Esta noche. En cuanto la he traído a casa. Pero entonces he visto su cara, cómo se ha agobiado, cómo se ha encerrado en sí misma.

No era el momento.

Y lo peor de todo es que siento que me estoy quedando sin tiempo.