La última apuesta 13 #3
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13 #3

Xander se aleja tarareando algo, probablemente inventado, y yo sigo en la cocina.

Cronos está tumbado en su camita cerca de nosotros, como el guardián oficial de la velada.

Me siento en casa. Me siento en paz. Y aunque vamos a cenar con amigos y será una noche tranquila…

, tengo la sensación de que esta etapa con Xander recién empieza.

La pizza ha llegado justo cuando la bandeja de nachos salía del horno.

El timbre suena con una melodía cutre que Chase insiste en imitar a gritos cuando entra con Savannah.

—¡Casa de los tortolitos! —anuncia, levantando una caja de cervezas como si trajera el santo grial.

—Estás enfermo —le dice Xander, dándole un puñetazo amistoso en el hombro.

—Y tú estás enamorado. Cada uno con su cruz —le responde con un guiño exagerado.

Savannah y yo intercambiamos una sonrisa y los seguimos hacia el salón.

—¿Has traído lo que te pedí? —pregunta Xander, señalando la caja que Chase lleva bajo el brazo.

—¿Crees que me olvidaría? He cargado esto desde el coche como si fuese un bebé recién nacido.

—¿Qué es? —pregunto, curiosa.

—Un juego de mesa —responde Savannah—. Chase quiere convencernos de jugar al maldito Verdad o reto versión adultos.

—Versión «Echo a perder la relación en cinco minutos» —añado entre risas.

Nos acomodamos ante la mesa del salón, con platos improvisados, cervezas abiertas y la pizza cortada aún en su caja. Cronos ronda nuestras piernas, especialmente las de Chase, quien le lanza un trocito de beicon cada vez que cree que nadie lo ve.

—Si lo malcrías así, va a preferirte a ti —le digo a Chase mientras me acomodo junto a Xander.

—Cariño, todos me prefieren a mí. Menos Xander, que es un envidioso —dice Chase.

—Es porque tú haces trampas con el gato —le responde Xander, dándole otro empujón amistoso.

—¿Qué clase de trampas? —pregunta Savannah, arqueando una ceja.

—Le da beicon cuando yo no lo miro. Estás comprando el amor de mi gato.

—Técnica infalible —responde Chase, llevándose una porción de pizza a la boca.

—Vale, pregunta importante para la mesa: si tuvierais que vivir el resto de vuestra vida comiendo solo una cosa…, ¿qué sería? —pregunta Chase.

—Tacos. Sin duda. Con extra de guacamole. Y con margaritas de acompañamiento, obvio —responde Savannah.

No puedo contener la risa.

—¿Eso cuenta como una cosa? —le pregunto a mi amiga—. Porque si tú metes margaritas, yo meto sushi y helado.

—Lo que me preocupa no es que metas helado. Es que estoy cien por cien seguro de que comerías solo helado durante meses —me dice Chase, con una sonrisa ladeada.

—Correcto. Helado de vainilla con galleta. O de Kinder . O de brownie . O…

—O todos juntos. Porque eres incapaz de decidirte por uno —me interrumpe Xander, dándome con la rodilla en la pierna.

—¡Eh! No me ataques —le digo, alzando una ceja—, que tú te comes cualquier cosa que haya en la nevera. Incluso las sobras de hace una semana.

—Xander, ¿es verdad eso? —pregunta Chase, horrorizado.

—Si no huele raro, está bien. Lo importante es el valor proteico —responde Xander, con seguridad.

—Ay, no, qué horror —dice Savannah—. Voy a comprar etiquetas de caducidad para tu cocina.

—Este grupo es un caos —dice Chase, orgulloso—. Pero uno adorable.

Reímos todos al mismo tiempo. El ambiente es cálido y parece que lleváramos años compartiendo noches como esta. Entre bromas, comida y anécdotas del entrenamiento, la conversación fluye.

En un momento, Xander me coge la mano sin decir nada, en trelazando sus dedos con los míos. Me mira con esa expresión suya que mezcla ternura con deseo y tranquilidad. Y yo siento que no podría estar más en casa que ahora mismo, en esta mesa, con ellos.

Con él.

Mientras Chase y Xander se pelean en el salón por ver quién pone la película —espóiler: ninguno está eligiendo nada útil—, yo me levanto a por más hielo a la cocina. Savannah me sigue con su vaso vacío y una sonrisa que ya me dice que quiere hablar.

—¿No me digas que vienes a por otra copa? —le pregunto, abriendo el congelador.

—No, solo es una excusa para cotillear —responde, apoyándose contra la encimera—. Además, si me tomo otra más, acabaré confesando cosas que no debería.

—¿Cómo qué? —La miro de reojo, divertida.

—Como que Chase y yo llevamos unas semanas viéndonos más… seguido.

—¿Más seguido? ¿En qué sentido?

—En el sentido de que… duermo más en su casa que en la mía últimamente. —Se encoge de hombros con una sonrisa tímida—. Aunque si le preguntas a él, seguro que dice «es algo ocasional». Ya sabes cómo es.

—Es un idiota encantador. Pero le gustas, se le nota —digo, sirviéndole agua—. Se le nota en la forma en la que te mira. Y en cómo deja que Cronos se le duerma encima aunque luego estornude como un loco.

Savannah suelta una carcajada.

—Dios, sí. No sabes la de veces que ha estornudado y aun así lo acaricia como si fuera un bebé. No entiendo a los hombres. Se hacen los duros y luego se derriten por un gato.

—O por una chica. —Le echo un vistazo de reojo.

Ella ladea la cabeza.

—¿Y tú? ¿Tú cómo estás con el tuyo?

Sonrío como una tonta. Porque no podría ocultarlo ni aunque quisiera.

—Bien. Muy bien, en realidad. Hoy me ha dicho algo…

—¿Algo qué?

—Me ha propuesto que me venga aquí a vivir.

Savannah abre los ojos como platos.

—¿Qué? ¿En serio?

—Sí. No ha sido como una superdeclaración formal ni nada.

Ha sido algo natural, como si nos hubiésemos pasado meses haciéndolo.

Y me ha dicho que lo hace también por Cronos…

, pero se le notaba que lo hacía por nosotros.

—Me encojo de hombros, aún procesándolo—.

Y no sé, no me ha dado miedo. Me ha hecho ilusión.

—Gia, eso es enorme. Quiero decir…, lleváis poco, pero se nota lo que sentís. Y si lo sientes así, ¿por qué no?

—Eso mismo pienso yo. Mira, no sé lo que durará, ni quiero obsesionarme con eso. Pero por primera vez en mucho tiempo creo que estoy justo donde quiero estar. Que no tengo miedo de confiar. Que…, si me lanzo, no me voy a caer sola.

Savannah me abraza de lado, cálida, como quien te entiende de verdad.

—Vas a estar bien. Se nota que se preocupa por ti. Y tú por él.

—¿Y tú y Chase? —Correspondo a su sonrisa—. ¿Vas a dar el paso también?

Ella suelta un bufido suave.

—Paso a paso. Si consigo que un día no huya cuando hablo de sentimientos, me daré por satisfecha.

Las dos reímos. Y cuando volvemos al salón con el hielo, vasos llenos y las mejillas algo sonrojadas por nuestras confesiones, siento esa calma bonita de saber que todo, de momento, va bien.

La velada va llegando a su fin entre risas, platos vacíos y latas desperdigadas por la mesa.

Chase y Savannah se despiden entre bromas, dejando en el aire una revancha para el próximo encuentro.

Cuando cerramos la puerta, la casa se queda en silencio, apenas roto por los pasitos suaves de Cronos que viene directo a frotarse contra mis piernas para reclamarme.

—Nuestro hijo peludo quiere su momento de mimos —digo, agachándome a acariciarlo.

Xander se acerca por detrás y me envuelve con sus brazos.

—Va a tener que compartirte. Esta es tu primera noche oficial como nueva inquilina y pienso celebrarlo como se merece —murmura contra mi cuello, con voz ronca y sonrisa traviesa.

Me río, apoyándome en su pecho.

—Ah, ¿sí? ¿Tienes un protocolo de bienvenida para nuevas residentes?

—Solo para ti. —Me gira suavemente para mirarme a los ojos—. ¿Sabes? Nunca me había hecho tanta ilusión compartir cama con alguien. Y no hablo solo de dormir.

Le acaricio la mandíbula con cariño; Cronos se tumba a nuestros pies con su típico resoplido resignado.

—Yo tampoco pensé que algo así me gustaría. Pero contigo… me siento como en casa.

—Entonces, vamos a estrenarla.

Xander me toma de la mano y tira de mí hacia la habitación, con esa expresión que mezcla deseo, cariño y una promesa tácita de que esta nueva etapa apenas ha comenzado.

La luz del pasillo se apaga tras nosotros. Cronos se acomoda en el sofá como si supiera que esta noche tiene que darnos espacio. Y yo, con el corazón latiendo fuerte pero en calma, sé que estoy exactamente donde quiero estar.