10 #2
—No te preocupes —interrumpe, con una sonrisa amarga—. Ya lo entiendo todo. Solo asegúrate de no seguir rompiendo corazones, ¿vale?
Y se va antes de que pueda decir nada más.
Mierda.
Me quedo un momento con los ojos clavados en el lugar hacia donde se ha ido, con la mandíbula tensa.
Ese comentario…, esa forma de decirlo…
Me devuelve de lleno a la realidad: la apuesta.
La jodida apuesta.
Y por primera vez, siento miedo.
No de que me descubran, sino de perder a Gia cuando lo haga.
El entrenamiento empieza fuerte. Después del calentamiento, nos meten una rutina de cardio y resistencia con cuerdas, escalas y burpees que nos deja a todos sudando como caballos.
Me siento más encendido que nunca, con la mente centrada, el cuerpo respondiendo como si el sexo mañanero me hubiera recargado las baterías.
Cuando entramos al campo, nos separan por posiciones.
A mí me toca trabajar rutas de pase. Me alineo, escucho la señas del quarterback y salgo disparado.
El césped cruje bajo mis tacos mientras corro la ruta cruzada.
Giro la cabeza y ahí viene el balón. Lo atrapo.
Giro. Corro. Derribo a un defensa que se me lanza encima con un empujón seco de hombro.
—¡Vamos, Cole! —grita el entrenador desde la banda—. ¡Eso es lo que quiero ver!
Las repeticiones se suceden, una tras otra. Rutas, bloqueos, recepción.
Me lanzo al suelo a por una bola baja y caigo de lado. Me levanto sonriendo, escupiendo un poco de césped, con el pecho latiendo con fuerza.
Joder. Esto. Esto me hace sentir vivo.
Cuando termina el entrenamiento, nos quitamos los cascos y nos dirigimos a los vestuarios. El sudor me cae por el cuello y me paso la toalla por la cara. Entonces escucho las risitas. No necesito girarme para saber que se viene algo.
—Así que lo lograste, ¿eh, Xander? —dice Tyler; con una sonrisa de cabrón, me da una palmada en la espalda.
—¿De qué hablas? —respondo, aunque mi tono no engaña a nadie.
—Tío, te hemos visto con Gia esta mañana. En el campo. En la sala común. En el pasillo. En tus putas pupilas.
Se descojonan. Nate, que estaba guardando su equipo, resopla, saca la cartera de mala gana y saca un billete.
—Hijo de puta… —gruñe, y me lo lanza—. Ahí tienes. Has ganado.
Miro el dinero sin cogerlo. Me arden las manos.
—No lo quiero —murmuro.
—¿Qué? —Nate alza una ceja.
—Lo que oyes. Quédatelo. Ya no tiene sentido.
Se hace un silencio raro. Me siento observado. Juzgado. O algo peor.
Chase, que estaba a un lado, me estudia con atención. Espera a que los demás se aparten un poco antes de acercarse. Nos sentamos los dos en un banco del vestuario, con las camisetas aún empapadas y el casco a nuestros pies.
—¿Qué ha pasado, Xand? —pregunta, tranquilo.
Me paso una mano por el pelo, suspirando.
—No lo había planeado. Al principio sí, pensé en ganar la apuesta…, en ver cómo lo podía hacer… Pero después… Joder, Chase. Es diferente. Es divertida, jodidamente lista. Me calienta como nadie, pero también ve más allá de toda la mierda que cargo.
Chase me observa un segundo y luego asiente con una media sonrisa.
—Y, entonces…, ¿vas en serio?
—Sí. Mucho más de lo que pensaba que sería posible.
Se queda en silencio un rato, luego me da un codazo.
—En ese caso, deberías decírselo.
—Lo sé… —admito, bajando la voz—. Quiero hacerlo. Solo que no tengo ni puta idea de cómo.
Chase se ríe suavemente.
—Hermano, tú has sobrevivido a cuatro tackles seguidos de linebackers que parecen muros de hormigón. Pero le tienes miedo a una conversación con una chica.
Le doy un empujón con el hombro.
—Porque esta sí importa, capullo.
—Precisamente por eso. Si quieres algo real con Gia, tienes que empezar por la verdad. Antes de que se entere por algún bocazas de aquí.
Lo sé. Lo tengo clavado en el pecho como una espina. Ella confía en mí. Me mira como si fuera su refugio. Y no puedo permitir que eso se rompa por cobardía.
—Voy a decírselo. Solo necesito encontrar el momento… y las palabras.
Chase me palmea la espalda.
—Hazlo antes de que el momento te encuentre a ti.
Me quedo un rato callado, asimilándolo todo.
—Gracias, hermano. De verdad.
—Eh, ¿para qué estamos los mejores amigos si no es para darte collejas emocionales?
Nos reímos juntos. Por primera vez en mucho tiempo, siento que estoy haciendo algo diferente. Algo que va más allá del sexo, del ego, del juego.
Gia me ha cambiado. No por quién soy con ella en la cama…
, sino por cómo me hace querer ser fuera de ella.
El agua caliente cae con fuerza sobre mi espalda, pero no consigo borrar el nudo que tengo en el pecho.
Apoyo las manos en la pared de la ducha, con la cabeza gacha y los ojos cerrados.
Chase tiene razón.
No puedo seguir con esto colgando entre los dos, y menos después de todo lo que hemos compartido, de cómo me mira Gia, de cómo me toca, de lo feliz que me siento a su lado.
—Se lo voy a decir —murmuro, casi como un compromiso en voz alta—. Esta noche.
Respiro hondo para armarme de valor.
No quiero perderla. Y tampoco ocultarle nada.
Tengo miedo, pero la decisión está tomada.
Cierro el grifo, y salgo de la ducha, sabiendo que ya no hay vuelta atrás.
—Por cierto —dice Chase mientras vamos hacia la cafetería, con ese tono que siempre anuncia puro salseo—. ¿Recuerdas la noche de la fiesta?
—¿Cómo olvidarla? —respondo con una media sonrisa, recordando a Gia contra esa puerta.
—Pues… después de salir de allí, me llevé a Savannah a casa… y me la tiré.
Me freno en seco.
—¿Qué?
Él se encoge de hombros como si no acabara de soltar una bomba.
—Sí, tío. Fue raro. Estaba borracha, se quedó en el coche diciendo que estaba cachonda. Y ya sabes…, entre risas y un «No sabes lo que te pierdes», acabamos en mi cama.
—Joder, Chase . ¿Savannah?
—Lo sé. Lo sé. Ni yo me lo creo. Pero oye, no estuvo mal. Tiene algunas manías raras, eso sí. Me pidió que le hablara como si fuera quarterback o algo así. Casi me da un ataque de risa.
Me echo a reír tan fuerte que toda la gente que teníamos alrededor se nos queda mirando.
—Definitivamente estás más loco que yo.
—Nah, tú sigues teniendo el récord, Cole.
Entramos al comedor, y entonces el universo se alinea y en ese momento aparece Gia, bandeja en mano, buscando un sitio. Le hago una seña.
—Gia, ven con nosotros.
Ella duda un segundo y viene hacia la mesa donde estamos unos cuantos del equipo. Se sienta a mi lado. Y el ambiente se pone tenso al instante.
—Bueno, bueno… —dice Tyler, alzando las cejas—. Nunca pensé que vería el día en que Xander Cole trajera a una chica de verdad a almorzar con nosotros.
—Lo chungo no es que venga hoy…, es que repita —añade Nate con una sonrisa ladina.
—Debe de ser que la polla de Xander es mejor de lo que pensábamos —suelta uno de los rookies, medio en broma, pero con curiosidad.
Gia se sonroja. Se queda callada un segundo. Y luego sonríe, con esa malicia juguetona que me encanta.
—Bueno, digamos que… no decepciona —dice, y le da un sorbo a su bebida, sin mirar a nadie más que a mí.
La mesa estalla en carcajadas. Yo no puedo evitar reírme también.
—Joder —dice Nate, golpeando la mesa—. Esta tía me cae bien
—¿Ves? Por eso me gusta —murmuro junto a su oído.
El almuerzo fluye. Hablamos de todo un poco: partidos pasados, alguna anécdota ridícula del equipo, incluso de música. Gia se suelta. Encaja de forma natural. Y yo no puedo dejar de contemplarla. Está preciosa.
Y me doy cuenta de que me encanta verla aquí, conmigo, en mi mundo.
Después de un rato los chicos se dispersan y nos quedamos solos en la mesa. Gia sigue comiendo despacio, jugando con un tomate que empuja con el tenedor.
—¿Cómo va tu día? —le pregunto, acariciándole el muslo por debajo de la mesa.
—Bien —responde, girándose hacia mí—. Mucho curro con los materiales para redes, pero me estoy organizando. ¿Y tú? ¿Cómo va todo?
—Intenso. He entrenado como una bestia —respondo con una sonrisa orgullosa—. Me siento bien. Mejor desde que estás tú —le digo, bajito.
Ella sonríe, bajando la vista. Luego se endereza un poco y me observa con más atención.
—¿Estás nervioso?
Ahí me ha pillado.
—¿Por qué?
—Porque en nada arranca la temporada. Y sé que te importa más de lo que dejas ver.
Me quedo callado. Parece saber exactamente qué parte tocar para llegar hasta donde casi nadie llega.
—Un poco, sí —confieso—. Quiero que todo lo que he hecho este año sirva para algo. Quiero demostrar que valgo. Y… no sé, que todo tenga sentido.
Gia me aprieta la mano bajo la mesa.
—Va a servir. Te van a ver. Porque lo vales. No solo por cómo juegas, Xander. Sino por quién eres cuando dejas de fingir que todo te da igual. —No sé muy bien qué decir—. Lo tienes todo. Todo. Solo no lo jodas —dice con una sonrisa traviesa.
—Haré lo posible —respondo, mirándola a los ojos—. Por ti, haría cualquier cosa.
Y juro que en ese segundo me dan ganas de decirle todo. La verdad, la apuesta, lo que siento.
Pero no lo hago.
Aún no.
Porque por primera vez… tengo miedo de perder algo real.
Nos quedamos un rato más en la mesa, Gia recogiendo las últimas migas de su postre mientras yo jugueteo con su mano, entrelazando nuestros dedos.
—En los viajes de equipo estarás tú también, ¿no? —le pregunto, sin soltarla.
—Claro, voy como parte del staff, ya lo sabes —responde, sonriendo.
—Perfecto —digo, acercándome a su oído—. Vamos a follar en cada ciudad a la que vayamos.
Gia se atraganta con su agua y me da un pequeño codazo, riendo.
—¡Xander!
—Lo digo en serio. Cada destino, una postura distinta. Podemos hasta coleccionar recuerdos.
—Eres un cerdo, Cole. Pero me gusta cómo piensas.
Justo cuando iba a besarla otra vez, aparece Chase por detrás y apoya el brazo sobre mi hombro.
—¿Estoy interrumpiendo vuestro momento de babas?
—Como siempre —respondo sin apartar la vista de Gia.
—Solo pasaba para decir que he quedado con Savannah más tarde. Vamos a ir al cine a ver una peli de miedo. ¿Os apuntáis, parejita?
Gia sonríe.