10
X ander
El sol se filtra tímidamente por las rendijas de la persiana, acariciando con su luz cálida la piel dorada de Gia. Está profundamente dormida, con el pelo revuelto sobre mi almohada, los labios entreabiertos y el cuerpo medio enredado entre las sábanas.
Y joder… Qué cuerpo.
La observo en silencio, con la cabeza apoyada en una mano, sin atreverme a moverme por miedo a despertarla. Sus curvas son arte. Sus piernas largas, esa cinturita… Y su coño. Perfecto. Sabe a gloria.
No sé si tenía más ganas de follar o de despertarme a su lado.
Anoche fue… brutal.
Cuando se metió mi polla en la boca, pensé que iba a morir feliz en ese instante. Joder, cómo lo hizo. Cómo me miraba mientras tragaba cada centímetro… Lo tengo grabado a fuego. Ninguna otra me ha hecho sentir así.
Y después, su entrega. Su cuerpo temblando bajo el mío. Su coño apretándome como si no quisiera soltarme.
Fue sexo, sí. Pero también fue otra cosa. Algo más profundo. Algo que me toca los cojones de verdad porque me hace sentir vulnerable.
Está tan tranquila, es tan bonita. Y de pronto, me golpea una verdad como un puñetazo en el pecho: he ganado la puta apuesta.
He ganado.
Hemos follado.
Y no siento ni un gramo de victoria por eso. Solo culpa.
¿Qué coño he hecho?
No era así como debía pasar. Al principio era solo un juego. Una forma de callar a los idiotas del equipo. Orgullo. Diversión. Pero ahora… Ahora no puedo pensar en ella como una apuesta. Porque ya no lo es. Para mí no.
Me revuelvo un poco en la cama y me paso una mano por la cara.
No puedo ocultárselo para siempre. Debería decirle la verdad.
Pero… ¿cómo? ¿Cómo le explico que todo empezó como una broma de mal gusto y que acabé deseándola más que a nada en la puta vida?
¿Cómo le digo que me importa de verdad sin que salga corriendo?
Entonces se mueve.
Sus pestañas se agitan, parpadea unas cuantas veces y me encuentra observándola.
—Mmm… ¿Estás mirándome mientras duermo, Cole? —susurra con voz ronca, medio somnolienta aún.
—Quizá —respondo con una sonrisa ladeada—. Tenía una vista bastante espectacular delante de mí como para no hacerlo.
Gia sonríe con los ojos entrecerrados, se acerca y me da un beso lento, cálido, perezoso… de esos que calientan desde dentro.
—Buenos días —dice, acariciándome el pecho.
—Buenos días, preciosa.
Y durante unos segundos, me permito quedarme ahí. En ese momento. Sin culpa. Sin verdad. Sin miedo.
Solo ella y yo, bajo las sábanas.
Su cuerpo encaja tan perfectamente contra el mío que me cuesta separarme. Pero en lugar de pensar en lo que debería decirle, me dejo llevar. Por su olor, su piel caliente, la suavidad de su cuerpo desnudo pegado al mío.
—Date la vuelta —le ordeno en voz baja, rozándole el lóbulo de la oreja con los labios.
Ella gime y se acomoda sin rechistar, con una sonrisa pícara en los labios.
La giro con cuidado, la pongo de lado, mi pecho contra su espalda, mis caderas pegadas a su culo.
Deslizo una mano por su cintura hasta su entrepierna, y sonrío al comprobar lo mojada que está.
—Joder… Estás empapada, nena.
Mi polla late contra su muslo, impaciente, y cuando la empujo dentro de ella, despacio, suelto un gemido ronco.
Ese coño suyo es una maldita droga.
Caliente. Apretado. Perfecto. La sensación de entrar en ella es indescriptible. Como volver a casa.
Ella se arquea levemente, echándose hacia atrás para recibirme, y yo me hundo hasta el fondo.
Empiezo a moverme con un ritmo lento pero firme, controlado; cada embestida nos hace jadear entre suspiros.
Mis labios se pierden en su cuello, lamiendo, mordiendo suave; le acaricio los pechos y acabo rodeándole el cuello con los dedos. La escucho gemir mi nombre en voz baja, y eso me enciende aún más.
—Xander… —jadea.
—Shhh… —le digo al oído—. Déjate llevar.
Ella me agarra la mano que tengo en su cuello y hace más presión.
Continúo así, suave, profundo, intenso, sintiendo cómo su coño me aprieta cada vez más. La abrazo con fuerza mientras le doy embestidas que nos hacen estremecer a ambos, y cuando siento su cuerpo temblar, sé que está a punto.
—Dios…, me voy a correr —susurra ella, casi sin voz.
—Hazlo, preciosa… Córrete en mí.
Y lo hace. Y su orgasmo arrastra el mío como un maldito huracán.
Me corro dentro de ella con un gruñido ahogado, hundido hasta el fondo, sintiendo cómo mi polla late y su coño lo aprieta como si no quisiera soltarme jamás.
Permanecemos así unos segundos, jadeando. Después, salgo de ella despacio y la abrazo por detrás, besándole el hombro.
Gia se da la vuelta y sonríe. Esa sonrisa que me desmonta.
Se levanta de la cama sin pudor, completamente desnuda, y coge mi camisa de anoche, que estaba tirada en una silla. Se la pone, abrochándola mal, y la deja abierta por abajo, lo justo para que le llegue a medio muslo.
Dios…, está para morirse.
—¿Te das cuenta de lo sexy que estás con eso? —pregunto, incorporándome, con la vista clavada en sus piernas.
—¿Esto? —dice, deslizando un dedo por su muslo—. Solo son nuestras corridas goteando por mi pierna.
Suelto una carcajada tan fuerte que casi me duele el pecho.
—Bueno, me refería a la mejor camisa que tengo, que la llevas puesta ahora mismo.
—Ah, sí, sí —dice, haciéndose la inocente—. Yo también me refería a eso.
Ella se ríe y se acerca para darme un beso .
La agarro de la mano y le lamo el dedo que ha recogido nuestros fluidos.
—Aunque esto también te queda muy sexy.
Ella se sonroja y tira de mí.
—Va, a desayunar —dice, intentando levantarme—. Que me tienes muerta de hambre.
Nos vamos a la cocina y empezamos a preparar algo rápido de desayuno, entre risas y tonteo.
Tostadas que casi se queman, huevos revueltos y algún que otro manoseo descarado mientras espero que el café salga.
—¿Vamos juntos al campo hoy? —pregunta ella, untando mantequilla en una tostada.
—Claro. Así todos pueden ver que mi asistente es la más guapa de todas.
—Idiota —dice ella entre risas.
Terminamos de desayunar y nos vamos a vestir, pero antes de salir, Gia se señala a sí misma con una ceja levantada.
—Necesito pasar por casa; no pienso ir al trabajo con tu camisa. Por muy sexy que digas que estoy.
La miro de arriba abajo, y me acerco hasta atraparla por la cintura. —Para mí estás perfecta así. De hecho… —le doy una nalgada suave—, podrías ir así siempre.
— Xander … —me dice riendo, y se sacude—. Para. Que llegamos tarde.
—Una última cosa… —La beso con suavidad.
Salimos entre risas rumbo a su casa para que pueda cambiarse.
Mientras Gia entra al baño para arreglarse, yo me dejo caer en su sofá. Cronos aparece al segundo; al parecer ha decidido que ahora soy yo su entretenimiento.
Se me sube al regazo sin preguntar y me mira con esos ojos de demonio adorable que tiene.
—¿Qué pasa, fiera? —le digo, rascándole detrás de las orejas—.
No me mates, ¿vale? Prometo portarme bien con tu humana.
El cabrón ronronea fuerte y creo que le gusta la idea.
Tiene una energía rara, como si pudiera detectar cosas.
Empieza a lamerme el antebrazo—. Colega, ni tu madre me ha dado tanto cariño en la vida —le suelto riéndome.
Jugamos un rato, le hago cosquillas en la panza —aunque casi pierdo un dedo en el proceso— y luego me levanto, curioseando el lugar, y él me sigue como un guardaespaldas peludo.
Paso por la estantería y me detengo, leyendo algunos títulos: Cincuenta sombras de Grey, Bienvenida a mi infierno, Haunting Adeline… Joder, ¿estas son novelas o advertencias?
Saco una de ellas al azar; tiene varias páginas marcadas con postits de colores y l abro por curiosidad. La lectura me vuela la cabeza. Literal. La tía del libro está siendo follada por un arma mientras el protagonista le susurra cosas sucias al oído y le lame hasta el alma.
Joder…
Paso otra página y la escena sigue con una descripción tan explícita que hasta yo me sonrojaría si no fuera por todo lo que hicimos anoche.
—¿Siempre lees porno con argumento? —digo en cuanto Gia sale del baño, vestida ya con ropa normal, pero tan preciosa que casi se me olvida lo que acabo de leer.
Ella frunce el ceño y se cruza de brazos.
—¿Has estado leyendo mis libros?
—Solo uno… o diez páginas. Las que tenías marcadas, en concreto. —Levanto una ceja con cara de pillo—. Así que te pone que te follen con una pistola, ¿eh?
—¡Xander! —dice entre risas, y me lanza un cojín.
—No te juzgo, cariño. Solo necesito saber si tengo que ir consiguiendo licencia de armas… o tomar notas —añado guiñándole un ojo.
Se ríe aunque su cara está muy roja. Nos despedimos de Cronos y salimos dirección al campo.
Durante el camino, ella me va contando anécdotas de compañeros del equipo y nos reímos bastante. Y aunque intento no hacerlo obvio…, mi forma de estar a su lado, de rozar su mano, de mirarla cuando habla… no es casual.
Al llegar al campo, no me escondo. Ella se adelanta y la veo saludar a uno de los entrenadores, entonces cuando termino de coger mi bolsa, me acerco por detrás de ella, la rodeo por la cintura con un brazo y le doy un beso rápido en el cuello.
—Buenos días, señorita Clarke —le susurro en el oído.
Ella sonríe, algo nerviosa, pero no se aparta.
Algunos chicos del equipo silban o sueltan risitas. Sí. Lo han pillado.
Incluso en algún momento, cuando estamos en el gimnasio del complejo, me apoyo en la pared de fuera, la veo pasar con su carpeta y la observo sin disimulo.
—Dios, estás tan rica que no sé si concentrarme en el peso muerto o en ti —le digo bajito al pasar.
Y ella, lejos de reñirme, me lanza una sonrisa ladina que me remata.
Pero entonces, noto cierta tensión. En concreto, cuando Hannah me lanza una mirada desde el fondo del pasillo. Se acerca, con los brazos cruzados.
—¿En serio, Xander? ¿Gia?
Levanto una ceja.
—¿Y eso qué significa?
—Nada —dice con sarcasmo—. Solo que ahora entiendo por qué todos en el equipo están cuchicheando. Supongo que tendrá que ver con esa apuesta, ¿no?
Me quedo quieto. El golpe en el estómago es inmediato.
—Hannah… —empiezo.