9 #2
Me toma suavemente por la cintura, me tumba en la cama, y comienza a quitarme el tanga con una calma peligrosa, y parece que cada centímetro de mi piel descubierta fuese un regalo que necesita saborear.
Cuando por fin me tiene aquí, completamente desnuda frente a él, abierta, vulnerable, Xander se queda mirándome como si acabara de encontrar la octava maravilla del mundo.
—Joder… —susurra—. Me vas a matar de verdad… Eres perfecta, Gia. Absolutamente perfecta.
Yo no digo nada; me quedo ahí, con los labios hinchados de los besos y de lo que no son besos, con el pecho subiendo y bajando rápido por la anticipación.
Él se agacha y me besa con hambre, con entrega, memorizándome con su lengua.
Luego baja lentamente por mi cuello, dejando un reguero de besos y mordiscos suaves hasta llegar a mis pechos.
Xander toma uno con la mano, firme, y captura el pezón del otro con los labios, succionando con fuerza y mordiéndolo lo justo para que gima. Arqueo ligeramente la espalda, hundiendo los dedos en su pelo, y él sonríe contra mi piel antes de seguir bajando.
Cuando llega a mi centro, se detiene un segundo, contemplándome. Nuestros ojos se cruzan, intensos, cargados de deseo. Él se humedece los labios.
—Tienes el coño más precioso que he visto nunca…
Yo gimo bajito ante sus palabras, siento cómo se me encoge el estómago de deseo. Lo agarro del pelo, y sin dudar, lo guío hacía mí, empujándolo con suavidad pero con firmeza, pidiéndole sin palabras que me devore.
Xander no duda ni un segundo más.
Él no aparta la vista de mí mientras me pasa la lengua lenta, profundamente, de arriba a abajo por mis pliegues húmedos. Gimo, con la respiración entrecortada, sintiendo cómo cada caricia de su lengua caliente me desarma un poco más.
Él no tiene prisa. Se toma su tiempo para explorarme con devoción, como si su única misión fuese hacerme temblar.
Se detiene en mi clítoris, lo envuelve en suaves círculos, y luego vuelve a deslizar la lengua hacia mi centro, profundo, húmedo, cálido.
Me recorre de nuevo de arriba a abajo, marcando un ritmo que parece escrito solo para mí.
Arqueo la espalda, sintiendo el temblor que comienza en mis muslos.
Lo agarro del pelo, lo mantengo pegado a mi cuerpo; necesito ese contacto para no desvanecerme.
El gemido que suelto es tan profundo que me vibra en el pecho.
Mi clítoris está tan hinchado, tan sensible, que un solo movimiento más me lanza al abismo.
Y entonces lo noto.
El placer se me acumula en el bajo vientre, tenso, palpitante, como una cuerda a punto de romperse.
Cada movimiento de su lengua es una descarga eléctrica que me recorre entera. Me retuerzo, jadeo, le sujeto el pelo con fuerza sin poder controlar nada.
El calor crece, sube, me consume. Estoy justo en el borde. El mundo se reduce a su boca, a ese ritmo perfecto, a ese momento suspendido donde todo dentro de mí está a punto de estallar.
Estoy tan cerca… que me hace daño. Y a la vez, no quiero que se detenga jamás.
Me corro en un gemido ahogado, con una mano aferrada a las sábanas y otra en el pelo de Xander. Las piernas me tiemblan con cada latido.
Su lengua no para, firme, perfecta, sabiendo exactamente como desarmarme.
El orgasmo me sacude desde el vientre, como una ola cálida que se expande por todo mi cuerpo. Me arqueo contra su boca, me abro más, me dejo ir por completo.
Siento fuego, vértigo, alivio.
Y a él… devorándome como si el placer fuera solo suyo.
Cuando mis caderas paran de moverse, sube por mi cuerpo, con la boca brillante y la mirada encendida. Me besa, y me fundo en sus labios, saboreándome a mí misma en su lengua, y sintiéndome completa.
Su erección está aún firme, latente, hambrienta. Me muerdo el labio. El deseo me vuelve a prender como una chispa.
Xander sonríe, estira el brazo y saca un condón de su mesilla. Pero antes de que pueda abrirlo, lo detengo suavemente.
—¿Siempre los usas? —pregunto, mirándolo a los ojos.
—Siempre —asiente Xander, sin dudar.
Respiro hondo. Le acaricio el abdomen, bajando despacio hasta rozar con la yema de los dedos esa erección palpitante que me llama.
—Estoy tomando la píldora —digo, con la voz ronca y segura—. Y te quiero así. Piel con piel.
Siempre tomo precauciones con los demás chicos, pero con Xander… Con él necesito que sea de otra forma. Con él, quiero sentirlo todo.
Él me observa, intenso. Como si pudiera leer dentro de mí.
—¿Estás segura? —pregunta con ansia.
Asiento. Gimo muy bajito, sin apartar la vista de él.
—Completamente.
Me sonríe con esa mezcla entre deseo y ternura que solo él sabe llevar.
Se echa sobre mí, atrapando mis labios en un beso profundo, lleno de promesas.
Siento su cuerpo entre mis piernas, su respiración agitada rozando mi piel, y cómo se acomoda entre mis muslos mientras nuestras bocas siguen encontrándose con hambre contenida.
Me besa tan lento, tan profundo, que me hace olvidar todo lo que alguna vez me asustó.
—Dios, Gia… —susurra contra mi boca—. No tienes ni idea de lo que me haces sentir.
Y entonces presiona, suave, pero firme, contra mi entrada. Mi cuerpo se tensa al instante, un gemido escapa de mis labios sin que pueda evitarlo. Su grosor, su calor… todo en él me hace perder el aliento.
—Xander… —jadeo, sin poder dejar de mirarlo—. No… no me va a caber.
Suelta una risa ronca, segura. Sus ojos arden.
—Claro que sí. Estás hecha para mí.
Y entonces, sin previo aviso, empuja lento hasta el fondo. Un grito escapa de mi garganta. De dolor no: de puro shock, de placer, de intensidad. Me arqueo contra él, las manos aferradas a su espalda, sintiéndome completamente llena, invadida…, suya.
—Dios, Xander… —gimo; mis paredes se van adaptando a su tamaño.
—Joder, Gia —gruñe contra mi cuello—. Me encanta escucharte decir mi nombre así.
Y empieza a moverse. Fuerte. Intenso. Con ese control casi salvaje que solo él puede tener.
Cada embestida es una descarga de electricidad por todo mi cuerpo, y aun así quiero más.
No puedo dejar de gemir, de pedir, de rogar por más.
Sube mis piernas hasta sus hombros, y lo siento aún más profundo.
Una presión deliciosa me hace perder el control por completo.
—No pares —le suplico, casi llorando de placer—. No pares, Xander…
—Tienes el mejor coño que he probado en mi vida, Gia —dice, entre jadeos—. Me aprietas tanto… Estás tan perfecta…
Me aferro a él, envolviéndolo con las piernas, sintiendo cada centímetro de su cuerpo contra el mío. El calor, el sudor, las respiraciones entrecortadas. Todo se vuelve una mezcla perfecta de deseo, conexión y locura.
Me abre más y más con cada embestida, su polla dura y gruesa me llena tanto que me falta el aire. Me sujeta las caderas con fuerza, marcando el ritmo como si conociera mi cuerpo mejor que yo. Cada vez que se hunde más profundo, un gemido escapa de mi garganta, imposible de contener.
—Joder, Xander… —gimoteo, mordiéndome el labio y con las piernas temblorosas—. Tienes un polla enorme… Me estás matando…
—¿Te gusta mi polla? —gruñe contra mi cuello, con la voz ronca y cargada de deseo—. ¿Te gusta cómo follamos?
—Me encanta… No pares, por favor —suspiro, hundiendo las uñas en su espalda, buscando más, siempre más.
Se incorpora un poco para mirarme a los ojos, sus caderas empujando con fuerza y precisión, golpeando justo donde me hace ver las estrellas.
—¿Te vas a correr para mí? —pregunta, con una sonrisa peligrosa en los labios.
Asiento jadeando, incapaz de fingir lo que siento.
—Sí… Me voy a correr… para ti…
—Eso es, vamos, preciosa… Córrete en mi polla —murmura, apretando los dientes mientras acelera el ritmo, más salvaje, más crudo, como si mi cuerpo fuera suyo y no existiera nada más.
El calor me explota por dentro.
Grito su nombre sin vergüenza cuando el orgasmo me sacude, haciéndome arquear la espalda y apretarlo aún más contra mí.
Siento su polla palpitando dentro, y justo cuando creía que ya no podía más, él empuja dos veces, profundo y desesperado.
—Me corro, Gia… Joder… —Suelta un gemido gutural, y lo siento derramarse dentro de mí, caliente, intenso, llenándome por completo.
Se deja caer sobre mí, ambos jadeando, su pecho contra el mío, nuestros cuerpos sudorosos y sacudidos por lo que acabamos de compartir. Yo aún estoy temblando.
Le acaricio la espalda con suavidad, en círculos lentos, disfrutando de la calma después de la tormenta.
—Ha sido increíble… Me ha encantado.
Xander alza la cabeza para mirarme. Tiene el pelo revuelto, las mejillas rojas y esa sonrisa que me desarma. Me besa despacio, profundo, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
—Ha sido el mejor polvo de mi vida, Gia.
—¿Sí? —suelto una risa suave, aún sin aliento—. ¿Así de bien lo hemos hecho?
—¿Lo dudas? —dice, aún dentro de mí—. Eres tan increíble que no pienso permitir que nadie más te toque.
Sale despacio, y no puedo evitar gemir otra vez. Su semen empieza a gotear entre mis piernas, caliente y espeso.
—Me estás chorreando… —le digo, enarcando una ceja.
—Mmm… Me encanta cómo te queda —se ríe y me besa de nuevo.
—Deberíamos ducharnos… —digo, aunque no me muevo ni un centímetro.
—Dame un minuto…, estoy muerto —dice, dejándose caer a mi lado.
—Vaya quarterback estás hecho. —Me río a carcajadas, me levanto de la cama y le tiro una almohada.
Él tarda un segundo en seguirme y echarme sobre sus hombros para llevarme al baño.
Nos metemos en la ducha. Entre risas y caricias, mientras el agua caliente cae sobre nosotros, me enjabona con las manos, lento, como si quisiera volver a empezar, y yo no paro de sonreír ni un segundo.
—¿Te quedas a dormir conmigo? —pregunta Xander, envolviéndome con una toalla.
—Por supuesto.
Le doy un beso suave y tierno.
Terminamos en su cama, entre las sábanas, con sus brazos rodeándome y mi respiración calmada cerca de su cuello.
—Buenas noches, Xander.
—Buenas noches, preciosa.
Dormimos juntos, por fin, como si el mundo se hubiese quedado en pausa solo para nosotros.