La última apuesta 9
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G ia

El aire de la noche es fresco, con ese olor a asfalto húmedo y mar que tiene Seattle cuando la ciudad empieza a dormirse.

Paseamos despacio, sin rumbo, con las manos rozándose a cada rato como si aún estuviéramos midiendo la distancia.

Xander va a mi lado, en silencio, pero lo siento todo el tiempo.

Su calor. Su presencia. Su forma de mirarme de reojo como si no pudiera evitarlo.

—¿Estás cansada? —me pregunta, y su voz suena más suave de lo que estoy acostumbrada.

—No —respondo, sin pensarlo.

Y es verdad: no quiero que esta noche se acabe.

Pasamos junto a una librería cerrada, las luces apagadas, los reflejos de las farolas sobre los cristales. Él me observa mientras yo me detengo un segundo frente a un escaparate lleno de libros.

—¿Quieres venir a casa un rato? —pregunta, como si fuera la cosa más intrascendente del mundo.

Giro la cabeza hacia él: tiene esa media sonrisa suya, la que parece guardar un millón de significados ocultos.

—Sí —respondo, sin dudar.

Porque lo deseo. Porque, por mucho que me asuste, no quiero seguir huyendo.

Sonríe, me agarra la mano, y me lleva en dirección a su coche. Subimos y en pocos minutos llegamos a su edificio.

Es uno de esos rascacielos modernos con portero las veinticuatro horas, mármol en la entrada y un ascensor que huele a dinero. El apartamento está en uno de los pisos más altos.

Cuando abre la puerta, siento que he entrado en otro universo.

Todo es amplio, minimalista, lujoso sin esfuerzo. Colores neutros, ventanales gigantes con vistas a la ciudad, un sofá enorme de piel oscura, una cocina abierta digna de revista, arte moderno en las paredes… Huele a limpio, a madera y a algo masculino que solo puede ser suyo.

—Vaya… —digo sin poder evitarlo—. Esto no es lo que me imaginaba.

—¿Y qué imaginabas? —pregunta, curioso.

—Algo más… desordenado. Más de chico de veintitantos que vive solo.

—Tengo a alguien que me ayuda a que no lo parezca —ríe, guiñándome un ojo.

Nos quedamos mirándonos. Y ahí está otra vez esa tensión. Esa electricidad que nunca se va.

Xander da un paso hacia mí. Yo doy otro.

Y no sé quién se lanza primero, pero de pronto sus labios están sobre los míos y todo desaparece.

El beso es lento al principio, como una promesa.

Luego se vuelve más intenso, más hambriento.

Me atrapa por la cintura y yo me cuelgo de su cuello, dejándome llevar.

Sus manos bajan por mi espalda y las mías empiezan a desabrochar los botones de su camisa, uno a uno, sintiendo cada centímetro de piel caliente que voy descubriendo. Él hace lo mismo con los tirantes de mi vestido, y me lo va bajando por los costados hasta que cae a mis pies.

Sus ojos me recorren sin prisa, se detienen en mis pechos y me contempla como si acabara de descubrir un secreto solo suyo. No es solo deseo: es hambre. Calor. Veneración.

Y yo, yo me derrito por dentro. Siento cómo se me pone la carne de gallina, cómo se me encoge el vientre, cómo se enciende algo entre mis piernas con solo ese silencio suyo cargado de intención.

Me siento hermosa. Salvaje. Completa.

Solo con mirarme así, Xander ya me tiene completamente desnuda, por dentro y por fuera.

—Joder, Gia… —susurra contra mi boca.

De repente, me levanta como si no pesara nada. Instintivamente rodeo su torso con mis piernas y seguimos besándonos. Me lleva por el pasillo sin apartar sus labios de los míos, hasta entrar en su habitación.

El cuarto es amplio, elegante, con una cama inmensa de sábanas oscuras. Me deja caer con cuidado sobre el colchón y se aleja un poco, sin apartar la vista de mí mientras se quita los vaqueros.

Y entonces se queda en calzoncillos. La tela tensa, marcando una erección que ya me hace tragar saliva.

Se los baja despacio, sin prisa.

Y ahí está.

Me incorporo levemente sobre los codos, y no puedo evitar quedarme embobada. Su cuerpo parece esculpido en mármol: abdomen definido, brazos fuertes, hombros anchos, cuello firme… Pero lo que de verdad me deja sin aire es lo que hay entre sus piernas.

Su polla está completamente dura. Es enorme. Gruesa, larga, perfecta. Con venas suaves que recorren su base, y una punta redondeada, rosada y brillante por una pequeña gota de líquido preseminal.

Es imponente. Poderosa. Innegablemente deliciosa.

Y es mía. Al menos esta noche.

Me humedezco los labios, con la respiración ya descontrolada y el corazón en la garganta.

Lo deseo. Y sé que él también me desea a mí.

Lo veo ahí, tan perfecto, tan increíblemente excitante, y lo único que puedo pensar es que necesito tenerla en mi boca.

Xander da un paso hacia la cama, y yo, sin pensarlo, gateo hasta el borde. Me quedo de rodillas sobre el colchón, con su erección tan cerca que me tiemblan los muslos. La observo un segundo, casi con reverencia.

Él no dice nada. Me acaricia el pelo despacio, enredando los dedos con suavidad, y yo levanto la mirada hasta encontrarme con la suya. Su expresión es pura lujuria…, pero también hay algo tierno, íntimo, como si este momento significara más de lo que parece.

Desliza un dedo por mis labios. Lo recibo, lo envuelvo con la boca, lo chupo lentamente. Xander deja escapar un suspiro ronco, y yo sonrío, sabiendo exactamente lo que estoy provocando.

Entonces me acerco. Paso la lengua por la punta de su polla, recogiendo esa gota brillante que lo delata. El sabor es salado, cálido, excitante. Casi puedo sentir cómo se le tensa cada músculo del cuerpo.

Xander gime muy bajito y echa la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos un segundo.

—Joder, Gia… —susurra.

Me la meto poco a poco en la boca, acomodándome, explorándolo con lentitud, sintiendo cómo se abre paso entre mis labios.

—Es muy grande… —murmuro, con una sonrisa ladeada.

Él suelta una risa ronca.

—Y tú sabes muy bien cómo subirle el ego a un hombre.

—Sonrío otra vez, sin parar de mirarlo, y dejo caer un hilo de saliva sobre él.

Lo deslizo con mi lengua, lubricando, y lo tomo más profundo esta vez, sintiendo cómo tiembla bajo mi boca—.

Me vas a matar —dice entre jadeos—. ¿Cómo puedes ser tan jodidamente sexy?

Gimo en respuesta, y la vibración del sonido hace que sus caderas se muevan apenas. Siento cómo sus dedos se tensan en mi pelo, cómo su respiración se acelera. Me dejo llevar por el ritmo, por su sabor, por el deseo que crece sin freno entre los dos.

Tener su polla en la boca me hace sentir poderosa. Lo escucho jadear, maldecir en voz baja, y cada sonido suyo me enciende más.

Su sabor, su calor, la forma en que tiembla cuando hago presión con los labios… es adictivo.

Me llena la boca por completo, tan grueso y largo que apenas he podido moverme al principio. Me cuesta respirar, pero me encanta.

Me roza la garganta cuando entra más. Es demasiado… y justo por eso me vuelve loca.

Y aunque no hay palabras, en esa entrega silenciosa, en ese calor compartido, siento algo más que simple lujuria. Algo que me consume desde dentro.

—Quiero que te la tragues entera —murmura Xander, con la voz oscura, cargada de deseo. Sus dedos aún están enredados en mi pelo, como si ya supiera que le entregaría justo eso.

Lo contemplo desde abajo, con los labios entreabiertos, y la respiración agitada. No hace falta que responda. Solo lo tomo en la boca, con todo mi cuerpo temblando de anticipación.

Lentamente guío su polla a mis labios y comienzo a recibirla, centímetro a centímetro, hasta sentir cómo roza el fondo de mi garganta.

Me arden los ojos. Las lágrimas me brotan solas, como un reflejo inevitable, pero no retrocedo.

Aprieto los muslos contra el colchón, respiro hondo por la nariz y permito que me invada por completo.

Un jadeo apenas audible escapa de su garganta.

—Oh, Dios…

Y entonces, sin advertencia, sus caderas comienzan a moverse.

Empieza a follarme la boca con una cadencia lenta pero firme, marcada, como si mi garganta le perteneciera.

La punta me golpea al fondo, y me empapa de su sabor, haciéndome gemir con suavidad, con la lengua extendida, y me entrego a cada embestida.

Me sujeta la cabeza con fuerza por la nuca, sin empujar, pero sin soltarme. Me sostiene así, en el límite, mientras yo me abandono a él y todo mi cuerpo se centra en ese acto íntimo y crudo.

Cuando sus movimientos cesan, no me detengo.

Continúo a mi ritmo. Su polla brilla de saliva; la lamo y la rodeo con mis labios, con cada movimiento envolvente y húmedo.

Una de mis manos desciende entre mis piernas, y al rozarme, descubro que estoy completamente empapada.

Chorreo deseo. Me acaricio sin soltarlo de la boca, perdida en el sabor, en el poder de tenerlo así, temblando para mí.

Él lo siente. Lo ve.

—Gia… —dice con un tono quebrado—. Como sigas así, me voy a correr.

No le doy tregua. No le doy salida. Sigo chupando con más firmeza, con más hambre, entregada, devota.

Y entonces sucede.

Su polla palpita entre mis labios y el primer chorro caliente me golpea en la garganta. Lo recibo todo. Trago sin apartarme, sin dejar de mirarlo, y siento cada sacudida de su cuerpo, cada descarga profunda que llena mi boca.

Lo sostengo hasta que no queda nada. Solo su respiración agitada, su cuerpo vencido por el placer y mi boca aún caliente, aún húmeda de él.

Lo suelto lentamente; su polla brilla al salir, mojada, sensible, temblorosa. Me limpio las comisuras con los dedos, y sin decir nada, subo sobre él, buscando sus labios con los míos.

Me recibe con un beso lento, lleno de asombro y de deseo aún latente.

Cuando me separo apenas un poco, le sonrío, satisfecha y le susurro, repitiendo sus propias palabras, ahora mías.

—Es mi nuevo sabor favorito.

Xander sonríe y yo lo observo con los labios entreabiertos, los ojos brillantes por la intensidad de lo que acaba de pasar. Pero sé que esto no ha terminado.