La última apuesta 8 #2
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8 #2

—Gia, te voy a decir algo. Y quiero que me escuches bien.

—Espero, porque sé que viene su discurso—.

Tú llevas años cargando con un pasado de mierda.

Una madre que te manipuló hasta vaciarte.

Un padre que te dio la espalda. Has tenido que cuidarte sola desde siempre.

Y lo has hecho jodidamente bien. Eres la mujer más fuerte que conozco.

Eres independiente y brillante. Pero no puedes vivir eternamente cerrando las puertas por miedo a que te hieran.

—Savannah…

—No. Escúchame. Entiendo que tengas miedo. Entiendo que no quieras sentirte vulnerable. Pero, tía…, lo necesitas. El amor también es refugio. No sé si Xander es ese refugio, pero si algo dentro de ti vibra diferente con él, no lo mates antes de que empiece.

—Es que… no quiero volver a sentirme atrapada. Ni usada. Ni sola.

—No vas a estar sola si te permites estar acompañada. Es así de simple. Tampoco te digo que te cases mañana. Solo que no huyas de lo que te hace sentir viva.

—¿Y si me hace daño?

—Pues te hará daño. Pero será tu dolor. Por una decisión tuya. No por las heridas que te dejaron otros.

Me quedo callada, procesándolo todo.

Tiene razón. Joder, tiene toda la maldita razón.

—Vale, voy a intentar abrirme. Poco a poco. Volveré a confiar. Aunque no prometo nada, pero… quiero dejar de tener miedo.

Ella me agarra la mano sobre la mesa y me sonríe.

—Eso es lo único que importa. Y, tía…, si te vas a enamorar de alguien, que sea de alguien que te empotre contra una puerta con tremendo miembro.

Suelto una carcajada tan fuerte que varias personas nos miran.

—Gracias por venir, Sav. De verdad. Te necesitaba.

—Siempre que haya café, cotilleo y pollas de por medio, cuenta conmigo.

—¿Te imaginas que acabamos saliendo tú con Chase y yo con Xander?

—¡Un viaje en pareja a Las Vegas, nena! —me dice, ilusionada.

—Seriamos imparables.

Brindamos con nuestras tazas medio vacías, riendo como idiotas.

Y por primera vez en mucho tiempo, creo que sí, que quizás no estoy tan sola. Que quizás… puedo permitirme sentir.

Estoy viendo mi serie favorita tirada en el sofá. Con una calma que no había sentido en muchos días.

Cojo mi móvil y vuelvo a leer el mensaje que Xander me mandó anoche.

Y decido escribirle.

Yo: Si no tienes nada que hacer luego…, ¿te apetecería cenar conmigo?

Tardo menos de un minuto en ver los puntitos de escritura.

Xander: ¿Dónde y a qué hora?

Sonrío. Es directo. Sin rodeos. Y me encanta.

Le escribo una dirección junto con la hora. Y es en ese preciso momento cuando me empiezo a poner nerviosa.

¿Le acabo de pedir una cita? ¿Y ha dicho que sí?

Me dirijo corriendo a mi habitación y abro el armario. Empiezo a sacar ropa y más ropa, pensando qué me puedo poner.

Elijo un vestido negro de satén que abraza mi figura y parece cosido directamente en mi piel.

Llega hasta la mitad del muslo, con una abertura lateral que permite entrever el nacimiento de mi pierna cada vez que me muevo.

Unos tirantes finos dejan al descubierto mis hombros, y el escote en forma de corazón enmarca mis clavículas y el inicio de mis pechos con una elegancia provocadora, sin exagerar.

El pelo lo llevo suelto y ondulado, en cascada por mi espalda. Con esa textura natural que parece rebelde aunque esté perfectamente colocado.

Algunas ondas me caen por el rostro, enmarcando mis labios, pintados de un rojo profundo que contrasta con mi piel clara.

De zapatos he optado por unas sandalias de tacón fino, negras, que alargan mis piernas.

Ahora sí. Estoy lista para comerme la ciudad. Y a Xander.

Cojo el bolso, guardo las llaves y salgo de casa.

Hemos quedado en un sitio cerca de aquí. Algo formal, y tranquilo.

Cuando llego, él ya está sentado en la terraza con una sonrisa torcida que me acelera el corazón.

—Hola, Gia —dice al levantarse para saludarme, y me da un beso en la mejilla—. Estás impresionante.

Lo sé, pero él no se queda atrás.

Xander lleva una camisa negra, de esas que se pegan al pecho lo suficiente para adivinar los músculos que hay debajo, remangada hasta los antebrazos —ese maldito punto débil mío—. Unos vaqueros oscuros, no muy ceñidos, y unos botines de cuero que le dan ese toque desenfadado.

El pelo revuelto, la barba perfectamente imperfecta. Y esa mi rada medio insolente y medio hambrienta que me desnuda sin tocarme.

Está jodidamente guapo. Y él lo sabe.

—Hola, Xander —respondo con una sonrisa tímida.

Nos sentamos y pedimos. No tardamos en soltarnos. Y él empieza a contarme anécdotas suyas que no dejan indiferente a nadie.

—Así que me estás diciendo que confundiste un exfoliante con pasta de dientes —digo, posando el tenedor en el plato y riéndome tan fuerte que tengo que taparme la boca.

Xander se encoge de hombros, con esa sonrisa torcida que me derrite.

—Era de menta; ¿cómo iba a saber que no se comía?

—Porque tenía bolitas —respondo entre carcajadas, limpiándome una lágrima del rabillo del ojo—. ¿No te pareció raro estar masticando arena?

—Pensé que era ecológica o algo así. Natural, ya sabes —dice alzando las cejas, intentando justificar su estupidez.

Niego con la cabeza, aún sonriendo.

—Eres increíble…

—¿Para bien o para mal?

—Para muy mal —contesto, mordiéndome el labio, aunque la sonrisa me traiciona.

—Te encanta el mal que te hago, Gia.

Se me pone la carne de gallina. Me echo hacia atrás en la silla para esconder mi reacción, pero Xander lo nota.

—Cállate —le digo, y jugueteo con la copa de vino.

—Haz tú que me calle.

Me subiría en su regazo, lo besaría y me olvidaría del mundo. Pero no es lugar para hacerlo, así que tiro por lo fácil.

—Ayer tuviste una entrevista por la mañana, ¿no? —le digo, pillándolo por sorpresa—. ¿Qué tal te fue?

Me cuenta que fue surrealista, que el periodista confundió su posición en el campo con la de un portero de hockey.

—Te juro que por un momento pensé en decirle que sí, que tenía un stick escondido debajo del pantalón.

—Bueno… —señalo su cuerpo con un dedo—, con ese palo tuyo tampoco ibas tan desencaminado.

—¿Me estás llamando stickman ? —dice, levantando una ceja.

—Te estoy diciendo que deberías registrarlo como arma blanca.

Ambos reímos. La comida es ligera, deliciosa. Compartimos el postre y nos robamos miradas. Hay algo entre nosotros, algo que flota, algo que ninguno se atreve a nombrar aún, pero que se siente en el aire.

—Xander —murmuro cuando nuestras dedos se rozan por encima de la mesa—. Quiero decirte algo. —Él aguarda, atento—. Quiero pedirte perdón —empiezo diciendo.

—¿Por qué? —pregunta, sorprendido.

—Por lo que hice anoche. Por frenarlo todo así, de golpe. Sé que fue feo. Lo estaba disfrutando… muchísimo, en realidad. Pero me asusté.

Xander frunce el ceño, no con enfado, sino con interés genuino.

—¿Y qué fue lo que te asustó?

Suspiro.

—Lo que siento por ti. Es más de lo que debería. Más de lo que me esperaba. Desde el principio has sido como… un huracán en mi vida. Siempre he sabido protegerme muy bien, manteniéndome al margen. Pero tú… tú haces que me olvide de eso. Y no sé manejarlo.

Él me coge de la mano.

—¿Y crees que yo sí sé manejarlo? Gia, no eres la única que está sintiendo algo. Anoche…, joder, anoche fue increíble. Pero no por lo sexual, o por lo cerca que estuvimos. Fue porque eras tú.

Bajo la vista, un poco abrumada.

—Yo tenía ganas de que pasara. De ti. De tus besos. —Me sonrojo y él sonríe—. Pero también tenía ganas de más. Y eso me dio miedo.

—¿Más cómo? —pregunta.

—Más de ti. Más de lo que hay detrás de esa fachada. Más de lo que siento cuando me miras así… —Trago saliva—. Y cual quier otro se habría largado de mi casa molesto. Pero tú sonreíste. Me diste un beso en la mejilla. Fuiste jodidamente amable.

Xander me aprieta la mano suavemente.

—Porque vi algo en tus ojos. Y lo entendí. No tienes que justificarte conmigo. No soy perfecto, Gia. También tengo mis fantasmas. Pero lo que pasó… fue real. Y no pienso dejar que lo arruines por miedo.

Hay una mezcla extraña en su expresión: deseo, ternura, y algo más… ¿Esperanza?

—Gracias por entenderlo. Por no mandarme a la mierda.

—Bueno, ganas no me faltaron —dice, bromeando, y ambos reímos—. Pero la verdad es que me gustas, Gia, y sé que quiero seguir conociéndote, aunque sea paso a paso.

Nos quedamos mirándonos. La luz de la vela se refleja en sus ojos, brillando como si el universo me diera una señal. Entrelazo mis dedos con los suyos, y Xander me los estrecha y me hace sentir que no me soltará jamás.

Y no decimos nada más.

Y por ahora, no hace falta.