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G ia
El domingo me despierto más temprano de lo habitual.
El cielo está todavía gris, y la luz entra en mi habitación apenas filtrada por las cortinas. Me estiro en la cama, despacio, intentando no molestar al rey peludo que duerme acurrucado a mis pies, sin una sola preocupación en el mundo.
Alargo un brazo y cojo el móvil de la mesilla de noche. Lo desbloqueo y veo las notificaciones. Todo pasa desapercibido, hasta que veo su nombre. Un mensaje de él.
Lo leo y el corazón me da un vuelco. Sonrío y vuelvo a leerlo. Dos veces. Tres.
«Jodidamente perfecto».
Cierro los ojos y respiro hondo para volver atrás y revivirlo solo con pensarlo.
Me llegan las imágenes, todas, una tras otra, como un torrente.
Su coche. El silencio entre nosotros, roto por alguna broma tonta que me hizo reír.
Esa mirada suya, antes de que me fuese, como intentando atraparme en ese momento.
Y ese beso justo antes de que entrase al edificio.
Su boca. Mis labios. Su lengua.
Esa mezcla de calor, deseo y un hambre audaz.
Me besó como si le fuera la vida en ello.
Y yo… yo no quería que parase jamás.
Me encantó su forma de besarme. Era directo, intenso. Con ese punto de ternura que no me esperaba de él. Con esa mezcla suya de chulería y vulnerabilidad que me vuelve loca.
Lo que pasó después… aún puedo sentirlo entre mis piernas. Pegado a mí.
Joder, Xander.
Cómo me besó con fuerza. Cómo me agarraba y me tocaba.
Sus dedos eran fuego. Su boca, una maldita adicción.
Noté su polla dura contra mi vientre y… jamás he sentido nada igual.
Parecía enorme. Era deseo puro. Era instintivo y salvaje.
Cuando me tocó, creí que iba a volverme loca. No solo por cómo lo hacía, sino también por todo lo que me hacía sentir.
Me encantó hacerlo. Me encantó tener su lengua en todas partes. Me encantó escuchar las cosas que me decía.
Sí, me corrí en sus dedos. Con su boca besándome y con su voz susurrándome cosas que me hacían vibrar.
Y ahora estoy aquí, temblando solo de pensarlo. Con el móvil entre las manos y el corazón desbocado.
Pero todavía tengo el runrún molesto en la cabeza. Trabajas para él. Esto no está bien. No deberías hacerlo.
Y sin embargo, no me arrepiento de lo que pasó.
Porque siento que fue real. Intenso. Y por una vez me dejé llevar, a pesar de mis sentimientos. Aunque del todo no…
No sé qué siento exactamente por él. Pero sí sé que no me lo puedo sacar de la cabeza.
Y tampoco quiero hacerlo.
Me rayé, y odié la sensación. Y odié aún más el momento en el que se me pasó.
No me gustó sentir cómo ese instante tan perfecto se resquebrajaba dentro de mí sin que él hiciera nada malo.
Solo fui yo. Mi cabeza. Mi culpa.
Porque si con él solo fuese sexo, podría haberme abandonado a él. Disfrutarlo y luego pasar página.
Como ya he hecho tantas otras veces.
Pero con Xander no es solo sexo. No lo es. Y eso es justo lo que me asusta.
Porque no estoy segura de querer esto. No deseo algo que me desestabilice, algo que me haga sentir más de lo que puedo controlar.
Y él… él tiene esa jodida capacidad.
La capacidad de mirarme y desmontarme. De besarme y robarme el aliento. De tocarme y hacerme olvidar quién soy.
Pero he trabajado mucho para ser quien soy ahora. Para mantenerme fuerte e independiente. Dueña de mis emociones. Libre.
Y sí, a veces me siento sola. Pero es mi soledad. Yo la elijo. Es mejor que el vacío que sentía cuando no tenía elección.
Porque si no puedes confiar en tu propia familia…, ¿cómo vas a confiar en alguien más?
Mi madre fue la primera en enseñarme eso.
Me crie con su voz repitiéndome que sin ella no sería nada. Que ella lo había sacrificado todo por mí. Que era mi deber cuidarla. Como si yo hubiera nacido para cargar con sus heridas.
Y durante mucho tiempo lo creí. Hasta que entendí que no me quería; al menos, como se quiere a una hija.
Solo deseaba tenerme cerca para no estar sola. Para no trabajar. Para que yo fuera su colchón emocional y económico. Me hizo sentir culpable por pensar en mí. Por tener sueños. Por querer marcharme.
Y cuando mi padre se fue y formó otra familia, fue como si yo hubiera dejado de existir. Pasé de ser su hija a ser una sombra. Un recuerdo borroso en sus nuevos domingos felices.
Me pasé el final de mi adolescencia intentando encajar. Esperando que alguien se quedara. Que alguien me eligiera.
Pero nadie lo hizo. Y entonces decidí que… nunca más.
No voy a darle mi corazón a nadie que pueda romperlo.
Y me ha funcionado. A mi manera, sí.
Sexo sin compromiso. Citas esporádicas. Nada más.
Y ahora… llega Xander. Con sus ojos infinitos, su nariz recta, sus labios carnosos, su sonrisa chula y su forma de besar.
Su forma de contemplarme como si me viera de verdad.
Y no es lo que tenía previsto.
Porque no puedo controlarlo. Porque es él, y él lo complica todo.
Y no solo eso: también trabajo para él.
Joder, estoy en medio de su mundo. Con su equipo, su vida, sus rutinas. ¿Y si esto nos explota en la cara? ¿Y si me ilusiono y luego me abandona? ¿Y si él no piensa lo mismo de mí?
¿Y si pierdo y tengo que seguir viéndolo cada día?
Pero… ¿y si siente lo mismo?
¿Y si permito que me quiera y me vuelven a romper?
No puedo. No quiero.
Y aun así…
Aun así pienso en sus dedos en mi interior. En cómo me tocó, sabiendo exactamente lo que necesitaba. En cómo me miró, cómo me susurró, cómo me deseó.
Y en cómo yo también lo deseo a él.
Xander me complica la vida. Y lo peor es que… no sé si quiero que pare de hacerlo.
Salgo de la cama con un ruido de tripas impresionante. Y con cuidado de no mover a Cronos, por supuesto.
No me lo pienso mucho: ni siquiera he comprobado la hora y ya estoy llamando a Savannah.
Tarda unos tonos en contestar.
—¿Gia…? ¿Tú sabes qué hora es? —Su voz suena ronca, adormilada.
—Hora de que te levantes, dormilona. Ha venido Papá Noel —le digo con una sonrisa.
—No juegues así con mi época favorita del año Gia, me hieres —dice en tono dramático.
—Va, levanta. Tengo hambre y necesito una sesión de cotilleo. ¿Desayunamos? —propongo, con una mano en mi estómago que no para de rugir.
—¿Ahora? ¿No puedes comerte tus dramas con una tostada y llamarme en dos horas?
—No —respondo sin piedad—. Quiero té, y quiero saber si pasó algo anoche, después de la fiesta. ¿Vamos o qué?
—Aj… Dame veinte minutos, sinvergüenza.
Cuelgo la llamada y me dispongo a vestirme.
Me decido por un vestido corto, negro y fluido. Y una chaqueta vaquera oversize remangada. Y por supuesto mis Vans negras. Es domingo de olvidar los tacones en el armario.
Me miro al espejo y decido no hacerme nada en el pelo, así que me lo dejo suelto, al natural.
Me pinto los labios de un color neutro, le doy un beso a mi bola de pelo, que sigue durmiendo, y me voy.
Llegamos a la cafetería y nos sentamos a una mesa de la terraza donde ya está empezando a dar el sol.
En el aire se puede respirar un olor a croissants recién horneados. Se escucha el murmullo suave de un domingo por la mañana. El té está caliente, y Savannah lleva unas gafas de sol enormes y cara de no haber dormido nada. Literalmente.
—¿Vas a contármelo ya o tengo que torturarte con mis teorías? —le digo, dándole un sorbo al té.
Ella sonríe con esa carita de culpable satisfecha.
—Vale, vale. Me fui con Chase. Y acabé en su casa.
Levanto las cejas.
—¿Y? —le pregunto, impaciente.
— Y follamos.
—¡¿Y?! —repito, escandalizada.
—Gia, follamos muy bien. Muy muy bien. Tiene un cuerpo de pecado y unas manos que deberían estar prohibidas por la ONU .
Suelto una carcajada y no digo nada.
Ella ríe y baja la voz, acercándose a mí.
—Me comió el coño como si tuviera hambre desde 1999, tía. Me dejó temblando. Literal. Y luego follamos contra la pared de su salón; ni siquiera pudo esperar a llegar a la cama.
—Dios… —Respiro hondo, sorprendida y encantada—. ¿Y algo más?
—Después fuimos a su cama y lo hicimos otra vez.
—Joder, Savannah —le digo, mientras pateo su pie—, ahora entiendo tu forma de caminar.
Nos reímos con ganas y me devuelve la patada.
—Ya —dice mordiéndose el labio—. Y después me llevó a mi casa y me dijo que quería una cita en condiciones. Que le gustaba de verdad.
—¿Y tú qué le dijiste?
—Que me encantaría.
Y ahí, me quedo unos segundos en silencio, sonriendo como una idiota. Me hace ilusión verla así. Tan emocionada, tan feliz.
—Me alegro mucho por ti. De verdad. Chase es un buen tío, se nota a leguas.
—Sí, ¿no? —pregunta, como esperando mi aprobación.
—Sí. Tiene mirada de protector sexy. Y llora viendo Titanic . Es un partidazo.
Ella se ríe y se echa hacia atrás, feliz.
—¿Sabes qué es lo mejor? Que no tengo miedo. Estoy tranquila con él. Siento que, si salto, me va a agarrar. Y lo acabo de conocer.
—Ay, por favor… —le digo con la mano en el pecho, emocionada—. Qué bonito. Me vas a hacer llorar en medio de un brunch .
—Cállate y cuéntame tú ahora. ¿Qué pasó con Xander?
Me tenso ligeramente. Y lo nota. Me echa un vistazo agudo por encima de las gafas de sol.
—Gia.
—Bueno… —Suspiro y juego con la cuchara del té—. Fue… intenso. Increíble, en realidad.
Sus ojos se abren como platos.
—¿Os acostasteis?
—No. Pero estuve muy muy cerca de hacerlo.
Le da un sorbo a su café, un poco decepcionada.
—¿Y por qué no?
—Porque soy idiota —respondo sin pensarlo.
Ahora está seria.
—No lo creo. Cuéntamelo todo.
Y eso hago.
Savannah se acomoda en la silla con una sonrisa maliciosa y me escucha atentamente.
Al cabo de un rato, y de soltarlo todo con hasta el más mínimo detalle, ella me dice:
—O sea, ¿te corriste? —Asiento—. ¿Y luego no os acostasteis? —pregunta, sorprendida.
Yo también lo estaría si me contase todo lo que él me hizo y luego… nada.
—No. —La sonrisa se me borra poco a poco—. Paré. Me agobié. Empecé a pensar que no debía. Que trabajo para él. Y que no quería sentir nada con él.
Savannah me mira en silencio durante unos segundos, que se me hacen eternos. Luego deja la taza en la mesa.