7
X ander
Salgo de la piscina con el cuerpo empapado y la mente aún más revuelta.
Joder, Gia.
¿Qué acaba de pasar?
Camino hacia la cocina con las gotas resbalándome por el pecho, buscando algo de aire, de cordura, de alcohol…, algo que me ayude a no pensar en la forma en que me ha esquivado los labios justo en el último segundo.
No me lo esperaba. De ella no. Después de cómo me miraba no. De cómo se reía. De cómo me había rodeado con sus piernas.
Parecía tan metida como yo. Y sin embargo, me ha girado la cara.
Me ha hecho una puta cobra.
Frunzo el ceño, agarro dos vasos de plástico y los lleno con la primera botella de ginebra que veo. Agrego limonada sin preocuparme mucho por las proporciones. Me arde la garganta antes de beber.
—¡Cole! —me grita Ryder desde el salón—. Ven aquí, campeón.
Genial. Justo lo que necesitaba.
Me acerco con las copas, con el ceño aún fruncido, y ya me rodean como moscas a la mierda. Todos con esa sonrisa de cabrones que huelen sangre.
—¿Esa era Gia? —pregunta Zayn, ya borracho perdido—. Tío, ¿te ha hecho una cobra?
—¿En serio? —suelta otro, riéndose—. ¿Te ha rechazado delante de todos?
—Eso sí que no me lo esperaba —añade Nate con una sonrisa torcida—. ¿La única tía que pasa de ti?
Todos estallan en carcajadas. Me empiezo a tensar. Las copas me tiemblan en las manos, así que las dejo en una encimera cercana antes de derramarlas.
—Está claro —dice Zayn, levantando los brazos como en una declaración oficial—: Gia Clarke tiene inmunidad contra Xander Cole. Alguien que lo apunte, por favor.
—A ver si ahora no va a poder una tía decir que no —dice Chase, medio en serio, medio queriendo apagar la mierda—. Dejadlo ya.
Pero los otros siguen riéndose. Y algo dentro de mí se revuelve.
Orgullo. Enojo. Dolor, tal vez. Pero no de ese tipo que admito fácilmente.
—Si quisiera tirármela, ya lo habría hecho —sueno seco. Frío. Como si no me importara.
—¿Sí? Pues demuéstralo —dice Nate con media sonrisa. Sus ojos brillan de alcohol y provocación.
Lo miro de reojo.
—¿Qué cojones estás diciendo?
—Cien pavos a que no folláis antes del lunes —responde sin vacilar—. No necesito una conquista. Ni una cita. Algo rápido. En plan polvo… Como sabes hacerlo tú.
Chase frunce el ceño.
—Estáis muy borrachos. Es una gilipollez de apuesta —dice Chase—. Dejadlo ya.
Pero Nate parece estar convencido de que voy a caer en su juego.
Y, joder, estoy dolido. Estoy cabreado. Estoy borracho.
Y tengo a todos estos riéndose a mi costa.
Y ella… ella me miraba como si fuera algo más. Como si le importara. Como si le gustara lo suficiente como para romper su regla de no soportarme.
Y luego nada.
A la mierda.
—Hecho —digo para sellar el trato.
El grupo se queda en silencio un segundo.
—¿En serio? —pregunta Ryder, alucinando.
—Sí. Cien pavos. Antes del lunes. Ya lo veréis. Si quiero, lo consigo.
Nate y yo nos damos un apretón de manos.
Y aunque suelto las palabras con una sonrisa ladeada y segura, por dentro noto un pinchazo raro.
Porque esto no va de sexo. Y yo lo sé.
Pero ahora mismo me importa más mi puto orgullo que lo que siento.
Chase se me acerca cuando los otros se dispersan, riéndose, jaleando como si acabáramos de cerrar una apuesta de póker en Las Vegas.
—Tío, ¿en serio? —me dice en voz baja—. Esto sigue siendo una gilipollez.
No digo nada. Solo cojo mi copa y bebo un buen trago.
—No me jodas, Xander. Te gusta esa chica. Se te nota. Y si no quieres aceptarlo, vale, pero no la metas en este juego de mierda.
Frunzo el ceño. Me escuecen sus palabras porque tiene razón. Porque me conoce demasiado bien.
—No va de eso —respondo, tenso—. Me ha rechazado delante de todo el puto mundo, cuando parecía que me lo estaba dando todo. ¿Sabes cuántas veces me ha pasado eso?
—¿Cero? —pregunta Chase.
—Cero —confirmo.
Me encojo de hombros, haciéndome el duro, fingiendo que no me afecta, que en realidad me importa más la humillación que otra cosa.
—No es por ella. Es por mí. Por mi orgullo. Punto.
Eso es lo que digo. Lo que dejo que salga de mi boca. Pero por dentro…, por dentro todo está jodido.
La verdad es que sí me importa.
La verdad es que la quiero cerca. Que me ha descolocado. Que me ha roto todos los esquemas y ni siquiera me ha besado.
Y sí, ahora tengo un motivo para acercarme a ella sin que nadie pregunte.
Pero es una mierda, porque al final, esto no va solo de orgullo. Va de necesidad.
Porque con ella me siento distinto. Vivo. Nervioso. Al borde de algo que ni siquiera sé si quiero… o si puedo soportar.
Y esa idea me asusta.
Porque yo no me enamoro. Yo no me apego. Yo no permito que me quieran.
Porque ya aprendí cuando era un crío que amar significa perder.
A veces me cuesta recordar cómo sonaba la risa de mi madre. Pero el silencio que dejó es lo único que escucho cada vez que cierro los ojos.
Tenía once años cuando ocurrió. Llovía tanto que el mundo parecía a punto de derrumbarse. Mi padre me había prometido llevarme a mi primer partido de la NFL en directo esa tarde, pero el coche nunca llegó al estadio. Ni él ni mi madre salieron con vida de aquel amasijo de metal.
Recuerdo las sirenas, el sonido de la lluvia golpeando el parabrisas del coche del policía que me recogió. Recuerdo cómo todo en mí se rompió, despacio y sin aviso. Como si alguien hubiera apagado una luz que jamás volvió a encenderse del todo.
Después vinieron las casas de acogida. Una tras otra. Gente extraña, camas nuevas, reglas nuevas…, pero nada de cariño. Me convertí en un experto en cerrar puertas antes de que alguien las atravesara.
Desde entonces, aprendí que el amor no es algo que se gana. Es algo que te arrebatan. Algo que pierdes. Y yo ya había perdido suficiente.
Así que crecí convencido de que si no me aferraba a nadie, no dolería. Que si no reconocía que me importaban, no me romperían otra vez. Me volví el tipo que se va antes de que le pidan que se quede. El que ríe fuerte para que nadie escuche el temblor en su voz.
Y ahora, de repente, aparece ella.
Con esos ojos. Esa risa. Ese carácter que me patea el ego cada vez que abre la boca.
Y me jode. Me jode que me guste. Porque con ella no sé jugar. No hay reglas.
Y si me dejo llevar…, sé que voy a salir perdiendo.
Así que sí, he aceptado la apuesta.
Porque es más fácil fingir que esto es un reto estúpido que admitir que ella ya me tiene. Que ya me importa demasiado.
Y eso… es muy peligroso.
—Ahí estás… —dice una voz familiar a mi lado, que me saca del trance.
Me giro y la veo. Hannah.
Vestido corto, sonrisa larga, expresión cargada de intenciones. Se me cuelga del brazo sin preguntar.
—Te estaba buscando —susurra, acercando su cuerpo al mío—. Esta fiesta es un coñazo si no estás tú conmigo.
No respondo. Me termino la copa de un trago, mirando hacia otro lado.
—¿Has nadado ya? Estás empapado… —Pasa la mano por mi abdomen, despacio, como si lo hiciera a cámara lenta—. Podríamos ir arriba. A alguna habitación. Y quitarnos el agua el uno al otro…
Sabe perfectamente lo que está ofreciendo. Ya lo ha hecho antes. Y siempre le funcionó.
Antes.
Mi mente viaja. Gia. A sus ojos enormes cuando me ha esquivado el beso. A cómo se ha mordido el labio, nerviosa. A cómo me ha dicho que no se sentía cómoda.
A cómo se veía tan jodidamente sexy con ese bikini.
Y entonces me pierdo.
Porque hace una semana me habría subido a esa habitación con Hannah.
O con cualquier otra que me lo pidiera.
Habría follado con la primera que me calentase la polla. Sin pensarlo. Sin sentir nada.
Pero ahora…, ahora quiero otra cosa.
Quiero a Gia.
Quiero tocarla. Sentirla. Oler su piel. Saber a qué suenan sus gemidos. A qué saben sus besos cuando no tiene miedo. Quiero perderme en ella.
Y me jode. Me jode porque no debería desearla solo a ella. Porque no sé tenerla sin destruirlo todo.
—¿Estás pensando en algo? —pregunta Hannah, divertida, indiferente.
No le contesto. Y en ese momento, se pasa la lengua por los labios… y luego la desliza por los míos.
Como una provocación. Como para arrastrarme al pasado con solo una caricia.
Y ahí se me cruza un cable.
—No vuelvas a hacer eso —le suelto, quitándomela con brusquedad.
Ella da un paso atrás, sorprendida. Su cara cambia.
—¿Perdona?
—Ya no quiero nada contigo. Así que mejor vete. No va a volver a pasar nada entre nosotros. Nunca más.
Me mira como si no me reconociera.
—Eres un puto capullo.
Y se va, ofendida, abriéndose paso entre la gente.
Me quedo quieto. Tenso.
Sí, tengo ganas de follar. Muchas.
Pero no quiero cualquier cuerpo. No quiero cualquier boca.
La quiero a ella.
Y si tengo que excusarme con esta estúpida apuesta para conseguirlo sin que nadie me juzgue…, lo haré.
Porque necesito tocarla.
Y al menos ahora tengo una razón para hacerlo.
Una justificación que me impida aceptar que ya no puedo sacármela de la cabeza.
Y en ese momento mi cabeza empieza a idear.
—¿Sabes qué? ¿Puedes hacerme un favor? —le digo a Chase, que acaba de salir del salón con una copa.
Este tío es una esponja.
—Dime —responde, aunque ya está poniendo cara rara.
—Quédate con Savannah. Llévala luego a su casa si hace falta. Yo me encargo de llevar a Gia.
Chase evalúa mis intenciones un segundo. Luego suelta el aire por la nariz y asiente.
—Vale. Pero no hagas ninguna tontería, Xander. No jodas esto.
—No voy a joder nada —respondo, aunque ni yo me lo creo del todo.
Voy hacia el jardín. El calor del alcohol aún me arde por dentro, pero no tanto como las ganas de verla. Y ahí está.
Sentada al borde de la piscina, con Savannah.
El reflejo del agua le ilumina la piel. Tiene el pelo mojado pegado a los hombros. Las piernas cruzadas. Parece un puto pecado.
Me acerco.
—Savannah —le digo con voz suave—, Chase te está buscando.
Ella me mira, luego se vuelve hacia Gia, y entrecierra los ojos como un gato protector.
—¿Estarás bien? —le pregunta a Gia.
Gia esboza una pequeña sonrisa, como si ya supiera lo que va a pasar. Savannah se levanta, y antes de irse, me dedica una expresión de advertencia que básicamente me dice: «Como le hagas daño, te mato».