La última apuesta 6 #3
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6 #3

Estamos pegados. Bailando lento, con la música alta, con la tensión flotando entre nuestros cuerpos. Los dedos de él rozan mi cintura. Mis ojos se pierden en sus labios.

—¿Qué pasa, Cole? ¿Vas a estar toda la noche siguiéndome como un perrito mojado?

—Desde que te he visto entrar, y no pienso quitarte los ojos de encima.

—Ten cuidado. Si te acercas tanto…, puede que no quieras alejarte.

No sé si era una advertencia para él o para mí misma.

Xander sonríe. Esa sonrisa torcida, canalla que hace que todas mis defensas se tambaleen.

—No tengo pensado alejarme. Esta noche no.

Y ahí nos quedamos, bailando. Sin prisa. Con sus manos en mi cintura. Como si todo lo demás no importara.

Después de un buen rato moviéndonos pegados, riéndonos y jugando con esa tensión latente que no termina de estallar, Xander me susurra al oído.

—Ven conmigo.

Yo ni siquiera pregunto. Abandono mi copa en una mesa y me dejo llevar por la mano de él, cálida, firme.

Atravesamos el jardín entre risas, entre miradas, entre el sonido del agua y los gritos de la gente que ya se está lanzando a la piscina o jugando.

—¿Vamos a meternos? —pregunto con una ceja levantada—. ¿Tú sin camiseta y yo…?

—Tú como quieras —dice él, encogiéndose de hombros—. Pero si no te metes, me va a doler el ego.

—¿Tu ego necesita que me moje?

—Mi ego necesita que estés cerca. Mojada es un bonus —se ríe.

Yo suelto una carcajada y me quito el vestido y los tacones.

Me quedo con mi bikini negro, de triángulo y tanguita. Bastante ajustado y favorecedor.

Y de repente, silencio.

Varias cabezas se giran. Varias cejas se alzan.

Un par de chicos sueltan un leve silbido que finjo no escuchar. Me yergo, fingiendo que no me importa. Pero sí me importa. Porque en este momento la única atención que busco es la de Xander.

Y él me contempla como si no pudiera creer que estuviera frente a él. Como si yo no fuese real.

—¿Qué? —digo con una media sonrisa.

—Joder, Gia. Estás… estás tremenda. Vas a matarme esta noche.

E intenta acomodarse la erección dentro del bañador.

Sabe que me he dado cuenta y me sonríe. Y noto que me ruborizo.

Antes de que pueda decir nada, Xander me agarra en brazos sin previo aviso.

—¡Xander, no! ¡Ni se te ocurra! —grito entre risas.

—Ya es demasiado tarde.

Y salta conmigo al agua.

El impacto es una explosión de burbujas y gritos. Salimos a la superficie entre carcajadas, empapados, flotando muy cerca. Lo salpico. Él me rodea con los brazos. Yo aprovecho el impulso y me subo encima de él, pasándole las manos por el cuello.

—¡Prepárate para morir! —anuncio, emocionada.

Y con una risa malvada, intento hundirlo en el agua. Él chapotea y finge que lucha por su vida.

—¡Me rindo, me rindo! —grita.

Yo me río tanto que apenas puedo respirar. Entonces, él me agarra por la cintura, y yo automáticamente le envuelvo las caderas con las piernas, para no hundirme. Y nos quedamos así.

Muy pegados. Demasiado.

Sus ojos están fijos en los míos. Pero los míos bajaron sin querer a su boca.

El tiempo parece congelarse. Todo alrededor se vuelve más lejano. Las risas, la música, la fiesta. Solo estamos nosotros dos. Respirando el mismo aire.

Quiero besarlo. Me muero por hacerlo. Tengo la sensación de que, si no lo hago, me voy a arrepentir. Que nunca he sentido esta electricidad, este deseo, esta necesidad tan fuerte…

Pero… no. Aquí no. Con tanta gente mirando. Así no.

Y sobre todo… no estoy segura de si está bien hacerlo.

¿De verdad estoy lista para este juego?

¿Voy a aguantar ver cosas que me molesten? ¿Y por qué me molestan tanto?

El debate interno es como un golpe de frío.

Xander se va acercando. Poco a poco. Como si entendiese que lo deseo.

Le sostengo la mirada hasta el último momento, y cuando él está a punto de besarme, giro levemente la cabeza. Sus labios se posan en mi mejilla.

El suspiro que suelta es sutil. Pero lo noto.

—Lo siento —digo, bajando la voz—. No me siento cómoda con tanta gente alrededor. Y… no estoy segura de si está bien que hagamos esto.

Xander se detiene un segundo. La expresión de su rostro es extraña. Como si algo dentro de él se hubiese tensado. Pero no dice nada que me haga sentir culpable.

Solo sonríe con cierta tristeza y asiente.

—¿Quieres una copa?

Es lo único que dice.

—Sí —respondo.

Xander sale del agua sin decir nada más.

Me quedo flotando unos segundos, intentando organizar el caos de mi cabeza.

Entonces veo a Savannah acercarse desde el otro lado de la piscina, ya sin su top y con el pelo recogido en un minimoño deshecho.

—¿Estás bien? —pregunta; se sienta en el borde y se moja los pies.

Nado un poco hasta ella y me siento a su lado, apoyando la barbilla en las rodillas.

—Acabo de rechazar un beso de Xander.

Sav arquea una ceja.

—¿Tú?

—Sí.

—¿Y estás bien? —insiste, preocupada.

Asiento lentamente.

—Sí. Bueno…, no sé. Me muero por besarlo, Sav. Pero no quiero hacerlo así. Delante de todos. Que parezca algo más físico que lo que yo siento. Y tampoco sé si está bien. Si me estoy metiendo en algo que no debería.

Savannah me mira con dulzura.

—G, no te culpes por sentir. Pero si vas a jugar con fuego, tie nes que saber lo que eso significa. Si no quieres quemarte, no te acerques tanto.

Suspiro.

—¿Y si ya estoy quemada y no me doy cuenta?

—Entonces disfruta del calor. Y pon límites antes de que te haga más daño.

Nos quedamos en silencio un momento contemplando el reflejo de las luces de la fiesta que bailan en el agua. No necesitamos decir más. Somos amigas. Y sabemos que la tormenta apenas está comenzando.