6 #2
Sentí cómo se me aceleraba el pulso con cada respuesta. Cómo se me escapan sonrisas que no podía controlar. Cómo me volvía a humedecer sin que hiciera falta que me tocara.
Solo con sus palabras.
Solo con saber que él también estaba pensando en mí.
Y por primera vez en mucho tiempo, no quise analizarlo todo. No quise darle mil vueltas a si era buena idea, a si me iba a hacer daño, a si me estaba metiendo en terreno pantanoso.
No. Esa noche solo quise disfrutar.
Vivir ese momento.
Sentir que estaba pasando algo especial, aunque no tuviera nombre.
Apagué la tele, me acurruqué en el sofá con Cronos y mi móvil, y seguí esa conversación hasta que se despidió con un «Buenas noches, Gia» que me dejó temblando por dentro.
Y sí, me dormí con el móvil en la mano y una sonrisa que no se me borró ni en sueños.
El viernes fue otra locura.
Desde que entré en las oficinas del estadio por la mañana hasta casi después de la hora de comer, no paré ni un segundo.
Correos, entrenamientos, más correos, llamadas, gestión de material, una reunión de última hora…
Uno de esos días que me hacían plantearme por qué no había elegido ser jardinera o cuidadora de gatitos a domicilio.
No vi a Xander más que un par de veces, al cruzarnos fugazmente por los pasillos.
En una de ellas, él iba saliendo del gimnasio con el pelo mojado, una camiseta blanca pegada al pecho y ese aire de «soy el centro del universo» que le salía sin esfuerzo.
Me limité a mirarlo en silencio, mientras por dentro mi cuerpo entero gritaba cosas que no eran aptas para horario laboral.
Guapísimo de mierda.
No hablamos. No hubo tiempo para eso. Pero aun así, cada vez que lo veía, mi estómago daba un pequeño salto mortal. Como si mi cuerpo ya estuviera preparado para reaccionar a su presencia.
Terminé tarde. Y reventada.
Pero Sav me estaba esperando en la entrada del centro donde íbamos a pilates, así que no podía echarme atrás.
Necesitábamos estirar, sudar un poco, quitarnos el estrés del día.
Aunque, siendo sinceras, pasamos la mitad de la clase cuchicheando en voz baja sobre la fiesta.
Fue en la ducha de los vestuarios que decidimos que sería mejor arreglarnos juntas el sábado en mi casa.
Haríamos la previa, pondríamos música, tomaríamos vino y nos vestiríamos como si fuéramos las reinas del baile.
Nos emocionamos como adolescentes.
Ese día acabó tranquilo. Llegué a casa, me tomé un yogur con frutas, le di una ración de mimos a Cronos y nos fuimos los dos a la cama a dormir.
Sábado por la tarde. Día de la fiesta.
Con la música a todo volumen, las risas flotando por todo el apartamento, la botella de vino medio vacía ya y ropa esparcida por el suelo del dormitorio como si un huracán estiloso hubiese pasado por aquí.
—¿Y si me pongo este top negro con la falda de cuero roja? —pregunta Sav, asomándose por la puerta del baño con el pelo envuelto en una toalla.
—Sí. Brutal. Sexy, pero no demasiado. Perfecto para que Marcus o cualquier otro se trague su propia lengua.
—¿Tú crees que se va a fijar en mí? —dice, alzando la voz un poco desde el baño.
—Si no lo hace, es ciego. O gilipollas.
Ella se ríe y se prepara para secarse el pelo. Yo me miro al espejo por quinta vez, sujetando el vestido que he elegido. Ceñido. Negro. Corto. Escote tipo barco y la espalda al descubierto. Me encanta mezclar lo sexy y lo elegante. Ser provocativa pero con disimulo.
Hoy busco que llamar la atención. Su atención.
—¿Crees que este vestido es…? —le pregunto levantando las cejas.
Sav, asoma la cabeza desde el baño, me observa de arriba a abajo y sonríe como una cómplice de crimen.
—Vas perfecta. Esa espalda… Esas piernas… Gia, más de uno se va a atragantar con la cerveza esta noche.
Suelto una risa nerviosa, tomando un sorbo de vino.
Cronos no nos quita ojo desde el salón, tumbado en mitad del pasillo como si le pareciera un espectáculo ridículo. Sav le lanza un beso en el aire.
—Tú también te portarías mal si fueras humano, ¿eh, bichito? —le dice Sav.
Mientras me pinto los labios de un rojo mate intenso y me pongo el rímel waterproof, veo a Sav salir del baño.
Guau. Sav va vestida con el top negro de escote en V que realza sus pechos. Y una minifalda de cuero roja, que marca todas sus curvas y que deja poco a la imaginación. El peinado es simple: pelo suelto. Que le llega hasta el hombro. Rubia. Muy rubia.
Yo me pongo los taconazos y me suelto el pelo, que me cae en ondas por la espalda al descubierto.
La emoción se nos mete por la piel. Es como una promesa en el aire. Algo va a pasar esta noche. No sabemos el qué, pero se siente. Como esa electricidad que precede a la tormenta.
—Vale, en una hora nos vamos —digo mirando el reloj—. ¿Una copa más?
—¿Es una pregunta?
Sonreímos, chocamos copas y nos prometemos que esta noche va a ser inolvidable. Y aunque aún no lo sabemos… lo será.
Ya listas, con las copas vacías y la emoción al máximo, pedimos un Uber que no tarda mucho en acudir. Durante el trayecto, entre risas, selfies y vídeos que nunca se van a subir, intentamos mantener la compostura, aunque mis nervios van en aumento.
Hemos llegado a la fiesta media hora más tarde de lo previsto. La música vibra desde fuera como si fuera parte del suelo. Se escuchan risas, voces, chapoteos en la piscina. Al cruzar la puerta principal, todo se detiene por un segundo. O al menos, eso siento yo.
Todas las miradas vienen a parar a nosotras.
Un grupo de jugadores del equipo interrumpe su conversación, un par de chicos con copas alzadas silban bajito, y otros tantos se giran a observar cómo avanzamos por la entrada, sintiéndonos las protagonistas de una película.
Sonreímos con seguridad, con esa complicidad de «sabemos lo que provocamos».
—Tía…, nos estamos comiendo la pista sin movernos —susurra Sav sin borrar su sonrisa.
—Que se preparen —digo, mordiéndome el labio—. Vamos a romper más cuellos que un partido de los Titans.
Soltamos una carcajada y nos vamos directas a la pista de baile, moviéndonos con naturalidad, dejando que la música haga lo suyo. Bailamos, fingiendo que nadie nos mira. O mejor dicho, sabiendo que todos nos miran.
Después de un rato, sudadas y con la piel brillante, decidimos ir a por algo para beber. En la cocina nos topamos con dos chicos altos, bastante simpáticos y bastante borrachos.
—¿Qué dos estrellas acaban de caer del cielo? —dice uno de ellos, con camiseta de tirantes, claramente intentando parecer más sobrio de lo que está.
—¿Así ligas tú siempre o solo cuando llevas tres copas? —le responde Sav, divertida.
—Cinco —admite el chico, levantando todos los dedos de la mano—. Pero con vosotras, sobrio o borracho, me lanzo igual.
—Eso se llama consistencia —intervengo con una sonrisa ladeada.
—Soy Leo, y él es Nico —dice, señalando con la cabeza a su amigo—. ¿Os apetece un gin con limonada? Es la bebida estrella de la noche.
—Venga, va —acepta Sav—. Pero solo si nos lo servís bien.
Sonrío levantando una ceja.
Mientras preparan los vasos, yo miro de reojo hacia la entrada, esperando verlo. Pero nada. Ni rastro de Xander.
Justo cuando estaba a punto de rendirme, una voz familiar me saca de mi búsqueda.
—Bueno, bueno, ¿quién ha dejado entrar tanta belleza junta? —dice Chase, apareciendo entre la multitud con una sonrisa brillante.
—¡Eh! —Le doy un abrazo amistoso—. Pensábamos que no te encontraríamos con tanto jaleo.
—Estaba por la piscina… recuperando la respiración —responde en tono dramático, y luego se vuelve hacia Sav—. ¿Y tú quién eres, guapa?
—Savannah, la amiga que arrastra a Gia a fiestas que no quiere ir. —Le ofrece la mano a modo de saludo—. Encantada.
—Ah, ¿sí? Pues gracias. Xander te lo agradecerá —dice Chase, guiñándome un ojo—. ¿Te apetece que te enseñe los rincones vip de esta fiesta, Savannah?
—¿Zonas vip con aire acondicionado y menos gente sudada?
—Y cerveza muy fría —responde él.
—Por favor, entonces guíame. —Me echa un vistazo, como pidiéndome permiso.
Yo asiento.
—¡Pásalo bien! —le grito cuando se aleja con Chase.
Desaparecen entre bromas, dejándome con mi copa en la mano, sola y algo inquieta. No pasan dos canciones y ya se me acerca un chico, metiéndose en mi espacio personal.
—Hola, guapa. —Se acerca demasiado para que lo oiga bien—. ¿Bailas?
Me apoya una mano en la cintura, aguardando por mi respuesta.
—Puedo bailar sola —le digo, alzando la voz para que me escuche—. Además, estoy esperando a alguien.
De repente, mientras el chico decía algo que no lograba entender, siento una especie de alerta interna. Como si un radar se activara.
Y lo veo. Xander.
Entra por la puerta trasera, sin camiseta, con el pelo goteando aún, el torso medio mojado, marcado, brillando bajo la luz cálida del jardín. Va descalzo, con un bañador negro y la toalla sobre los hombros. Y tiene la mirada clavada en mí.
¿Cómo puede estar tan sumamente bueno? Debería ser ilegal tener ese cuerpo.
La sangre me ruge en los oídos.
Él ya me ha visto.
Camina con decisión hacia la barra, coge una copa sin fijarse en lo que es y se dirige a nosotros. El chico que está a mi lado apenas tiene tiempo de reaccionar cuando Xander lo empuja con suavidad pero con firmeza y lo saca del centro de la pista.
—Gracias, ya bailo yo con ella —dice con una sonrisa calmada pero peligrosa.
Alzo una ceja.
—¿Y tú quién te crees que eres? ¿Mi guardaespaldas?
—Algo así. Te has puesto en el radar esta noche.
—¿Esta noche? —pregunto haciéndome la ofendida, con media sonrisa—. ¿Solo esta?
—Mmm. Desde el primer día, Gia. Pero hoy… Joder. Hoy estás impresionante.
Me río, bajando la cabeza un segundo.
—Lo mismo te digo. Aunque creo que la camiseta se te ha perdido por el camino.
—¿Te molesta?
—¿A mí? Para nada. Pero podrías distraer a más de una. Y a más de uno también.
—Entonces, mejor me quedo contigo —dice, acercándose un poco más—. Así te mantengo controlada y no se te acercan más buitres.