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G ia
El jueves fue un caos.
De esos días que pasan rápido pero se sienten eternos. Tuve reuniones con el jefe de logística, repasé el cronograma de la temporada, respondí más correos de los que debería estar permitido en un solo día… y aun así, hubo solo un momento que logró colarse entre todo el ruido.
Ver a Xander hablando con Hannah.
No sé exactamente por qué me molestó tanto. Tal vez la sonrisa de ella, el modo en que se le acercó. O quizás fue ese gesto suyo —el de Xander— cuando se echó hacia ella para decirle algo que no alcancé a oír del todo. Pero tampoco necesitaba toda la información para saber de qué se trataba.
La estaba invitando a la fiesta. A su maldita fiesta.
Y por supuesto, lo siguiente que pensé fue: «Claro, a mí también me ha invitado…, pero después» . Como por protocolo. Por cortesía. Porque soy su asistente y no quiere quedar como un idiota. No porque en realidad quiera que esté allí. No porque quiera verme.
Me pasé todo el día intentando sacármelo de la cabeza. Fingiendo que no me importaba. Que me daba igual si él prefería estar con una chica con la que, según todos en el club, ya tuvo algo hace tiempo.
Pero no me daba igual.
Y lo peor era eso. Que no entendía por qué no me daba igual.
No tenía sentido. Solo trabajo para él. Xander es uno más de la lista de jugadores con los que tengo que lidiar. Y sí, está bueno. Es muy guapo. Tiene esa sonrisa de «te voy a dar problemas» que debería venir con advertencia de seguridad…, pero eso no debería afectarme.
No debería hacerme daño que le hablara a Hannah con esa familiaridad. No debería haber sentido ese pinchazo en el estómago. No deberían haberse removido cosas dentro de mí. Pero así pasó.
Y no sé si fueron celos. Pero sentí algo sospechosamente parecido.
Después de decirle a Xander que iba a pensarme si ir a la fiesta, me fui directa a casa.
No tenía ni hambre, pero aun así comí, aunque tarde.
Algo rápido, sin ganas. Me quedé en el sofá con Cronos dando vueltas sobre mí como si pudiera absorber mi mal humor a través del ronroneo.
A veces pienso que ese gato entiende más de emociones humanas que muchas personas.
Me pasé buena parte de la tarde intentando distraerme con él, jugando con cuerdas, dándole premios, incluso hablándole como si pudiera darme consejos. Pero, como era de esperarse, terminé sola con mis pensamientos.
Y mis pensamientos son una mierda cuando no estoy ocupada.
Así que, antes de dejar que mi cerebro hiciera una maratón de hipótesis absurdas sobre por qué Xander invitó a Hannah antes que a mí, le mandé un mensaje a Sav para que viniera a pasar la noche a casa. Necesitaba hablar. O al menos desahogarme sin parecer completamente ridícula.
Sav llegó un rato después, con una bolsa de patatas, una botella de vino blanco y la misma energía de siempre. Le bastó con verme la cara para saber que algo no iba bien.
—¿Qué ha pasado ahora? —preguntó, dejándose caer en el sofá al lado de Cronos.
—Nada —respondí, aunque sabía que no iba a colar.
—Gia…
Suspiré, rindiéndome.
—Lo vi con otra.
—¿Cómo que lo viste con otra? ¿Quién? ¿Xander?
Asentí, me crucé de brazos y me hundí en el respaldo del sofá.
—Estaba hablándole a Hannah, una chica rubia que siempre va ultramaquillada. Es contable. Se rio con él. Le tocó el brazo. Fue… No sé. Una escena demasiado íntima para mi gusto.
—¿Y? —preguntó, como si nada.
—¿Cómo que «Y»? Es una chica con la que ya ha tenido algo y… y me molestó —digo, encogiéndome de hombros.
Sav me miró, divertida.
—Pero tú no quieres nada con él, ¿no?
Me quedé en silencio. Porque esa era la parte difícil.
—No debería molestarme. Solo trabajo para él. Es su vida, su pasado, su fiesta. Pero aun así… me jodió.
—Gia, si tú no quieres nada con él, entonces, vas a tener que acostumbrarte a verlo con otras. Porque Xander, con esa cara y ese cuerpo, no va a quedarse solito en su sofá viendo Netflix un viernes por la noche.
Me reí, aunque no tenía muchas ganas.
—Lo sé. Solo… no pensé que me afectaría.
—¿Y por qué crees que lo hizo?
—No lo sé. Me sentí… desplazada. Como si hubiera sido una segunda opción. Como si me hubiese invitado porque tocaba, no porque quisiera que fuera.
—¿Y si sí quiere que vayas?
—Entonces que se lo curre más. —Puse los ojos en blanco—. Porque yo no soy una groupie más del equipo.
Sav me miró con esa expresión suya de «te estás metiendo en terreno peligroso y lo sabes».
—Gia…, tú sabías dónde te estabas metiendo cuando aceptaste este trabajo. Xander tiene esa fama por algo. Y si no quieres complicarte, mantén las distancias. Pero si vas a jugar a este juego no te quejes si te toca perder alguna vez.
Me quedé callada.
Porque lo peor era que tenía razón.
Sav se levantó a por más vino y yo me acomodé en el sofá, con Cronos en el regazo.
¿De verdad quiero jugar a este juego?
Porque eso es lo que parece, ¿no? Un juego. Uno de esos en los que si bajas la guardia, pierdes. Y lo peor es que no tengo ni idea de cuáles son las reglas.
¿Estoy lista para ver cosas que me molesten? ¿Para fingir que no me importa si lo veo con otra? ¿Para actuar como si todo me resbalara cuando, en realidad, me remueve por dentro?
¿Y por qué me molesta tanto?
Solo es Xander.
Solo es… mi «jefe». El quarterback . El tío que se tira a medio Seattle y que probablemente tiene una lista de chicas esperando a que les guiñe un ojo.
¿Por qué, entonces, me incomoda tanto imaginarlo tocando a otra como me gustaría que lo hiciera conmigo?
¿Por qué me lastima pensar que puede estar con alguien que no sea yo?
Me odio un poco por sentirme así. Porque no tiene sentido.
Porque yo también dije que no quería problemas. Que no quería líos. Que Xander no era para mí.
Entonces, ¿por qué siento que ya estoy metida hasta el fondo?
—Vale, bajón existencial activado —dijo Sav, dejándose caer a mi lado otra vez—. ¿Vas a ir a la fiesta o no?
La miré, mordiéndome el interior de la mejilla. Lo pensé. De verdad lo pensé. Durante unos segundos, sopesé todas las posibilidades. Lo que podía salir bien. Lo que podía salir mal. Lo que me haría sentir si lo veía con otra. Y lo que me haría sentir si no iba y me quedaba con la duda.
—Sí —respondí al final, soltando el aire de golpe—. Pero solo si tú vienes conmigo.
Sav me miró como si acabara de decirle que le iba a regalar una entrada para conocer a su cantante favorito.
—¿En serio? ¡Obvio que voy, tía! ¿Crees que me iba a perder una fiesta con deportistas de élite buenorros y alcohol gratis?
Me reí por primera vez en horas, con ese tipo de risa que sien tes como una bocanada de aire fresco después de estar conteniéndolo.
—Pues prepárate, porque nos vamos a poner como diosas. Van a flipar —me dijo, intentando animarme.
—Van a rogar por tocarnos. —Le guiñé un ojo y me levanté—. ¿Tú crees que mi bikini negro de tanguita sería demasiado tentador?
—¡¿Hay piscina?! —preguntó, abriendo los ojos; parecía que para ella eso lo cambiaba todo.
—Hay piscina. Y probablemente poca ropa. Así que más nos vale sacar la artillería pesada.
Nos pusimos a dar saltitos por el salón como si tuviéramos quince años otra vez, sacando ideas de outfits, recordando qué bikinis teníamos en el armario, mirando fotos viejas para inspirarnos.
Durante un rato, dejé de pensar en Xander.
Solo éramos dos amigas, emocionadas por una noche que prometía ser épica.
Claro, que en el fondo, muy muy en el fondo…, yo sabía que esa emoción tenía nombre y apellido.
Y que, si él iba a estar allí, no había forma de que pasara desapercibido.
Nos pusimos a imaginar cómo iba a ser la fiesta. La gente que iba a estar allí. Los cuerpos mojados de los chicos del equipo.
—¿Y te imaginas a Marcus saliendo de la piscina con el agua resbalándole por los abdominales? —dijo Sav, con ojos brillantes y una sonrisa traviesa—. En plan anuncio de colonia de lujo. Me da algo, Gia.
Solté una carcajada y me tapé la cara con las manos, avergonzada pero tentada.
—¡Savannah, por favor! Que Marcus tiene un cuerpo para pecar, pero tú lo dices y parece que estás narrando porno.
—¿Y no es eso lo que queremos? —Se encogió de hombros—. Ver torsos mojados, músculos marcados, miradas peligrosas… Es nuestro deber como mujeres valorar el arte que nos rodea.
—Ya está, voy a ir con una cámara oculta.
—Tú tienes excusa. Eres la asistente de equipo. Yo tendré que fingir que me caigo a la piscina para que alguien me saque como en una escena de comedia romántica.
—Te vas a resfriar —dije riendo mientras me iba a preparar la cena—. Pero venga, a ver con qué modelito de bikini nos coronamos. Nos van a tener que rociar con una manguera.
—Yo solo espero ver a Xander mojado. Literalmente —dice Sav, sin ningún tipo de vergüenza.
— S avannah .
—¿Qué? ¡Tú también lo quieres ver!
Me di la vuelta sin responder, pero mi sonrisa me delataba.
Cenamos entre risas y chismes, compartiendo un par de copas de vino y un buen rato que me hizo desconectar de todo.
Cuando nos acomodamos en el sofá para elegir una película, sabíamos que ninguna iba a prestarle atención.
Fue Sav quien eligió una comedia romántica que había visto mil veces, pero le encantaba repetirla.
Yo no me quejé.
Obviamente, se quedó dormida en la primera media hora.
Yo me quedé con Cronos en el regazo, acariciando su pelaje; la película seguía sonando de fondo, con las luces tenues y el corazón mucho más tranquilo que al principio del día.
Entonces comprobé el móvil. Y tenía un mensaje.
Un mensaje de Xander Cole. Y lo leí.
Xander: Me encantaría que vinieras.
Capullo. Sabe lo que decir para tenerme contenta.
Me quedé mirándolo unos segundos. No podía evitar sonreír. Después del caos de emociones que había sentido ese día, ver ese mensaje tan sencillo, tan suyo…, me tocó justo donde no quería.
Respondí con ese tonito pícaro que tanto me sale sin querer. Y empezamos a escribirnos. Tonteando. Jugando. Provocándonos sin cruzar la línea, pero rozándola.
Fue fácil. Natural. Y jodidamente adictivo.