La última apuesta 4 #2
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Suspiro, apago el motor y subo por las escaleras.

Cronos aguarda detrás de la puerta, frotándose contra ella como si llevara semanas sin verme.

—Hola, señor dramático —lo saludo; lo cojo en brazos y me lo planto en el hombro. Él ronronea tan fuerte que vibra—. Hoy te vas a tener que aguantar sin mimos excesivos. Tengo la cabeza… llena de problemas. Humanos. Con barba. Y sonrisa peligrosa.

Lo suelto, me pongo una camiseta ancha y tiro del móvil para pedir algo a domicilio.

Comida china. Porque tengo antojo. Porque no tengo fuerzas para cocinar. Y porque me apetece llenar ese vacío que me ha dejado él.

Aunque no lo admitiré jamás en voz alta.

Cronos salta al sofá cuando yo me tumbo y abro el portátil. Tecleo su nombre.

«Xander Cole». Bum. Cientos de resultados.

Fotos saliendo de clubs.

Con chicas. Muchas chicas. Algunas vestidas. Otras no tanto.

Y titulares tipo:

«E l golden boy de los T itans lo vuelve a hacer ».

«X ander C ole : problemas , fiestas y camisetas rotas ».

Genial.

¿Este es el tipo de hombre con el que voy a tener que tratar a diario? ¿Ese es el que me ha puesto cachonda con solo mirarme? Cierro la pantalla con fuerza. Me paso las manos por la cara.

—Estás jodida, Gia.

Tocan el timbre. La cena.

Cena para una, aunque parezca para tres. Me la llevo al sofá, con Cronos enroscado en mis piernas y el mando en la mano.

Pongo algo al azar. No lo estoy viendo. Mi cabeza está demasiado ocupada repasando mentalmente cada palabra, cada gesto, cada risa de esa comida con Xander.

Su voz. Su olor cuando se ha acercado. La forma en la que ha dicho mi nombre esta mañana.

Siento cómo me arde el estómago. Y más abajo también.

Tranquila. No vas a perder el control, me repito. Ni por él ni por nadie.

El móvil vibra. Savannah.

—Eh —digo, con la boca llena de rollito de primavera.

—¿Cenando sola como buena antisocial? —pregunta.

—Exacto. Antisocial y deliciosa —río, soltando el aire por la nariz.

—¿Cómo ha ido tu primer día? ¿Ya le has dado alguna patada en la espinilla a algún jugador?

—No, aún no. Pero he estado cerca. Aunque…

—¿Aunque…?

Le doy un trago a la Coca-Cola.

—Joder, Sav. Xander… no es como imaginaba. Es peor.

—¿Peor?

—Es más guapo. Más encantador. Más molesto. Me hace sentir… No sé. Rara. Como si tuviera que estar a la defensiva, pero a la vez quiero que me vuelva a hablar. Que me mire otra vez como hoy.

¿Eso lo he dicho en voz alta?

Savannah se ríe.

—¿Te pone?

—¡Savannah! —grito.

Casi me atraganto con la comida.

—Dímelo. ¿Te pone el quarterback, sí o no?

Sabe perfectamente la respuesta.

—Voy a colgar.

—Te pone mucho —ríe—, que te huelo desde aquí, tía. Confiesa. —Te odio.

—Dale una oportunidad. Pero sin enamorarte. Ya sabes la norma.

—No hay nada de eso. Solo… tensión.

—Esa tensión, amiga, es cómo empieza todo. Tened cuidado con lo que hacéis. Ponle protección a esa chispa.

Suspira, se despide y cuelga.

Yo me quedo sola. La comida ya se ha enfriado. Y yo… sigo pensando en él.

Ese imbécil que me hace hervir con solo una mirada.

Mañana lo veré otra vez. Y no pienso mostrar ni una grieta.

Pero esta noche… no pienso hacerme la fuerte.

No tengo por qué. No hay nadie conmigo. Nadie lo va a saber.

Solo estoy yo. Mi cuerpo. Y ese calor que no se ha ido desde que esta tarde se ha acercado demasiado a mí.

Desde que ha bajado la vista a mis labios.

Desde que, por un segundo, he creído que iba a besarme.

Me levanto del sofá con decisión, Cronos ni se inmuta.

Voy al baño, cierro la puerta y lleno un poco la bañera. Agua caliente, espuma, velas encendidas con mi mechero de emergencia del cajón. Y silencio. Silencio, excepto por los latidos acelerados de mi propio corazón.

Me desnudo despacio, sintiendo cómo se me pone la carne de gallina al recordar su voz.

«Nos vemos mañana, Gia».

Dios. Cómo ha dicho mi nombre.

Me sumerjo en el agua caliente, apoyando la cabeza en el borde. Y me dejo llevar.

Mis manos se pasean por mi vientre, por mis caderas, hasta que deslizo una mano entre mis piernas.

Paso los dedos por los pliegues y descubro que sí, que efectivamente estoy muy húmeda. Y no por el agua. Por él.

Cierro los ojos y me lo imagino delante de mí. De pie. Completamente desnudo. Su sonrisa chulesca. Esa perfecta barba recortada. Esas pecas de la nariz. Esas manos grandes y fuertes. Esos ojos que me atraviesan.

Imagino que se mete conmigo en la bañera. Que se arrodilla. Que me separa las piernas con firmeza y hunde la cara justo en mi centro. Me lame lento, suave, como si saboreara algo prohibido.

Como si me quisiera castigar por provocarlo.

Empiezo a acariciarme con más fuerza; tengo el clítoris hinchado, sensible, necesitado.

Gimo bajito.

Me imagino sus labios sobre los míos; su lengua entrando en mi boca al mismo tiempo que sus dedos entran en mí.

Lentos. Gruesos. Perfectos.

Mi espalda se arquea y mis caderas se mueven solas, buscando más, queriéndolo todo.

Me meto los dedos más y más rápido.

¿Y su polla? Dios. Debe de ser grande. Debe de saber moverse. Saber mandar. Saber tocarme solo con la mirada.

Me imagino que me la mete hasta el fondo, en esta bañera, sin pedir permiso, con esa energía que arrasa.

Me agarra del cuello. Susurra mi nombre. Me folla con la mirada y con el cuerpo.

Estoy a punto de llegar.

Pongo los ojos en blanco. Se me acelera la respiración. Gimo su nombre sin darme cuenta.

—Xander…

Mi cuerpo se tensa.

El orgasmo me llega en una ola caliente, lenta y deliciosa. Mis piernas tiemblan bajo el agua. Mi pecho sube y baja como si hubiera corrido una maratón.

Suspiro.

Cierro los ojos.

Me dejo flotar unos minutos.

Puto Xander.

Me enjuago, salgo y me pongo el albornoz. Miro el móvil antes de irme a la cama.

Nada nuevo. Pero sonrío.

Porque sé que esto acaba de empezar. Y sé que él también lo siente. Porque cuando dos personas arden así con solo mirarse… es cuestión de tiempo.