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G ia
Me despierta la luz suave que se cuela por la rendija de la persiana. Estiro una mano sin abrir los ojos y tanteo a ciegas sobre la mesilla de noche hasta encontrar el móvil. Lo desbloqueo, todavía medio dormida, y reviso las notificaciones.
Ahí está. Un mensaje de Xander. Poco después de que me fuese a dormir.
Termina con un «Buenas noches, Gia».
Me incorporo de golpe, con el corazón en la garganta. He asustado al pobre Cronos, que dormía hecho una bolita a mi lado.
«Gia». « Clarke » no. «Gia».
Corto, íntimo. Casi… suave.
Y, joder, ¿por qué eso me acelera tanto?
Vuelvo a leerlo. Otra vez. Y otra. Sonrío como una idiota.
Él ha estado pensando en mí. Y no solo lo admite, lo lanza así, sin filtros, con esa arrogancia que me pica…, pero que también me pone nerviosa. Porque lo peor es que ahora sé que no soy la única que se fue a dormir con la mente desordenada por su culpa.
Me paso una mano por el pelo y suelto un suspiro largo, mirando a Cronos.
Esto no puede estar pasándome.
Me levanto, me pongo una playlist de Hans Zimmer y me preparo un té americano. Mientras espero a que se caliente la leche, empiezo mi pequeña rutina: limpiar la encimera, recoger el cojín que quedó en el suelo, regar la planta que casi mato la semana pasada…
Intento mantenerme ocupada. Con los pies en el suelo.
Pero mi mente está en sus manos grandes, en las pecas de su nariz, en esa mirada que me atraviesa, en la forma en que me observaba ayer…, como si no supiera si quería discutir conmigo o empotrarme contra la pared.
Y lo peor es que no estoy segura de qué me apetecía más a mí.
Después de tomarme el té, de una buena ducha, y de pelearme con el secador, me visto con unos vaqueros claros que realzan mi figura, una camisa blanca con mangas algo anchas y unas zapatillas cómodas.
Nada de maquillaje. Solo efecto buena cara, gafas de sol a la cabeza y el pelo suelto.
Natural. Lo justo para no parecer que lo he pensado demasiado… , aunque lo haya hecho.
Cuando llego al centro de entrenamiento, son casi las diez. La mayoría de los jugadores ya están en el campo, así que me voy a mi oficina y me pongo a terminar unos datos del cuadrante.
Dos horas más tarde, salgo por la puerta. Siguen aún en el campo, así que me acomodo en la zona lateral de apoyo, con mi tablet lista para hacer algunas anotaciones.
Desde lejos, lo veo.
Xander. Sudado, centrado, imponente.
Corre, da indicaciones, se ríe con un compañero. El sol le cae sobre la espalda y le marca todos los músculos del cuello y los brazos. Tiene una expresión es de absoluta concentración.
Joder.
Cuando termina, lo veo caminar hacia la zona de descanso. Me acerco justo en el momento en que él levanta la cabeza y me localiza.
Una sonrisa ladeada se le escapa al instante. No dice nada. Yo tampoco. Nos acercamos hasta quedar frente a frente, como si el mundo se apagase a nuestro alrededor.
—Buenos días, Cole —saludo, solo para provocarlo.
—¿Otra vez con lo del apellido? Ayer me llamaste por mi nombre, no finjas demencia —responde con esa sonrisa canalla. Lleva el pelo mojado y la camiseta ligeramente pegada al cuerpo. Se le marcan todos los abdominales. Parece recién salido de una escena de película.
—No finjo. Es que fue antes de dormir. Podría haber sido un sueño.
—¿Y fue bueno? —pregunta, mirándome a los ojos.
Me echo a reír. Noto el rubor subiendo por mis mejillas, pero mantengo el tipo.
—Lo suficiente como para no quejarme.
En ese momento, se acerca otro jugador. Alto, rubio, con una sonrisa fácil. Lo reconozco al instante.
Chase Donovan . El mejor amigo de Xander.
—Hola, tú debes de ser Gia, ¿no? —pregunta sin preámbulos—. He oído hablar de ti.
—Ah, ¿sí? — Vaya —. ¿Y qué has oído? —inquiero, bastante intrigada.
—Que has hecho que Xander llegue a todos sus compromisos dos días seguidos. Ya te queremos todos —bromea.
Xander le da un codazo suave.
—¿Quieres dejar de quedar como un golden retriever delante de ella? —ríe Xander.
—Es mi encanto natural, tío —responde Chase, guiñando un ojo—. Por cierto, vamos a ir a comer algo después de una buena ducha. ¿Te apuntas?
Parpadeo, un poco sorprendida.
—¿Con vosotros? —Mi mirada se desvía a todo el equipo, que está detrás de ellos.
—Claro. Bueno, vamos nosotros dos —dice Chase—. Puedes venir si no tienes que salvar el mundo con tus horarios de asistente prodigiosa.
Me vuelvo hacia Xander. Él se encoge de hombros, pero hay un punto cómplice en su expresión.
—Prometo no morder —añade este, observándome de reojo. —¿Eso es una promesa o una amenaza? —le contesto.
—Depende de cuánto te guste el riesgo.
Cabrón. ¿Cómo puede sonar tan sexy con solo siete palabras? Me muerdo el labio sin darme cuenta.
Vale. Esto empieza a salirse de control.
Y, curiosamente, no quiero parar.
—Está bien. Vamos a comer.
Al cabo de un rato, veo a los chicos salir del vestuario. Chase va con sus rizos rubios cayéndole por la frente, vestido con una camiseta negra ceñida al cuerpo y unos vaqueros color beis.
Xander va con el pelo mojado y una gorra hacia atrás, y una camiseta ancha con el logo de los Seattles Titans y unos vaqueros flojos.
Está guapísimo.
—Gia, vamos en mi coche —propone Chase.
Me monto en la parte trasera del SUV negro. Para mi sorpresa, Xander se sienta detrás conmigo.
Chase conduce con la música a tope y las ventanillas bajadas, como si estuviésemos en una escena de película adolescente donde el chico popular del instituto y su mejor amigo se llevan a la chica nueva a comer.
Solo que yo no soy esa chica nueva.
Y no estoy para juegos.
Pero aun así, me siento ridículamente viva.
—¿Os importa si ponemos algo menos… de discoteca? —pregunto, cuando siento la vibración del bajo hasta en el esternón.
—No te hagas la dura, Gia. Sé que te encanta —responde Chase; sube un poco más el volumen y me guiña un ojo por el retrovisor.
Xander va a mi lado, con el brazo apoyado en la ventanilla, mirando hacia fuera. Se le ve relajado, casi feliz. Se gira y me dice en voz baja:
—No le hagas caso. Nació sin vergüenza. Y sin cerebro. —Encoge un poco la nariz.
Uf, no puedo con esas pecas. Ni con esos ojos color caramelo con motas verdes.
—Ah, ya me he dado cuenta —susurro, con una sonrisa contenida.
Acabamos en un diner, con mesas de colores brillantes, camareras con delantales y olor a café quemado.
Nos sentamos a una mesa al fondo, junto a la ventana.
Chase se lanza a hablar sin parar, contándome anécdotas del equipo, de cómo Xander se metió en un lío por aparecer borracho en una entrevista una vez y de cómo casi incendian una barbacoa en su último viaje.
—Es decir —dice Chase entre risas—, que si sobrevives las dos primeras semanas sin arrepentirte, te haces inmortal.
—¿Así funciona? —respondo, riendo con él.
—Más o menos. Y si aguantas a este —señala a Xander con la cabeza—, ya es para ponerte una medalla y reservarte un sitio al lado de Dios.
—Qué considerado eres —murmura Xander; se quita la gorra y se pasa una mano por el pelo—. ¿Quieres contarle también lo de aquella vez que te pillamos llorando mientras veías Titanic ?
—Era un momento sensible, joder —replica Chase—. Y Jack muere. ¡No tengo el corazón de piedra!
Me río con ganas. Me estoy divirtiendo. Mucho más de lo que pensaba.
La comida llega: hamburguesas enormes, patatas fritas, batidos espumosos… y una ensalada césar para mí, que claramente es juzgada por ambos.
—Eres de las que no se pringa en la primera cita —dice Chase, señalando mi plato.
—Soy de las que no son capaces de comerse eso —señalo su comida—, y no os conozco tanto como para dejaros la mitad —respondo entre risas, cogiendo una patata del plato de Xander sin pedir permiso.
Xander me observa con una sonrisa muy lenta. No dice nada. Pero se le nota algo distinto en la cara. Algo más denso.
—¿Ves? Ya te ha robado comida. Oficialmente es parte del grupo —dice Chase, levantando su batido a modo de brindis.
—No sé si eso es bueno o una trampa mortal —murmuro.
—Un poco de ambas cosas —habla Xander, por fin—. Pero tranquila, Gia. Te adaptarás. Eres lista.
No aparta los ojos de mí. Y ese «lista» suena a algo más. Como si dijera «jodidamente peligrosa».
Sonrío sin decir nada. Pero me vibra algo en el estómago.
Después del almuerzo, Chase tiene que reunirse con otro jugador, así que nos deja en el aparcamiento del centro.
Quedamos Xander y yo, junto a su coche. Un Mercedes GLS negro.
—No ha estado mal comer con vosotros. Aunque tengo que admitir que pensaba que ibas a ser más difícil —le digo.
—¿Difícil? —Se lleva una mano al pecho—. ¿Yo?
—Ajá. Te imaginaba más borde. Más… gilipollas.
Xander se acerca un poco más. Estamos solos. Y hay una electricidad entre nosotros que me cuesta ignorar.
—Sigo siéndolo. Solo que tú… —hace una pausa; su mirada baja un segundo a mi boca y regresa a mis ojos— no pareces tan fácil de ignorar como el resto.
El corazón me da un golpe seco. Y noto cómo mis braguitas se humedecen.
—¿Eso es un cumplido?
—Depende. ¿Te gustan los cumplidos? —Me llega su aroma. Una mezcla de almizcle, ámbar y algo salvaje.
—Depende. ¿Sueles hacerlos así de enredados?
Se ríe, bajo, ronco. La sonrisa le nace en los labios y se le sube a los ojos. Durante un segundo eterno me pregunto si va a besarme.
—Nos vemos mañana, Gia. —Se da media vuelta y se sube al coche. Sin más.
Yo me quedo allí. Con calor en las mejillas, un poco mareada y sin saber si quiero golpearlo… o volver a verlo ya.
Aparco frente al edificio y me quedo dentro del coche unos segundos más de lo necesario. Las luces del interior parpadean, advirtiéndome de que debo volver a la realidad.
Pero no quiero.
Sigo dándole vueltas a lo mismo desde que Xander se ha marchado. La forma en que me ha mirado. Cómo ha bajado los ojos a mi boca. Y, sobre todo…, cómo mi cuerpo ha respondido. Maldita sea.
No me lo esperaba. Tan pronto. Tan intenso. Ni tampoco esa humedad entre mis piernas como si tuviera dieciséis años y acabara de hablar con mi primer amor de instituto.
Ni siquiera me ha tocado. Ni un roce. Y yo ya me derretía.