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Me meto bajo la ducha. El agua caliente golpea mis hombros y me resbala por la espalda. Respiro hondo. Necesito centrarme. Temporada nueva, enfoque nuevo. Y sin distracciones.
—¿Vas a venir a la fiesta o vas a seguir comportándote como un abuelo antisocial? —pregunta Chase desde la ducha de al lado, con esa sonrisa cabrona que se gasta siempre que quiere algo.
—Estoy valorando mis opciones.
—Valorándote los huevos, querrás decir. Vas a venir, sí o sí. Es la bienvenida oficial. No te puedes rajar.
—Iré —digo, haciéndome el resignado—, solo si no me pones con ninguna de tus amigas influencers .
—¿Y si te pongo con la chica nueva?
—¿Gia? —respondo rápido.
La verdad, no se me había ocurrido que fuese a venir. Forma parte del equipo. De algún modo. Supongo que es lógico.
—Mmm…, ¿ya sabes su nombre? Qué rápido eres, Cole.
Le lanzo una mirada entre el vapor. Chase se ríe, encantado, claro.
—Relájate, colega. Solo digo que podrías hacerle un hueco, ya sabes, en tu apretadísima agenda de soltero.
Y que, por cierto, lleva ella. Y eso me hace recordar…
—Es mi asistente. —Y me sorprende lo fácil que me sale esa excusa. Como si intentara convencerlo a él… o a mí mismo.
Nos cambiamos sin prisa. Camiseta limpia, vaqueros, gorra del revés. Y a comer.
El sitio es el de siempre. Hamburguesas, batidos de proteína y silencio cómodo. Chase habla de la defensa, de una chica que conoció la semana pasada y de la fiesta que está organizando con detalle de boda. Yo asiento, escucho a medias, pero mi cabeza sigue girando en bucle por otro lado.
La forma en que Gia se echó sobre la mesa. El movimiento de sus labios cuando habla. El modo en que me mira, como si no le impresionara una mierda… y aun así me observa como si lo hiciera.
Regreso a casa cuando el sol empieza a bajar. Es temprano, pero mi cuerpo ya acusa el cansancio del día.
Una vez allí, paso por la cocina, suelto las llaves y pongo música baja. Algo instrumental, solo por tener ruido de fondo. Me tumbo en el sofá y pongo una peli que me sale en recomendación de Netflix.
Me despierto, sin darme cuenta de que me había dormido. La peli no ha terminado aún, así que no ha sido mucho tiempo. Me levanto y voy a comer algo a la cocina. Apago todas las luces y me voy directo a la cama. Estoy muerto.
Me echo de espaldas, soltando un suspiro largo. El cuerpo me duele del entrenamiento, pero no es ese tipo de dolor que te tumba. Es el que te hace sentir satisfecho, vivo.
Reviso el móvil por última vez antes de dormir. No espero nada especial. Hasta que lo veo.
Gia Clarke: Te he dicho que te escribiría…, pero no te he prometido que fuese por trabajo. Buenas noches, Xander.
Una sonrisa me cruza la cara de inmediato. Pícara. Tentadora.
Justo como imaginaba que sería cuando no la tengo de frente.
Le respondo rápido. No me lo pienso.
Yo: Menos mal. Porque si esto va de trabajo, necesito saber si eso de hacerme pensar en ti todo el día cuenta como una distracción laboral o como un puto delito de acoso. Buenas noches, Gia.
No hay respuesta inmediata. Pero con eso ya es suficiente.
Apoyo el móvil en la mesilla de noche. Y ahí me quedo. A oscuras. Con su imagen clavada en la cabeza.
Vestido amarillo. Caderas marcadas. Muslos firmes. Ese escote sutil que se mostraba al echarse sobre la mesa. Esos labios gruesos, carnosos, perfectos. Que me los imagino alrededor de mi polla.
Su voz diciéndome «Te va a costar seguirme el ritmo, Cole».
Joder. Me noto la polla durísima. Me meto la mano en los calzoncillos, sin pensarlo dos veces.
Me rodeo la erección dura, caliente. La envuelvo con la presión exacta, lenta al principio.
Cierro los ojos y la imagino de rodillas. Con esa expresión retadora, las pupilas oscuras, la lengua asomando entre los labios mientras me sostiene la vista sin pestañear. No necesita palabras. Ella no implora. Ella ordena sin decir nada.
Muevo la mano más rápido. La palma se desliza desde la base hasta la punta y recojo la humedad que ya empieza a brotar. Respiro. Corto. Profundo.
Ahora ella está encima de mí. Cabalgándome lentamente, con esa melena sobre los hombros, la boca entreabierta. Y yo sujetándola de las caderas; sus gemidos haciéndome perder la razón.
Joder, Gia.
Gruño bajo. El abdomen se me tensa. Subo la otra mano a mi pecho, clavo los dedos, como si con eso pudiera sacarme la ansiedad de tenerla tan cerca, o de estar dentro de ella.
—Gia… —murmuro, casi sin voz.
La última imagen mental es la suya mordiéndose el labio, justo antes de que se corra sobre mi polla… o de que ella haga que me corra.
Y exploto… El cuerpo se me tensa ligeramente y me corro en mi abdomen. Tengo la respiración entrecortada, los dientes apretados; el nombre de ella aún latiendo en mis labios.
Me quedo quieto. Sudado y agotado. Pero más tranquilo. Más… jodidamente obsesionado. Nunca me ha pasado esto con nadie. Tan rápido.
Me limpio con la camiseta que pensaba usar mañana —da igual— y me meto bajo las sábanas.
Cierro los ojos. Y sé, sin una puta duda, que esta mujer va a ser un problema de los grandes. Pero ya es demasiado tarde. Ya está en mi cabeza.
Gia Clarke.
Primer día. Y ya está en mi cama.