La última apuesta 2
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G ia

—¿Este tío es gilipollas o se entrena para ello? —murmuro, fulminando la pantalla del móvil con la vista.

Xander Cole acababa de colgarme el teléfono sin más, cortándome a mitad de frase como si yo fuese una llamada de spam .

Ni un «gracias», ni un «nos vemos» ni una mierda de cortesía básica.

Nada. Solo su voz borde y seca, y después ese pitido final que deja claro que la conversación ha terminado. Por decisión suya, claro.

Suelto un bufido, tiro el móvil al asiento del copiloto y me paso una mano por la cara. Estoy en mi coche, aparcado frente a una cafetería del centro, y por un momento me quedo mirando por la ventanilla, procesando la llamada más corta y desagradable que he tenido en semanas.

—Bien, Gia…, respira hondo —me digo, aunque el nudo en el estómago no se deshace. Arranco el motor y pongo rumbo a mi casa. Necesito achuchar a mi mimado gato naranja.

Pero mientras los semáforos cambian y el sol empieza a colarse entre los edificios, mi cabeza regresa inevitablemente a la mañana de hoy.

Todo ha empezado con esa reunión en las oficinas del club. Me habían citado a las nueve y media, y yo, puntual como una condena, he llegado incluso antes. Me han presentado al cuerpo técnico, al jefe de operaciones y al entrenador principal, al que todos llamaban simplemente «el míster».

—Queremos que seas los ojos, la cabeza y el control de Xander Cole —me ha dicho el míster, sin preámbulos.

—¿Perdón? —he respondido, un poco incrédula.

—Has oído bien. Ese chico necesita estructura y límites y alguien que le recuerde que no está por encima de todo. Lo han consentido demasiado porque es bueno en el campo, pero fuera de él… es un puto caos.

Yo me he limitado a asentir, intentando mantener la compostura, aunque por dentro solo pensaba: Genial, me ha tocado ser la niñera del quarterback estrella con complejo de Dios. Aunque luego recordaba el contrato y lo que me iban a pagar y se me pasaba; un poco al menos.

—Tu trabajo será gestionar su agenda, sus compromisos, sus entrenamientos alternos, su nutrición, sus reuniones con la prensa, y lo más importante, asegurarte que cumple —ha explicado con seriedad—.

Y cuando digo asegurarte, me refiero a que no le quites los ojos de encima: Xander es muy escurridizo, y hará lo posible por que lo pierdas de vista.

Después de ese resumen glorioso y motivador de lo que iba a ser mi trabajo, hemos firmado el contrato. Me han dado acceso a los sistemas del equipo y una carpeta con toda la información actual que necesitaba de Xander. El resto lo tendría que organizar yo.

Así que, después de eso, me he ido a la cafetería del centro con el portátil y mi libreta de planificación y he pedido una taza de té americano con extra de canela.

Lo he abierto todo, me he puesto música de fondo y he empezado a trabajar en lo que sería el plan de Xander para las dos semanas próximas.

Entrenamientos, revisiones médicas, entrevistas. Le he dejado huecos para descanso y vida personal, claro…, aunque después de ese choque que he tenido con él, me han dado ganas de llenarle toda la agenda con horarios de pilates y sesiones de mindfulness obligatorias.

Después de un buen rato y con todo casi organizado, solo me faltaba lo más importante: hablar con él y cuadrar una reunión para ponernos al día y oír sus preferencias.

He recogido, he pagado la cuenta y me he ido al coche; prefería llamar desde ahí, más tranquila.

He marcado el número que me ha dado el míster. Un tono. Dos tonos. Tres tonos. Cuatro tonos. Y he oído cómo descolgaba.

—¿Diga?

—Hola, ¿Xander Cole? Soy Gia Clarke, tu nueva asistente…

Y ahí ha sido cuando ese energúmeno me ha interrumpido como si le hubieran dado un codazo en el cerebro.

Lo que ha venido después de eso, hasta que hemos colgado, no ha sido mucho más agradable. He de decir que es bastante capullo.

Parada en un semáforo en rojo, miro mi reflejo en el retrovisor y frunzo los labios.

—Vale. Muy bien. Perfecto. Un gilipollas arrogante con cara bonita. Qué cliché más predecible —murmuro, mordiéndome el labio.

Pero entonces algo en mí se ha endurecido. El tono en el que me ha hablado. La forma en que ha colgado. Esa sensación de que cree que está por encima del resto del mundo… no me era ajena.

Ya he lidiado con gente así. Con personas que consideraban que podían pisarte sin consecuencias. Que estaban convencidos de que el mundo giraba a su alrededor solo porque habían tenido suerte, talento o apellido.

Y si él quería jugar a eso…, yo también sabía. Pero iba a hacerlo a mi manera: con cabeza, elegancia y dulzura maquillada con una sonrisa.

Que no me subestime. Porque si él es fuego, yo puedo ser gasolina.

Aparco frente a mi edificio y subo a casa arrastrando el bolso, que parece pesar una tonelada. Apenas he cerrado la puerta cuando un pequeño torbellino naranja sale disparado hacia mí.

—¡Hola, Cronos! —Suelto una pequeña risa, agachándome para recogerlo en brazos—. ¿Cómo está mi rubio favorito? —Lo lleno de besos y él a mí, de pelos.

Su ronroneo es inmediato. Mi bola de pelo consentida y medio demonio con esos ojos amarillos, que siempre parece entenderme. Me da un par de cabezazos en la barbilla y luego se baja de un salto, caminando como si él gobernara este lugar. Lo sigo hasta el sofá, donde tiro el bolso, y me descalzo.

Me quedo un rato echada con mi bola, recibiendo toda la amabilidad que no he recibido en todo el día. Estos animales sanan, lo juro.

Lo bueno se acaba y tengo que ducharme, así que me dirijo al baño, abro el grifo de agua caliente y me desnudo.

Me recojo el pelo en un moño. Solo espero que el agua corriendo por mi espalda pueda arrancar la tensión de la jornada.

Pero no es así. Porque en el momento en el que cierro los ojos, su voz vuelve a mi cabeza.

«Sé quién eres. ¿Qué quieres?».

Tan borde. Tan seca. Tan… irritantemente masculina. ¿Cómo puede un tono de voz ser tan jodidamente atractivo y a la vez tan odioso?

Apoyo la frente en los azulejos y dejo que el agua siga corriendo. No quiero admitirlo, pero hay algo en él que me ha descolocado. No es solo su fama ni lo que me habían contado: es su energía. Esa mezcla de arrogancia, rabia contenida y algo más… Algo roto.

Me estremezco, aunque no tengo frío. No. No caigas en esa. No empieces a analizar a un tío al que ni conoces, Gia.

Salgo de la ducha y me pongo mi albornoz. Cronos me mira desde el lavabo, como si juzgara el caos mental en el que estoy sumida. Paso por el salón hacia la cocina y, al hacerlo, cojo el móvil del bolso.

Pantalla encendida. Cero notificaciones. Ni un solo mensaje de Xander.

Lo ha dicho claro en la llamada: «Ya te mandaré un mensaje con hora y lugar».

Pues genial. Aquí estoy. Esperando como una idiota.

Voy a la cocina y dejo el móvil boca abajo.

Me ato el cinturón del albornoz y abro la nevera.

Saco un tupper con pasta boloñesa que me sobró de ayer y lo meto en el microondas.

Mientras este hace su magia, abro el portátil y lo pongo en la isla de la cocina. Tecleo:

«Xander Cole, noticias recientes».

Los titulares aparecen en segundos, como una bofetada en la cara.

«X ander C ole se salta el protocolo de prensa tras la última derrota ».

«F otografían a C ole saliendo de un club a las 4 a . m . tras romper el toque de queda con el equipo ».

«E l quarterback estrella de los S eattle T itans , envuelto en una nueva polémica amorosa ».

«¿Q uién es la misteriosa rubia con la que se le vio en L as V egas ?».

«E l talento indomable del golden boy : ¿ genio o bomba de relojería ?».

Paso el cursor por los artículos, uno tras otro. Fotos borrosas, flashes, rumores, poses con copas en la mano y sonrisas ladeadas que destilan confianza y cero arrepentimiento. En cada imagen, él parecía estar perfectamente cómodo en el caos que generaba.

Cierro el portátil de golpe. Cronos da un respingo y protesta.

—Lo sé, lo sé… No es culpa mía que mi nueva responsabilidad sea el protagonista de todos los dramas deportivos del país.

El microondas pita. Saco el plato y lo pongo sobre la encimera. No tengo hambre, pero necesito tener algo en el estómago si no quiero dedicarme a planear su funeral.

Mientras como lentamente, vuelvo a mirar el móvil. Nada. Ni siquiera un «Mañana a las 10». Bufo.

—Muy bien, señor Cole. Si tu plan es hacerme perder el tiempo desde el día uno, te aviso de que yo también sé jugar a eso. Pero lo hago con más clase, cariño.

Cronos maúlla para mostrar su acuerdo. Me levanto para fregar el plato, y mientras el agua corre, no puedo evitar pensar: ¿y si esto es una trampa? ¿Y si este tipo consigue hacerme perder el control?

Pero no. Otra vez no. Ya me había pasado una vez en mi vida. Y no iba a volver a permitir que nadie me arrastrara consigo. Ni siquiera él. Aunque tenga la sonrisa más jodidamente sexy del planeta.

Me aparto del ordenador con un suspiro y reposo la cabeza unos segundos sobre la mesa. Miro el móvil por octava vez en los cuarenta últimos minutos. Nada. Ni un maldito mensaje. Ni una ubicación. Ni una hora. Nada.

—Es gilipollas —murmuro mientras me froto los ojos—. Un gilipollas con abdominales de infarto, pero gilipollas al fin y al cabo.

Y no pienso perder el sentido por su cara bonita. No pienso ser una más en su lista. No voy a caer.

Agarro el teléfono con más rabia de la necesaria y busco entre mis contactos.

Marco el número de la única persona que siempre está disponible para mí. Mi mejor amiga.

Me pongo el aparato en la oreja, y espero el sonido de su voz.

—Vamos, Savannah, cógelo…

—¿Hola? ¿Sabes qué hora es, loca? — Traidora, pienso mientras miro la hora.

—Son las diez y media, exagerada —le reprocho.

—Para mí eso es noche profunda. Llevo toda la semana con horarios de abuela, no me juzgues.

Me echo a reír y me dirijo al salón.

—¿Cómo ha ido tu semana? —le pregunto, con la esperanza de que le haya ido mucho mejor que a mí.

—Fatal. El jefe del despacho se ha vuelto a pelear con la be caria nueva, el martes se cayó internet y, para colmo, mi cita del viernes tenía halitosis. ¿Tú qué tal, reina del multitasking ?

Me dejo caer en el sofá con una manta sobre las piernas. Cronos ronronea en mi regazo, inconsciente del caos existencial de su humana.

—Pues… tengo curro nuevo.

—¿Qué? ¿Cómo que nuevo? ¿Y yo sin enterarme?

Me río soltando el aire por la nariz.

—Ha sido todo muy de repente. Es temporal, y es una locura.

—Dímelo ya. ¿Dónde, con quién, cuánto te pagan y por qué siento que me estoy perdiendo algo importante?

Al oírla juraría que se ha puesto a hablar a doble velocidad.

Sonrío. Lo necesito. Necesito esa energía.

—Estoy trabajando con los Seattles Titans . Soy la nueva asistente personal de Xander Cole. Algo así como su niñera, básicamente.

Absoluto silencio.

¿Se habrá dormido?

—¿ Q ue qué ? —grita, tan fuerte que me tengo que separar el móvil de la oreja.

—Lo que oyes.

—¡Tía! ¡¿Xander Cole?! El de las fotos en calzoncillos. El que se lio con tres modelos en un yate. El del escándalo en Las Vegas. Ese. ¿Ese Xander Cole?

—Ajá, el mismo. —Río. Joder, sí que lo tiene controlado.

—¿Y cómo es en persona? ¿Es tan guapo como en las fotos o más?

—Peor. O mejor. No sé. Es… demasiado. Alto, moreno, con cara de chulo, despeinado en plan «me acabo de levantar así de sexy sin querer»… y con unos brazos que podrían abrir una nuez con solo mirarla.

—¿Gia? —me dice con un tono bastante serio.

—¿Sí? —le respondo con la misma seriedad.

—Estás jodida

Y ahí está mi amiga.

—No. No lo estoy. —Intento sonar realista.

—Sí, lo estás. Si describes sus brazos antes que su actitud, es porque estás medio frita.

—¡No estoy frita! —me justifico—. Me ha colgado el teléfono, Savannah. Lo he llamado para coordinar la primera reunión oficial y me ha contestado como si yo fuera una puta teleoperadora.

—¿Te ha colgado? ¿Así sin más?

—Tal cual. «No tengo tiempo, ya te escribiré». Pum. Fin de la llamada.

Cada vez que lo recuerdo me dan ganas de pegarle a algo.

—Uf, qué gilipollas.

—Es lo que he pensado, sí. Y lo he dicho. En voz alta. En el coche.

Así suena hasta ridículo.

—¿Y te ha escrito ya?

No, seguramente tendré que quedarme toda la noche despierta…

Es lo que me gustaría decirle, pero obviamente eso no saldrá de mi boca.

—No. Y no pienso esperarlo toda la noche. —No sé si ha sonado muy creíble.

—Claro que sí. Solo revisarás el móvil cada cinco minutos hasta que lo haga.

Cabrona, me conoce demasiado bien.

—Eres una bruja.

—Soy tu mejor amiga.

Touché.

Suspiramos al mismo tiempo. Cronos se despereza y se va directo al cojín del sillón, como si también le hubiese aburrido ya la conversación.

—Mira, Gia. Has trabajado con gente difícil. Has lidiado con artistas caprichosos, con jefes intensos y con modelos con el ego más grande que sus currículums. Puedes con esto.

—Lo sé. Solo que, no sé, Sav… —y es verdad, no sé qué siento cuando pienso en que tengo que trabajar con Xander—, algo en él me pone nerviosa.

—Porque te gusta.

¿Y a quién no, Sav? ¿A QUIÉN NO ?

—No —me limito a decir.

—Sí.

— N o . — Sí…

—Gia.

—Vale, un poquito, tal vez. Pero, siendo realistas, a todo el mundo le gusta Xander.

—¡Lo sabía! —grita al otro lado del teléfono.

—Pero eso no significa nada. No pienso mezclar nada. —Y lo creo de verdad—. Esto es un trabajo, punto.

—Claro, claro…, como cuando dijiste que no ibas a volver con Ryan y acabaste en su coche dos semanas después.

—¡Eso fue distinto!

No, no lo fue. Pero es que esta chica tiene más memoria que un disco duro.

—Igualito. Lo visualizo y digo sí, es igual —me dice mientras se echa a reír.

—¡Savannah!

—Mira, cariño. No te voy a juzgar si te lo tiras, ¿vale? —No me puedo creer que lo haya soltado, la muy…—. Solo no te enamores si sabes que es idiota.

—No pienso acostarme con él. —No me van los tipos guapos y altos y morenos y con cuerpazo y con una sonrisa que tendría que ser ilegal.

—Ajá. ¿Y cuándo te vea con ese vestido negro que te queda como un crimen perfecto? —se ríe.

—Voy a colgar.

—Te quiero, bruja.

—Yo también, loca. —Se podría decir que es la única persona que quiero de verdad—. Te escribo si me escribe.

—O si se mete en tus sueños.

Nos reímos, pero suelto rápido un…

—¡Adiós! —Y cuelgo entre risas.

Pero me quedo con esa sensación punzante. Miro el móvil. Nada.

Me levanto y voy hasta la cocina a por un vaso de agua. Y antes de irme a la cama, mientras Cronos me sigue con sus patitas sigilosas y bosteza, me repito lo que me he dicho antes: No voy a caer.

Aunque algo dentro de mí no esté tan seguro.

Justo cuando apago la luz y me acomodo en la cama con un suspiro resignado, el móvil vibra en la mesita. Giro la cabeza lentamente y leo el mensaje.

Xander Cole: Mañana. 9:00. Campo de entrenamiento. No llegues tarde.

Sonrío con sarcasmo, bloqueo el móvil y murmuro al techo: —Qué bien, el rey ha hablado.

Y ahora sí…, empieza el juego.