La última apuesta 1
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La última apuesta

La última apuesta

Por Cristina Hidalgo

© inepub.com

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X ander

Dicen que ser una estrella de la NFL es el sueño americano. Que consigues todo lo que cualquiera querría: fama, dinero, mujeres, poder.

Mentira.

¿Sabes lo que no te cuentan? Que todos esperan que seas perfecto. Que sonrías para las cámaras, que firmes autógrafos después de un partido de mierda, que no te cagues en el mundo aunque tu hombro esté hecho polvo y no hayas dormido más de tres horas.

Y ahora resulta que quieren ponerme un cuidador.

Llego al vestuario y abro mi taquilla. Miro una foto mía de cuando tenía tres años, con mi padre, y le pido paciencia.

Sé de sobra que no me estoy comportando de la mejor manera.

Me han echado mucha presión encima y demasiados ojos pendientes de mí.

Tampoco veo normal que me saquen una novia cada tres días.

¿Salgo con chicas? Sí, pero nada que ver con lo que pintan de mí en las noticias o en las redes sociales.

La última fue una fan loca a la que ni siquiera conocía, pero se enganchó a mi cuello a la salida de un hotel y ya fue suficiente para salir en todos los titulares.

No es la imagen adecuada que quieren de mí para el equipo, pero también sé que les hago falta.

Lo que no me esperaba era la llamada de mi entrenador anoche antes de irme a dormir para decirme que debía hablar conmigo hoy, que era importante, que me iban a buscar a alguien que me ayudase a llevar la situación.

Así que cierro la taquilla y salgo del vestuario directo al despacho del míster.

Encima la máquina de café está rota. ¿Puede empezar peor el día?

Solo quiero que acabe esta charla, sea la que sea, para irme al gimnasio a descargar la tensión.

Además tengo que hablar con Chase, mi mejor amigo, porque vamos a organizar la fiesta del finde.

Empieza la temporada, y si voy a acabar con un cuidador, me hace falta no una fiesta, sino «La Fiesta».

La idea de llevar a alguien pegado al culo todo el día me desagrada muchísimo.

Solo me queda la esperanza de convencer al míster de que puedo cuidarme solo y hacer las cosas mejor, pero obviamente no me cree.

—Te lo digo en serio, Xander —gruñe el míster mientras me lanza ese sermón que repite cada maldito lunes—. El equipo necesita estabilidad y tú también. Por eso hemos contratado a alguien para que te ayude.

—¿Alguien que me sujete la mano mientras lanzo el balón? ¿O que me limpie el sudor entre jugada y jugada?

El entrenador se mantiene inexpresivo. Ni siquiera pestañea. ¿Estará respirando? A veces pienso que es un robot.

—Es una asistente personal. Estará encima de ti, organizando tu agenda, asegurándose de que llegas a las reuniones, a los entrenamientos, a las entrevistas. Y ya está contratada. Se llama Gia y empieza hoy.

—Ah, ¡sí! Una niñera, genial. Perdón si no me ves saltando de alegría. —Me dejo caer en la silla con los brazos cruzados y jugueteo con un bolígrafo—. ¿Me va a poner un babero también?

—No me importa cómo lo llames. Solo está para ayudarte: si te comportas como debes tú solito, no va a agobiarte.

Genial. Otra persona más diciéndome qué hacer, qué decir, cómo actuar. Como si no llevara años cargando con este puto equipo sobre mis hombros…

Me levanto, tiro el bolígrafo sobre la mesa y me largo dando un portazo.

Cuando salgo de la reunión, mi humor está aún peor que cuando entré. Necesito un café. Y aire. En ese orden. Giro la esquina hacia el pasillo que lleva a la salida, sin prestar atención a nada ni a nadie de mi alrededor; solo pienso en salir.

Pero parece que la vida se está riendo de mí y me choco contra alguien.

—¡Oh! Perdona, no te había visto… —dice una voz femenina, dulce y suave.

Bajo la cabeza. Y la veo.

Morena. Pelo largo y ondulado, como recién salido de un maldito anuncio de champú. Ojos marrones tan oscuros que parecen tragarse la luz. Con una sonrisa forzada a ser educada, en unos labios carnosos que, joder, me gustan.

—¿Estás bien? —pregunta, con una amabilidad que me desconcierta.

No, no estoy bien. Pero no pienso decirlo. La miro de soslayo y noto cómo arquea una ceja.

—Soy… soy Gia Clarke. —Extiende una mano hacia mí, mientras sus mejillas se tiñen de rojo—. Un placer.

Mierda.

Sin responder, le doy la espalda y me voy. No me apetece ser encantador ni fingir. Ya bastante hago lidiando con los gilipollas de mi equipo y con los focos. No pienso sumar un problema más a la lista.

Cuando me alejo, noto su mirada clavada en mi espalda. Esa mezcla de sorpresa y decepción que ya he visto mil veces.

Perfecto. Ya sabe quién soy. Un completo idiota.

Justo lo que quería.

Salgo por la puerta principal y respiro hondo. ¿Una asistente?

¿Una maldita niñera vestida de secretaria que me va a decir qué hacer, a qué hora levantarme y cuándo entrenar, como si fuera un crío?

Que se jodan. Yo no necesito a nadie que me vigile.

Y mucho menos una pija de voz suave que aparece en el vestuario con una sonrisa de catálogo y pretende que le dé la bienvenida.

Gia Clarke.

Bonito nombre. Para ser alguien que ya me está tocando los cojones.

Tiene esa mirada que parece que lo ve todo…

, como si supiera exactamente lo que estás pensando.

Y no me gusta. No me gusta sentirme observado, ni juzgado.

Bastante tengo con la prensa, con los gritos del míster y con el jodido equipo arrastrándose como si estuviéramos en pretemporada.

No me hace falta una chica metida en medio, tomando notas cada vez que enarco la ceja o si llego dos minutos tarde.

Y lo peor no es eso. Lo peor es que es guapa. Muy guapa.

Pero no una guapa cualquiera. Tiene ese tipo de belleza que jode. Que te distrae. Que te mete ideas en la cabeza que no deberían estar ahí.

Y lo sabe. Se mueve como si no le importara llamar la atención, como si supiera que todos la están mirando…, pero no te da el gusto de saber si ella se fija en ti. Jodidamente irritante.

Encima va y me suelta «Un placer».

¿Un placer? Claro. El placer será mío… el día que cojas tus carpetitas y te largues por donde viniste.

Y aun así, hay algo que no me cuadra. Esa forma de clavar la vista en mí cuando le he dado la espalda.

No ha sido sorpresa. No ha sido decepción.

Ha sido como si ya supiera que yo iba a ser un imbécil. Como si se lo esperara.

Y por alguna maldita razón, eso me cabrea más de lo que debería.

Café en mano, por fin. Marco el número de Chase. Necesito desahogarme con alguien, y él tiene toda la paciencia que me falta a mí.

—¿Qué cara es esa, Cole? —pregunta Chase; se coloca la gorra hacia atrás y me lanza una botella de agua como si acabáramos de salir de entrenar, cuando lo único que he hecho hoy es cabrearme.

—¿Te acuerdas de lo que dijo el míster la semana pasada? ¿Que iban a tomar «medidas internas» para controlar mi actitud? —pregunto, serio.

—Ajá… —Chase alza una ceja con ese aire despreocupado suyo—. Pensé que te iban a poner más multas o algo.

—Ojalá. —Me siento en un banco y apoyo los codos en las rodillas—. Lo que me han puesto es una asistente personal.

—¿Qué? —Suelta una carcajada tan fuerte que un par de rookies que pasan por el pasillo giran la cabeza—. ¿Una niñera para ti solito? Joder, colega, eso es oro puro.

—Sí, descojónate. —Se sienta a mi lado—. Es una tipa que va a estar todo el día encima de mí. Programas, entrevistas, entrenamientos, revisiones… Dice el míster que me va a «organizar la vida».

—A lo mejor lo que te viene bien es que alguien te organice algo más que los horarios, cabrón. —Me da un codazo sin dejar de reírse. Está claro que le he alegrado la mañana a este capullo.

—Vete a la mierda —gruño; abro la botella de agua y le doy un trago largo—. Y lo peor no es eso. Me la he cruzado saliendo de la reunión; de hecho, me he chocado contra ella.

—¿Y qué? ¿Típica friki con gafas y agenda en mano?

Sinceramente, ojalá fuera una friki que pasase totalmente desapercibida.

Porque no sé qué coño tiene esa tía, pero me ha bastado un cruce de palabras para saber que va a ser un dolor de cabeza.

Con esa mirada de chica lista, de las que no se tragan tus tonterías aunque vengas con tu mejor sonrisa.

Aunque yo ni se la he enseñado aún. No me ha hecho falta para que me calara igual.

Gia Clarke. No paro de escucharlo en mi cabeza. Como un reloj de cuco estropeado. De verdad, qué nombrecito de mierda perfecto para una chica como ella. Elegante, afilado, como si te besara y te cortara al mismo tiempo.

No quiero jugar a esto. Pero sé que acabaré haciéndolo. Porque es lo que hago. Porque cuando algo me atrae, me cuesta no tocarlo. Aunque luego me queme.

—No. Eso es lo jodido. Es guapa, tío. De esas que sabes que son un problema con piernas desde el minuto uno… —Suspiro al terminar la frase.

—Esa no te la esperabas, ¿eh? —Noto cómo contiene una carcajada—. ¿Y tú qué has hecho?

—Nada. Me ha soltado «Un placer» con una sonrisita de chica educada y yo me he ido sin decirle ni una palabra. —Me tiro lo que me queda de agua por el cuello.

—¿Otra vez con tu encanto natural? Eres la hostia.

—Es lo que hay. —Me encojo de hombros—. No quiero que se piense que esto va a ser fácil. No va a ser mi amiga, ni mi colega ni mi terapeuta emocional. Si ha venido a ponerme la correa, que se prepare, porque pienso darle por culo cada minuto.

—¿Literalmente? —Se vuelve a descojonar. A veces dudo que sea mi amigo—. La verdad, pienso que te esfuerzas demasiado por parecer un capullo —dice Chase entre risas, y se pone de pie—. ¿Y si resulta que te cae bien?

—No me va a caer bien.

Chase me coge del brazo para levantarme.

—¿Y si está buena?

—Ya te he dicho que lo está.

Aunque tampoco he tenido tiempo de fijarme bien. Pero solo con su olor dulce… se me remueve algo por dentro.

—Entonces, estás jodido. —Se echa a reír y me da un codazo bastante fuerte en el brazo.

Lo fulmino con la mirada, pero él solo se ríe más fuerte—.

Escucha, Xand…, trata de no liarla desde el primer día, ¿vale?

Ya sabes cómo está el equipo, los medios, la directiva.

Lo último que les hace falta ahora mismo es otra «historia con Xander Cole».

Ufff, cuando se pone modo padre no hay quien lo aguante.

—Yo no soy una historia —murmuro, apretando la mandíbula—. Solo soy una persona con vivencias… —le echo un vistazo— curiosas.

—Ya, don Curioso, pero a veces te comportas como si fueras el puto protagonista de una telenovela. —Me observa más serio de lo que deseo ahora mismo.

—Y tú como el secundario gracioso que muere en la primera temporada —le espeto.

Chase me empuja de broma por el hombro y seguimos andando. Pero por dentro… no puedo dejar de pensar en ella.

Gia.

La niñata nueva con labios bonitos y expresión desafiante.

Tengo el presentimiento de que sí que me va a tocar los cojones.

Y también el de que… me va a gustar.

Debía soltar todo esto.

Las palabras, los pensamientos, la tensión que me ha estado apretando el pecho desde la reunión de esta mañana.

Chase ha intentado distraerme, bajarme los humos con su buen rollo, pero ni siquiera él ha conseguido calmarme esta vez.

Así que voy al único lugar donde consigo acallarlo todo: el gimnasio.

Los golpes secos de mis puños contra el saco llenan el silencio. Uno, dos, tres, directo, gancho, directo. Respirar. Sudar. Repetir.

Una gota me resbala por la frente cuando la puerta se abre de golpe.

—¡Ey, Cole! —La voz de Tanner retumba por todo el gimnasio—. ¿Estás entrenando para pelear o para follar?

Me giro lo justo para verlo entrar con Brody y Malik, todos de buen humor, riéndose entre ellos, como siempre. Maldita sea. Justo lo que no necesitaba: sus putas bromas en estos momentos.

—Mira la cara que lleva. Joder, ¿quién te ha escupido en el café esta mañana? —bromea Brody, lanzándome una toalla que dejo caer al suelo —. Te juro que esta vez no he sido yo.

—Este no quiere café, solo meterla —dice Tanner, riéndose, mientras se cuelga su toalla al cuello—. Lleva más de setenta y dos horas en sequía y ya se está volviendo loco.

—La polla le está mandando señales de socorro, tío —añade Malik, con una risa de fondo—. Está implorando por un coño, y el cabrón la ignora.

La verdad es que en otro momento hasta me habría unido a los chistes, pero hoy me están tocando los cojones entre todos.

Me giro tan rápido que hasta el saco de boxeo casi se balancea por la ráfaga de aire. El sudor se me escurre por las cejas, los puños me arden, y esa broma ha sido la gota que colma el puto vaso.

Me acerco tanto a su cara que nuestras respiraciones parecen una sola. Se quedan todos en silencio.

Pero de repente mi móvil empieza a vibrar.

—Salvado por la campana, Malik. A dar diez vueltas al campo. Ahora. —Respiro hondo.

—¿Qué? —Se quedan todos sorprendidos, pero yo no aparto los ojos de Malik.

—Que te vayas a correr antes de que te saque a hostias —gruño, y miro a los demás como si pudiera fulminarlos y dándoles a entender que se larguen todos.

Malik levanta las manos en señal de rendición, y sale trotando al tiempo que murmura algo que no quiero oír. Los demás lo siguen.

El móvil sigue vibrando en mi bolsa. Me paso la toalla por la cara y el cuello y voy a por él. Necesito un puto respiro.

Pantalla iluminada. Número desconocido.

Deslizo para contestar.

—¿Diga?

—Hola, ¿Xander Cole? Soy Gia Clarke, tu nueva asistente…

—Sé quién eres —la corto, seco como una bofetada—. ¿Qué quieres?

Hay un breve silencio al otro lado de la línea, como si intentara procesar mi tono. Y juraría que la escucho tragar con dificultad.

—Mmm, vale. Bueno —dice con un tono de completa indiferencia. ¡Aj! Esta tía me pone de los nervios—, solo te llamaba para ver si podríamos concretar una cita para mañana por la mañana. Así me dejas tu calendario de entrenamientos y partidos y te puedo organizar…

Una vez más no le permito acabar.

—Genial. Gia, ¿verdad? —Me seco otra vez la cara con la toalla—. Me pillas ocupado y no tengo tiempo de hablar ahora. Ya te mandaré un mensaje con la hora y el lugar.

Y cuelgo.

Sé que iba a decirme algo más, probablemente algo educado, y quizá hasta útil. Pero no me apetecía oír ni una palabra más de su boca. Ahora no. Cuando su cara sigue clavada en mi memoria como una espina, y no sé por qué me jode tanto.

Agrego su número al móvil, demasiado rápido. Aunque solo con su nombre. Gia. Ni emojis, ni apellidos ni mierdas. Como algo pasajero que espero que no dure. Solo eso. Lo suficiente para tenerla localizada. Aunque hay algo que me dice que no la guarde…

Y lo peor es que, por dentro, una parte de mí también se está preguntando qué coño me pasa.