La última apuesta 3
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X ander

No sé por qué he tardado tanto en mandarle ese maldito mensaje.

Bueno, sí lo sé. Pero tampoco es que me guste reconocerlo.

Después de colgarle el teléfono, he estado como veinte minutos dándole vueltas en el vestuario. A ella, a su olor y a saber que voy a tenerla muy cerca todo el rato.

Me he duchado en silencio mientras el resto del equipo bromeaba sobre alguna historia que no me interesaba. Y cuando me he puesto los pantalones y una camiseta limpia, el puto número seguía ahí, sin respuesta. Como si me estuviera retando.

«Ya te mandaré un mensaje con hora y lugar».

Mis propias palabras me sonaban como una excusa barata. ¿Tan difícil era escribir dos líneas? ¿Qué coño me pasaba?

No me cuesta tratar con chicas. Al contrario. Pero algo en esa voz me ha jodido el sistema. Era suave pero firme. Segura. Como si no necesitase nada de mí. Como si fuera yo el que estuviera en deuda con ella. Y eso me ha irritado.

Por eso he tardado tanto en mandar ese mensaje. Porque no la quiero trabajando conmigo. Porque no quiero tenerla a mi lado todo el día. Porque sé que va a ser una complicación.

Cuando he llegado a casa solo tenía ganas de echarme y meter la cabeza entre almohadas. Pero ahí ha resonado su voz otra vez: «Soy Gia Clarke, tu nueva asistente…».

He tirado la almohada contra la pared y he bufado. He apagado el móvil para convencerme de que eso iba a evitar mi responsabilidad de mandar el mensaje.

Y me he dormido. Y para sorpresa de nadie me he despertado por culpa de una pesadilla. Me he incorporado, he cogido el móvil y lo he encendido. La 1:00. Joder, era momento de mandar ese mensaje. Y eso he hecho.

Y ahora, aquí estoy, despierto probando de mi propia medicina. Ha pasado un buen rato desde que se lo he enviado, y no dejo de mirar el teléfono, esperando a que me responda. Pero es obvio que no lo va a hacer, y menos después de cómo le he hablado. O porque está dormida, claro.

Suspiro y me paso una mano por la cara. Dejo el móvil debajo de mi almohada e intento conciliar el sueño otra vez.

Me suena la alarma a las 7:30 a. m. y miro las notificaciones de mi móvil. Algunas del grupo de los chicos. Algunos mensajes en redes sociales de chicas con las que ya he tenido algo y nada, nada, por parte de Gia. Obvio.

Me siento en el borde de la cama, estiro el cuello mientras mis pies tocan el frío suelo. El apartamento está en silencio. Me gusta así. Sin ruido. Sin nadie.

Me dirijo a la cocina y saco un zumo de naranja de la nevera. Me preparo una tostada a la plancha con aguacate y huevos revueltos. Mi desayuno favorito.

Me siento a la mesa y pongo las noticias en la televisión. Nada interesante. Y nada de mí. Eso me gusta.

Me doy una ducha rápida, intentando no pensar en la reunión que tengo en menos de una hora.

Intentando no pensar en ella. Pero es demasiado tarde.

La curiosidad me está ganando. ¿Sería tan segura en persona?

¿Tan estirada como sonaba? ¿O sería una de esas chicas que se hacen las duras y luego no soportan el ritmo?

Me seco un poco el pelo sin mucho cuidado. Dejándolo al aire, como siempre, y me visto. Camiseta gris oversize y unos joggers negros.

Café, necesito mi café. Me pongo las gafas de sol, cojo las llaves del coche y salgo.

El aire de Seattle por la mañana está más limpio de lo que debería y la ciudad, demasiado tranquila para lo que tengo en la cabeza.

Bajo las ventanillas del coche y conduzco hacia la pequeña cafetería en la esquina de Pike y 6th.

No es nada del otro mundo, pero ellos saben cómo me gusta el café: doble espresso con un toque de vainilla, nada de azúcar y caliente como el mismísimo infierno.

—¿Lo de siempre, Xander? —me pregunta la chica del mostrador con una sonrisa extremadamente amable.

—Sí. Gracias. —No estoy de humor para sonreír.

Espero con las manos en los bolsillos. Mi teléfono vibra, y lo miro de reojo, aunque sé que no es ella. Un mensaje de Chase, seguramente, para recordarme lo de la fiesta. Genial.

Cojo el café, asiento en señal de agradecimiento y salgo de nuevo a la calle. Son las 8:30. El campo de entrenamiento está a veinte minutos de aquí. Llego con tiempo, pero no porque sea puntual, sino porque me gusta ver quién entra a su hora y quién se retrasa.

Hoy no va a ser un día normal. Hoy voy a conocer oficialmente a Gia Clarke.

Y por algún jodido motivo… me importa.

Son las 09:02.

Odio la impuntualidad.

Estoy apoyado contra la barandilla metálica del campo, con el café aún en la mano y las gafas de sol puestas. La mayoría del equipo no va a venir hasta dentro de una hora, así que tengo paz. De momento.

Me vuelvo hacia la entrada principal del complejo. Y entonces la veo.

Tacones. Vestido corto amarillo. Pelo suelto, castaño y ondulado, moviéndose al son de sus pasos.

Un bolso grande colgando del hombro y una carpeta sujeta contra el pecho.

Gia Clarke. Joder.

No sé qué me esperaba. Quizá más… neutra.

Más formal. Más aburrida. Pero esto… esto es una jodida contradicción con piernas.

Se mueve con seguridad, pero no está intentando impresionar a nadie.

Sabe que llama la atención, pero no la busca.

Es como si viniera de otro planeta, uno en el que las mujeres no necesitan esforzarse para ser un puto escándalo.

Trago saliva. Me paso la lengua por el labio de abajo y me lo humedezco. Se me tensa la mandíbula. No me gustan las sorpresas. Y ella lo es.

Se acerca. Mierda, tiene hoyuelos cuando sonríe. Y unos labios tan carnosos que podrían distraer a cualquiera con media neurona.

Pero yo no soy cualquiera.

—Xander Cole —dice, clavando sus ojos oscuros en mí.

No pregunta. No duda. Me nombra como si me conociera de toda la vida.

—La impuntualidad es un mal comienzo, Clarke.

Procede a echarle una ojeada al móvil, que tiene apoyado contra la carpeta.

—Llegar dos minutos tarde no es impuntualidad. Es tener vida —responde, sin inmutarse.

Casi se me escapa una sonrisa, pero no le voy a dar esa satisfacción. En vez de eso, me doy media vuelta, me quito las gafas y le hago una seña con la cabeza.

—Sígueme.

La guío por el pasillo hacia una sala de reuniones pequeña. Cristales tintados, una mesa larga en el centro y pantallas por todos lados. Silencio. Aquí nadie molesta.

Cierro la puerta tras ella.

Gia se sienta y deja su carpeta sobre la mesa. Se cruza de piernas. El vestido se pega a sus piernas y deja a la vista un pedazo de muslo que no debería mirar. Pero lo hago. Obvio que lo hago.

No soy de piedra. Soy de carne, sangre, testosterona y mala leche. Y ella está empezando a calentarme el alma… y otras partes más útiles.

—Bien —dice; abre la carpeta y saca una tablet —. Quiero repasar tus horarios, partidos, rutinas y todo lo que necesite para organizarte el caos al que llamas vida.

Empezamos bien.

—¿Crees que mi vida es un caos? —replico, desafiante.

—No lo creo, lo sé —responde con total indiferencia.

No me gusta nada la gente que se cree que lo sabe todo de mí por el simple hecho de que yo sea famoso. O sea, ella no se equivoca en esto. Pero que lo dé por hecho tan rápido me molesta.

—No me conoces, Clarke. —Tamborileo con los dedos sobre la mesa.

—No me hace falta conocerte para saberlo, Cole.

Enarco una ceja.

—¿Y qué sabes de mí? —le pregunto.

Me mira de reojo, sin levantar la cabeza, y sonríe irónicamente.

—Lo justo. Lo suficiente. Lo que me dicen. Y lo que aparece si pones tu nombre en Google, por ejemplo.

¿En serio ha necesitado buscar mi nombre en Google para saber de mí?

Viniendo de ella, que es una chica, me ofende un poco.

Cualquier mujer sabe bastante de mí. Tampoco es por ser egocéntrico, pero no ha habido ni una sola chica con la que haya mantenido más de diez minutos de conversación y que no lo supiera todo sobre mí.

—¿Has buscado mi nombre en Google? —La estudio con curiosidad.

—Soy tu asistente, no una groupie. —Se pasa un mechón de pelo por detrás de la oreja—. Lo he hecho por necesidad, ya que no sabía si íbamos a tener esta conversación.

Toco la mesa con los dedos, divertido.

—Ya, eso dicen todas —le sonrío—, pero no lo parecía por cómo me has mirado al llegar.

Se incorpora un poco más en la silla.

—Perdona, ¿y cómo se supone que lo he hecho?

Me va a gustar esto.

—Como si te estuviera costando no quedarte con la boca abierta.

No aparta la vista de mí, y eso me incomoda y me gusta a la vez.

—¿Estás bien? ¿Tienes fiebre o siempre hablas así de egocéntrico? —Aprieta los labios.

Sonrío con ganas, por fin. Ahora sí. Esto empieza a gustarme.

—Me sorprende que no estés babeando. Es lo que suele pasar cuando las chicas me conocen en persona.

Se ríe echando el aire por la nariz.

—Sí, claro. Lo que suele pasar… —hace un gesto con la mano, señalándose la sien— en tu cabeza.

Se me escapa una carcajada breve. No lo puedo evitar. Tiene carácter. Y me pone nervioso. Y eso, en mí, es lo más parecido al deseo.

—¿Vas a enseñarme la agenda o vas a seguir intentando leerme la cartilla? —Me cruzo de brazos.

—¿Puedo hacer las dos cosas a la vez?

La muy cabrona me lanza una sonrisa ladina y enciende su tablet . Se echa un poco sobre la mesa, y es inevitable notar el escote sutil de su vestido. Joder. Huélela, mírala, trágatela con los ojos…, pero no lo demuestres, Cole.

Mientras habla sobre entrenamientos, horarios de vuelo, sesiones de fisioterapia y otros detalles técnicos, me doy cuenta de que he dejado de prestarle atención.

Su voz es suave pero firme, y cuando habla se muerde ligeramente el labio inferior.

Cuando se concentra saca un poco la punta de la lengua.

Tiene algunas pequitas por el cuello, y una piel que debe de ser muy suave al tacto.

Tiene unas manos bonitas. Dedos largos. Uñas impecables, sin exagerar.

Imagino cómo sería sentir su piel, o sus manos, en mi espalda, en mi pelo…, bajando más.

Céntrate, joder.

—¿Xander? —me dice de repente, enarcando una ceja—. ¿Has escuchado lo que acabo de decir?

Obvio que no.

—Obvio que sí —le respondo haciéndome el ofendido.