Isabella
Bastien todavía tiene la foto del ascensor de servicio en la tableta cuando los dos agentes entran por la puerta, esa figura encapuchada congelada en la pantalla entre sus manos.
El mayor se presenta como el inspector Morel. Lleva una libreta en una mano y unas gafas de lectura dobladas en el bolsillo delantero de la camisa. El agente más joven se acerca a Bastien, señala la tableta con la cabeza, y los dos se alejan hacia el pasillo bajando la voz.
Morel me pide que me siente.
Cojo la silla del escritorio, porque en la cama todavía tengo el dinero, la ropa y medio baño esparcidos.
Lewis se queda junto a la ventana. No se ha vuelto a poner la chaqueta.
Lleva las mangas abrochadas en las muñecas, los dos botones de arriba todavía abiertos desde el trayecto de vuelta, el cuello suelto sobre la garganta.
Morel se acomoda en la silla frente a mí.
—Necesito que me cuente lo de ayer desde el principio —dice—. Adónde fue, con quién habló y quién vio el anillo.
Empiezo con el tour y se lo cuento en orden. Chez Odette, Lena, el hombre que se hacía llamar Rémy, el museo, mi teléfono sin batería, Lewis en la acera, el trayecto de vuelta al Marceau. Las palabras salen monótonas, como si estuviera leyendo una lista que hice en sueños.
Morel escribe sin levantar la vista, el bolígrafo arañando la página con un ritmo constante.
Cuando llego a Minuit, deja de escribir.
—¿Salió del hotel otra vez? —dice.
—Con Lena.
—¿Llevaba el anillo?
—No. Me quedaba grande. No quería perderlo bailando.
—¿Dónde lo puso?
—En la bolsita de terciopelo. En el estante del baño —digo.
—¿Quién la vio?
—Lena.
Levanta la mirada hacia Lewis, se detiene ahí un segundo, luego vuelve a mí.
—Me gustaría tomar el resto de la declaración sin que Monsieur Marceau esté en la habitación —dice.
Lewis se vuelve hacia mí. No discute con el agente. Solo espera, escrutándome el rostro en busca de cualquier señal.
—Estaré bien —le digo.
Recoge la chaqueta del extremo de la cama y sale con Bastien. La puerta se cierra con un chasquido, y a solas con el inspector la habitación se encoge a mi alrededor.
Morel vuelve a la libreta.
—¿Después del club? —dice.
Le doy la dirección del edificio de Lewis, que pillé anoche cuando el conductor habló con el hombre del mostrador.
—Me quedé allí hasta esta mañana —digo.
No pregunta qué hicimos.
—¿Estaba con Monsieur Marceau a las dos y cuarenta? —dice.
—Sí.
—¿Alguien más puede confirmarlo?
—El edificio tiene seguridad. El hombre del mostrador nos vio entrar. Lewis me trajo él mismo esta mañana.
Lo anota con trazos cortos y uniformes.
—Ahora el anillo —dice.
Lo describo con todo el cuidado que puedo, y es precisamente el cuidado lo que duele.
—Engaste de oro antiguo. Un diamante ovalado en el centro. Dos diamantes más pequeños, uno a cada lado. El aro está rayado por debajo, y un lado del engaste está desgastado.
—¿Valor? —dice.
—Lo tasaron después de que muriera mi madre. Unos veinte mil dólares.
Levanta la vista de la página.
—¿Estaba asegurado?
—No. Hice la tasación para su herencia. Siempre pensé en asegurarlo.
—¿Le dijo a alguien lo que valía?
—No.
—¿Lena lo sabía?
—Sabía que había sido de mi madre. No recuerdo haberle dicho el valor.
—¿Rémy?
—No.
—¿Lo vio?
—Lo llevé puesto durante el almuerzo. Estaba sentado a mi lado.
Pregunta si Rémy me tocó las manos, y vuelvo a aquella mesa en mi cabeza. La palma abierta sobre el mantel de papel cuando se presentó, mis dedos envueltos en los suyos durante menos de un segundo. Más tarde, su mano curvada alrededor del tallo de mi copa, más cerca de la mía de lo necesario.
—Me estrechó la mano. Pudo haberlo visto —digo.
—¿Qué le preguntó?
—Dónde me alojaba. Si era en la ciudad. En qué hotel.
—Y se lo dijo.
—Sí.
En esta habitación silenciosa, sin el vino ni el ruido, mi propia respuesta suena peor que durante el almuerzo.
Pregunta sobre Lena otra vez. Cuánto hace que la conozco, dónde nos conocimos, si estuvo sola en la habitación en algún momento.
—Nos conocimos en el tour ayer por la mañana. Vino aquí mientras me arreglaba. No estuvo sola en la habitación —digo.
—¿La conoce desde hace un día?
—Sí.
Escribe algo más largo esta vez, y el bolígrafo va más despacio.
Le cuento que el anillo fue primero de mi abuela, que mi madre se lo quedó cuando dejó de hablarse con ese lado de la familia.
—¿Nombres? —dice.
—No tengo ninguno.
—¿Su madre nunca habló de su familia?
—Lo llamaba asuntos del pasado. Eso fue todo lo que supe.
—¿El nombre de su abuela?
—Margaret Hale.
—¿Apellido de soltera?
—No lo sé.
Me mira durante unos segundos, con el bolígrafo quieto sobre la página, y luego hace otra anotación.
—¿Cree que Monsieur Marceau estuvo involucrado? —dice.
Mis dedos buscan el collar de mi madre y le dan una vuelta al colgante antes de que me dé cuenta y me detenga.
—No lo conozco lo suficiente para responder a eso —digo.
—Estuvo con usted.
—Sí.
—Y su familia es dueña del hotel.
—Sí.
—¿Lo sabía antes de esta mañana?
—No.
Cierra el cuaderno con un chasquido suave.
—No le recomiendo que se quede en esta habitación esta noche —dice.
—Puedo cambiarme a otro piso —digo.
—La persona usó acceso ejecutivo. Hasta que el hotel averigüe cómo se reactivó esa tarjeta, otro piso no resuelve el problema.
—¿Y qué hago entonces?
—Podemos conseguirle un apartamento temporal. Tardará varias horas. Puede elegir otro hotel. Monsieur Marceau también ha ofrecido una residencia privada.
Morel llama a Lewis y la puerta se abre. Lewis entra solo. Bastien se queda en el pasillo con el otro agente, una silueta al otro lado del umbral.
Lewis se detiene junto al escritorio. Morel le dice que he terminado de declarar, y Lewis no pregunta qué he dicho.
—Tenemos que sacarte de aquí —me dice—. Tú eliges adónde.
—Ya he elegido otro hotel —digo.
Morel se quita las gafas y las limpia con un paño doblado, sin ninguna prisa.
—Otro hotel es una opción. Tendrá que registrarse con su pasaporte —dice—. Quien entró en esta habitación ya sabía su nombre, su número de habitación y cuándo estaría fuera. No sabemos de dónde salió esa información.
—No puedo desaparecer en París —digo.
—No —dice Morel—. Pero puede alojarse en algún sitio sin añadir otra reserva a otro sistema hoy.
Lewis no dice nada.
Lo miro.
—Tu apartamento —digo.
—Si es lo que decides —dice.
—Una noche.
—De acuerdo.
—Mi propia habitación.
—Sí.
—Mi propia tarjeta de acceso. Nadie entra en esa habitación. Ni personal. Ni seguridad. Ni nadie a quien tú creas que debería conocer.
—Hecho.
—Me avisas antes de hacer llamadas sobre mí.
Morel baja la mirada hacia sus gafas, dándonos privacidad sin salir de la habitación.
Lewis asiente.
—Te aviso —dice.
—Y me voy cuando yo quiera —digo.
—Tendré un coche a tu disposición.
—Puedo pedir mi propio coche.
—Bien.
Los agentes fotografían la habitación antes de que haga la maleta; el flash baña las paredes de blanco en ráfagas cortas. Me cambio en el baño mientras trabajan: vaqueros, un jersey, ropa interior limpia. El vestido negro va a la maleta doblado sobre sí mismo.
Morel desliza la bolsa de terciopelo vacía en una bolsa de pruebas, y verlo sellarla me afecta más de lo que esperaba.
Mi madre guardó el anillo en esa bolsa durante años, en el cajón de su dormitorio junto a una pila de recibos y una botella de perfume que nunca abrió.
Cuando murió, lo llevé a casa en el bolsillo de mi abrigo, porque una maleta me parecía demasiado lejos de su mano.
Ahora un extraño escribe un número en el plástico con rotulador negro y se lo lleva.
Cierro la maleta. Lewis la coge y la saca al pasillo, y se la quito antes de llegar al ascensor.
—Ya puedo yo —digo.
Suelta el asa sin decir palabra.