Capítulo 41 Círculo de sombras.
Caroline
La puerta se abrió de golpe y la madera se astilló contra el suelo.
—¡Policía! ¡Suelte el cuchillo!
Los haces de las linternas atravesaron la oscuridad. Durante un segundo nadie respiró. Después, el tiempo volvió a moverse.
Maxwell reaccionó primero. Me sujetó por el brazo y tiró de mí hacia atrás. El cuchillo subió hasta apoyarse contra mi cuello.
—¡Atrás! ¡Nadie dé un paso más!
Los agentes se desplegaron sin cruzar el espacio que nos separaba. Uno mantuvo el arma dirigida hacia Maxwell; otro se desplazó lo suficiente para cubrir la cocina. La voz que había hablado desde el exterior repitió la orden, firme y controlada.
—Deje el cuchillo en el suelo y aléjese de Caroline.
Sentí el filo sobre la piel. No cortaba todavía, pero bastaba un movimiento para que lo hiciera. Maxwell respiraba junto a mi oído y su pulso golpeaba contra mi brazo.
No estaba tranquilo.
Por primera vez desde que lo conocía, tenía miedo. No de herirme ni de lo que acababa de hacer, sino de perder el control sobre la vida que había decidido que me pertenecía.
—Todo terminó, señor Sterling —dijo la voz.
—No.
—La cabaña está rodeada. No tiene una salida segura.
—La tengo.
El brazo de Maxwell se cerró alrededor de mi pecho.
—Ustedes no deciden cuándo termina.
—Caroline no está aquí por voluntad propia.
—Está confundida.
—Está atada y usted sostiene un cuchillo contra su cuello.
—Porque ustedes la asustan.
La certeza con que lo dijo me produjo más horror que el filo. Incluso rodeado por agentes armados, seguía construyendo una explicación en la que él era mi refugio.
Tiré de las cuerdas con lentitud. El nudo había cedido tanto que podía separar las muñecas unos centímetros, pero Maxwell me mantenía demasiado pegada a su cuerpo. Necesitaba que mirara hacia otro lugar o que su mano perdiera firmeza.
La voz policial continuó hablando. No discutía su versión del amor; le daba instrucciones sencillas y repetidas. Dejar el cuchillo. Mostrar las manos. Alejarse.
Maxwell no escuchaba. Buscaba algo entre las sombras, quizá la presencia que había imaginado desde que me llevó allí.
—¿Dónde está Andrew? —preguntó.
Nadie respondió.
—Sé que está vivo. ¿Dónde está?
El cuchillo presionó un poco más. Sentí un ardor fino en la garganta.
—No está aquí —dije.
Maxwell inclinó la cabeza hacia mí.
—Vendrá.
—No.
—Siempre viene por ti.
—Está en el hospital.
Mi voz no tembló, aunque sentía cada latido contra la hoja.
—Entonces todavía no entiende —susurró.
—El que no entiende eres tú.
—Cállate.
—Esto nunca fue una pelea entre Andrew y tú.
Su brazo se tensó.
—No sabes de qué hablas.
—Yo no soy algo que uno de los dos pueda ganar.
—Caroline.
—Yo abrí la cinta. Yo rompí la cadena. Yo dejé el rastro. Ellos están aquí porque elegí salir de tu historia.
La mano que sujetaba el cuchillo tembló.
—No.
—Sí.
—Lo hiciste por él.
—Lo hice por mí.
La frase abrió algo en su expresión. Durante meses se había convencido de que cada decisión mía pertenecía a un hombre: primero a Andrew, después a él. Aceptar que yo podía rechazarlo sin que nadie me ordenara hacerlo destruía la última explicación que le quedaba.
—Suelte el cuchillo —repitió el agente—. Esta es su última oportunidad de hacerlo sin que nadie resulte más herido.
Maxwell retrocedió un paso y me arrastró con él hacia la cocina. Los agentes corrigieron su posición. Vi una sombra junto a la ventana lateral y comprendí que el perímetro también se cerraba por fuera.
—¡No se acerquen!
El cuchillo se apartó apenas de mi piel cuando Maxwell miró hacia la ventana.
Era el momento.
Respiré una vez. Recordé los pocos movimientos de defensa que había practicado años atrás y, sobre todo, todo lo que había aprendido de él durante esas horas: cuando se sentía observado, necesitaba mirar a quien creía su adversario.
Cuando perdía el control, apretaba primero con la mano y después con todo el cuerpo.
Separé las muñecas hasta que la cuerda me arrancó piel. Giré la cabeza y mordí con todas mis fuerzas la mano que sostenía el cuchillo.
Maxwell gritó. El filo descendió.
Me impulsé hacia delante, giré sobre mí misma y golpeé su antebrazo con ambos brazos. El cuchillo salió despedido, chocó contra una pata de la mesa y quedó fuera de su alcance.
Me lancé al suelo.
—¡Ahora!
Los agentes entraron. Uno me cubrió mientras otro avanzaba hacia Maxwell. Todo ocurrió demasiado rápido: una orden, el golpe de una silla al caer, los platos deslizándose de la mesa.
Maxwell retrocedió hacia la cocina. Abrió de un tirón un cajón bajo la encimera y sacó una pistola.
—¡Arma! —gritó alguien.
Sonó un disparo.
Maxwell giró por el impacto. La bala lo alcanzó en el hombro izquierdo y el arma cayó sobre las tablas. Un agente la apartó con el pie, pero Maxwell ya había desaparecido detrás del muro que separaba la cocina.
—¡Puerta trasera!
Dos agentes fueron tras él. Se oyó el estruendo de algo que caía, después el golpe de la puerta contra la pared. El viento y la lluvia irrumpieron en la cabaña.
Uno de los agentes se arrodilló junto a mí.
—Caroline, soy policía. Voy a cortar las cuerdas. ¿Puede entenderme?
Asentí. Tenía la vista clavada en la cocina.
—¿El cuchillo la hirió?
—No lo sé.
Sentía ardor en el cuello, pero no podía distinguir si era un corte o la presión que aún permanecía en mi cuerpo. El agente me pidió que no tocara la zona y avisó por radio que la rehén estaba localizada y consciente. Otro aseguró la pistola sin dejar de vigilar la salida posterior.
Las cuerdas cedieron. El alivio no llegó. Mis manos estaban libres, pero el peligro seguía moviéndose al otro lado de las paredes.
—Necesitamos llevarla al punto médico —dijo el agente.
—¿Lo atraparon?
No respondió de inmediato. Escuchó la radio.
—Está herido y hay equipos tras él.
—Conoce el bosque.
—Las salidas están cubiertas.
Quise creerle. Afuera, las luces se desplazaban entre los árboles y las voces se perdían bajo la lluvia.
—Andrew —dije—. Tiene que saber que estoy viva.
—El enlace lo comunicará en cuanto sea seguro. Ahora míreme.
Obedecí. El agente comprobó que podía mover los brazos y las piernas y me preguntó si había recibido golpes en la cabeza. Respondí como pude. Cada palabra parecía cruzar una distancia enorme antes de salir.
Me ayudó a sentarme junto a la pared, lejos de las ventanas. Una agente entró desde el frente con una manta térmica y se colocó entre la cocina y yo.
—Vamos a sacarla por la entrada principal —dijo—. Espere mi indicación.
Un relámpago iluminó el interior. Vi el plato roto, la silla caída y unas gotas de sangre que conducían hacia la puerta trasera. Maxwell estaba herido, pero no detenido.
—No debería haber podido escapar —murmuré.
—Tenía una salida a pocos pasos y visibilidad casi nula afuera. Lo estamos buscando.
La explicación no disminuyó el miedo. Maxwell siempre había vivido entre las sombras que otros no veían. Ahora todo el bosque parecía hecho para esconderlo.
La agente me cubrió con la manta y me indicó que permaneciera detrás de ella. Antes de levantarme, miré la vieja sartén de hierro junto a la chimenea. Estaba al alcance de mi mano.
No la tomé. La policía estaba allí y mi cuerpo apenas empezaba a comprender que podía dejar de luchar por unos segundos.
Pero tampoco aparté la vista.
No iba a perseguirlo. No iba a ofrecerle otra oportunidad de decidir lo que yo debía hacer.
Si regresaba, no me encontraría esperando.