La Tristeza en Mí Capítulo 42 El fin de la obsesión.
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Capítulo 42 El fin de la obsesión.

Caroline

La lluvia borraba las manchas de sangre casi tan rápido como aparecían.

Desde la cabaña podía ver las luces de los agentes moviéndose entre los árboles. Descendían por el sendero que Maxwell había tomado y se separaban al llegar a la pendiente. Las voces por radio se mezclaban con el agua y el viento.

La agente que estaba conmigo se mantuvo entre la puerta trasera y yo. Otro policía revisó las habitaciones, el armario con candado y cada rincón desde el que alguien pudiera atacarnos. Después regresó al frente para coordinar mi salida hacia el punto médico.

—No se acerque a ninguna ventana —me indicó ella—. En cuanto confirmen el trayecto, saldremos por la entrada principal.

Asentí. Seguía envuelta en la manta térmica, pero no podía dejar de mirar hacia la cocina.

Había escuchado pasos alejándose, órdenes y luego nada. Un silencio demasiado largo.

La radio de la agente crepitó.

—Rastro perdido en la bifurcación. Equipos mantienen búsqueda por ambos senderos.

Ella respondió con nuestra posición y pidió confirmación de que el frente de la cabaña seguía cubierto. La respuesta llegó incompleta bajo la tormenta.

Vi cómo su atención se dividía entre la radio y la puerta posterior. No estaba distraída; intentaba oír dos peligros al mismo tiempo.

—Tenemos que movernos —dijo.

Me tomó con cuidado por el brazo y me condujo hacia la entrada principal. Al pasar junto a la chimenea, mis ojos se detuvieron otra vez en la sartén de hierro. No la toqué. La agente estaba allí. La policía estaba allí. Maxwell huía herido bajo la lluvia.

Quería creer que ya no necesitaba un arma.

Entonces algo golpeó la pared exterior, cerca de la cocina.

La agente me empujó detrás de la mesa y levantó su arma.

—¡Policía! ¡Muéstrese!

No hubo respuesta.

Se acercó a la puerta trasera sin cruzarla. La lluvia entraba por el hueco abierto y una rama golpeaba la madera. Durante un segundo pensé que eso era todo.

Una sombra apareció por el costado de la cabaña.

Maxwell se abalanzó desde un ángulo que la puerta ocultaba.

Golpeó el brazo de la agente antes de que pudiera corregir la puntería.

El disparo se perdió en el marco y el arma cayó bajo la mesa.

Ambos chocaron contra una silla. La agente intentó sujetarlo, pero él descargó el peso del hombro sano contra su pecho y la hizo caer.

—¡Oficial herida! —gritó por radio mientras trataba de incorporarse.

Maxwell cerró la puerta trasera de una patada y se volvió hacia mí.

La sangre había empapado su camisa desde el hombro izquierdo hasta la cintura. Su rostro estaba pálido y cada respiración parecía arrancarle algo, pero sostenía un cuchillo en la mano derecha. Debía de haberlo tomado de la cocina durante la huida, antes de salir al bosque.

Por un instante, su expresión volvió a ser la del hombre de la biblioteca: el amigo paciente, el refugio que había construido mientras mi vida se derrumbaba.

—Sabía que seguirías aquí —susurró.

Retrocedí hasta que la parte posterior de mis piernas chocó contra la chimenea.

—No te acerques.

—No tenemos que seguir huyendo.

—Se terminó, Maxwell.

Sonrió, débil y febril.

—Todavía podemos arreglarlo.

—No hay nada que arreglar.

Dio un paso. La sangre goteó sobre las tablas.

—Estás asustada.

—Te tengo miedo.

La frase lo detuvo.

—No.

—Sí.

—Yo nunca quise hacerte daño.

Miré el cuchillo.

—Mira lo que hiciste.

Bajó la vista, como si acabara de recordar que lo sostenía.

—Esto no era para ti.

—Nada de esto debía existir.

—Lo hice por nosotros.

—Nunca hubo un nosotros.

Negó lentamente.

—No digas eso.

—Te acercaste a mí mientras Andrew estaba encerrado en un sótano.

—Él ya te había perdido.

—Tú me lo quitaste.

—Te liberé.

—Me mentiste.

—Te amé.

Algo se quebró dentro de mí, pero no era amor ni compasión. Era el dolor de recordar todo aquello que yo había creído verdadero.

—No. Me convertiste en una historia que solo existía en tu cabeza.

Desde el frente llegó el ruido de pasos. Maxwell también lo oyó. Se movió hacia mí y levantó el cuchillo, no para atacar de inmediato, sino para utilizarme otra vez como salida.

Mi mano encontró el mango de la sartén.

—Ven conmigo —dijo—. Todavía puedes elegir.

—Ya elegí.

—No sin Andrew.

—Esto no es sobre Andrew.

Su rostro se endureció.

—Todo es sobre él.

—No. Siempre fue sobre lo que tú necesitabas creer.

El cuchillo tembló entre sus dedos.

—Tú me elegiste.

—Elegí una mentira.

—Lo que sentimos fue real.

Las lágrimas me llenaron los ojos porque esa era la parte más cruel: para mí sí lo había sido.

—Para mí fue real —admití—. Pero el hombre al que quise nunca existió.

Algo cambió en el rostro de Maxwell. No fue arrepentimiento ni comprensión. Fue una grieta pequeña y profunda, la pérdida de la última versión de mí que aún podía controlar.

Se lanzó hacia delante.

No esperé a que el cuchillo descendiera. Sujeté la sartén con ambas manos, giré el cuerpo y lo golpeé en el costado de la cabeza.

El sonido del hierro contra el hueso atravesó la cocina.

Maxwell cayó de rodillas y el cuchillo resbaló de sus dedos. Levanté la sartén otra vez, pero la agente herida se interpuso desde el suelo con una orden.

—¡Atrás, Caroline!

Obedecí. Dos agentes entraron desde el pasillo. Uno apartó el cuchillo; el otro inmovilizó a Maxwell boca abajo, lejos de mí. Él trató de alcanzar el arma con la mano sana, pero las esposas se cerraron alrededor de sus muñecas antes de que pudiera hacerlo.

El sonido metálico llenó la cabaña.

Un tercer agente acudió a asistir a la mujer herida. Ella estaba consciente y se tocaba el hombro con dificultad.

—Estoy bien —dijo—. Sáquenla de aquí.

Los policías levantaron a Maxwell. La herida volvió a sangrar y su cuerpo parecía a punto de desplomarse. Aun así, no miró las esposas, a los agentes ni la puerta por la que había intentado escapar.

Me miró a mí.

—Todo lo hice por ti.

Dejé la sartén en el suelo.

—No.

Intentó acercarse, pero los agentes lo sujetaron.

—Caroline...

—No vuelvas a decir mi nombre como si te perteneciera.

Palideció.

—Te amo.

La devoción seguía intacta en su voz. No era una disculpa. Era la misma prisión pronunciada de otra manera.

Sentí ganas de gritarle, de exigirle que devolviera los meses perdidos, la confianza y la vida que había destruido. Cuando hablé, mi voz salió baja.

—Nunca me amaste. Amabas la historia que inventaste sobre mí. A una mujer que necesitaba que la salvaras, que nunca pudiera abandonarte, que solo existía porque tú decidiste imaginarla.

—Yo te conozco.

—No. Me observaste, me estudiaste y aprendiste qué decir para que confiara en ti.

Negó con desesperación.

—Yo sigo aquí.

—Pero yo ya no estoy contigo.

Los agentes comenzaron a sacarlo. Maxwell torció el cuello para seguir mirándome.

—¡Caroline!

No respondí.

Lo llevaron hasta el porche y la lluvia lavó parte de la sangre de su camisa. Los paramédicos avanzaron para controlar la hemorragia antes de trasladarlo bajo custodia. Su voz fue perdiéndose entre las órdenes, el agua y los árboles.

Cuando dejé de oírlo, las piernas me fallaron.

La agente me sostuvo con el brazo que aún podía mover.

—Ya está detenido —dijo.

Asentí, pero mi cuerpo no le creyó. Maxwell estaba esposado y rodeado de policías; aun así, seguía sintiendo sus dedos en mi mandíbula y el cuchillo sobre la garganta.

Me llevaron al punto médico bajo una manta impermeable. Whitmore esperaba fuera del perímetro, junto al vehículo de coordinación. Se acercó hasta donde los paramédicos se lo permitieron.

—Andrew sabe que está viva —me dijo.

Aquellas palabras fueron las primeras que lograron atravesar el ruido.

—¿Está bien?

Whitmore no fingió que la respuesta fuera sencilla.

—Está en el hospital. Esperándola.

Miré la ambulancia donde atendían a Maxwell, esposado a la camilla y vigilado por agentes. Quise sentir que todo había terminado. No pude.

El cautiverio había terminado. La persecución también. El miedo seguía dentro de mí.

Horas más tarde, después de que limpiaran las heridas de mis muñecas, revisaran el corte superficial de mi cuello y repitiera lo esencial de lo ocurrido, una enfermera me condujo a la habitación de Andrew.

Él estaba despierto.

Tenía el rostro más pálido que esa mañana y una venda nueva alrededor de la muñeca. El cuaderno descansaba sobre sus piernas. Cuando me vio, sus dedos se cerraron alrededor del bolígrafo, pero no escribió.

Nos miramos desde extremos distintos de la habitación. Había imaginado ese instante durante el trayecto, pero ninguna versión contenía el cansancio, el miedo ni todo lo que no sabíamos cómo decir.

Andrew hizo el gesto de levantarse.

—No —susurré.

Se detuvo. Después alzó una mano hacia mí sin extenderla del todo, como una pregunta.

Crucé la habitación.

—¿Puedo? —preguntó con una voz rota, apenas audible.

Asentí.

Andrew abrió los brazos y fui yo quien cerró la distancia. Me incliné con cuidado para no lastimarlo y apoyé el rostro contra su pecho.

El abrazo no se pareció a los que recordábamos. No hubo alivio completo ni una sensación limpia de regreso. Andrew temblaba. Yo cerré los ojos y, durante un instante, volví a sentir las manos de Maxwell sujetándome.

Mi cuerpo se apartó antes de que pudiera impedirlo.

El movimiento fue mínimo, pero Andrew lo notó. Sus brazos se aflojaron de inmediato y dejó espacio entre nosotros. El dolor cruzó sus ojos, aunque no intentó ocultarlo detrás de una sonrisa.

—No eres tú —dije.

Asintió.

—Lo sé.

La voz apenas fue un hilo.

Tomé su mano y la llevé de nuevo hacia mí, despacio, hasta apoyarla sobre mi hombro. Andrew no cerró los dedos hasta que yo asentí otra vez.

Ninguno dijo que todo había terminado, porque no era verdad. Maxwell estaba detenido, pero Andrew seguía oyendo cadenas que ya no existían y yo sentía manos que ya no me tocaban.

Estábamos juntos. Vivos.

Y una parte de ambos continuaba atrapada en lugares de los que el cuerpo ya había salido.