La Tristeza en Mí Capítulo 40 El rastro de sangre.
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Capítulo 40 El rastro de sangre.

Whitmore

El vehículo policial se detuvo antes de la subida y apagó las luces. Durante unos segundos nadie habló. La lluvia golpeaba el techo con tanta fuerza que parecía querer hundirlo.

Richard miró por la ventana desde el asiento trasero. Un agente permanecía junto a él.

—La cabaña está más arriba —dijo.

El inspector al mando se volvió desde el asiento delantero.

—¿Cuánto más arriba?

—Tal vez un kilómetro. No lo sé con esta lluvia.

—Necesito algo mejor que eso.

Richard cerró los ojos y trazó la ruta sobre el mapa que sostenía entre las manos.

—Después de la subida hay un sendero estrecho hacia el este. La cabaña queda en una elevación. Detrás está el camino al río que ya les mencioné.

El inspector tomó el mapa. Los equipos habían sido desplegados por dos accesos y nadie avanzaría hacia la construcción sin una orden.

Whitmore se quedaría en el punto de coordinación con Richard y el agente de enlace.

Era la condición para que la policía aceptara mantenerlos allí, y también la única que tenía sentido: los hombres que se internaban en el bosque llevaban entrenamiento, protección y una cadena de mando. Él llevaba información.

Aun así, quedarse inmóvil mientras Caroline estaba en manos de Maxwell resultaba insoportable.

—¿Hay senderos que no aparezcan ahí? —le pregunté a Richard.

—Este bosque está lleno de ellos. Maxwell los conocía de niño.

—Entonces piense. Si quisiera evitar el camino principal, ¿por dónde saldría?

Richard señaló una curva del río.

—Por aquí. La puerta trasera da hacia esa pendiente. Pero con el agua alta no sé si podrá cruzar.

El inspector transmitió la información y los agentes descendieron de los vehículos. Cuatro se internaron entre los árboles; las cubiertas de sus linternas reducían la posibilidad de que la luz delatara su posición. Otros avanzarían hacia la salida del río.

El bosque los tragó en pocos segundos.

Me quedé junto al equipo de comunicaciones. El ruido de la tormenta interfería con algunas transmisiones y cada pausa parecía durar demasiado.

—Equipo uno, avance —ordenó el inspector por radio—. Mantengan distancia hasta confirmar el objetivo.

Una voz respondió entre estática.

Pasaron varios minutos. Richard movía una rodilla sin descanso. Yo miraba el mapa, aunque ya conocía cada marca. El teléfono del enlace permanecía abierto con el hospital, listo para informar a Andrew sin permitir que una versión incompleta circulara entre habitaciones y pasillos.

La radio volvió a sonar.

—Vehículo localizado.

El inspector tomó el transmisor.

—Confirme.

—Coincide con la descripción. Está atascado en el barro. No vemos ocupantes.

Richard soltó el aire.

—Es él —dijo—. Desde allí debieron seguir a pie.

—No dé nada por confirmado —le advirtió el agente.

El equipo revisó el vehículo sin tocar más de lo necesario. Escuchamos cada hallazgo a través de la radio: la puerta trasera mal cerrada, restos de cinta adhesiva sobre el asiento y una mancha pequeña de sangre en uno de los bordes.

Sentí que el estómago se me cerraba.

—¿Cuánta sangre? —preguntó el inspector.

—Poca. No podemos determinar de quién es. Solicitamos que se preserve el lugar para el equipo forense.

Poca no significaba nada. Podía proceder del labio de Caroline, de sus muñecas o de una herida que todavía no conocíamos. Pero el rastro no terminaba allí.

—Dos pares de huellas —informó otra voz—. Salen del vehículo y se dirigen hacia la elevación. Tenemos también un fragmento de tela enganchado en una rama.

El inspector indicó que fotografiaran todo y continuaran. Minutos después, uno de los agentes comunicó el hallazgo de una pieza metálica junto a una piedra.

—Parece un eslabón de plata.

Pensé en lo que Caroline me había contado antes de que Maxwell volviera a atraparla: la habitación de cristal, la colección, el medallón que Adelaide había entregado a Andrew cuando él cumplió dieciocho años. Caroline lo había escondido bajo la manga.

—Puede pertenecer a la cadena del medallón —dije—. Ella lo llevaba cuando llamó.

El inspector repitió la información al equipo, pero no alteró la ruta por aquel fragmento.

Ya tenían el vehículo, dos pares de pisadas y el punto señalado por Richard.

La plata confirmaba algo distinto y quizá más importante: Caroline no se había rendido.

Había buscado la manera de dejar un mensaje.

La radio informó de otro eslabón, después de una huella más profunda junto a una pendiente. La lluvia comenzaba a deformar los bordes, aunque todavía podían seguir el trayecto.

—Están cerca —murmuró Richard.

El inspector le lanzó una mirada que lo hizo guardar silencio.

Yo marqué el número del enlace del hospital. La llamada no entró directamente en la habitación de Andrew; primero respondió el profesional asignado.

—Encontraron el automóvil —dije—. Caroline dejó un rastro. Dígale eso exactamente. Nada más hasta que tengamos confirmación.

No mencioné la sangre. Andrew no podía hacer nada con esa imagen salvo quedar atrapado dentro de ella.

Al otro lado del parabrisas, el bosque era una masa negra bajo la lluvia. Luego llegó la transmisión que todos esperábamos.

—Objetivo a la vista. Confirmamos cabaña sobre la elevación. Hay humo débil. Cortinas cerradas. Sin movimiento exterior.

El inspector enderezó la espalda.

—Equipo dos, posición en la salida posterior. Nadie entra hasta que el perímetro esté cerrado.

Las respuestas llegaron una tras otra.

Richard señaló el mapa.

—La cocina está al fondo, cerca de la puerta trasera. Si escucha algo en el frente, irá hacia allí.

El inspector transmitió el dato y ordenó preparar la intervención. Yo no tenía un arma, una orden que dar ni una forma de acortar la distancia entre Caroline y nosotros. Solo podía recordar las palabras de Andrew.

Si Maxwell parecía tranquilo, estaba perdiendo el control.

Andrew

La enfermera me repitió el mensaje que había recibido de Whitmore: encontraron el automóvil; Caroline dejó un rastro.

Lo escribió también en mi cuaderno porque debió de ver que necesitaba observar las palabras para creerlas.

CAROLINE DEJÓ UN RASTRO.

Apoyé los dedos sobre la frase. No sabía qué había encontrado la policía ni a qué distancia estaba de ella.

El silencio alrededor de esa información podía esconder cualquier cosa, pero también conocía a Caroline.

Si había dejado señales, no estaba esperando que otros decidieran por ella. Seguía luchando.

Tomé el bolígrafo.

¿ESTÁ HERIDA?

La enfermera leyó y no trató de tranquilizarme con una mentira.

—No me han dado esa información.

La habitación pareció estrecharse. El monitor aceleró y el olor limpio del hospital desapareció bajo otro recuerdo: humedad, metal, sangre seca en mi muñeca.

La enfermera se colocó frente a mí.

—Míreme. Está aquí, Andrew. Respire conmigo.

Obedecí porque ya había gastado demasiadas fuerzas luchando contra mi propio cuerpo. Tomé aire despacio y lo solté cuando ella lo hizo. El sótano no desapareció de inmediato, pero volvió a ocupar el lugar al que pertenecía: atrás, no alrededor de mí.

Miré la puerta. Caroline estaba en algún punto más allá de esas paredes, usando todo lo que sabía de Maxwell para mantenerse viva. Mi parte, por mínima que pareciera, era no permitir que él me arrastrara de nuevo a la oscuridad desde kilómetros de distancia.

Escribí debajo de la pregunta:

DÍGANLE QUE ESTOY AQUÍ

La enfermera apretó los labios.

—Cuando puedan decírselo sin ponerla en peligro.

Asentí. Era una condición justa, aunque doliera.

Caroline

Maxwell permanecía junto a la cortina. No veía a nadie, pero el bosque le había hablado: los pájaros habían desaparecido y las ramas se movían de una forma que la tormenta no explicaba.

Me miró. Yo seguía atada frente a la chimenea, con las muñecas casi libres. Debí de dejar escapar algo, una respiración distinta, un destello de esperanza, porque comprendió.

—Fuiste tú —dijo.

No respondí.

Se acercó a la mesa y tomó el cuchillo.

—Los guiaste hasta aquí.

—No sé de qué hablas.

Sonrió sin alegría.

—La cadena. Por eso abriste la ventana. Por eso dejaste que las ramas te rozaran.

Tiré con cuidado de las cuerdas.

—No necesitaban que los guiara. Richard conoce este lugar.

El nombre lo alcanzó donde yo esperaba.

—Richard no hablaría.

—Tú mismo dijiste que había cometido demasiados errores. ¿De verdad creíste que esperaría a que fueras a silenciarlo?

La mandíbula de Maxwell se tensó. Apagó el fuego con el agua de una jarra. El humo se extendió por la habitación y la cabaña quedó casi por completo a oscuras.

Desde el exterior llegó una voz amplificada que se identificó como policía y le ordenó dejar el cuchillo, abrir la puerta y mostrar las manos.

Maxwell se colocó detrás de mí. Una mano me sujetó el cabello y el filo rozó mi garganta.

Cerré los ojos, pero no grité. No debía regalarle mi miedo ni impedir que oyera las órdenes.

—Diles que se marchen —susurró.

—No lo harán.

—Lo harán si quieren que sigas viva.

—Tú no quieres matarme.

—No me obligues a demostrar lo que quiero.

La cuerda cedió otro poco alrededor de mis muñecas. Me faltaba muy poco.

La voz de la policía volvió a ordenar que se alejara de mí. Maxwell acercó los labios a mi oído.

—Ahora veremos cuánto está dispuesto a perder por ti.

Pensaba en Andrew, como siempre. En derrotarlo, en obligarlo a mirar desde algún lugar. Todavía no entendía que aquella decisión ya no pertenecía a ninguno de los dos.

En el exterior oí un golpe seco. Después otro, junto a la puerta trasera.

Los agentes habían cerrado el círculo.

La voz cesó. El silencio duró apenas un instante.

Tres.

Tiré del nudo.

Dos.

Maxwell tensó la mano que sostenía el cuchillo.

Uno.

Y la puerta se abrió de golpe.