Capítulo 39 La cabaña de los recuerdos.
Caroline
La puerta se abrió con un gemido largo y el olor a madera húmeda, polvo y encierro salió a recibirnos.
Maxwell entró primero. Yo permanecí en el umbral.
La cabaña era más pequeña de lo que había imaginado.
Una sala principal ocupaba casi todo el espacio, con una cocina estrecha al fondo, una mesa de madera y una chimenea apagada, cubierta de ceniza antigua.
Había dos puertas interiores. Una parecía conducir a un dormitorio; la otra estaba cerrada con un candado nuevo.
Las cortinas permanecían corridas y la poca luz que entraba se filtraba por las rendijas.
Maxwell dejó la mochila sobre la mesa.
—Entra.
Miré el bosque detrás de mí. La lluvia caía entre los árboles. Podía correr, pero no sabía hacia dónde ni cuánto faltaba para llegar a una carretera. Maxwell seguía demasiado cerca.
—Caroline.
Crucé el umbral. Cerró la puerta y el sonido de la cerradura fue definitivo.
—Quítate los zapatos —dijo.
Lo miré.
—Están llenos de barro.
La normalidad de la petición me perturbó más que una amenaza. Actuaba como si hubiéramos llegado a una casa de vacaciones, como si yo no estuviera allí contra mi voluntad.
—Prefiero dejármelos puestos.
—Vas a ensuciar todo.
—Eso parece ser lo que más debería preocuparte.
Sostuvo mi mirada y después se arrodilló frente a mí. Retrocedí.
—No me toques.
—Entonces quítatelos tú.
No me moví. Maxwell se incorporó lentamente.
—No quiero discutir por cada cosa.
—Podrías dejarme ir.
—Eso no está en discusión.
Sacó una cuerda de la mochila y sentí un escalofrío.
—Si colaboras, no tendré que utilizarla.
—¿Y si no?
—No me obligues a responder.
Observé la sala. La puerta principal estaba detrás de él y las ventanas parecían cerradas con seguros interiores. En la cocina había cuchillos. También una sartén de hierro colgada junto a la chimenea. Demasiado lejos. Por ahora.
Me quité los zapatos. Maxwell pareció relajarse.
—Gracias.
Sentí asco por su gratitud.
Los dejó junto a la puerta y encendió una lámpara de aceite.
Cuando la luz amarilla llenó la habitación, vi los detalles que la oscuridad había ocultado: provisiones apiladas contra una pared, latas, botellas de agua, mantas limpias, medicamentos, leña cortada y ropa de mujer doblada sobre una silla.
No era un escondite preparado con prisa. Era una vida preparada con anticipación.
Me acerqué a la ropa y levanté una blusa. Era de mi talla y del color que solía usar.
—¿Cuándo trajiste todo esto?
Maxwell permaneció en silencio.
—¿Cuándo?
—Hace tiempo.
—¿Antes de secuestrar a Andrew?
Desvió la mirada. La respuesta estaba allí.
Dejé caer la prenda.
—Planeabas traerme desde el principio.
—Quería tener una alternativa.
—¿Una alternativa a qué?
—A que las cosas no salieran como esperaba.
—¿Y qué esperabas?
Me miró como si fuera evidente.
—Que comprendieras que estabas mejor conmigo.
Volví a observar las provisiones, las mantas y el botiquín. Había pensado en mantenerme alimentada, abrigada y aislada. Quizá se había convencido de que eso era cuidado. Para mí, cada objeto era la medida del tiempo que había planeado robarme.
—¿Cuánto pensabas tenerme aquí?
—El necesario.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que puedo darte.
Tomó la cuerda.
—Dijiste que hablaríamos.
—Lo haremos.
—No necesito estar atada para hablar.
—Intentaste escapar tres veces.
—Porque me secuestraste.
—Porque estás alterada.
—Deja de decir eso.
Señaló una silla frente a la chimenea.
—Siéntate.
No me moví.
—No voy a lastimarte.
—Ya lo hiciste.
—Caroline.
Había una advertencia en su voz. Me senté. Necesitaba que creyera que empezaba a rendirme.
Pasó la cuerda alrededor de mi torso y del respaldo. Permanecí quieta. Después ató mis muñecas por delante, pero no con tanta fuerza como la cinta del automóvil. Podía mover los dedos y quizá trabajar sobre el nudo. Se arrodilló para asegurarme los tobillos.
—No era así como imaginaba que volveríamos —dijo.
—¿Volveríamos?
—Mi familia venía aquí cuando yo era niño.
Algo cambió en su rostro. La cabaña parecía haberlo trasladado a otro tiempo.
—Mi padre odiaba este lugar. Decía que estaba demasiado lejos de todo.
—Quizá en eso tenía razón.
Ignoró el comentario.
—Mi madre intentaba convertirlo en un hogar. Ponía flores sobre la mesa, preparaba chocolate caliente y encendía la chimenea incluso cuando no hacía frío.
Se levantó y pasó los dedos por el borde de la mesa.
—Yo me sentaba allí —continuó, señalando un rincón—. Podía pasar horas sin que nadie recordara que estaba en la habitación.
Lo escuché, no porque sintiera compasión, sino porque cada recuerdo podía revelar una debilidad.
—¿Te ignoraban?
—No siempre.
—Pero lo suficiente.
Me miró.
—Tú no lo hiciste.
—No te conocía.
—Me miraste.
—Te vi. Eso no significa lo que tú decidiste que significaba.
Caminó hacia la cocina, abrió una alacena y sacó dos platos.
Aquella cabaña había sido el lugar donde se sentía invisible. Ahora pretendía convertirla en el escenario donde tendría toda mi atención. Eso era lo que buscaba: no amor, sino una audiencia cautiva.
—¿Por qué yo? —pregunté.
Maxwell se detuvo.
—Ya te lo expliqué.
—Me viste en el parque y decidiste que sabías quién era.
—Vi más que eso.
—¿Qué viste?
Abrió una lata.
—A alguien que se esforzaba demasiado por sostener a todos.
—Eso puede describir a miles de personas.
—No eran tú.
—No me conocías. Ni siquiera habías hablado conmigo.
—Te reconocí.
Solté una risa amarga.
—Reconociste una fantasía. Después esperaste hasta encontrarme en la biblioteca, cuando yo estaba destrozada por la desaparición de Andrew, y te presentaste como si fueras un desconocido.
Dejó la lata sobre la mesa con demasiada fuerza.
—No conviertas todo en algo enfermo.
—Tú me encerraste en una cabaña que preparaste antes de secuestrar a Andrew.
—Estoy intentando salvar lo que queda.
—No queda nada.
El silencio se endureció. Supe que debía retroceder; no podía provocarlo demasiado pronto. Bajé la mirada y dejé caer los hombros.
—Tengo frío.
Reaccionó de inmediato. Tomó una manta y la colocó alrededor de mí. Sus dedos rozaron mi cuello y tuve que contenerme para no apartarme.
—Encenderé el fuego.
Se arrodilló frente a la chimenea. Mientras acomodaba la leña, moví lentamente las muñecas. El nudo cedió apenas.
Encendió un fósforo y la llama le iluminó el rostro. Durante un instante vi al hombre que había conocido: el que preparaba café, me acercaba una manta y hablaba en voz baja para no asustarme. Sentí una punzada, pero no era amor. Era duelo.
Ese hombre nunca había existido. Yo sí lo había amado y, aunque aquel amor nació de una mentira, la pérdida seguía siendo real para mí.
Maxwell se levantó.
—Prepararé algo para comer.
—No tengo hambre.
—Necesitas comer.
—No puedes decidir incluso eso.
Me miró. Bajé la voz.
—Lo intento.
—¿Qué cosa?
—Entender.
La esperanza regresó a sus ojos.
—Dijiste que querías que te escuchara —continué—. Entonces háblame.
Se sentó frente a mí y la comida quedó olvidada. Había acertado: quería ser escuchado más de lo que quería alimentarme.
—Nunca pertenecí a ningún lugar —dijo—. Ni siquiera aquí.
—¿Y creíste que conmigo sería distinto?
—Lo supe.
—¿Cómo?
—Porque cuando te miraba, todo dejaba de sentirse vacío.
Sostuve su mirada.
—Eso no era responsabilidad mía.
—No he dicho que lo fuera.
—Pero me convertiste en la solución. Y cuando mi vida no encajó con la historia que habías creado, la cambiaste.
—La corregí.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
—¿Eso crees que hiciste?
—Andrew era el error.
—Andrew es una persona.
—Era un obstáculo.
La brutalidad de la frase contrastó con la calma con que la pronunció.
—¿Y Richard?
Frunció el ceño.
—Richard no importa.
—Te ayudó.
—Hizo lo que debía.
—¿Y ahora?
—Ahora cometió demasiados errores.
Comprendí que Richard estaba en peligro, si es que seguía con vida.
—¿Vas a matarlo?
Inclinó la cabeza.
—¿Por qué te preocupa? Ayudó a secuestrar a Andrew.
—Sigue siendo una persona. Y tú también lo hiciste.
Su expresión se endureció. Cambié de dirección antes de que el enojo cerrara la grieta que había conseguido abrir.
—Dijiste que aquí podríamos empezar de nuevo. ¿Cómo sería?
La tensión disminuyó. La pregunta era exactamente la que deseaba oír.
—Tranquilo. Sin personas interfiriendo, sin Whitmore diciéndote qué pensar, sin Andrew utilizándote para castigarme.
—Andrew no te está castigando.
—Lo hace cada vez que respira.
El miedo regresó.
—¿Qué planeas hacer con él?
—Nada. Está lejos.
—No para siempre.
Se inclinó hacia mí.
—Con el tiempo dejarás de pensar en él.
—Nunca.
Su sonrisa desapareció. Había ido demasiado lejos.
Maxwell se levantó y tomó los platos.
—Comeremos.
—No quiero.
—No era una pregunta.
Preparó una comida sencilla. Aproveché cada segundo para mover las manos. El nudo se aflojaba muy despacio.
Puso ante mí un plato de sopa, pan y una copa de vino. Había dispuesto la mesa como si fuera una cena romántica. Incluso encendió una vela.
Observé la escena: la lluvia golpeando las ventanas, el fuego, la comida, la vela y yo atada frente a él.
—¿Qué? —preguntó.
—Actúas como si estuviéramos en una cita.
Tomó la cuchara.
—Podría serlo.
—Estoy atada.
—Temporalmente.
—Me secuestraste.
—Ya hablamos de eso.
—No. Tú hablaste. Yo no acepté nada.
Acercó una cucharada a mis labios.
—Come.
Giré el rostro.
—No.
—Necesitas fuerzas.
—¿Para sobrevivir a ti?
Dejó la cuchara.
—Podemos pasar días discutiendo o aprender a convivir.
—No voy a convivir contigo.
—Ahora lo dices.
—Lo diré mañana.
—Mañana estarás más tranquila.
—Lo diré en una semana.
—En una semana recordarás lo que teníamos.
—Lo diré en un año.
Me observó con una serenidad aterradora.
—Tengo tiempo.
Sentí que el estómago se me hundía. De verdad creía que podía esperar, que el aislamiento me desgastaría y que la soledad terminaría obligándome a aferrarme a él, como había ocurrido después de la desaparición de Andrew.
Solo que esta vez no tendría que fingir ser mi refugio. Sería la única persona disponible.
—No volveré a amarte.
Tomó la copa y bebió.
—Ya lo hiciste.
—A una mentira.
—A mí.
—A la máscara.
Su mano se tensó alrededor de la copa. Una grieta se extendió por el cristal y la dejó sobre la mesa antes de romperla.
—No importa cómo lo llames.
—Sí importa.
—No para mí.
—Ese es el problema.
Tiré del nudo. Una vuelta de cuerda cedió. Todavía no podía sacar las manos, pero estaba cerca.
Maxwell volvió a levantar la cuchara.
—Abre la boca.
—Si quieres que confíe en ti, suéltame.
Sonrió con tristeza.
—Sé lo que estás haciendo. Intentas decir lo que crees que quiero escuchar.
Me quedé inmóvil.
—¿Y funciona?
—No, porque puedo ver el odio en tus ojos.
—Entonces sabes que nunca cambiaré de opinión.
—El odio también es una forma de vínculo. Mientras sientas algo por mí, todavía puedo alcanzarte.
Sentí asco.
—No me conoces en absoluto.
—Te conozco lo suficiente para saber que no soportas estar sola.
Respiré lentamente. La frase era una amenaza disfrazada de comprensión.
—Tienes razón —dije.
Maxwell se detuvo y sonrió.
—No soporto estar sola. Pero prefiero estar sola toda mi vida antes que volver a sentirme segura contigo.
La sonrisa desapareció.
En el exterior, un ave levantó el vuelo de forma abrupta. Después otra. Maxwell giró hacia la ventana.
El bosque había cambiado. No sabía cómo, pero él sí.
Dejó la cuchara, apagó la vela con los dedos y se acercó a la ventana. Apartó apenas la cortina. Los pájaros habían dejado de cantar. La lluvia seguía cayendo, pero bajo su sonido había algo más, lejano e intermitente.
Un motor.
Maxwell cerró la cortina y apagó la lámpara de aceite. La cabaña quedó iluminada únicamente por el fuego.
Sentí que el corazón comenzaba a acelerarse.
—¿Qué ocurre?
Tomó el cuchillo de la mesa.
—Parece que no tendremos tanto tiempo como esperaba.