La Tristeza en Mí Capítulo 38 Huida hacia la nada.
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Capítulo 38 Huida hacia la nada.

Caroline

Desperté con la mejilla apoyada contra el asiento trasero y, durante unos segundos, no comprendí dónde estaba. Solo sentí el movimiento bajo mi cuerpo, el ruido de los neumáticos sobre el pavimento mojado y la lluvia golpeando el techo del automóvil.

Intenté levantar la cabeza. Un dolor agudo me atravesó la sien y el recuerdo regresó de golpe: la casa, la caja de cristal, el medallón de Andrew, Maxwell bloqueando la puerta, mi huida bajo la lluvia, la voz de Whitmore al otro lado del teléfono.

Después, las manos de Maxwell, la cinta y el automóvil.

Abrí los ojos por completo. Tenía las muñecas unidas frente al cuerpo y la cinta adhesiva se había clavado en mi piel. Cada movimiento producía una quemazón que me subía hasta los antebrazos. Otra tira me cubría la boca, de modo que el aire entraba con dificultad por la nariz.

Me incorporé despacio. Detrás de la ventana ya no había casas, semáforos ni luces. Solo árboles altos y oscuros, apretados unos contra otros a ambos lados de la carretera. La lluvia deformaba sus siluetas contra el vidrio.

Al frente, Maxwell conducía en silencio.

No llevaba el cinturón de seguridad. Sujetaba el volante con firmeza y tres líneas rojas, los arañazos que le había dejado al defenderme, le atravesaban una mejilla.

Parecía tranquilo. Demasiado tranquilo. Como si no acabara de secuestrarme, como si aquel fuera un viaje que ambos habíamos decidido hacer.

Miré el espejo retrovisor. No tardó en notar que estaba despierta y nuestros ojos se encontraron en el reflejo.

—Por fin —dijo.

Tiré de las ataduras. El sonido de la cinta llenó el automóvil.

—No intentes soltarte. Solo vas a lastimarte.

Respondí con un grito ahogado y golpeé el respaldo del asiento delantero con los pies.

—Caroline.

Volví a patear.

—Detente.

Lo hice con más fuerza. El automóvil se desvió apenas y Maxwell tuvo que corregir la dirección.

—¡Basta!

La violencia de su voz atravesó el habitáculo. Dejé de moverme, no por obediencia, sino porque el grito acababa de confirmarme algo importante: todavía podía hacerlo perder el control.

Maxwell respiró profundamente una vez y después otra. Cuando volvió a hablar, su tono había recuperado aquella suavidad que tanto tiempo confundí con ternura.

—No quiero lastimarte.

Lo miré con todo el odio que ya no necesitaba ocultar. Él observó mi expresión a través del espejo.

—Sé lo que piensas.

Negué con la cabeza. No sabía nada. Nunca había sabido nada. Había estudiado mis horarios, mis gestos y mis silencios, pero jamás había entendido quién era yo. Solo había construido una versión de mí que encajaba dentro de su obsesión.

Redujo la velocidad al tomar una curva y el automóvil se internó en una carretera más estrecha, sin líneas pintadas en el pavimento. Las ramas de los árboles casi rozaban las ventanas.

—Voy a quitarte la cinta —dijo—, pero necesito que te comportes. No grites, no intentes abrir la puerta y no vuelvas a patear el asiento.

Sostuve su mirada en el espejo.

—Si lo haces, tendré que detenerme y cubrirte la boca otra vez.

Esperó una señal. Asentí.

El automóvil se detuvo junto al camino. A un lado había una pendiente cubierta de helechos; al otro, una pared de árboles. No se veía ninguna vivienda, ningún vehículo, ninguna persona. Maxwell activó las luces de emergencia y salió.

La lluvia entró durante un instante, acompañada por una ráfaga de aire frío. Cuando abrió la puerta trasera, retrocedí hasta quedar pegada a la puerta opuesta.

—No voy a hacerte daño.

Solté un sonido ahogado. En cuanto se inclinó dentro del automóvil, levanté las piernas y lo golpeé en el pecho. Retrocedió y su espalda chocó contra la puerta.

—Te advertí.

Volví a patear. Esta vez atrapó uno de mis tobillos y tiró de mí. Caí sobre el asiento y él se inclinó encima, sujetándome ambas piernas con el peso de su cuerpo. El pánico me invadió. Forcejeé, intenté gritar, pero Maxwell me tomó el rostro con una mano.

—Mírame.

Cerré los ojos.

—Mírame, Caroline.

Me negué. Sus dedos se tensaron alrededor de mi mandíbula, no lo suficiente para herirme, sí para recordarme que podía hacerlo. Abrí los ojos.

—Voy a quitarte la cinta. No me obligues a arrepentirme.

Tomó uno de los bordes y tiró con rapidez. La cinta arrancó la piel reseca de mis labios. Solté un gemido, aspiré el aire frío y tosí.

—¿Vas a gritar?

—¿Serviría de algo?

Miró el bosque.

—No.

—Entonces no.

Soltó lentamente mis piernas y me incorporé. Me llevé las manos atadas a la boca. Una gota de sangre apareció en mi labio inferior. Al verla, su expresión cambió. Por un instante pareció preocupado y extendió una mano hacia mí.

Me aparté.

—No me toques.

Dejó la mano suspendida antes de bajarla.

—No quería que terminaras herida.

—Me secuestraste.

—Te saqué de una situación peligrosa.

—Tú eres la situación peligrosa.

Apretó la mandíbula.

—Whitmore te estaba confundiendo.

—No necesitó hacerlo.

—Andrew lo hizo.

—Andrew me dijo la verdad.

—Andrew solo sabe una parte.

Algo ardió dentro de mi pecho.

—Sabe la parte en que lo encadenaste a una pared.

Maxwell desvió la mirada.

—Debemos continuar.

Intentó cerrar la puerta, pero interpuse un pie.

—¿Dónde me llevas?

—A un lugar seguro.

—¿Seguro para quién?

—Para nosotros.

Solté una risa seca.

—No existe un nosotros.

La rabia apareció en su rostro apenas un segundo.

—Estás asustada.

—Sí.

Mi respuesta pareció sorprenderlo. Sostuve su mirada.

—Estoy aterrada de ti.

Maxwell se quedó inmóvil. Había esperado insultos, resistencia, quizá odio; no que yo reconociera abiertamente que le temía.

—No tienes motivos para sentir eso.

—Me tienes atada en el asiento trasero de un coche.

—Porque intentaste escapar.

—Escapé porque descubrí que secuestraste y torturaste a Andrew.

—No lo torturé.

Lo miré con incredulidad.

—¿Cómo lo llamas? ¿Intentar que entendiera con cadenas? ¿Con golpes? ¿Con hambre?

—No cooperaba. Me provocaba.

—Todo tiene una explicación para ti.

—Porque la tiene.

—No. Tiene una justificación, y no es lo mismo.

La lluvia caía con mayor intensidad.

—Tenemos que irnos —dijo.

—Whitmore sabe que me llevaste.

—No sabe dónde.

—Te encontrará.

—No antes de que podamos hablar.

Levanté las manos atadas.

—¿Esto es hablar?

—Cuando lleguemos, te soltaré.

—Hazlo ahora.

—No.

Suavicé la voz, aunque sentí repulsión por lo que estaba a punto de hacer. Necesitaba comprender cómo pensaba, entrar en su fantasía no para poseerlo, como él había hecho conmigo, sino para sobrevivir.

—Dijiste que me amabas.

Su expresión se ablandó de inmediato.

—Te amo.

—Entonces suéltame.

La lluvia resbalaba por su cabello y bajaba por su rostro.

—Precisamente porque te amo no puedo hacerlo.

Sentí un frío que no provenía del aire.

—¿No escuchas lo que dices?

—Perfectamente.

—Me estás obligando a ir contigo.

—Porque ahora no puedes tomar una decisión racional.

—¿Y tú sí?

—Yo sé lo que necesitamos.

—Tú decides todo.

—Alguien tiene que hacerlo.

Allí estaba la verdad. No importaba cuánto fingiera hablar de amor. Para Maxwell, amar era decidir por mí: dónde debía estar, a quién debía querer, qué recuerdos eran verdaderos y qué vida merecía vivir.

—Si subes al coche, continuaremos —dijo.

—Ya estoy dentro del coche.

—Sabes a qué me refiero.

Retiré lentamente el pie. Maxwell cerró la puerta, activó el seguro y regresó al volante.

Miré mis manos. La cinta parecía sólida, pero la había colocado con rapidez. Quizá había un borde suelto. Comencé a frotar las muñecas entre sí, muy despacio, sin hacer ruido.

—Podemos arreglar esto —dijo mientras ponía el automóvil en marcha.

—¿Cómo?

—Alejándonos de Whitmore, de Andrew, de todo lo que te está haciendo daño.

—Tú me estás haciendo daño.

—Ahora lo crees.

—Lo sé.

—Cambiarás de opinión.

Seguí moviendo las manos.

—¿Cuánto tiempo planeas retenerme?

No respondió.

—¿Días? ¿Semanas? ¿Meses?

Sus manos se detuvieron sobre el volante y comprendí.

—Dios mío.

—No quiero retenerte. Quiero darte tiempo.

—¿Atada?

—Hasta que podamos confiar otra vez.

—Yo nunca volveré a confiar en ti.

Sonrió débilmente.

—Ya lo hiciste una vez.

La frase me golpeó porque era cierta. Había confiado en él. Le había permitido entrar en mi vida, en mi casa y en mi cuerpo. Había llorado sobre su pecho y creído en cada palabra.

Maxwell interpretó mi silencio como una victoria.

—Lo que sentimos fue real.

—Para mí.

—Para ambos.

—Tú sabías quién eras. Yo no.

Frunció el ceño.

—Conociste la mejor parte de mí.

—Conocí una actuación.

—No.

—Amé a alguien que no existía.

El automóvil redujo la velocidad involuntariamente. Maxwell volvió a acelerar.

—Yo existía.

—No ese hombre. El hombre que me consolaba había provocado mi sufrimiento. El hombre que me decía que Andrew probablemente seguía vivo sabía exactamente dónde estaba. El hombre que dormía conmigo regresaba después de amenazarlo.

—No entiendes.

—Entiendo demasiado.

—Andrew iba a arruinar tu vida.

—Tú la arruinaste.

Su rostro perdió toda suavidad.

—Ten cuidado.

Sentí miedo, pero también una claridad extraña.

—¿Es una amenaza?

—Es una petición.

—¿Qué harás si sigo diciendo la verdad?

No respondió. Volví a frotar las muñecas y un borde de la cinta comenzó a levantarse. Era muy poco, pero suficiente para darme esperanza.

Afuera, la carretera se estrechaba. Habíamos abandonado el pavimento y el automóvil avanzaba ahora por un camino de grava.

Los neumáticos resbalaban en algunos tramos.

Miré cada curva e intenté contarlas: una a la derecha, después una pendiente, un puente estrecho y una bifurcación sin señalización. Maxwell tomó el camino de la izquierda.

Repetí el trayecto mentalmente. Derecha. Pendiente. Puente. Izquierda. No sabía si serviría, pero debía conservar algo: una ruta, una referencia, cualquier posibilidad de regresar.

Richard