Capítulo 37 La máscara que cae. #2
—Busque una casa con luces y golpee la puerta. Dígales que llamen a la policía.
Un automóvil apareció a lo lejos. Las luces atravesaron la lluvia y, por un instante, sentí alivio. Levanté una mano.
—Veo un coche.
—No se acerque. Apártese de la carretera.
El vehículo redujo la velocidad. La luz me impedía distinguir al conductor, pero reconocí el automóvil: no era el que Maxwell utilizaba habitualmente. Lo había visto una vez estacionado detrás de su casa y él aseguró que pertenecía a un amigo.
—Es él.
—¿Está segura?
Empecé a retroceder. El automóvil se detuvo frente a mí.
—Caroline, corra —ordenó Whitmore.
Giré y entré en el parque. Escuché una puerta abrirse y pasos sobre el pavimento mojado.
—¡Caroline!
No miré atrás. Sostuve el teléfono contra el oído y corrí entre los árboles.
—Me está siguiendo.
—No corte. Dígame qué ve.
—Árboles. Una reja al fondo y casas al otro lado.
Resbalé y caí sobre una rodilla. El teléfono golpeó el suelo, pero la llamada continuó. Lo recogí antes de levantarme.
—¡Caroline, detente! No quiero hacerte daño.
Se me escapó una risa desesperada.
—¡Ya me hiciste daño!
Alcancé una reja baja e intenté saltarla.
El abrigo se enganchó en una punta metálica.
Tiré con todas mis fuerzas y la tela se rasgó a la altura del costado, pero logré caer al otro lado sin perderlo.
Seguí corriendo hacia una hilera de casas.
Una ventana iluminada se convirtió en mi única dirección.
—Veo una casa.
—Golpee la puerta.
Subí los escalones y golpeé con ambas manos.
—¡Ayuda! ¡Por favor!
Nadie respondió. Volví a golpear. Una luz se encendió en el piso superior y sentí un instante de esperanza.
Una mano cubrió mi boca.
El teléfono cayó. Maxwell me sujetó por la cintura y trató de arrastrarme hacia atrás. Mordí su palma. Soltó una maldición y logré liberarme, pero solo avancé dos pasos antes de que volviera a atraparme.
—¡Whitmore sabe que estoy aquí!
La pantalla del teléfono seguía iluminada sobre el suelo. La voz del detective salía por el altavoz.
—¡Caroline! ¡Respóndame!
Maxwell me inmovilizó contra su pecho. Le clavé las uñas en el rostro y tres líneas rojas aparecieron en su mejilla. Durante un segundo vi rabia en sus ojos, pura, sin ninguna máscara.
Recogió el teléfono.
—Maxwell —dijo Whitmore—. Déjela marchar.
Él miró la pantalla y después a mí.
—Llegará demasiado tarde.
Arrojó el aparato contra el pavimento. La carcasa se abrió y la pantalla se apagó.
—¡No!
Intenté correr otra vez, pero Maxwell me sujetó del brazo.
—Escúchame.
—¡No me toques!
—No estás pensando con claridad.
—Sé exactamente quién eres.
La frase lo hirió.
—Solo viste cosas que no estabas preparada para comprender.
—Vi lo que le hiciste a Andrew. Me robaste la vida antes de que supiera tu nombre.
—Te di una vida mejor.
—Era una mentira.
—Podemos empezar de nuevo.
—No existe un nosotros.
La mano de Maxwell se tensó alrededor de mi brazo.
—Lo habrá.
Dejé de forcejear. No porque me rindiera, sino porque comprendí que la fuerza no sería suficiente y que ninguna frase podía devolverlo a la realidad.
Necesitaba que bajara la guardia. Relajé los hombros, obligué a mi respiración a hacerse más lenta y levanté la mirada. No tuve que fingir las lágrimas.
—Maxwell...
Su expresión se suavizó.
—Estoy aquí.
Contuve el asco.
—Si me amas, suéltame.
Permaneció inmóvil. Durante un instante esperé encontrar una grieta, algo capaz de reconocer el daño. Maxwell levantó una mano y acarició mi mejilla.
—Precisamente porque te amo no puedo hacerlo.
El miedo me atravesó. Ya no existía una respuesta correcta ni una súplica capaz de convencerlo. Su amor no incluía mi voluntad; la reemplazaba.
—Whitmore vendrá.
—Entonces debemos marcharnos.
—Te encontrará.
—No donde vamos.
Miré el automóvil.
—No voy a subir.
Maxwell sacó un rollo de cinta adhesiva del bolsillo. Volví a luchar.
—No hagas esto más difícil.
—¡Aléjate de mí!
Lo golpeé en el pecho y corrí hacia las casas. No alcancé a llegar. Me atrapó por detrás, cubrió mi boca y me arrastró hacia el automóvil mientras otra luz se encendía en una vivienda.
—Perdóname —susurró.
Mordí su mano otra vez. Abrió la puerta trasera y yo me aferré al marco. Tuvo que arrancar mis dedos uno a uno mientras yo pateaba, arañaba y golpeaba todo lo que podía, decidida a dejar marcas que demostraran que había luchado.
Me empujó al asiento. Mientras buscaba el extremo de la cinta, llevé una mano al bolsillo interior del abrigo. Cerré los dedos alrededor del medallón y empujé la cadena bajo el puño de la manga. Maxwell volvió a sujetarme. Envolvió mis muñecas con varias vueltas de cinta y luego cubrió mi boca.
El medallón quedó oculto contra mi antebrazo.
Cerró la puerta. Golpeé la ventana con los pies mientras rodeaba el vehículo y subía al asiento del conductor. Me miró a través del espejo.
—Cuando estemos lejos, lo entenderás.
Negué con violencia. Maxwell encendió el motor y activó los seguros. Me lancé contra la puerta, golpeé el cristal e intenté gritar detrás de la cinta.
Una mujer apareció finalmente en la entrada de la casa. Miró primero los restos del teléfono, después el automóvil. Sostuve su mirada y golpeé la ventana con más fuerza. Tal vez había visto la matrícula. Tal vez llamaría a la policía.
Maxwell aceleró.
Las casas comenzaron a quedar atrás. Dejé de golpear el vidrio.
Necesitaba conservar fuerzas, contar las curvas y recordar cualquier señal que pudiera conducir hasta nosotros.
Maxwell conducía con los ojos fijos en la carretera, como si aquello no fuera un secuestro, sino un viaje que habíamos planeado juntos.
Moví los dedos dentro de la cinta. Sentí el medallón oculto bajo la manga.
Todavía tenía una prueba. Un vínculo con Andrew. Tal vez también una oportunidad.
La lluvia golpeó con más fuerza el techo. Maxwell tomó una carretera secundaria y los postes de luz comenzaron a espaciarse hasta desaparecer. Los árboles se cerraron alrededor del camino.
Debía mantenerme despierta. Contar las curvas. Buscar una forma de dejar un rastro.
El automóvil pasó sobre un bache y mi cuerpo chocó contra la puerta. Un dolor agudo me atravesó la sien. La visión se volvió borrosa. Intenté incorporarme, pero el cansancio, el miedo y el golpe comenzaron a arrastrarme hacia la oscuridad.
La última imagen que vi fue el rostro de Maxwell en el espejo retrovisor: sereno, concentrado, casi satisfecho, como si el mundo volviera a estar exactamente como él lo había planeado.