La Tristeza en Mí Capítulo 36 La caja de cristal. #2
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Capítulo 36 La caja de cristal. #2

La habitación estaba oscura. Encendí la luz y encontré un estudio normal: un escritorio, dos estanterías, un archivador metálico, una lámpara y un ordenador apagado.

Cerré detrás de mí por reflejo. Sobre el escritorio, varias pilas de facturas, informes y correspondencia estaban ordenadas con el cuidado habitual de Maxwell.

Los primeros cajones solo contenían material de oficina, llaves, medicamentos y un cargador.

En el último había varias tarjetas de memoria, todas marcadas con fechas. Tomé una que correspondía a seis meses antes de la desaparición de Andrew y encendí el ordenador. La pantalla pidió una contraseña. Probé el cumpleaños de Maxwell.

Incorrecto.

Escribí el mío. La pantalla se desbloqueó.

Retiré las manos del teclado. Algo se quebró dentro de mí ante aquel gesto tan pequeño: hasta la contraseña con la que protegía sus secretos había sido construida alrededor de mi existencia.

Introduje la tarjeta y aparecieron varias carpetas identificadas solo con fechas.

La primera contenía fotografías. Decenas.

Yo saliendo de casa, entrando en el mercado o en la biblioteca; abrazando a Andrew; besándolo frente a Saint Thomas; cenando con Adelaide y Robert.

Algunas imágenes habían sido tomadas desde un automóvil, otras a través de ventanas y unas pocas desde lugares tan cercanos que no comprendía cómo no había visto a quien sostenía la cámara.

En otra carpeta había videos. En el primero caminaba sola por el parque y la cámara me seguía.

En el segundo, Andrew me esperaba frente a una tienda.

En el tercero, discutíamos junto al automóvil.

Recordé la escena: había olvidado una cita con el florista y yo me molesté.

Minutos después terminamos riéndonos, pero el video se detenía cuando me alejaba.

Maxwell había conservado únicamente la parte capaz de alimentar la historia que quería contar sobre nosotros.

Abrí un documento y apareció un calendario. No era el suyo. Era el mío: mis clases, mis visitas a Adelaide, los días en que iba al mercado, las horas en que Andrew trabajaba y los lugares donde yo quedaba sola.

Martes: biblioteca. Sin Andrew.

Jueves: mercado. Ruta habitual.

Domingo: casa Hawk. Regreso después de las 22:00.

Había anotaciones sobre mi estado de ánimo.

Parece cansada.

Discutió con Andrew.

Lloró en el automóvil.

Necesita que alguien la escuche.

Leí hasta encontrar la fecha de la desaparición. Junto a ella solo había escrito cuatro palabras.

El momento adecuado.

Aparté la silla con tanta fuerza que estuve a punto de caer. El aire se volvió más denso. Ya no estaba reuniendo coincidencias: Maxwell había esperado algo, y la desaparición de Andrew ocupaba el centro exacto de su plan.

Seguí buscando. Una carpeta identificada con una sola letra, A, contenía fotografías de Andrew saliendo del trabajo, conduciendo, entrando a casa y hablando por teléfono.

Había imágenes de su automóvil frente a la iglesia y del sendero por el que solía correr.

También mapas, rutas, horarios, copias de documentos y una lista de hábitos.

Sale solo los miércoles.

No cambia el trayecto.

Confía demasiado.

Otro archivo se llamaba Errores .

Interrumpe a Caroline cuando está nervioso.

Promete más de lo que cumple.

Su familia ocupa demasiado espacio.

No comprende lo que ella necesita.

Ella confunde costumbre con amor.

La última frase estaba subrayada. Cerré el documento.

Maxwell no se había limitado a observarnos: había diseccionado nuestra relación y convertido cada imperfección en una justificación.

Una discusión, un silencio, una promesa incumplida.

Todo lo humano entre Andrew y yo podía ser reorganizado hasta demostrar que él no me merecía.

Sobre el escritorio había un cuaderno de cuero. No era un diario, sino un registro escrito con la letra de Maxwell.

La vi otra vez en la biblioteca. Eligió poesía, aunque parecía demasiado triste para leerla.

Andrew llegó tarde. Ella fingió que no le importaba.

Todavía no comprende que la decepciona.

Pasé varias páginas.

Hoy discutieron. Ella lloró después. Quise acercarme, pero todavía era pronto.

Necesito que confíe en mí sin saber que me necesita.

Solté el cuaderno. Las palabras parecían quemarme las manos.

Quise encontrar una frase que limitara el horror, una línea que dijera que Maxwell solo había observado y que jamás había intervenido, pero la primera gaveta del archivador contenía impresiones de mis conversaciones con Andrew, correos, reservas, la confirmación de nuestro viaje a Londres, la cita para elegir las alianzas y el pedido de lirios blancos para la boda.

Maxwell conocía la fecha, la iglesia, la luna de miel y el vestido.

Ninguno de esos datos era público. Los había robado o alguien se los había entregado, y cualquiera de las dos posibilidades significaba que había entrado en nuestra vida mucho antes de que yo le abriera una puerta.

En la segunda gaveta encontré objetos: un pañuelo mío, un pendiente que había perdido durante un paseo, una cinta que usaba para recogerme el cabello, una postal que envié a Andrew desde Londres y una taza rota.

Reconocí cada cosa. Eran objetos pequeños, sin importancia, que yo había creído extraviados y que Maxwell había conservado como si cada uno contuviera una parte de mí.

Dentro de una caja de terciopelo había un lirio seco. Debajo, otra nota.

La flor que eligió para prometerse al hombre equivocado.

La caja se me cayó. El lirio se deshizo contra el suelo y los pétalos se convirtieron en polvo. Continué registrando. Ya no lo hacía con la esperanza de equivocarme, sino con la necesidad de saber hasta dónde llegaba todo aquello.

En el fondo del archivador encontré una segunda llave, más pequeña, que no parecía pertenecer a ninguna puerta.

La probé en la vitrina central de una de las estanterías.

Detrás del vidrio, Maxwell había colocado libros antiguos y figuras de cristal con forma de pájaros, flores y una pareja que bailaba.

Todo era delicado y perfecto. Todo estaba encerrado.

La llave abrió la vitrina. Al retirar una de las figuras descubrí una ranura y, al presionarla, una parte del mueble se desplazó unos centímetros.

Retrocedí. Detrás no había otra habitación, sino un compartimento oculto.

Encendí la linterna del teléfono y la luz reveló una caja de cristal sobre un estante.

Dentro había una fotografía mía mientras dormía, un mechón de cabello atado con una cinta, una copia de la llave de mi casa, el programa de la boda y una muestra de tela blanca que reconocí de inmediato.

Pertenecía a mi vestido. No sabía cómo la había conseguido.

Tal vez durante una prueba, al entrar en el taller o en uno de los momentos en que yo hablaba con alguien y creía no estar siendo observada.

En el centro de la caja había una cadena de plata con un pequeño medallón circular.

Lo reconocí antes de tocarlo. Era de Andrew. Adelaide se lo había regalado cuando cumplió dieciocho años y él lo llevaba siempre; había desaparecido con él. En el hospital pregunté por la cadena, pero una enfermera me aseguró que no la tenía cuando lo encontraron.

Ahora estaba dentro de la colección de Maxwell.

Abrí la tapa y tomé el medallón. El metal estaba frío.

En uno de los bordes había una mancha oscura, marrón rojiza, que parecía sangre seca.

Mi respiración se rompió y una imagen que nunca había presenciado se abrió paso en mi mente: Andrew encadenado, con las muñecas heridas y el rostro cubierto de golpes; Maxwell inclinándose sobre él y arrancándole la cadena para guardarla como un trofeo.

No sabía cómo había ocurrido. Solo sabía que aquel objeto había estado sobre el cuerpo de Andrew cuando desapareció y que ahora estaba en el compartimento secreto de Maxwell.

La cadena resbaló entre mis dedos y golpeó el suelo. Retrocedí hasta apoyar una mano en la estantería. La habitación pareció inclinarse.

Ya no había una explicación que pudiera protegerme.

Maxwell había estado con Andrew. Había obtenido algo que él llevaba durante el cautiverio y lo había guardado junto a mis fotografías, mi cabello y los restos de mi boda.

Después regresó conmigo, me abrazó y durmió a mi lado.

Las mismas manos que me calmaban habían tocado aquella cadena manchada de sangre.

Tomé el teléfono para llamar a Whitmore, pero un ruido en la planta baja me dejó inmóvil: una llave entró en la cerradura principal, la puerta se abrió y volvió a cerrarse. Unos pasos conocidos cruzaron el recibidor sin prisa.

Apagué la linterna. No había otra salida. Las ventanas del estudio no se abrían por completo y el compartimento continuaba expuesto: las fotografías, los pétalos sobre el suelo, la caja abierta y el espacio vacío donde había estado el medallón. Todo revelaba que yo había entrado.

Los pasos comenzaron a subir.

Marqué el número de Whitmore. La pantalla iluminó mi rostro, pero la llamada no llegó a conectarse. No había señal. Levanté el teléfono, me acerqué a la ventana y lo intenté otra vez. Nada.

En el pasillo se abrió la puerta del dormitorio. Maxwell estaba comprobando las habitaciones.

Recogí el medallón y lo guardé en el bolsillo interior del abrigo.

Cerré la caja e intenté empujar la estantería, pero el mecanismo no respondió.

Podía esconderme bajo el escritorio, aunque me encontraría en cuanto viera el mueble desplazado.

Busqué algo con qué defenderme y descubrí un abrecartas sobre la mesa. Lo agarré.

Los pasos se detuvieron frente al estudio. Contuve la respiración. El picaporte giró y Maxwell apareció en el umbral.