Capítulo 36 La caja de cristal.
Whitmore había sido claro: no debía acercarme a Maxwell, contestar sus llamadas, enfrentarlo ni, mucho menos, investigar por mi cuenta.
Asentí a cada instrucción mientras él hablaba de protección, vigilancia y procedimientos.
Después mentí. No con palabras, sino con el silencio que utilicé para ocultar la decisión que ya empezaba a formarse dentro de mí.
Necesitaba ver la verdad completa.
Andrew había confirmado que Maxwell estuvo allí.
La presión débil de su mano y aquel asentimiento habían bastado para quebrar lo que todavía quedaba de mi confianza, pero no eran una prueba que yo pudiera entregar a la policía.
Tampoco borraban los meses en que Maxwell me sostuvo, me escuchó y ocupó un lugar real en mi vida.
Una parte de mí —la que se avergonzaba de haberlo amado— seguía buscando una explicación imposible: que Andrew recordara el nombre, pero se equivocara respecto a su participación; que Maxwell hubiera estado cerca sin ser responsable; que existiera una verdad menos atroz que la única capaz de unir todas las piezas.
Necesitaba algo que no dependiera de la memoria herida de Andrew ni del miedo que vi en sus ojos. Algo que Whitmore pudiera tocar, fotografiar y presentar como evidencia. Algo que destruyera la última excusa antes de que Maxwell tuviera tiempo de destruirla por mí.
Había llamado siete veces durante la noche. No respondí. Después llegaron los mensajes.
Necesito explicarte.
Andrew está confundido.
Whitmore está utilizando tu miedo.
No dejes que te alejen de mí.
El último apareció poco antes del amanecer.
Voy a respetar tu espacio.
Lo leí varias veces y no le creí. No sonaba a una promesa, sino a una concesión temporal, como si incluso mi espacio le perteneciera y hubiera decidido prestármelo hasta que yo recuperara la razón que él esperaba de mí.
Dejé el teléfono sobre la mesa. El salón de Adelaide y Robert permanecía en silencio; ambos dormían en el piso superior después de insistir en que me quedara con ellos mientras la policía reforzaba la seguridad de la casa.
Un agente estaba estacionado frente a la entrada y otro se turnaba con él durante la noche.
Whitmore pensaba que yo estaba protegida.
Hasta unas horas antes, yo también había querido creerlo.
Pero Maxwell conocía aquella casa. Había cenado allí, hablado con Adelaide, consolado a Robert y recorrido el jardín como si ya perteneciera a la familia.
Mientras conociera las puertas, los horarios y a las personas que había detrás de cada ventana, ningún lugar podía parecerme seguro.
Aquel pensamiento no justificaba lo que estaba a punto de hacer; solo volvió insoportable la idea de quedarme sentada mientras él decidía su siguiente movimiento.
Me puse el abrigo, guardé el teléfono en el bolsillo y salí por la puerta trasera.
Cada paso por el jardín me recordó que estaba desobedeciendo a Whitmore y engañando a dos personas que me habían recibido para mantenerme a salvo.
Estuve a punto de regresar cuando alcancé la reja, pero pensé en el último mensaje de Maxwell.
Voy a respetar tu espacio. Si había comprendido que Andrew lo había reconocido, podía estar ganando tiempo.
Podía volver a su casa, vaciar el estudio y borrar cualquier rastro antes de que la policía obtuviera una orden.
La llave seguía en mi bolso. Maxwell me la había entregado semanas atrás, cuando empecé a pasar más tiempo con él.
—No quiero que tengas que llamar —me dijo entonces—. Este lugar también es tuyo.
Me había parecido romántico. Ahora, dentro de mi mano, la llave pesaba como otra forma de acceso que él había utilizado para hacerme sentir elegida.
El taxi me dejó dos calles antes. Caminé bajo una llovizna fina, con el cuello del abrigo levantado y la mirada atenta a cada automóvil.
Antes de salir comprobé la ubicación de Maxwell; su teléfono aparecía cerca del hospital.
No era una certeza. Podía haber dejado el aparato allí, desactivado la localización o estar observándome desde una ventana mientras yo confiaba en un punto sobre una pantalla.
Aun así, continué. Cada sombra parecía moverse y cada vehículo que reducía la velocidad me obligaba a contener el aire.
Cuando llegué, permanecí frente a la reja sin avanzar.
La fachada seguía limpia, elegante y ordenada.
Las ventanas reflejaban el cielo gris y nada en aquella casa parecía capaz de amenazar a nadie.
Yo había dormido allí. Había cocinado, reído y despertado junto a Maxwell creyendo que, después de tanta pérdida, la vida me ofrecía algo que no exigía sufrimiento a cambio.
Ahora solo podía pensar en el sótano donde Andrew había permanecido encadenado. No sabía si había estado en esa casa ni en qué lugar exacto lo habían retenido, pero sentí una certeza irracional: las casas guardaban algo de quienes vivían en ellas, y aquella parecía contener la respiración.
Abrí la reja, subí los escalones e introduje la llave. La cerradura cedió con la misma facilidad de siempre.
El aroma de Maxwell seguía suspendido en el recibidor: madera, café y su colonia. Cerré la puerta con cuidado. El silencio era absoluto.
—¿Maxwell?
No esperaba una respuesta, pero pronunciar su nombre me produjo un escalofrío.
Dejé el bolso junto a la entrada y recorrí la planta baja.
La cocina estaba limpia, sin platos ni tazas; el salón parecía intacto, con una manta doblada sobre el respaldo del sofá y dos libros sobre la mesa.
Uno era el que yo había empezado semanas atrás. Una cinta todavía marcaba la página.
Todo estaba exactamente como lo recordaba. Eso era lo peor. No parecía la casa de un hombre capaz de encadenar a otro. Parecía un hogar.
Subí las escaleras. La habitación estaba vacía, la cama hecha y el armario cerrado.
Sobre la cómoda había una fotografía de ambos.
Maxwell aparecía detrás de mí, rodeándome la cintura con un brazo, y yo sonreía sin fingir.
No podía negar aquella felicidad solo porque ahora conociera el precio que alguien más había pagado por ella.
Di vuelta el marco y lo dejé boca abajo.
Registré los cajones, los bolsillos de los abrigos y las cajas del armario. Encontré ropa, documentos, recibos, fotografías familiares y cartas antiguas. Nada relacionado con Andrew. Nada que pareciera imposible de explicar.
Me senté en el borde de la cama y sentí alivio.
Fue tan inmediato y vergonzoso que casi lloré.
Tal vez Maxwell ya lo había retirado todo.
Tal vez no encontraría nada. Por un instante, mi mente intentó retroceder hacia la misma salida que había buscado durante toda la noche: Andrew lo había reconocido, pero podía existir una explicación que yo todavía no comprendía.
Entonces recordé el estudio.
Maxwell casi nunca me dejaba entrar. Jamás lo prohibía de una forma que pudiera parecer sospechosa; se limitaba a cerrar la puerta, cambiar de tema o decir que estaba trabajando. Una vez intenté abrirla y apareció detrás de mí antes de que alcanzara el picaporte.
—Ahí dentro solo hay papeles aburridos.
Después me besó, y yo olvidé la puerta.
El estudio estaba al final del pasillo. Probé el picaporte y lo encontré cerrado.
Ninguna de las llaves de mi llavero encajó.
Al agacharme, vi que la cerradura era más nueva que las demás.
Maxwell había cambiado el mecanismo. No para proteger papeles aburridos, sino para decidir quién podía acercarse a ellos.
Volví al dormitorio y busqué una llave entre los cajones, los abrigos y las cajas de zapatos.
No encontré ninguna. Pensé en llamar a Whitmore.
Aún podía salir de allí, reconocer lo que había hecho y esperar a que la policía entrara con una orden.
Saqué el teléfono, pero antes de marcar recordé la biblioteca.
Maxwell guardaba documentos importantes dentro de un libro hueco.
Me lo había mostrado una noche, orgulloso de lo ingenioso que resultaba, como si compartir aquel secreto demostrara que no ocultaba nada.
Bajé al salón. La biblioteca ocupaba una pared completa. Pasé los dedos por los lomos —historia, arte, política, novelas— hasta encontrar una edición antigua de El conde de Montecristo . Pesaba menos de lo que debía. Dentro del centro recortado había una llave pequeña y una fotografía.
Era yo, sentada en una cafetería junto a Andrew.
La imagen había sido tomada desde el exterior, a través del cristal.
No recordaba aquel día con precisión, pero reconocí el abrigo que llevaba.
Había ocurrido meses antes de la desaparición, mucho antes de que Maxwell se acercara a mí como un desconocido.
En el reverso aparecían una fecha y una frase escrita con tinta negra.
Todavía no sabe que está esperando a la persona equivocada.
El libro cayó al suelo. La fotografía permaneció entre mis dedos mientras una oleada de náuseas me cerraba la garganta.
No demostraba que Maxwell hubiera secuestrado a Andrew, pero destruía la primera mentira: me conocía antes de nuestro supuesto encuentro.
Me había observado mientras yo todavía planeaba una boda con el hombre al que él consideraba equivocado.
Subí las escaleras con la llave apretada en la mano. Al llegar al estudio, tuve que intentarlo dos veces porque los dedos me temblaban. El metal giró dentro de la cerradura.
Permanecí frente a la puerta durante varios segundos.
Todavía podía marcharme, llamar a Whitmore y esperar a la policía.
También podía abrir y comprobar si Maxwell había dejado allí aquello que tanto se esforzaba por ocultar.
Pensé en Andrew tratando de escribir tres letras con una mano que apenas podía sostener el bolígrafo. Empujé la puerta.