La Tristeza en Mí Capítulo 35 Cerca del abismo. #2
78%

Capítulo 35 Cerca del abismo. #2

Entré en la escalera de emergencia y cerré la puerta. Las manos me temblaban tanto que casi dejé caer el teléfono. Lo había sacado sin saber todavía si pretendía llamar a Maxwell, releer sus mensajes o encontrar dentro de la pantalla una explicación que Andrew no podía darme.

Busqué su nombre. Mi dedo quedó suspendido sobre la llamada.

No debía hacerlo. Whitmore sospechaba y Andrew acababa de escribir tres letras que podían ser el inicio de su nombre.

Pero tres letras no eran una prueba, me repetí.

Max podía ser una persona diferente, el comienzo de otra palabra o un recuerdo que yo no comprendía.

La noche anterior había dejado de buscar la explicación que doliera menos.

Aquella mañana descubrí que todavía no sabía vivir sin ella.

El teléfono vibró antes de que pudiera decidir.

Maxwell.

Durante un segundo pensé en no responder. Después deslicé el dedo por la pantalla.

—Hola.

—¿Estás bien?

Su voz sonaba preocupada. Era la misma voz que me había acompañado durante meses, la que sabía esperar cuando yo lloraba y bajar el tono cuando mi respiración comenzaba a descontrolarse. Reconocerla produjo alivio y miedo al mismo tiempo.

—¿Por qué preguntas eso?

—No contestaste mis mensajes.

Apoyé la espalda contra la pared.

—Estaba con Andrew.

Hubo una pausa.

—¿Ocurrió algo?

—Whitmore vino a hacerle preguntas.

—¿Pudo responder?

La pregunta llegó demasiado rápido.

—Un poco.

El silencio al otro lado se volvió más atento.

—¿Qué dijo?

—¿Por qué quieres saberlo?

—Porque me preocupa.

—¿Andrew?

Maxwell tardó un segundo.

—Tú.

La respuesta habría bastado para tranquilizarme unos días antes. Esta vez solo me hizo pensar en la facilidad con que siempre encontraba la palabra exacta.

—Andrew escribió un nombre.

No escuché nada al otro lado. Ni respiración ni movimiento.

—¿Qué nombre? —preguntó al fin.

—No lo terminó.

—Entonces quizá no era un nombre.

—Escribió tres letras.

—¿Cuáles?

Tragué saliva.

—Maxwell...

—¿Escribió mi nombre?

La calma de su voz era demasiado precisa. No había sorpresa ni confusión. Solo control.

—Escribió «MAX».

Maxwell soltó el aire.

—Caroline, debes escucharme.

—¿Qué tengo que escuchar?

—Andrew está traumatizado.

—Eso dijiste anoche.

—Porque es verdad.

—¿Por qué escribiría tu nombre?

—No lo sé.

—Pero no pareces sorprendido.

—Estoy intentando no asustarte.

Sentí que una parte de mi mundo comenzaba a inclinarse. La pared seguía firme contra mi espalda y, aun así, tuve que apoyar una mano sobre ella para no perder el equilibrio.

—¿Lo conocías?

—Te dije que no.

—¿Lo viste antes de que desapareciera?

—No.

—¿Sabías dónde estaba?

Maxwell guardó silencio. Solo un segundo, pero lo escuché. Una vacilación pequeña y suficiente.

—Respóndeme.

—Claro que no sabía dónde estaba.

—¿Entonces por qué dudaste?

—Porque no puedo creer que me preguntes esto después de todo lo que hemos vivido.

Su dolor no fue abierto ni ruidoso. Apareció con la medida exacta para dirigirme hacia la culpa. La noche anterior habría terminado disculpándome por desconfiar. Esta vez reconocí el movimiento antes de seguirlo.

—Andrew tiene miedo de ti.

—Andrew tiene miedo de todo.

—No. Cuando entraste en su habitación, su corazón se descontroló. Cuando vio tu nombre en mi teléfono, entró en pánico. Y ahora escribió «MAX».

Maxwell respiró con más fuerza.

—Estás buscando una relación donde no existe.

—Whitmore también sospecha de ti.

El silencio regresó y duró lo suficiente para confirmar que aquella posibilidad sí lo había afectado.

—¿Whitmore te dijo eso?

—No directamente.

—Entonces está utilizando tu miedo porque necesita un sospechoso. Yo soy el hombre más cercano a ti; eso me convierte en la respuesta fácil.

La explicación tenía lógica. Maxwell siempre encontraba una.

—Déjame ir al hospital —dijo.

El miedo llegó antes que el pensamiento.

—No.

La palabra salió con una firmeza que no esperaba. Al otro lado de la llamada, Maxwell calló.

—¿No quieres verme?

—No ahora. Necesito pensar.

—No deberías estar sola.

—No estoy sola.

—Estás con un hombre que quizá no sabe distinguir sus recuerdos.

Apreté la mandíbula.

—Andrew sabe quién soy.

—Eso no significa que recuerde todo correctamente.

—No vengas.

Su voz descendió hasta convertirse casi en un susurro.

—¿Tienes miedo de mí?

Miré la pared blanca. No quería responder porque cualquier respuesta parecía entregarle algo: una herida que utilizar o una tranquilidad que ya no sentía.

—Caroline.

—No lo sé.

Maxwell dejó de respirar.

—¿No sabes si tienes miedo de mí?

—Necesito tiempo.

—Después de todo lo que hice por ti...

—No hagas eso.

—¿Qué cosa?

—Recordarme lo que hiciste para que me sienta culpable por hacerte una pregunta.

Tardó en responder.

—No intento hacerte sentir culpable.

Pero ya había reconocido la forma de aquellas conversaciones: él convertía mis dudas en heridas contra su persona y yo terminaba consolándolo. Cada vez que sucedía, la pregunta que había formulado desaparecía sin respuesta.

—No vengas al hospital —repetí.

—No puedes impedirme que me preocupe por ti.

—Sí puedo pedirte que respetes un límite.

—Te amo.

Cerré los ojos. Durante meses había evitado aquella palabra porque me parecía demasiado grande para una relación nacida dentro del duelo.

Ya no podía fingir que lo que sentí había sido pequeño.

Maxwell me importó. Lo busqué cuando estaba triste y también cuando empezaba a estar bien.

Confié en él, compartí mi cuerpo y permití que una parte de mí imaginara una vida que no terminara con la ausencia de Andrew.

Todo eso había sido real para mí, aunque ahora descubriera que el hombre que lo recibió podía haber construido cada encuentro sobre una mentira.

—Yo también te amé —dije.

El pasado apareció sin que lo hubiera planeado. Maxwell lo notó.

—¿Amabas?

Abrí los ojos.

—No sé qué queda de lo que sentía.

Un golpe seco sonó al otro lado, como si un objeto hubiera chocado contra una superficie.

—Andrew te está confundiendo.

—Andrew apenas puede hablar.

—Entonces Whitmore.

—Nadie me está diciendo qué pensar.

—Yo nunca haría eso.

La afirmación llegó demasiado deprisa.

—Tengo que volver.

—Caroline.

—Adiós.

Corté. Maxwell llamó de nuevo y no respondí. Un mensaje apareció casi de inmediato.

No dejes que destruyan lo que construimos.

Después llegó otro.

Todo lo que hice fue por ti.

Leí la frase varias veces. No sabía todavía qué había hecho Maxwell, pero la elección de aquellas palabras me produjo más miedo que una negación. No había escrito No hice nada . Había escrito que todo había sido por mí.

Guardé el teléfono, respiré hondo y abrí la puerta de la escalera. Whitmore estaba al otro lado. No parecía sorprendido de encontrarme allí.

—¿Lo llamó?

Pensé en mentir. Antes lo habría hecho para proteger a Maxwell o para protegerme de lo que significaba haber confiado en él. Esta vez no pude.

—Él me llamó. Yo respondí.

—¿Qué le dijo?

—Que Andrew está confundido. Quiso venir al hospital.

—¿Y usted qué respondió?

—Que no.

Whitmore observó mi rostro.

—Hizo bien.

Sentí que las piernas se debilitaban.

—¿Está en peligro Andrew?

—No lo sé todavía.

—¿Y yo?

El investigador no me ofreció una tranquilidad que no podía garantizar.

—Hasta que sepamos qué relación tiene Maxwell con lo ocurrido, necesito que ambos actúen como si el riesgo fuera real. He pedido a la policía que les asigne protección y necesito que no vuelva a hablar con él sin avisarnos.

—Aún no sabe si fue él.

—No. Pero tampoco puedo actuar como si esas tres letras no existieran.

Regresamos a la habitación. Andrew seguía despierto y miró primero mi rostro, después a Whitmore. Me acerqué a la cama y tomé su mano.

—Hablé con Maxwell. Le pedí que no viniera.

La tensión de sus dedos disminuyó apenas. Abrí el cuaderno. La palabra seguía allí.

MAX

Pasé un dedo sobre las letras sin tocar la tinta.

—Necesito saberlo —dije—. No tienes que escribir más. Solo dime sí o no. ¿Fue Maxwell?

El miedo lo paralizó. Miró hacia la puerta y Whitmore la cerró antes de comprobar el pasillo.

—Hay dos agentes afuera —dijo—. Nadie entrará sin autorización.

Andrew respiró con dificultad. Después tomó mi mano y la apretó.

Asintió.

No grité. Las lágrimas tampoco llegaron de inmediato. Durante unos segundos solo existió un silencio inmenso y la presión débil de la mano de Andrew alrededor de la mía.

Maxwell había estado en el sótano.

El hombre que conocía el inicio de mis ataques de ansiedad había provocado el miedo que me ayudaba a calmar. Quien me sostuvo durante la desaparición de Andrew había sido parte de ella. Cada gesto que yo había llamado cuidado adquirió una segunda forma, una que todavía no podía mirar por completo.

Caí sobre la silla. Whitmore salió para dar instrucciones y Andrew intentó levantar la mano. La tomé con cuidado y apoyé su palma contra mi mejilla.

—Lo siento.

Negó.

—Lo dejé acercarse.

Volvió a negar.

—Lo amé.

Andrew cerró los ojos. La frase nos hirió a ambos y no intenté fingir lo contrario. Había dolor en su rostro, pero no acusación. Cuando volvió a mirarme, sostuvo mi mejilla con la poca fuerza que tenía.

No podía decir que me perdonaba. Tampoco necesitaba hacerlo, porque el perdón habría convertido en mía una culpa que Maxwell había construido. Solo permaneció allí mientras yo lloraba.

Por el momento, eso era todo lo que podíamos darnos.

Maxwell

Contemplé el teléfono entre mis manos. Caroline no respondió a la segunda llamada ni a los mensajes. La pantalla seguía mostrando el último que había enviado.

Todo lo que hice fue por ti.

Había pronunciado aquellas palabras demasiadas veces, primero como una explicación y después como una verdad que ya no necesitaba discutir conmigo mismo.

Caroline siempre encontraba algo que responder.

A veces discutía, a veces pedía tiempo y otras terminaba consolándome.

Su silencio no pertenecía a ninguna de esas posibilidades.

Por primera vez, ella no había reaccionado como yo esperaba.

Y si había dejado de creer en la historia que construí para ambos, no sabía cuánto tiempo me quedaba antes de perderla.