Capítulo 35 Cerca del abismo.
Andrew
Llevaba tres días intentando escribir el mismo nombre.
Cada intento terminaba de la misma manera: la mano comenzaba a temblarme, el dolor subía desde la muñeca hasta el hombro y la punta del bolígrafo se desviaba sobre el papel antes de que pudiera completar la palabra. Entonces Maxwell volvía a aparecer.
No siempre necesitaba estar físicamente en la habitación. A veces bastaba con recordar su voz junto a mi cama, tan serena como cuando descendía al sótano y se sentaba frente a las cadenas.
Si dices mi nombre, Caroline morirá.
La amenaza se había convertido en una presencia constante.
Estaba en el silencio de la habitación, en los pasos del pasillo, en cada llamada que Caroline recibía y en la tensión que se apoderaba de mi cuerpo cuando alguien se acercaba a la puerta.
Sabía que no podía seguir callando. También sabía que una sola palabra podía condenarla.
Aquella mañana, Whitmore estaba sentado frente a mí.
Había esperado a que el doctor Bennett autorizara una entrevista breve y no llevaba uniforme, solo un abrigo oscuro y una carpeta gruesa sobre las piernas.
Su expresión era seria, pero no había impaciencia en ella.
Caroline permanecía junto a la ventana, con los brazos cruzados sobre el pecho.
No se había sentado desde que el investigador entró.
Durante los últimos días también había comenzado a evitar la puerta, como si una parte de ella temiera ya quién podía aparecer al otro lado.
—No vamos a presionarlo —dijo Whitmore—. Solo necesito confirmar algunas cosas. Puede escribir o responder con la cabeza. Si quiere detenerse, lo hacemos.
Observé el cuaderno abierto sobre la bandeja. La página en blanco parecía exigir una decisión para la que mi cuerpo todavía no estaba preparado. Aun así, asentí.
—¿Fueron dos hombres?
Volví a asentir.
Whitmore anotó algo antes de continuar.
—¿Los conocía antes del secuestro?
Negué. La respuesta era cierta, aunque insuficiente. Yo no conocía a Maxwell. Él, en cambio, sabía dónde vivía, conocía mis horarios y había esperado el momento en que estaría solo. Llevaba mucho tiempo dentro de mi vida antes de que yo supiera su nombre.
—¿Ellos lo conocían a usted?
Asentí.
—¿Sabían quién era Caroline?
El miedo me cerró la garganta. Miré hacia ella.
Caroline había dejado de observar a Whitmore y mantenía los ojos fijos en mí, conteniendo el aire.
Quise negarlo. Quise ofrecerle al menos una respuesta que no la obligara a imaginarse presente en aquel sótano.
Pero Maxwell se había encargado de introducirla allí cada vez que pronunciaba su nombre, describía su ropa o repetía algo que ella le había contado creyéndose a salvo.
Asentí.
Caroline apartó la mirada. Whitmore esperó unos segundos antes de formular la siguiente pregunta.
—¿El secuestro estaba relacionado con ella?
Sostuve el bolígrafo. No tenía que escribir el nombre todavía. Podía detenerme en una respuesta y confiar en que Whitmore encontraría la forma de acercarse a la verdad sin exponerla. Deslicé la punta sobre el papel y tracé tres letras con lentitud.
SÍ
El dolor se extendió por mi brazo y la mano cayó sobre la sábana. Caroline se llevó los dedos a los labios.
—Andrew...
Whitmore levantó una mano, no para callarla, sino para pedirle tiempo.
—¿Uno de esos hombres sentía algo por Caroline?
La palabra sentía me produjo una rabia que no tuve fuerzas para expresar.
Maxwell no hablaba de ella como una persona capaz de elegir.
Hablaba de lo que necesitaba, de lo que merecía y del futuro que él había decidido construir para ambos.
Había convertido cada gesto de Caroline en una promesa que ella jamás hizo.
Asentí.
—¿Quería apartarlo de ella?
Volví a asentir.
—¿Lo mantuvo con vida para acercarse a Caroline?
El sótano regresó de golpe. Maxwell sentado frente a mí, describiendo conversaciones que no había presenciado.
Contándome cómo vestía Caroline, qué había comido y cuántas veces había llorado.
Asegurando que ya no me esperaba, que empezaba a confiar en él y que pronto comprendería que nunca me había necesitado.
Cerré los ojos y asentí una vez más.
Caroline dejó escapar un sonido ahogado.
—¿Alguien hizo todo esto para acercarse a mí?
Whitmore no apartó la mirada de mi rostro.
—Eso es lo que Andrew está confirmando.
—¿Y cree que sabe quién fue?
—Creo que está intentando decírnoslo.
Caroline miró el cuaderno y después volvió a mirarme.
—¿Por eso escribiste esas letras?
El corazón comenzó a golpearme con más fuerza. Whitmore frunció el ceño.
—¿Qué letras?
Ella dudó. Yo sabía que no intentaba ocultarle información al investigador; intentaba proteger la última explicación en la que todavía podía creer.
—M y A —respondió al fin—. Lo intentó más de una vez. La última fue cuando Maxwell llamó.
El nombre llenó la habitación. Cerré los dedos sobre la sábana y miré hacia la puerta. Nadie entró, pero el cuerpo no necesitaba verlo para recordar lo fácil que le había resultado acercarse a mi cama sin que nadie lo detuviera.
Whitmore abrió la carpeta de nuevo.
—¿Maxwell Sterling?
El monitor aceleró su ritmo.
—Andrew —continuó—, ¿conoce ese nombre?
No podía responder. Si asentía, Maxwell lo sabría.
Tal vez no de inmediato, pero lo descubriría.
Siempre descubría quién había llamado, quién había hecho una pregunta o cuánto conseguía recordar.
Había entrado al hospital, hablado con médicos y sostenido a Caroline delante de mí.
Las paredes y los policías no bastaban para que mi cuerpo entendiera que ya no podía alcanzarla.
Caroline se acercó a la cama.
—No tienes que protegerme tú solo.
La miré. Había comprendido una parte, pero no la cercanía real del peligro. Maxwell conocía nuestras casas, nuestras rutinas y a las personas que podían abrirle una puerta sin sospechar.
—Sé que tienes miedo —continuó—. Yo también. Pero no estás solo.
Negué. No porque no le creyera, sino porque no sabía cómo confiar todavía en una seguridad que Maxwell ya había atravesado.
Whitmore se puso de pie.
—Voy a reforzar la vigilancia de esta planta y a limitar las visitas. Nadie entrará sin autorización.
Caroline volvió la cabeza hacia él.
—¿Sospecha de Maxwell?
El investigador guardó silencio unos segundos.
—Todavía no tengo pruebas para acusarlo. Sí tengo una reacción que se repite cada vez que aparece su nombre y el testimonio de una víctima que está intentando comunicarse. No voy a ignorar ninguna de las dos cosas.
Caroline bajó la vista. Su expresión no mostraba sorpresa, sino el cansancio de quien llevaba horas intentando sostener dos verdades incompatibles.
—Maxwell estuvo conmigo todo este tiempo —dijo—. Ayudó a buscar a Andrew.
—Y también tuvo acceso a usted durante todo ese tiempo.
Ella cerró los ojos brevemente.
—Yo confié en él.
La frase salió quebrada. Sentí su dolor como si fuera otro golpe contra mi cuerpo.
Quise alcanzarla, decirle que Maxwell había construido cada mentira para que confiara, que nada de aquello demostraba que ella hubiera elegido el daño que él nos causó.
Solo pude mover la mano unos centímetros sobre la sábana.
Whitmore caminó hacia la puerta.
—Necesito hablar con el médico y organizar la seguridad. Volveré más tarde.
Antes de salir, se detuvo a mi lado.
—No tiene que escribir el nombre ahora. Pero, cuando pueda hacerlo, será importante que lo confirme.
La puerta se cerró detrás de él. Caroline permaneció de pie, mirando el espacio que había dejado vacío. Tomé el bolígrafo otra vez y escribí con la poca fuerza que me quedaba.
NO TU CULPA
Ella leyó la frase. Las lágrimas llenaron sus ojos.
—No sé si puedo creerlo.
Subrayé las palabras.
NO TU CULPA
Caroline se sentó junto a la cama.
—Lo dejé entrar. Le conté cosas que no le había contado a nadie.
Negué.
—Dormí con él.
Cerré los ojos. Maxwell ya se había asegurado de que lo supiera, pero escucharla pronunciarlo fue distinto.
Me dolió. Quise que no lo hiciera, porque reconocer ese dolor parecía acercarme demasiado a la culpa que ella sentía.
Sin embargo, una emoción no anulaba la otra.
Podía sentirme herido y saber que Maxwell la había conducido hasta una intimidad que ella nunca habría aceptado si hubiera conocido la verdad.
Cuando volví a mirarla, escribí:
ÉL MINTIÓ
Caroline contempló las letras durante varios segundos.
—¿Lo conoces? —preguntó—. ¿Estuvo en el sótano?
La mano comenzó a temblarme otra vez. Miré hacia la puerta.
—Maxwell no está aquí —dijo ella—. Whitmore dejó agentes afuera.
Quería creerle. Más que eso: necesitaba hacerlo. Apoyé la punta del bolígrafo sobre el papel y tracé una letra.
M
Caroline dejó de respirar.
A
El dolor me atravesó la muñeca. Para completar la tercera necesitaba dos líneas diagonales. La primera salió torcida; la punta rasgó el papel antes de que consiguiera terminarla. Volví a intentarlo.
MAX
El bolígrafo cayó de mi mano.
Tres letras. Ya no el comienzo de mamá , ni un error provocado por los medicamentos, ni una interpretación nacida del miedo. Caroline observó la palabra incompleta hasta que sus labios se movieron.
—Maxwell.
Cerré los ojos. El nombre había sido pronunciado y esta vez no existía forma de devolverlo al silencio.
La silla cayó cuando Caroline se levantó de golpe.
—No.
Intenté llamarla, pero solo conseguí expulsar un sonido áspero. Ella caminó hacia la puerta y yo golpeé la baranda con la mano sana.
—Necesito aire —dijo, deteniéndose—. No puedo respirar aquí.
La desesperación de su voz consiguió lo que el dolor no había logrado: me dejó inmóvil. Caroline abrió la puerta. Uno de los agentes estaba apostado en el pasillo.
—¿Se encuentra bien? —preguntó.
—Solo necesito ir al baño.
La vi alejarse y quise creer que volvería. Sin embargo, antes de desaparecer al final del pasillo sacó el teléfono. Supe a quién iba a buscar.
Caroline