La Tristeza en Mí Capítulo 36 La caja de cristal. #3
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Capítulo 36 La caja de cristal. #3

No pareció sorprendido. Me miró a mí, luego a la estantería desplazada, la caja de cristal, los pétalos secos y el abrecartas que sostenía.

Por último, observó el espacio vacío donde había estado el medallón.

Su expresión tardó unos segundos en cambiar.

Después cerró la puerta a su espalda con una calma que me asustó más que cualquier grito.

—Te pedí que confiaras en mí.

Levanté el abrecartas.

—No te acerques.

Maxwell observó la hoja y volvió a mirarme.

—No deberías haber venido sola.

No preguntó qué hacía allí. Tampoco fingió que no reconocía los objetos. La certeza con que habló me dio la única respuesta que aún no había encontrado escrita.

—Tú secuestraste a Andrew.

Dejó las llaves sobre el escritorio.

—Estás alterada.

—Encontré su medallón. Tiene sangre.

Su mirada descendió hacia el bolsillo de mi abrigo. Di un paso atrás.

—Puedo explicarlo —dijo.

Se me escapó una risa quebrada.

—¿También puedes explicar las fotografías, los horarios y las cosas que robaste de mi casa?

Maxwell miró las paredes ocultas. No vi vergüenza ni arrepentimiento en su rostro. Solo una tristeza serena, casi paciente.

—No quería que las vieras así.

—¿Cómo querías que las viera?

—Cuando estuvieras preparada.

El miedo se mezcló con una incredulidad tan profunda que por un instante olvidé el arma entre mis dedos.

—¿Preparada para descubrir que me vigilabas?

—Para comprender cuánto tiempo llevo amándote.

—Eso no es amor.

Su mandíbula se endureció.

—No digas eso.

—Me seguiste.

—Te protegí.

—Entraste en mi casa.

—Necesitaba asegurarme de que estabas bien.

—Robaste mis cosas.

—Guardé lo que tú olvidabas.

Lo miré con horror. No rechazaba ninguna acusación; cambiaba el nombre de cada acto hasta convertirlo en cuidado. Dio un paso y levanté de nuevo el abrecartas.

—No.

Se detuvo.

—Caroline, baja eso. Nunca te haría daño.

—Se lo hiciste a Andrew.

Algo cambió en sus ojos. No fue culpa, sino irritación.

—Tú no eres Andrew.

La frase confirmó lo que su silencio todavía intentaba esconder. Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—Dios mío.

Maxwell extendió una mano.

—Déjame explicarte.

—No quiero escucharte.

—Necesitas hacerlo.

—No necesito nada de ti.

Por primera vez, su control se quebró. Fue apenas una contracción en el rostro, pero vi el golpe que le produjeron mis palabras.

—Eso no es verdad.

—Todo fue una mentira: cada encuentro, cada vez que apareciste cuando yo estaba sola...

—Eso fue real.

—Lo planeaste.

—Esperé el momento adecuado.

La frase era la misma que había escrito junto a la fecha de la desaparición. Ya no quedaba nada que pudiera interpretar de otra manera.

—Eres un monstruo.

Maxwell cerró los ojos, como si la palabra lo hubiera herido de verdad. Cuando volvió a abrirlos, habló más bajo.

—Hice lo necesario.

—Lo encadenaste.

—Te di la oportunidad de ver quién era realmente.

—Casi lo mataste.

—No era mi intención.

—Entonces, ¿cuál era?

Me miró como si la respuesta fuera evidente.

—Liberarte.

Las lágrimas me ardieron en los ojos.

—Yo no necesitaba que me liberaras.

—No lo sabías. Ibas a casarte con él por costumbre.

—Iba a casarme con él porque lo amaba.

—Creías amarlo.

—Lo amo.

El rostro de Maxwell quedó inmóvil. El silencio se endureció entre ambos y comprendí que había pronunciado la única verdad que no podía incorporar a su historia. Cerró una mano y luego volvió a abrirla.

—Estás confundida. Acabas de descubrir demasiadas cosas.

—Estoy viendo con claridad por primera vez.

—Andrew te está manipulando. Siempre supo cómo hacerte sentir culpable. Te hizo esperar, te decepcionó...

—Andrew apenas puede hablar.

—Eso nunca le impidió conseguir que lo perdonaras.

—Detente.

—Lo hiciste durante años.

—¡Detente!

Mi grito llenó la habitación. Maxwell guardó silencio mientras yo intentaba recuperar el aire.

—No vuelvas a hablar de él como si lo conocieras.

—Lo conozco mejor de lo que crees.

—Porque lo torturaste.

—Porque me habló de ti.

Dejé de respirar. Maxwell pareció darse cuenta de que había dicho demasiado, pero ya no podía retirarlo.

—¿Qué te dijo?

No respondió.

—¿Qué te dijo Andrew?

Sostuvo mi mirada.

—Todo.

Imaginé a Andrew hablando para sobrevivir, contando recuerdos y pronunciando mi nombre en la oscuridad mientras Maxwell escuchaba cada confesión y aprendía a utilizarla para acercarse a mí.

No sabía qué le había dicho ni bajo qué amenazas.

La posibilidad de que Maxwell hubiera construido nuestra intimidad con palabras arrancadas durante el cautiverio volvió su presencia todavía más insoportable.

—Tú no me conoces —susurré.

—Te conozco mejor que nadie.

—Conoces lo que robaste.

Negó con la cabeza y dio otro paso.

—Conozco lo que escondes. Sé cuándo mientes y sé que todavía sientes algo por mí.

Retrocedí hasta chocar contra el escritorio.

—No.

—Por eso viniste sola. Podrías haber llamado a Whitmore, pero usaste mi llave.

Su voz se suavizó.

—Una parte de ti todavía sabía que este lugar era tuyo.

Entonces comprendí la forma en que funcionaba su mente.

Todo podía convertirse en una prueba de amor: el miedo, el rechazo, la huida e incluso el hecho de descubrir la colección que demostraba su obsesión.

No existía una realidad que Maxwell no pudiera deformar hasta colocarme en el lugar que había elegido para mí.

—Vine por la verdad. Ahora déjame ir.

Él me observó con atención.

—No puedes salir así.

—Apártate de la puerta.

—Estás alterada. Podrías hacer algo impulsivo.

—Como llamar a la policía.

Maxwell no respondió. En ese silencio vi la verdad: no pensaba dejarme marchar.

Apreté el abrecartas.

—Whitmore sabe que sospecho de ti.

Era una verdad incompleta. Sabía más que eso, pero Maxwell no tenía por qué conocer cuánto.

—Whitmore sabe muchas cosas —respondió.

—Sabe que Andrew escribió tu nombre.

—Andrew escribió tres letras.

—Y después lo confirmó.

La expresión de Maxwell se oscureció.

—¿Qué confirmó?

Supe que había cometido un error. No debía haberle contado que Andrew estaba en condiciones de responder preguntas. Maxwell avanzó.

—¿Pronunció mi nombre? ¿Asintió?

No dije nada, pero mi silencio bastó. Durante un segundo, la máscara cayó. No hubo ternura ni dolor, solo un odio frío dirigido a un hombre herido en una cama de hospital.

—No debió hacerlo.

Sentí miedo de verdad. No por mí, sino por Andrew.

—No vas a acercarte a él.

Maxwell volvió a mirarme. La suavidad regresó a su rostro, pero demasiado tarde. Yo ya había visto lo que había debajo.

—Todo esto puede arreglarse. Podemos irnos lejos de Salisbury, tú y yo.

—No existe un tú y yo.

Respiró hondo. Sostuve el abrecartas entre ambos.

—Se terminó.

Me miró con una tristeza profunda. No era la tristeza de alguien que comprendía el daño que había causado, sino la de un hombre al que estaban quitándole algo que consideraba suyo.

—No —dijo—. Todavía no.

Detrás de mí, la caja de cristal reflejaba nuestros cuerpos: yo, atrapada contra el escritorio; él, bloqueando la única salida.

Durante meses creí vivir dentro de algo transparente y hermoso, un amor delicado, un refugio construido para protegerme.

Ahora comprendía que nunca había sido un refugio. Había sido una vitrina.

Maxwell me había observado, estudiado y conservado como a todos los objetos de aquella habitación. La caja de cristal no estaba destinada a protegerme del mundo, sino a impedir que escapara.