Capítulo 32 El eslabón más débil. #3
—Varias cámaras no conservan grabaciones de más de cuarenta y ocho horas —respondió el detective responsable—. Estamos solicitando las que todavía existen.
—Comparen primero la hora, el modelo y esos cuatro caracteres con los vehículos vinculados a las personas que aparecieron en la investigación.
No aceptó la sugerencia de inmediato.
—Una coincidencia parcial no autoriza una detención.
—No. Pero puede indicarnos dónde buscar una prueba que sí lo haga.
Volví a la carpeta que había llevado conmigo. Contenía declaraciones de vecinos, trabajadores del mercado, empleados de la lavandería y personas que circulaban cerca de la calle donde las cámaras perdieron a Andrew nueve meses atrás.
También guardaba la anotación del mecánico que reparó un vehículo oscuro con una luz trasera dañada poco después de la desaparición. Aquel automóvil ya no aparecía en ningún registro reciente y el pago en efectivo no permitió identificar a su propietario. La pista había terminado allí.
Otra declaración antigua mencionaba a un hombre visto conduciendo cerca de la casa de Andrew durante las semanas previas. La entrevista posterior fue breve. No tenía antecedentes por delitos violentos, no mantenía una relación conocida con Andrew y su vínculo con Maxwell Sterling parecía distante.
Su nombre era Richard Hale.
Entonces no fue suficiente. Podía ser una coincidencia más dentro de una investigación llena de ellas.
Hasta que Andrew apareció.
El analista introdujo los caracteres visibles y añadió el color y el modelo aproximado. La lista se redujo, aunque todavía contenía demasiadas opciones.
—Busque el vehículo registrado actualmente a nombre de Richard Hale —dijo el detective.
Los datos aparecieron en la pantalla.
Marca.
Modelo.
Color.
Los cuatro caracteres visibles ocupaban las posiciones correctas de la matrícula.
Nadie habló durante unos segundos.
—Coincide —dije.
—Parcialmente —corrigió ella—. La imagen no permite confirmar la placa completa ni identificar al conductor.
Tenía razón. El video mostraba una silueta masculina, de cabello corto y complexión media. Podía ser Richard. También podía ser cualquier otro hombre conduciendo un automóvil parecido.
Pero las coincidencias comenzaban a formar una dirección.
El taller.
La relación con Maxwell.
Un vehículo registrado a su nombre en la carretera que conducía al lugar donde encontraron a Andrew.
—Solicitaremos las cámaras restantes y comprobaremos si el automóvil volvió a la ciudad —continuó la detective—. También verificaremos dónde se encuentra Hale antes de acercarnos. Si sospecha que lo buscamos, puede destruir lo que quede.
Cerré la carpeta.
Después de meses persiguiendo fragmentos, la prudencia resultaba insoportable. Aun así, comprendía el riesgo. Richard Hale no era todavía una respuesta.
Era la primera puerta capaz de abrirse.
Maxwell
Conduje sin música, con las manos firmes sobre el volante.
El enfrentamiento había confirmado lo que ya sospechaba: Richard tenía miedo, bebía demasiado, pensaba en Caroline y guardaba el teléfono como si fuera un seguro de vida. Mentía mal incluso cuando su supervivencia dependía de hacerlo bien.
Ya no era un cómplice.
Era una confesión esperando encontrar el momento adecuado.
Doblé hacia una calle secundaria. No sabía cuánto había descubierto Whitmore ni qué podían obtener las autoridades de la llamada. Tampoco sabía si alguna cámara había registrado el automóvil de Richard cerca del bosque.
No necesitaba conocer cada respuesta para comprender el peligro.
Andrew estaba vivo.
Caroline había comenzado a mirarme de otra manera.
Y Richard acababa de guardar el teléfono en lugar de entregármelo.
Revisé el espejo retrovisor. Nadie me seguía. Aun así, tomé una ruta más larga y cambié de dirección dos veces antes de regresar al centro.
Pensé en posibilidades.
Un accidente.
Una sobredosis.
Una desaparición.
Richard ya vivía rodeado de botellas, culpa y habitaciones pagadas por semana. Pocas personas cuestionarían demasiado una muerte desesperada. Debía parecer natural, silenciosa y lejana de Caroline.
No quería manchar los días que todavía podía conservar junto a ella.
Pero primero necesitaba saber si Richard había hablado.
Saqué el teléfono al detenerme frente a un semáforo y marqué su número.
No respondió.
Volví a llamar.
Nada.
La luz cambió. Guardé el teléfono.
La decisión se asentó dentro de mí con una serenidad absoluta.
Richard había dejado de ser útil.
Una persona inútil que conocía demasiados secretos no era un aliado.
Era una amenaza.
Aceleré.
No sabía que Richard acababa de escuchar la voz de Caroline. No sabía que una cámara había colocado su automóvil en la carretera del bosque ni que Whitmore había conseguido unir aquel vehículo con el nombre que llevaba meses siguiendo.
Todavía creía tener tiempo.
Pero, por primera vez desde que secuestré a Andrew, el peligro no estaba frente a mí.
Estaba a ambos lados.
La policía acercándose.
Richard quebrándose.
Y, en medio, una verdad demasiado grande para permanecer enterrada.
Mi punto más débil no era la obsesión que sentía por Caroline.
Era el hombre que primero compré y después amenacé para convertirlo en cómplice.