La Tristeza en Mí Capítulo 33 Ecos del sótano.
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Capítulo 33 Ecos del sótano.

Andrew

Comencé a recordar en sonidos.

No en imágenes completas ni en rostros.

Sonidos.

El roce del metal contra el suelo. Una puerta cerrándose sobre mi cabeza. Pasos descendiendo con lentitud. El goteo constante de una tubería. La respiración de alguien demasiado cerca.

A veces despertaba convencido de que seguía allí.

Abría los ojos y veía el techo blanco del hospital, pero mi cuerpo no lo creía. Las muñecas ardían, los tobillos se tensaban y el pecho se cerraba. Durante unos segundos, las máquinas, las luces y las voces de las enfermeras desaparecían. Todo volvía a convertirse en humedad, oscuridad y miedo.

Después veía a Caroline.

Llegaba temprano, aunque Adelaide insistía en que descansara, y se sentaba en la misma silla junto a mi cama. A veces leía sin pasar una sola página. Otras, sostenía mi mano y observaba los monitores como si temiera que alguien pudiera llevarme otra vez en cuanto apartara la mirada.

Yo quería decirle que se fuera.

No del hospital.

De Maxwell.

Pero cada intento de hablar terminaba en un sonido débil y áspero.

El doctor Bennett había explicado que el daño no parecía permanente, aunque la recuperación sería lenta.

Los golpes, la inflamación y el tiempo conectado a la ventilación habían reducido mi voz a fragmentos que apenas conseguían atravesar la garganta.

Caroline celebraba cada avance: la primera vez que logré beber agua sin ayuda, el momento en que sostuve un marcador sin que se deslizara de mis dedos y los segundos adicionales que conseguía permanecer despierto.

Para ella, todo era una señal de esperanza.

Para mí, cada día era una cuenta regresiva.

Maxwell no había vuelto a entrar en la habitación.

Escuché a Caroline pedirle a una enfermera que no permitiera su acceso y vi a Robert hablar con el personal de seguridad.

Aun así, su ausencia no me tranquilizaba.

Maxwell no necesitaba permanecer frente a mí para resultar peligroso.

Conocía la casa de Caroline, sus rutinas y la forma exacta de acercarse cuando ella tenía miedo.

También sabía esperar.

Aquella mañana desperté con una presión distinta en las muñecas. Habían retirado parte de los vendajes y dejado las heridas cubiertas solo por gasas más pequeñas. Los surcos rojizos e irregulares rodeaban la piel. Algunas cicatrices habían comenzado a cerrar; otras continuaban inflamadas.

Caroline las observaba cuando abrí los ojos.

Acercó los dedos, pero se detuvo antes de tocarme.

—¿Te duele?

Asentí.

Apartó la mirada. Sus labios se tensaron.

—El médico dijo que algunas marcas no van a desaparecer.

No me importaban las cicatrices. Podía aprender a vivir con ellas. Lo que no sabía era si conseguiría vivir con los recuerdos que despertaban cada vez que las veía.

Caroline tomó mi mano con cuidado.

—No quiero que pienses que tienes que ocultármelas.

La miré.

—No me importa cómo te veas —continuó—. Solo quisiera que nada de esto hubiera ocurrido.

Su pulgar rozó una zona de piel intacta. La culpa permanecía en su rostro como si cada herida pudiera convertirse en una acusación contra ella.

Quise decirle que no había nada que perdonar.

Quise decir demasiadas cosas.

El teléfono que descansaba sobre la mesa se iluminó y Caroline lo tomó enseguida. La rapidez del gesto me hizo tensarme, pero ella miró la pantalla y frunció el ceño.

—Nada —dijo—. Pensé que podía ser el número de anoche.

La observé con atención.

Caroline debió notar la pregunta en mi rostro.

—Alguien me llamó y no dijo nada. Devolví la llamada, pero no respondió. También envié un mensaje.

Mi cuerpo se quedó inmóvil.

Richard.

No podía saberlo. Podía tratarse de cualquier persona, una equivocación o alguien atraído por las noticias sobre mi aparición. Sin embargo, recordé el miedo de Richard, la forma en que evitaba mirarme cuando bajaba comida y el pulso que encontró en mi cuello antes de dejarme junto al sendero.

Si alguno de los dos era capaz de quebrarse, era él.

Señalé el cuaderno colocado sobre la bandeja.

—¿Quieres escribir?

Asentí.

Caroline acercó el cuaderno y puso el marcador entre mis dedos. La mano temblaba menos que el primer día, aunque cada letra seguía exigiendo una concentración absurda.

Escribí:

NO BORRES.

Leyó las palabras y miró el teléfono.

—¿La llamada?

Asentí.

—¿Crees que tiene relación con lo que pasó?

No podía afirmarlo. Tampoco quería que lo descartara.

Escribí una segunda palabra.

QUIZÁ.

Caroline abrió el historial y contempló el número durante unos segundos.

—Se lo mostraré a Whitmore.

El nombre me resultaba conocido. Había escuchado su voz grave fuera de la habitación, hablando con mis padres y con los agentes asignados a la planta. No era uno de los policías que participaron en las primeras búsquedas. Hacía preguntas distintas y no parecía conformarse con la primera respuesta.

—Vendrá mañana —añadió Caroline—. Solo si el médico lo permite. La policía también quiere hablar contigo, pero Adelaide pidió que esperaran hasta que puedas comunicarte sin agotarte.

Policía.

La amenaza de Maxwell volvió a instalarse dentro de mí.

Si dices mi nombre, si lo escribes o consigues que alguien comprenda que me conoces, Caroline morirá.

Miré la puerta.

Caroline siguió la dirección de mis ojos.

—Hay agentes en la entrada de la planta —dijo—. Y Maxwell no puede entrar.

No era suficiente.

Él había conseguido llegar hasta mi cama después de que le pidieran marcharse. Podía hacerlo otra vez. Podía esperar a Caroline fuera del hospital, interceptarla en el estacionamiento o presentarse en su casa con la misma voz tranquila que utilizaba antes de golpearme.

Ella se inclinó hacia mí.

—No voy a preguntarte su nombre —dijo—. Todavía no.

El cuidado con que eligió las últimas palabras confirmó que no había olvidado mi reacción.

Ni las primeras letras que intenté escribir.

Caroline bajó la mirada hacia mis muñecas.

—¿Fueron cadenas?

La pregunta abrió una puerta.

Vi el anillo de metal fijado al muro, los eslabones extendidos sobre el suelo y a Richard descendiendo con un plato. Detrás de él apareció Maxwell. No necesitaba verle el rostro. Reconocería sus pasos en cualquier lugar.

El monitor aceleró el ritmo.

Caroline retiró la mano.

—Está bien. No tienes que responder.

Respiré por la nariz.

Lento.

Como me habían enseñado las enfermeras.

Cuando el sótano retrocedió lo suficiente, volví a tomar el marcador.

Escribí:

DOS.

Caroline leyó sin moverse.

—¿Había dos personas?

Asentí.

—¿Los dos te mantuvieron allí?

Volví a asentir.

Richard podía haberme dejado visible en el bosque. Podía haber limpiado mis heridas algunas veces y traído medicamentos cuando temía que muriera. Nada de eso borraba los meses en que bajó comida, escuchó las cadenas y regresó a cerrar la puerta.

Los dos eran responsables.

De maneras diferentes.

Caroline acercó el cuaderno.

—¿Puedes decirme algo sobre ellos sin escribir sus nombres?

Apreté el marcador.

Era peligroso.

También era la única forma de construir un camino que ella pudiera seguir sin que Maxwell comprendiera cuánto sabía.

Escribí despacio:

UNO TENÍA MIEDO.

Caroline leyó en silencio.

—¿De ti?

Negué.

—¿Del otro?

Asentí.

Richard siempre había tenido miedo de Maxwell, incluso cuando obedecía, incluso cuando fingía no oír los gritos y aun cuando intentaba convencerme de que no podía ayudarme.

—Entonces uno de ellos no quería hacerlo —murmuró Caroline.

La rabia llegó con tanta rapidez que negué con fuerza. El movimiento me provocó una punzada en la cabeza.

—Está bien —dijo, levantando una mano—. No estoy justificándolo.

Escribí otra palabra y subrayé las letras.

AYUDÓ.

Después añadí:

ELIGIÓ.

Caroline asintió lentamente.

—Los dos eligieron.

Apoyé la cabeza contra la almohada. Cada frase escrita consumía una cantidad de energía que mi cuerpo todavía no tenía.

Caroline quiso cerrar el cuaderno, pero puse una mano sobre la página.

Faltaba algo.

Algo que necesitaba saber antes de mirar a Maxwell otra vez.

Escribí:

SABÍAN DE TI.

Su respiración se detuvo.

—¿Conocían mi nombre?

Asentí.

—¿Antes de llevarte?

No sabía cuánto conocía Richard al principio. Maxwell, en cambio, había construido el secuestro alrededor de ella.

Volví a asentir.

El color abandonó el rostro de Caroline.

—¿Te eligieron por mí?

La culpa apareció antes de que pudiera evitarlo. Estaba en sus ojos, en la rigidez de sus hombros y en la mano que se cerró alrededor de la cadena bajo su blusa.

Tomé el marcador.

NO TU CULPA.

Una lágrima cayó sobre la hoja.

—Eso no responde.

Sostuve su mirada.

Caroline comprendió.

Se llevó una mano a la boca.

—Dios mío.

Escribí otra vez:

NO SABÍAS.

—¿Te hablaban de mí?

La memoria regresó con la voz de Maxwell.

Hoy llevaba un vestido azul.

Almorzó cerca de la plaza.

Ha comenzado a confiar en mí.

Me había descrito su ropa, los lugares donde Caroline comía y la forma en que se recogía el cabello. Me contaba cada pequeño avance como si necesitara que yo fuera testigo de mi propia sustitución.

Solté el marcador.

La respiración comenzó a acelerarse.

—No importa —dijo Caroline rápidamente—. No sigas.

Cerré los ojos.

El olor del hospital desapareció. La humedad volvió a adherirse a mi piel.

—Está donde debería haber estado siempre —susurró Maxwell dentro del recuerdo.

Las cadenas se tensaron alrededor de mis muñecas.

—Andrew.

Caroline me apretó la mano.

—Mírame. Estás en el hospital. Estoy aquí.

Su voz atravesó la oscuridad.

Abrí los ojos.

No había sótano ni cadenas.

Solo Caroline.

Una enfermera entró, comprobó el monitor y esperó hasta que mi respiración comenzó a normalizarse. Explicó que había sufrido una crisis de ansiedad y ajustó la entrada de oxígeno.

—¿Debo irme? —preguntó Caroline.

—No. Háblele con calma, pero no continúe con las preguntas.

Caroline permaneció junto a mí hasta que el pulso descendió. Durante varios minutos ninguno intentó escribir ni hablar.

Después miró las marcas de mis muñecas y bajó los ojos hacia los tobillos, todavía vendados.

—No puedo imaginar cuánto tiempo estuviste así.

No sabía la respuesta.

Semanas.

Meses.

En el sótano, el tiempo no existía.

Escribí una sola palabra:

SIEMPRE.

Caroline cerró los ojos.

—Lo siento.

Negué.

—Debí encontrarte.

Volví a negar.

—Debí saber que estabas vivo.

Tomé el marcador.

NO PODÍAS.

—Dejé de buscar.

La miré.

—No por completo —añadió—. Pero dejé de creer que volverías.

Escribí:

VIVISTE.

Caroline leyó la palabra.

—No sé si lo hice.

Quise preguntarle qué significaba, pero el teléfono vibró sobre la mesa.

Caroline se sobresaltó.

Miró la pantalla y su expresión cambió. No con la suavidad automática que Maxwell había descrito en el sótano. Esta vez apareció cautela.

—Es él —dijo.

No necesitó pronunciar el nombre.

Mi cuerpo ya lo conocía.

El monitor aceleró. El aire dejó de entrar con normalidad y la habitación pareció reducirse alrededor de la pantalla iluminada.

Caroline levantó el teléfono, pero no abrió el mensaje.

—Andrew, mírame.

No pude.

La fotografía junto al nombre ocupaba una parte mínima de la pantalla. Maxwell sonreía, vestido con una camisa clara. Parecía tranquilo.

Normal.

Vi sus zapatos descendiendo por la escalera. Sus manos sujetando la cadena. La sangre sobre sus nudillos. Su rostro inclinado sobre mi cama mientras prometía llevarse a Caroline.

Intenté apartarme. La baranda detuvo mi brazo.

Caroline dejó el teléfono boca arriba sobre la mesa y tomó mi mano.

—No voy a contestarle.

Señalé el cuaderno.

—La enfermera dijo que no siguiéramos.

Insistí.

Caroline acercó la bandeja.

Sostuve el marcador. La mano temblaba tanto que la primera línea salió torcida.

M.

Caroline contuvo la respiración.

La segunda letra fue más difícil.

A.

El teléfono vibró otra vez.

El nombre de Maxwell iluminó la pantalla junto a las letras.

M.

A.

Caroline miró el cuaderno. Después el teléfono. Finalmente volvió a mirarme.

—La otra vez —susurró—. No querías escribir «mamá».

El terror me impidió responder.

Ella tomó el teléfono y lo puso boca abajo.

—Intentabas escribir su nombre.

Miré la puerta.

Esperaba verlo entrar. Esperaba la sonrisa, la mano sobre el hombro de Caroline y la voz recordándome que podía alcanzarla.

No apareció nadie.

Caroline acercó su silla a la cama.

—¿Maxwell era uno de ellos?

No asentí.

No negué.

No pude escribir.

El miedo fue la única respuesta que conseguí darle.

Permaneció inmóvil. Sus ojos descendieron hacia las vendas de mis muñecas y regresaron al teléfono vuelto sobre la mesa.

Por primera vez, no intentó tranquilizarme diciendo que estaba confundido.

Tampoco defendió al hombre que la había acompañado durante mi ausencia.

Se limitó a sostener mi mano mientras todo lo que creía conocer comenzaba a cambiar de forma.

El teléfono volvió a vibrar.

Esta vez Caroline no lo miró.

Yo tampoco.

Entre los dos permanecieron el cuaderno abierto, las letras incompletas y una verdad que ninguno se atrevía todavía a pronunciar.