La Tristeza en Mí Capítulo 32 El eslabón más débil. #2
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Capítulo 32 El eslabón más débil. #2

Apreté la botella.

—Me amenazaste.

—No la primera vez.

La verdad cayó entre nosotros con una precisión brutal. Maxwell no necesitaba inventarla. Yo había aceptado, conducido y cobrado. La culpa no pertenecía únicamente al hombre que tenía delante.

Eso era lo que siempre utilizaba. No decía que yo fuera inocente. Me recordaba que no lo era.

—No pienso entregarme —dije.

—Entonces deja de actuar como si fueras a hacerlo.

—Solo quiero salir.

—Ya te expliqué que no puedes.

—Tú no pasaste meses escuchándolo gritar.

Maxwell no cambió de expresión.

—Yo estaba allí.

—A ti te gustaba.

—No seas ridículo.

—Te gustaba verlo sufrir porque era la única manera de sentir que Caroline te pertenecía.

Maxwell avanzó.

Lancé la botella.

No apunté bien. Pasó junto a su hombro y se estrelló contra la pared. El vidrio se rompió.

Durante un segundo ninguno se movió.

Después me golpeó.

El puño alcanzó mi rostro y el dolor explotó junto al ojo. Caí contra la mesa, arrastrando botellas y papeles. Intenté levantarme, pero Maxwell me tomó por el cabello y me empujó contra el suelo.

—Te dije que no hicieras ruido.

Pateé hacia atrás. Alcancé su pierna y perdió el equilibrio apenas un instante. Fue suficiente para arrastrarme hasta la cocina y buscar el cuchillo.

Maxwell llegó antes.

Me sujetó la muñeca y la golpeó contra el borde del fregadero. El cuchillo cayó. Grité.

Me empujó contra la encimera.

—¿Quieres que te recuerde cómo terminan las personas que me amenazan?

Su voz seguía siendo baja. Eso hizo que el miedo se volviera insoportable.

—Suéltame.

—¿Vas a hablar con la policía?

—No.

Dobló mi brazo.

—No te creo.

—No voy a hablar.

—¿Vas a llamar a Caroline?

—No.

El dolor aumentó.

—Júralo.

—Lo juro.

Maxwell acercó la boca a mi oído.

—Si Caroline recibe una llamada tuya, sabré que fuiste tú.

Respiré con dificultad.

—Hay otras personas que pueden llamarla.

—No para confesar un secuestro.

Cerré los ojos.

Maxwell me soltó y se apartó como si nada hubiera ocurrido. Permanecí inclinado sobre el fregadero, con la muñeca palpitando y el sabor de la sangre sobre los labios.

—Recoge tus cosas —repitió.

Me volví.

—No voy contigo.

Recogió el cuchillo del suelo y lo observó.

—Entonces quédate.

La facilidad con que aceptó me asustó más que la violencia.

—¿Qué?

—Bebe, espera y sigue mirando por la ventana. Cuando la policía llegue, intenta explicar por qué tu automóvil aparece en la ruta del bosque.

—Dijiste que no sabías si tenían la matrícula.

—No lo sé.

—Estás mintiendo.

Maxwell sonrió.

—Quizá.

Dejó el cuchillo sobre la encimera y se colocó los guantes.

—Maxwell.

Se detuvo junto a la puerta.

—Necesito dinero.

—Todos necesitamos algo.

—Te ayudé.

Giró la cabeza.

—Y por eso sigues vivo.

Abrió la puerta.

—Por ahora.

Escuché sus pasos alejándose por el pasillo, después el ascensor y finalmente nada.

Permanecí inmóvil durante varios minutos.

Por ahora.

Maxwell ya no intentaba ocultarlo. Yo era un problema.

Y Maxwell resolvía problemas.

Me acerqué a la ventana y separé la cortina. Lo vi salir del edificio, cruzar la calle y subir a un automóvil gris. No miró hacia arriba.

Memoricé la matrícula.

Después me obligué a anotarla en el reverso de un recibo.

No sabía si aquel vehículo estaba a su nombre, si era alquilado o si pertenecía a otra persona. Aun así, necesitaba algo: una prueba, una defensa o un arma que no tuviera que sostener con las manos.

Maxwell encendió el motor y se marchó.

Dejé caer la cortina y regresé a la mesa. Tomé el teléfono.

Había conseguido el número de Caroline meses atrás, cuando Maxwell me pidió revisar un registro de llamadas. Nunca la había contactado. Su fotografía aparecía junto al nombre: sonreía en un jardín, ajena a que dos desconocidos ya habían comenzado a decidir su vida.

Andrew habló de ella durante el encierro. Al principio para suplicar. Después para mantenerse cuerdo. Contaba cómo se conocieron, que ella odiaba el café demasiado dulce y que se dormía durante las películas, aunque insistía en terminarlas al día siguiente.

Yo fingía no escuchar.

Ahora conocía a Caroline sin haberla visto nunca. Sabía cuánto la amaba Andrew y lo que Maxwell estaba dispuesto a hacer para poseerla.

Escribí:

Necesito hablar contigo sobre Andrew.

Observé el mensaje. No lo envié.

Borré el nombre de Andrew y escribí otra frase.

Maxwell no es quien crees.

Las manos comenzaron a temblarme.

Podía enviarla. Caroline quizá la leería, preguntaría quién era y acudiría a la policía.

Maxwell sabría que había sido yo.

Imaginé la puerta abriéndose de nuevo. El cuchillo. La calma.

Por ahora.

Borré el mensaje y presioné el icono de llamada.

El teléfono comenzó a sonar.

Una vez.

Dos.

Al tercer tono, alguien respondió.

—¿Hola?

La voz de Caroline.

Dejé de respirar.

—¿Hola? ¿Quién habla?

Podía decirlo.

Maxwell secuestró a Andrew.

Yo lo ayudé.

Estás en peligro.

Las palabras estaban allí.

Pero también el miedo.

—¿Hay alguien?

Cerré los ojos y corté.

La pantalla volvió a iluminarse casi de inmediato. Caroline estaba devolviendo la llamada. Observé su nombre hasta que el sonido terminó.

Después llegó un mensaje.

¿Quién eres?

Escribí una respuesta.

Lo siento.

No la envié.

Apagué el teléfono y me senté en el suelo, rodeado de vidrio roto. Había tenido la verdad en la boca y no conseguí entregársela.

Otra vez, el miedo había elegido por mí.

Whitmore

La imagen granulada mostraba una carretera húmeda, la hora en una esquina y un automóvil pasando durante la madrugada.

La policía había recuperado las grabaciones después de encontrar a Andrew. Su aparición en el bosque convirtió aquel tramo de carretera en una ruta posible y devolvió urgencia a preguntas que, durante meses, habían dependido solo de mi insistencia.

Yo no dirigía la investigación oficial ni tenía acceso libre a sus pruebas.

Sin embargo, había entregado mis notas, las declaraciones obtenidas por mi cuenta y el nombre del taller que reparó aquel primer vehículo oscuro.

Por primera vez, la policía estaba dispuesta a colocar mis hallazgos junto a los suyos.

El analista hizo retroceder el video cuadro por cuadro. El automóvil apareció apenas unos segundos antes de salir del ángulo de la cámara.

—Deténgalo ahí —pedí.

Congeló la imagen.

Me incliné hacia la pantalla. La matrícula estaba cubierta de barro, pero no por completo. Cuatro caracteres podían distinguirse con cierto margen de error: dos letras y dos números.

No bastaban para identificar un vehículo.

Sí para reducir una búsqueda.

—¿Tienen imágenes de las gasolineras o los accesos anteriores? —pregunté.