La Tristeza en Mí Capítulo 32 El eslabón más débil.
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Capítulo 32 El eslabón más débil.

Richard

Llevaba dos noches sin dormir.

El apartamento olía a humedad, alcohol rancio y encierro.

Las cortinas permanecían cerradas desde que llegué, aunque la tela barata no conseguía impedir que la luz gris de Salisbury se filtrara por los bordes.

Había botellas vacías sobre la mesa, dos en el suelo y otra junto al colchón donde había intentado descansar.

Cada vez que cerraba los ojos veía a Andrew tendido entre los árboles.

La sangre mezclándose con la lluvia.

El rostro inmóvil.

Después recordaba el momento en que acerqué los dedos a su cuello y encontré un pulso tan débil que pude fingir que lo había imaginado. Lo dejé junto al sendero porque quería que alguien lo encontrara. No por valentía ni por bondad. Lo hice porque no fui capaz de cargar también con su muerte.

Ahora estaba vivo.

La noticia había aparecido en todos los canales.

Mostraban el bosque, la ambulancia y una fotografía antigua de Andrew sonriendo junto a Caroline.

Yo observé la pantalla hasta que dijeron que continuaba en estado grave.

Después la apagué y bebí hasta que el amanecer volvió a colarse por las cortinas.

Me levanté del sofá y me acerqué a la ventana. Separé la tela apenas unos centímetros.

La calle parecía vacía: un automóvil estacionado, una mujer paseando a un perro y un hombre esperando junto a la parada de autobús. Cualquiera podía ser policía. Cualquiera podía haberme reconocido.

Cerré la cortina.

El teléfono estaba sobre la mesa. Tenía seis llamadas perdidas.

Todas de Maxwell.

No quería contestar, pero tampoco podía ignorarlo para siempre. Maxwell odiaba perder el control y, durante las últimas horas, yo había comenzado a convertirme en algo que ya no podía controlar.

Tomé una botella. Estaba vacía. La lancé contra la pared, pero el vidrio no se rompió; cayó sobre la alfombra con un golpe seco.

—Maldita sea.

Me llevé ambas manos al rostro.

Había pasado meses diciéndome que no era como él. Que solo había conducido. Que nunca quise que Andrew muriera. Que, si hubiera sabido hasta dónde llegaría todo, habría detenido el automóvil aquella primera noche.

Pero lo supe.

No desde el principio.

Sí después.

La primera vez que vi las marcas alrededor de sus muñecas. La primera vez que escuché sus gritos atravesar el suelo. La primera vez que bajé comida y encontré sangre junto a la pared.

Lo supe y seguí regresando.

Porque Maxwell pagaba. Porque amenazaba. Porque siempre conseguía que todo pareciera irreversible.

Ya estás involucrado.

La policía no creerá que eres inocente.

Si caigo yo, caes conmigo.

Permití que aquellas frases se convirtieran en cadenas porque eran más fáciles de soportar que la verdad: la primera vez no tuvo que obligarme.

Ahora Andrew estaba vivo y las cadenas ya no se encontraban bajo tierra. Las sentía alrededor de mi propio cuello.

El teléfono vibró.

Esta vez era un mensaje.

Necesitamos hablar.

Lo leí y dejé el aparato boca abajo. Unos segundos después volvió a vibrar.

Sé dónde estás.

El corazón me golpeó con fuerza. Miré la puerta.

Había colocado una silla bajo el picaporte, aunque sabía que no serviría de mucho.

Maxwell había conseguido aquel apartamento y pagado la primera semana.

Si había conservado una copia de la llave, no sería distinto a él.

Guardaba copias de casas, automóviles y cajas.

Su vida estaba construida sobre la necesidad de entrar en lugares donde nadie lo había invitado.

Busqué mi chaqueta. Podía marcharme antes de que llegara. Tomar un tren, llegar a Londres y después encontrar la forma de salir del país.

Pero necesitaba dinero.

Había gastado casi todo lo que Maxwell me dio en alquileres temporales, comida, gasolina, alcohol y mentiras. Abrí la billetera.

Treinta y siete libras.

No llegaría lejos.

El teléfono vibró otra vez.

Abre la puerta.

Tres golpes sonaron desde el pasillo. No fueron fuertes ni impacientes.

Fueron peores.

Precavidos.

—Richard —dijo Maxwell al otro lado—. Sé que estás ahí.

Miré la ventana. Tercer piso. Demasiado alto.

—Vete.

No respondió. La llave giró en la cerradura y la silla raspó el suelo cuando la puerta intentó abrirse.

—Quita eso.

—No.

—No me obligues a hacer ruido.

Observé la cocina. Había un cuchillo sobre el fregadero. Podía tomarlo. Maxwell quizá no esperaba resistencia.

Sin embargo, yo conocía la diferencia entre imaginar que podía usar un arma y hacerlo de verdad.

No era Maxwell.

La puerta se abrió unos centímetros. La silla volvió a desplazarse.

—Última oportunidad.

Retiré la silla.

Maxwell entró con un abrigo oscuro y guantes de cuero. Tenía el cabello húmedo por la llovizna y la mano derecha parecía más rígida dentro del guante. No se veía como un hombre cuya víctima acababa de despertar en un hospital. Tampoco como alguien que había intentado matar con sus propias manos.

Parecía tranquilo.

Eso fue lo que más me asustó.

Cerró la puerta y miró las botellas, el colchón y las manchas de humedad sobre las paredes.

—Elegiste un lugar miserable para esconderte.

—No estoy escondiéndome.

—Entonces abre las cortinas.

No respondí.

Maxwell caminó hacia la mesa y levantó una botella vacía.

—¿Cuánto has bebido?

—No viniste a darme consejos.

—No. Vine porque huiste.

—Andrew está vivo.

Su mano se detuvo. No había sorpresa en su expresión.

—Lo sé.

—¿Cómo?

—Estuve en el hospital.

Sentí que el estómago se cerraba.

—¿Qué hiciste?

—Caroline me necesitaba.

—¿Entraste sabiendo que Andrew podía despertar?

—Despertó.

Retrocedí.

—¿Habló?

—No puede.

La respuesta fue demasiado rápida. Demasiado segura.

—¿Cómo lo sabes?

Maxwell sonrió apenas.

—Porque lo intentó.

Observé su rostro.

—Lo amenazaste.

Se quitó los guantes con calma. La venda blanca alrededor de sus nudillos apareció debajo del cuero.

—Le expliqué la situación.

—En un hospital.

—No había nadie con él.

—Caroline podía entrar.

—No entró hasta que terminé.

Una oleada de náuseas me obligó a apoyar una mano sobre la mesa. Maxwell se comportaba como si todo siguiera bajo control. Como si el bosque no hubiera cambiado nada y Andrew no estuviera vivo.

—Tenemos que irnos.

—Tú tienes que dejar de llamar la atención.

La diferencia me hizo levantar la mirada.

—Necesito dinero.

—Ya te di suficiente.

—No alcanza.

—Ese no es mi problema.

—Es nuestro problema.

Maxwell dejó los guantes sobre la mesa.

—No existe un nosotros.

Solté una risa nerviosa.

—Qué conveniente. Conduje, llevé comida, compré medicamentos y limpié las heridas que tú dejabas.

—Con mi dinero.

—Ayudé a mantenerlo vivo.

Maxwell me miró con desprecio.

—También lo dejaste encontrar un teléfono y lo abandonaste donde podían rescatarlo.

Me quedé inmóvil.

—Tú dijiste que estaba muerto.

—Y tú elegiste no comprobarlo.

—Respiraba.

La palabra salió antes de que pudiera detenerla.

Maxwell entornó los ojos.

—Lo sabías.

No respondí.

—Lo dejaste visible a propósito.

—No iba a enterrarlo vivo.

—No te correspondía decidir.

La frialdad de aquella frase consiguió algo que los golpes nunca habían logrado. Por primera vez, no vi solo al hombre que podía destruirme. Vi con claridad el lugar que había ocupado junto a él.

—Me voy —dije—. Con tu ayuda o sin ella.

—No puedes.

—Sí puedo.

—No tienes dinero, documentos ni un lugar adonde ir. Además, la llamada de Andrew confirmó que había otro hombre con él.

—No saben que era yo.

—Todavía no. El teléfono no estaba registrado a tu nombre y la ubicación solo redujo la búsqueda a un sector demasiado amplio. Pero la operadora oyó mi voz y el sonido de las cadenas. Ahora saben que no actuó una sola persona.

Maxwell se acercó.

—Y usaste tu automóvil para llevarlo al bosque.

—Dijiste que no había cámaras.

—No las había junto al sendero. Sí en las carreteras.

Lo miré fijamente.

—¿Tienen mi matrícula?

—No lo sé.

—¿No lo sabes?

—Por eso no conviene que huyas. Una persona que desaparece justo cuando encuentran a Andrew parece culpable incluso antes de que tengan una prueba.

Sentí que la rabia superaba brevemente al miedo.

—Vienes a decirme que la policía puede tener mi matrícula y esperas que me quede quieto.

—Espero que no hagas nada estúpido.

—Consígueme documentos.

—No.

—Maxwell.

—Te reconocerán en una estación, un aeropuerto o un puerto.

—Entonces dame suficiente para no usarlos.

—No tengo tiempo para resolver tu vida.

—Pero sí para meterte en el hospital.

—Caroline es importante.

—¿Y yo no?

La pregunta escapó antes de que pudiera contenerla.

Maxwell me observó con una expresión casi curiosa.

—Tú eras útil.

El pasado dentro de la frase abrió un vacío entre los dos.

Ya no era útil.

Y las personas inútiles no permanecían mucho tiempo cerca de Maxwell.

—Puedo destruir el automóvil —dije.

—Demasiado tarde.

—Puedo limpiar la casa.

—Ya lo hice.

—Puedo vigilar el hospital.

—No te acercarás a Caroline.

—No dije que fuera a hablarle.

Maxwell permaneció en silencio.

Había respondido demasiado deprisa.

—Dame el teléfono.

—¿Por qué?

—Contiene nuestras conversaciones.

—También contiene las tuyas.

Extendió la mano.

—Dámelo.

Retrocedí y guardé el aparato en el bolsillo.

—No.

—La policía puede usarlo contra los dos.

—También puede protegerme.

La frase quedó suspendida entre nosotros.

Maxwell bajó lentamente la mano.

—¿Protegerte de quién?

No respondí.

—¿De mí?

—De todos.

—No hay nadie más aquí.

—Ese es el problema.

Sonrió, pero no había humor en el gesto.

—Estás asustado.

—Claro que estoy asustado. Andrew está vivo, la policía volvió a buscar y tú actúas como si pudieras borrar a cualquiera que recuerde lo ocurrido.

—El miedo vuelve imprudente a la gente.

—Y a ti la calma te hace creer que todavía mandas.

La mirada de Maxwell se endureció.

Tomé la botella vacía de la mesa y la sostuve frente a mí.

—No te acerques.

—Baja eso.

—No voy a subir a un automóvil contigo.

Maxwell observó la botella y después mi rostro.

—Crees que voy a matarte.

No contesté.

—Después de todo lo que hice por ti.

—Me convertiste en cómplice de secuestro.

—Aceptaste.

—Dijiste que solo querías asustarlo.

—Y elegiste creerlo.

—Dijiste que sería una noche.

—También elegiste quedarte la segunda.