Capítulo 30 El rostro en la camilla. #2
Asentí. Antes de volverme, Maxwell levantó una mano hacia mi rostro, pero se detuvo sin tocarme.
—No estás sola —dijo.
Horas atrás aquellas palabras me habrían consolado.
Esta vez me parecieron una promesa que yo no había pedido.
Entré en la habitación.
Adelaide estaba inclinada sobre Andrew y le acariciaba el cabello evitando los vendajes. Robert permanecía al otro lado de la camilla, con una mano apoyada sobre la baranda.
—Estamos aquí —repetía Adelaide—. Tu padre y yo estamos aquí.
En su voz Andrew volvía a ser un niño capaz de correr hacia ella cuando tenía miedo. No el hombre que se reía mientras quemaba el desayuno, que no podía permanecer quieto durante una película y que había planeado una boda conmigo.
Me acerqué al pie de la cama.
Su rostro continuaba hinchado por los golpes. Reconocí el arco de sus cejas, una pequeña cicatriz junto a la oreja y la curva de los labios bajo el tubo. Eran fragmentos de Andrew atrapados dentro de un rostro que parecía pertenecer a otro hombre.
El rostro en la camilla.
Durante nueve meses había pedido encontrarlo de cualquier forma. Ahora comprendía que nunca imaginé el precio de aquella súplica.
Recordé la última mañana en que lo vi sano.
Se había quejado porque yo quería repasar otra vez la lista de invitados y después terminó añadiendo tres nombres que ambos habíamos olvidado.
Había salido con prisa, prometiendo que regresaríamos a discutir los manteles y que, esta vez, fingiría interesarse en las diecisiete tonalidades que yo insistía en distinguir.
Yo no sabía que estaba memorizando su voz antes de perderla.
El hombre de aquel recuerdo y el de la camilla parecían separados por una distancia imposible. Aun así, cuando rodeé su mano con la mía, reconocí la forma de sus dedos.
Adelaide levantó los ojos hacia mí.
—Ven.
Me hizo espacio junto a la cama. Tomé la mano de Andrew con cuidado y busqué el anillo debajo de mi blusa con la otra. El metal parecía unir dos tiempos que ya no encajaban entre sí.
—Soy Caroline —susurré—. Tus padres están aquí. Estás en el hospital y nadie volverá a llevarte.
No sabía si podía oírme. Aun así, continué.
—No tienes que despertar de inmediato. Solo sigue respirando.
Robert se volvió hacia la ventana. Sus hombros se movieron una vez. Fue el único indicio de que estaba llorando.
Adelaide besó la frente de su hijo.
—Te encontramos —dijo.
La frase me atravesó. No habíamos sido nosotros quienes lo encontramos. Habían sido dos desconocidos en un sendero, después de que alguien lo abandonara bajo la lluvia.
—Alguien tuvo que dejarlo allí —murmuré.
Robert volvió el rostro.
—Y voy a averiguar quién.
No lo dijo con rabia. Lo dijo con una calma más fría que cualquier amenaza.
El teléfono vibró dentro de su bolsillo. Miró la pantalla y salió al pasillo para responder. Alcancé a ver cómo se alejaba varios pasos antes de llevarse el aparato al oído.
Adelaide no pareció notarlo. Continuaba hablándole a Andrew, enumerando recuerdos pequeños: el día que aprendió a andar en bicicleta, la vez que escondió un perro en su dormitorio y todas las mañanas en que fingía estar enfermo para no ir a la escuela.
Escucharla devolvía capas de vida al cuerpo inmóvil.
Me habló de una fiebre que tuvo a los seis años y de cómo se negó a dormir hasta que Robert llevó un colchón al suelo de su dormitorio.
Robert la corrigió sin volverse: Andrew tenía siete y el colchón había permanecido allí una semana.
Durante un instante discutieron como los padres que habían sido antes de aquel hospital.
La normalidad duró apenas unos segundos.
Después Adelaide volvió a contemplar las heridas de su hijo y se quedó sin voz.
Cuando Robert regresó, Maxwell todavía permanecía en el pasillo.
No se había marchado.
Estaba sentado frente a la habitación, con los codos sobre las rodillas y las manos unidas. La venda destacaba sobre sus nudillos. Al verme a través del vidrio, se puso de pie.
Una decepción difícil de nombrar se instaló dentro de mí.
Le había pedido espacio. Maxwell había dicho que entendía. Sin embargo, seguía allí.
El doctor Bennett entró para revisar una de las pantallas y anunció que necesitaban ajustar la medicación. Adelaide se negó a salir hasta que una enfermera le aseguró que podía volver pocos minutos después.
Nos dirigimos hacia la puerta. Maxwell se acercó cuando cruzamos al pasillo.
—Solo quería asegurarme de que estabas bien —dijo.
—Te pedí que te fueras.
—Dijiste que querías quedarte con ellos. No que no pudiera esperar aquí.
La precisión de su respuesta me dejó inmóvil.
No había desobedecido mis palabras.
Había encontrado el espacio exacto entre ellas.
Robert observó a Maxwell con atención. Adelaide parecía demasiado agotada para comprender la tensión.
—¿Usted es Maxwell? —preguntó Robert.
—Sí.
—Caroline nos ha hablado de usted.
Maxwell miró hacia mí.
—Espero que cosas buenas.
Robert no sonrió.
—Dijo que estuvo a su lado cuando nosotros no sabíamos cómo ayudarla.
—No quería que estuviera sola.
—A veces acompañar también significa saber cuándo apartarse.
Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.
Maxwell bajó la cabeza, fingiendo aceptar el límite con una humildad que ya no me pareció completamente natural.
—Tiene razón. Me marcharé.
Se volvió hacia mí.
—Llámame cuando estés preparada.
No esperó una respuesta. Antes de que pudiera alejarse, la puerta de la habitación se abrió para dejar salir a una enfermera. Maxwell quedó frente al umbral y miró hacia Andrew.
—Me alegra que haya sobrevivido —dijo.
La frase sonó correcta.
Su voz también.
Dentro de la habitación, el monitor cardíaco aceleró el ritmo.
Los cuatro volvimos la mirada. La mano de Andrew se tensó sobre la sábana y sus dedos se cerraron lentamente.
—Andrew —dijo Adelaide, acercándose al vidrio.
El doctor Bennett observó la pantalla mientras la enfermera revisaba los cables.
—¿Está despertando? —pregunté.
—No necesariamente. Puede estar respondiendo a las voces o a un estímulo del entorno.
Maxwell permaneció inmóvil a mi espalda.
No era la primera vez que el cuerpo de Andrew reaccionaba mientras él estaba cerca.
Recordé el cambio en las máquinas, la presión de sus dedos y el vacío que había cruzado el rostro de Maxwell antes de fingir alivio.
También recordé sus nudillos vendados.
Una coincidencia, me dije.
Tenía que serlo.
Pero cuando Maxwell se alejó por el pasillo y el ritmo del monitor comenzó a estabilizarse, descubrí que ya no conseguía creerlo por completo.