Capítulo 31 La amenaza silenciosa.
Andrew
La oscuridad no era completa.
Había sonidos dentro de ella: un pitido regular, el murmullo del aire atravesando un conducto y voces que llegaban desde muy lejos, deformadas por una niebla espesa. Intenté abrir los ojos. El esfuerzo despertó un dolor tan intenso que, durante unos segundos, creí haber regresado al sótano.
La humedad.
El olor metálico.
Las cadenas presionándome las muñecas.
Los pasos descendiendo por la escalera.
Maxwell.
Mi cuerpo reaccionó antes de que pudiera comprender dónde estaba. Intenté incorporarme y algo tiró de mi brazo. Una alarma alteró el ritmo de los pitidos. El dolor me atravesó el pecho, la cabeza y las piernas al mismo tiempo; quise gritar, pero de mi garganta solo salió un ruido ronco.
Una figura se inclinó sobre mí.
—Tranquilo. No intente moverse.
La voz era femenina y desconocida. Unas manos presionaron mis hombros con cuidado.
Abrí los ojos. La luz blanca me obligó a cerrarlos de nuevo.
—Está en el hospital —dijo la mujer—. Está a salvo.
A salvo.
Las palabras no significaban nada. Había escuchado otras promesas. Richard diciendo que intentaría ayudarme. Maxwell asegurando que todo terminaría pronto. Cada una había sido seguida por más dolor.
Volví a abrir los ojos, esta vez más despacio.
El techo era blanco. No había vigas oscuras, humedad ni una bombilla colgando de un cable. A mi derecha, una pantalla dibujaba una línea verde. Un tubo transparente descendía desde una bolsa y terminaba en mi brazo. Bajo la nariz sentía el roce de una cánula de oxígeno.
Hospital.
El recuerdo apareció de golpe: el bosque, la lluvia, la tierra contra mi rostro y unas voces desconocidas diciendo que todavía respiraba. Después, nada.
Moví los labios. La garganta ardió como si hubiera tragado vidrio.
—No fuerce la voz —advirtió la enfermera—. Le retiraron el tubo hace poco y tiene lesiones en la garganta. El doctor Bennett vendrá en cuanto le avise que despertó.
La miré, tratando de ordenar una sola pregunta entre todas las que golpeaban dentro de mi cabeza.
Caroline.
Quise pronunciar su nombre. Solo conseguí expulsar aire.
La enfermera debió reconocerlo en mi expresión.
—Su familia está aquí. Sus padres y la señorita Saint no se han alejado del pasillo.
El corazón se aceleró. La línea de la pantalla cambió.
Caroline estaba allí.
Viva.
Había sobrevivido para volver a verla.
No sabía cuánto tiempo había pasado desde la última vez que escuché su voz.
En el sótano los días habían perdido sus límites: la luz nunca cambiaba y las horas se medían por los pasos de Maxwell, por las bandejas que Richard dejaba en el suelo o por el tiempo que tardaba el dolor en disminuir lo suficiente para permitirme dormir.
Podían haber sido semanas. Podían haber sido años.
La idea de que Caroline hubiera envejecido lejos de mí, obligada a vivir dentro de una ausencia que no podía explicar, me había perseguido más que el hambre.
Ahora estaba al otro lado de aquella puerta.
Solo tenía que mantenerme despierto hasta verla.
—Voy a buscar al médico —continuó—. No intente levantarse. Regreso en un momento.
Intenté detenerla. La mano vendada apenas se separó de la sábana.
—No tardaré.
La puerta se cerró y el silencio que dejó detrás fue distinto al del sótano, pero mi cuerpo no lo comprendió. Permanecí inmóvil, escuchando los pasos alejarse, hasta que una sombra cubrió el vidrio de la puerta.
El aire dejó de entrarme.
Maxwell apareció en el umbral.
Llevaba el mismo abrigo gris de la última noche. Uno de sus nudillos estaba cubierto por una venda blanca. No parecía un hombre que hubiera intentado matarme en un bosque. Parecía un visitante preocupado, alguien que se había equivocado de habitación.
Cerró la puerta sin hacer ruido.
El monitor comenzó a pitar con mayor rapidez.
—Eres difícil de matar —dijo.
Intenté moverme. La cama, los tubos y mi propio cuerpo me mantuvieron atrapado.
Maxwell miró hacia el pasillo antes de acercarse.
—No tenemos mucho tiempo.
Quise gritar. La garganta respondió con un sonido quebrado que apenas alcanzó a llenar la habitación.
La satisfacción en su rostro fue pequeña. Casi imperceptible.
—No puedes hablar.
Se detuvo junto a la cama y apoyó una mano en la baranda.
—Qué conveniente.
Mi cuerpo recordó cada golpe antes de que él llegara a tocarme. Las muñecas ardieron bajo los vendajes. El pecho se cerró alrededor de las costillas heridas. Por un instante, las paredes blancas desaparecieron y el olor limpio del hospital volvió a mezclarse con la humedad del sótano.
—Mírame, Andrew.
No obedecí.
Sus dedos se cerraron alrededor de mi mandíbula. El contacto no fue violento. No necesitaba serlo.
Abrí los ojos.
Cuando se inclinó, reconocí su perfume. Era el mismo que había llevado la última noche, pero debajo quedaba un aroma más tenue, limpio y dolorosamente familiar.
El champú de Caroline. Tal vez solo lo recordaba de la camisa que Maxwell me había acercado al rostro antes de golpearme.
Tal vez mi mente lo había conservado con tanta precisión que podía encontrarlo donde no existía.
No importaba. Él vio el momento en que lo reconocí y supo qué pensamiento acababa de introducirme.
—Vas a escucharme con mucha atención. Si dices mi nombre, si lo escribes o consigues que alguien comprenda que me conoces, Caroline morirá.
El monitor cambió otra vez. Maxwell dirigió una mirada breve a la pantalla.
—Sabía que lo entenderías.
Soltó mi rostro.
—Si hablas con la policía, la llevaré al sótano. La encadenaré en el mismo lugar y le explicaré que tuvo la oportunidad de seguir viviendo porque tú guardaste silencio, pero que preferiste vengarte.
Negué. El movimiento hizo que el cráneo pareciera partirse.
—No quieres eso.
No.
La imagen llegó antes de que pudiera impedirlo: Caroline sobre el suelo húmedo, con las muñecas heridas, llamándome desde la oscuridad.
Maxwell se inclinó hasta quedar a pocos centímetros de mí.
—Me buscó a mí cuando no podía respirar. Me pidió que me quedara. Me abrió la puerta de su casa y también la de su cama.
Cada frase cayó con la precisión de un golpe.
—Mientras tú estabas debajo de la mía.
Quise lanzarme sobre él. Romperle la cara. Hundirle los dedos en los ojos hasta borrar aquella calma. Mi cuerpo no consiguió moverse ni unos centímetros.
—Eso es lo que más te duele, ¿verdad? —continuó—. No las cadenas ni los golpes. Ella.
El odio me sostuvo la mirada.
Maxwell sonrió.
—Caroline te amaba. Pero la dejaste sola y yo estuve allí.
Volví a negar, con desesperación. No la había dejado. Él me la había arrebatado.
—Me dijo que yo era más que un refugio. Quiso intentarlo conmigo. No importa lo que decida ahora: ya sé que puede elegirme.
Su voz no cambió. La crueldad estaba precisamente en esa calma, en el placer contenido con el que convertía fragmentos de la vida de Caroline en armas contra mí.
Pasos apresurados sonaron al otro lado de la puerta.
Maxwell se enderezó. La preocupación regresó a su rostro con la facilidad de una máscara ensayada.
—Recuerda —susurró—: el sótano sigue existiendo.
La puerta se abrió.
Una mujer de bata blanca entró primero. Caroline apareció detrás de ella.
Durante un instante, el mundo dejó de tener sonidos.
Llevaba el cabello recogido de manera descuidada. Tenía el rostro pálido y los ojos hinchados por el llanto. El abrigo caía abierto sobre su cuerpo, como si se lo hubiera puesto sin darse cuenta.
Era ella.
No una imagen construida en la oscuridad para impedir que olvidara sus facciones. No un recuerdo al que había añadido palabras cuando necesitaba escuchar su voz.
Caroline.
Sus ojos fueron de mí a Maxwell. La emoción que había iluminado su rostro al entrar se quebró.
—¿Qué haces aquí?
Maxwell retrocedió un paso.
—La alarma comenzó a sonar. Entré para comprobar que estuviera bien.
—Te pedí que te fueras.
—Iba a hacerlo.
—Entonces hazlo.
No levantó la voz. No le hizo falta.
Maxwell la observó durante unos segundos. Luego bajó la cabeza con una docilidad que yo sabía falsa.
—Por supuesto.
Se volvió hacia mí.
—Me alegra verte despierto.
La amenaza permaneció intacta debajo de las palabras.
Pasó junto a Caroline sin tocarla y salió. Ella esperó hasta verlo alejarse antes de cerrar la puerta.
Maxwell no la había rozado, pero yo todavía podía verlo apoyando una mano en su espalda, guiándola hacia algún lugar que antes me pertenecía en la imaginación.
Me obligué a mirar a Caroline y no la huella que él afirmaba haber dejado sobre su vida.
Si permitía que los celos ocuparan el lugar del miedo, Maxwell habría conseguido decidir también qué sentía por ella.
Había algo diferente en ella. No solo cansancio ni la tristeza profunda que dejaban aquellos meses en su rostro. También una tensión nueva, una pregunta todavía sin forma.
La ausencia había cambiado pequeños detalles que nadie más habría advertido.
Sus mejillas estaban más hundidas. La línea entre sus cejas permanecía incluso cuando no fruncía el ceño.
Había aprendido a mantener los hombros rígidos, como si relajarlos fuera una clase de descuido que ya no podía permitirse.
Seguía siendo Caroline y, al mismo tiempo, era una versión de ella que había tenido que existir sin mí.
Quise saber quién la había sostenido cuando lloraba, cuántas noches había pasado sin dormir y en qué momento dejó de esperar que yo regresara. La respuesta a todas esas preguntas tenía el rostro de Maxwell, pero ella no era culpable de ninguna.
El doctor Bennett se acercó a los monitores.
—Su frecuencia está muy alta. Necesitamos que se calme.
Caroline llegó hasta la cama.
Intenté levantarme otra vez. El cuerpo no respondió.
—No —dijo, inclinándose hacia mí—. No te muevas.
Su voz me atravesó el pecho.