La Tristeza en Mí Capítulo 30 El rostro en la camilla.
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Capítulo 30 El rostro en la camilla.

Caroline

La puerta se cerró entre Andrew y yo.

El doctor Bennett y la enfermera se movieron alrededor de la camilla mientras Maxwell y yo permanecíamos en el pasillo. A través del vidrio podía ver las luces de los monitores reflejadas sobre el rostro de Andrew, los vendajes y el movimiento mecánico del respirador.

Seguía allí.

Vivo.

No encontrado muerto en un bosque. No enterrado en un lugar sin nombre ni convertido en una fotografía dentro de una carpeta policial.

Vivo.

La palabra se repetía dentro de mi cabeza sin adquirir todavía un significado completo. Andrew estaba a pocos metros de mí y, aun así, continuaba pareciendo tan lejano como durante los nueve meses en que no supe dónde buscarlo.

Apoyé una mano sobre el vidrio.

El frío atravesó mi palma. Durante meses había imaginado que encontrarlo pondría fin a la espera, como si la incertidumbre fuese una puerta que pudiera cerrarse en cuanto supiera dónde estaba.

No había pensado que detrás aparecerían otras preguntas: quién lo había retenido, por qué lo abandonaron y cuánto de Andrew conseguiría regresar conmigo.

Su rostro permanecía inmóvil bajo las luces. Mirarlo no se parecía a recuperar algo perdido. Se parecía a descubrir todo lo que podían hacerle a una persona mientras el resto del mundo continuaba viviendo.

Maxwell se detuvo a mi lado, pero no volvió a tocarme. Podía sentir su atención sobre mi cuerpo, pendiente de cada respiración y cada movimiento, como si temiera que fuera a derrumbarme.

—¿Quieres sentarte? —preguntó.

Negué.

—¿Necesitas agua?

—No.

—Caroline...

—No sé qué necesito.

La respuesta salió más áspera de lo que pretendía. Maxwell bajó la mirada.

—Está bien.

No intentó corregirme ni decirme que debía respirar. Permaneció cerca, en silencio, convertido otra vez en esa presencia serena a la que había aprendido a acudir cuando todo se volvía insoportable.

Solo que esa mañana ya no conseguía descansar dentro de su calma.

Mis ojos regresaron a la venda que cubría sus nudillos.

Tropecé en el garaje y golpeé una estantería.

Era una explicación posible. También era la clase de respuesta que yo habría aceptado sin dificultad el día anterior.

El ascensor se abrió al final del pasillo.

Adelaide salió primero.

No llevaba abrigo, aunque afuera seguía lloviendo, y uno de sus zapatos estaba mal cerrado. Robert caminaba detrás de ella con el teléfono en la mano y el rostro tan rígido que parecía sostenerse únicamente por voluntad.

—¿Dónde está? —preguntó Adelaide.

Me aparté del vidrio.

—Lo están estabilizando.

Su mirada encontró la habitación antes de que pudiera decir algo más. Vio la camilla, las máquinas y el cuerpo demasiado delgado bajo las sábanas.

El sonido que salió de ella no fue un grito. Fue algo más pequeño y más roto.

—Mi niño.

Se llevó ambas manos a la boca. Alcancé a rodearla antes de que las piernas le fallaran. Adelaide se aferró a mí y hundió el rostro en mi hombro, temblando con una fuerza que sacudió también mi cuerpo.

—Está vivo —le repetí—. Está aquí.

No supe si intentaba tranquilizarla o convencerme otra vez.

Robert se acercó al vidrio. No lloró. Apoyó la palma contra la superficie y contempló a su hijo sin pestañear. La mano que sostenía el teléfono descendió lentamente hasta quedar junto a su cuerpo.

—¿Qué dijeron los médicos? —preguntó.

Le expliqué lo poco que sabía: los traumatismos, la deshidratación, las marcas en las muñecas y los tobillos, el tiempo que pudo haber permanecido inmovilizado. Cada palabra pareció endurecer un poco más su expresión.

—Alguien lo tuvo encadenado —susurró Adelaide.

Ninguna respuesta podía aliviar lo que significaba aquella frase.

El doctor Bennett salió de la habitación y se quitó los guantes.

—Señores Hawk.

Robert extendió una mano y se presentó. Adelaide no se movió de mi lado.

—Su hijo continúa en estado crítico, pero ha respondido a las medidas de estabilización —explicó el médico—. Mantendremos la sedación mientras evaluamos el traumatismo craneal y controlamos la infección.

—¿Va a despertar? —preguntó Adelaide.

El doctor Bennett no respondió inmediatamente.

—Es demasiado pronto para asegurarlo. Que haya sobrevivido en esas condiciones es una señal favorable, pero las próximas horas serán importantes.

—Movió la mano —dije—. Cuando estaba con él, cerró los dedos alrededor de los míos.

—Puede tratarse de un reflejo o de una respuesta a la voz. Todavía no podemos determinarlo.

—Me escuchó.

Necesitaba creerlo.

El médico suavizó la expresión.

—Es posible. Háblenle cuando estén dentro. Las voces conocidas pueden ayudar a orientarlo, incluso bajo sedación.

Adelaide dio un paso hacia la puerta.

—Quiero verlo.

—Pueden entrar sus padres y la señorita Saint. Solo les pido que mantengan la calma y salgan si el personal lo solicita.

La mirada del médico se desplazó hacia Maxwell.

—El resto de las visitas deberá esperar.

Maxwell asintió con naturalidad, como si no le afectara quedar fuera.

—Por supuesto.

Antes de que entráramos, una agente de policía se acercó desde el otro extremo del pasillo. Llevaba una carpeta contra el pecho y el cansancio de quien había pasado la noche trabajando.

—Señores Hawk, señorita Saint. No quiero retrasarlos, pero hay una información que deberían conocer.

Adelaide se aferró a mi brazo.

—¿Saben quién le hizo esto?

—Todavía no. Sin embargo, después de identificar al señor Hawk revisamos las llamadas de emergencia recientes de la zona. Hace dos noches se recibió una comunicación muy breve desde un teléfono antiguo.

Sentí que algo se detenía dentro de mí.

—¿Era Andrew?

—No podemos confirmarlo hasta que esté en condiciones de declarar. La persona no alcanzó a dar su nombre ni una dirección, pero la operadora oyó una voz masculina pidiendo ayuda, sonidos metálicos y a otro hombre antes de que se cortara la llamada.

Mis ojos buscaron a Andrew a través del vidrio.

Había intentado regresar.

Incluso encadenado, herido y sin saber si alguien lograría encontrarlo, había conseguido que una desconocida oyera su voz.

—¿Por qué no lo encontraron entonces? —preguntó Robert.

La calma de su tono no ocultó la acusación.

—El aparato dejó de emitir señal inmediatamente. Solo permitió delimitar un área demasiado extensa y en ese momento no pudimos relacionar la llamada con el caso de su hijo. Ahora estamos comparando el registro, la ubicación del hallazgo y sus lesiones.

—Dos noches —murmuró Adelaide—. Estuvo esperando dos noches más.

La agente no intentó defenderse.

—Lamento que no hayamos podido llegar antes. Si recuerdan cualquier persona, vehículo o comportamiento fuera de lo habitual durante las últimas semanas, necesitamos que nos lo comuniquen.

Maxwell permanecía a pocos pasos. Cuando lo miré, encontré su rostro sereno, pero la mano vendada se había cerrado dentro del bolsillo del abrigo.

—Hablaremos cuando hayan visto a su hijo —añadió la agente—. No tienen que hacerlo ahora.

Robert asintió. Adelaide volvió a mirar la puerta con una desesperación que ya no admitía más esperas.

Adelaide entró sin esperar. Robert la siguió. Yo permanecí un instante frente a la puerta, dividida entre el impulso de ir con Andrew y la certeza de que todavía había algo pendiente detrás de mí.

Me volví hacia Maxwell.

—Necesito hablar contigo.

Su cuerpo se tensó apenas.

—Estoy aquí.

—Eso es parte del problema.

La frase lo hirió. Lo vi antes de que recuperara el control.

—No quiero decir que hayas hecho algo malo al venir —continué—. Pero no puedo apoyarme en ti como si nada hubiera cambiado.

—No espero eso.

—Hace apenas un día te dije que quería intentarlo. Anoche estuve contigo y esta mañana pensé que podía comenzar a comprender lo que sentía.

Las imágenes llegaron sin permiso: su cuerpo junto al mío, la tranquilidad al despertar y el café compartido frente a la ventana.

Después miré a Andrew a través del vidrio.

—Ahora él está ahí.

Maxwell siguió mi mirada.

—Lo sé.

—No sé qué significa para nosotros.

Pronunciar la palabra nosotros dentro de aquel pasillo me produjo una culpa inmediata. No porque lo ocurrido con Maxwell hubiera dejado de ser real, sino porque Andrew aún no podía abrir los ojos y yo ya estaba intentando ordenar la vida que existía fuera de su habitación.

—No tienes que decidirlo ahora —respondió Maxwell.

Su voz fue cuidadosa. Perfecta.

—Necesito que lo entiendas de verdad —dije—. No puedo prometerte que todo continuará donde lo dejamos. Tampoco puedo tratar lo de anoche como si nunca hubiera ocurrido. Las dos cosas serían una mentira.

Maxwell apretó la mandíbula.

—Lo que pasó entre nosotros no desaparece porque Andrew esté vivo.

—No. Pero que haya sido real no significa que esté resuelto.

El silencio se extendió entre ambos.

Maxwell volvió la cabeza hacia la habitación.

No pude saber qué veía cuando miraba a Andrew: al hombre que yo había esperado, a la causa de mi confusión o a alguien cuyo regreso también podía herirlo.

Me avergonzó pensar en sus sentimientos mientras Andrew luchaba por seguir respirando.

Sin embargo, fingir que Maxwell había dejado de importarme en cuanto escuché la noticia habría sido otra forma de mentirme.

El dolor no ordenaba el corazón. Solo lo volvía más difícil de escuchar.

—¿Quieres que me vaya? —preguntó.

Miré sus ojos. Había dolor, pero debajo de él continuaba el mismo miedo que había visto al despertar. Un miedo demasiado intenso para alguien que decía estar dispuesto a concederme tiempo.

—Quiero quedarme con Andrew y su familia. Necesito hacerlo sin sentir que ya debo elegir entre ustedes.

Maxwell bajó la mirada.

—Entiendo.

No sabía si era cierto.

—Te llamaré cuando pueda.

—No tienes que hacerlo.

—No quiero que esperes una respuesta que todavía no existe.

—Puedo esperar.

La seguridad con la que lo dijo produjo un estremecimiento leve en mi espalda. Durante meses había confundido su permanencia con paciencia. Por primera vez me pregunté si Maxwell conocía la diferencia entre esperar y negarse a soltar.

El doctor Bennett apareció junto a la puerta.

—Señorita Saint, puede entrar.