Capítulo 29 El hombre del bosque. #2
Me quité la camisa manchada, la guardé dentro de una bolsa y lavé otra vez los nudillos antes de cubrirlos con vendas. Elegí una camisa limpia y un abrigo oscuro. Cada movimiento debía convertirme de nuevo en el hombre al que Caroline esperaba ver.
Cuando salí de la casa, Andrew seguía vivo.
Y todo aquello que yo había llamado paraíso acababa de abrir los ojos.
Caroline
No recordaba haber cerrado la puerta.
Tampoco haber bajado los escalones ni llegado hasta el automóvil. Solo recordaba dos palabras.
Encontrado con vida.
Las había escuchado una vez y después otra. Aun así, no conseguía comprenderlas.
Andrew estaba vivo.
Mi cuerpo se movía antes que mi mente. Las llaves, el teléfono y el abrigo cayeron de mis manos al menos una vez. En la pantalla del televisor habían aparecido su fotografía, su nombre y las imágenes del bosque.
Había imaginado aquel momento tantas veces que ya no parecía real. Lo había visto entrar por la puerta, llamar por teléfono o aparecer en medio de una multitud. Siempre limpio. Sonriendo. Caminando hacia mí.
Nunca herido.
Nunca encontrado entre árboles.
Nunca en estado crítico.
El teléfono comenzó a sonar cuando conseguí encender el motor.
Maxwell.
No respondí. No porque no quisiera escucharlo, sino porque no podía escuchar a nadie hasta ver a Andrew.
La carretera se extendía frente a mí, borrosa por las lágrimas. Conduje demasiado rápido y lo sabía, pero mi pie no obedecía.
Andrew había pasado nueve meses desaparecido. Nueve meses solo, herido y esperando.
¿Había llamado mi nombre? ¿Había pensado que lo abandoné? ¿Había creído que dejé de buscarlo?
—Perdóname —dije en voz alta.
No sabía por qué me disculpaba. Por no haberlo encontrado. Por haber comenzado a aceptar que no regresaría. Por abrir las ventanas, entrar en la habitación que íbamos a compartir y permitir que otro hombre ocupara un espacio dentro de mí mientras Andrew seguía vivo en algún lugar.
El recuerdo de Maxwell me atravesó.
Sus brazos. Su voz. La noche anterior.
Sentí náuseas, no porque aquello hubiese sido falso ni porque supiera todavía qué significaba, sino porque había sucedido mientras Andrew permanecía encadenado y yo no lo sabía.
Busqué el anillo a través de la blusa. Durante nueve meses su peso había sido la única forma de tocar una promesa que no sabía si seguía viva.
Aquella mañana ya no era un recuerdo ni un símbolo de espera.
Andrew respiraba en algún lugar delante de mí, y la cadena pareció apretarse alrededor de mi cuello.
Recordé su mano sosteniendo la mía el día que me pidió matrimonio. Había temblado más que yo, aunque después lo negara. Pensar en aquellos dedos marcados por cadenas me obligó a apartar la mirada de la carretera durante un segundo.
No podía pensar en eso.
Todavía no.
Primero necesitaba verlo respirar. Todo lo demás podía esperar.
El hospital apareció al final de la avenida. Había periodistas frente a la entrada, vehículos policiales y personas reunidas bajo paraguas. Estacioné donde pude.
Apenas bajé, varias cámaras se volvieron hacia mí.
—¡Caroline!
—¿Sabía que Andrew estaba vivo?
—¿La policía le informó quién lo tenía retenido?
—¿Ha hablado con él?
Las preguntas cayeron sobre mí. Una mujer intentó acercarme un micrófono.
—¿Qué siente al saber que su prometido sobrevivió?
La miré.
Qué sentía.
No existía una sola palabra.
Esperanza. Terror. Culpa. Amor. Dolor.
Todo al mismo tiempo.
Un agente apareció junto a la entrada y ordenó que me dejaran pasar. El ruido desapareció cuando las puertas se cerraron detrás de nosotros.
El hospital olía a desinfectante y café viejo. Las luces eran demasiado blancas.
—¿Dónde está? —pregunté.
—Lo están estabilizando.
—Necesito verlo.
—Los médicos todavía están trabajando.
—Soy su prometida.
La palabra salió de forma automática.
Prometida.
El anillo descansaba debajo de mi blusa, colgado de la cadena que llevaba desde su desaparición. Lo busqué con los dedos hasta sentir sus bordes contra la piel.
El agente observó mi rostro.
—Alguien vendrá a hablar con usted. Sus padres también están en camino.
—No quiero hablar. Necesito verlo.
Mi voz se quebró.
—Por favor.
Me pidió que esperara y señaló unas sillas. No me senté. Caminé de un lado a otro sin apartar la mirada de las puertas. El teléfono continuaba vibrando dentro del bolsillo: Maxwell, Adelaide, Robert y números que no reconocía.
No respondí a nadie.
Finalmente apareció un médico.
—¿Caroline Saint? Soy el doctor Bennett.
—¿Está vivo?
La pregunta salió antes de cualquier saludo.
—Sí, pero su estado es grave.
Las piernas me fallaron. El médico sostuvo mi brazo y me condujo hasta una silla.
—¿Qué le hicieron?
Guardó silencio antes de responder.
—Presenta varios traumatismos. Algunos son recientes y otros se encuentran en distintas etapas de recuperación. También tiene deshidratación severa, pérdida importante de peso y signos de infección.
Mi respiración se detuvo.
—¿Lesiones antiguas?
—Las marcas en las muñecas y los tobillos indican que pudo haber estado inmovilizado durante un periodo prolongado.
El pasillo se volvió borroso.
Andrew había estado vivo todo ese tiempo.
No perdido.
Retenido.
Mientras yo lloraba, dormía, comenzaba a reír otra vez y trataba de continuar, alguien lo había mantenido encadenado.
Me llevé una mano a la boca.
—Quiero verlo.
—Permanece inconsciente y recibe asistencia respiratoria. Su apariencia puede ser impactante.
—Necesito que sepa que estoy aquí.
El doctor Bennett dudó.
—Solo unos minutos. Después deberá dejarnos continuar.
Me condujo por un pasillo. Cada paso se sentía demasiado lento. Nos detuvimos frente a una puerta de vidrio y el médico la abrió.
Las máquinas fueron lo primero que escuché: pulsos, alarmas suaves y el ritmo mecánico del respirador.
Después lo vi.
Durante un segundo no lo reconocí. El hombre sobre la camilla parecía demasiado pequeño, pálido y cubierto de heridas. Había vendajes alrededor de su cabeza, cables sobre el pecho y un tubo asegurado junto a la boca. Sus muñecas también estaban vendadas.
Me acerqué.
—Andrew.
No hubo respuesta.
—Puede tocarlo —dijo el médico desde la puerta.
Extendí la mano y me detuve antes de llegar a la suya. Tuve miedo de causarle dolor, de encontrarlo frío y de que mi propio cuerpo recordara a Maxwell cuando tocara a Andrew.
Finalmente apoyé los dedos sobre los suyos.
Estaban tibios.
Un sollozo escapó de mí.
Observé sus uñas quebradas, los nudillos heridos y el vendaje que ocultaba las marcas de la muñeca.
Era la misma mano que había colocado el anillo en mi dedo, la que buscaba la mía al cruzar una calle y la que descansaba sobre mi rodilla durante los viajes en automóvil.
Reconocía cada uno de aquellos gestos. Apenas reconocía lo que habían hecho con ella.
—Estoy aquí —susurré—. Andrew, estoy aquí.
Las máquinas continuaron marcando el mismo ritmo.
—Lo siento. Lo siento tanto.
No sabía cuánto podía escuchar, pero necesitaba hablar.
—Te buscamos. Nunca dejé de buscar respuestas. Nunca dejé de esperar que en algún lugar siguieras intentando volver.
Las lágrimas cayeron sobre nuestras manos.
—Por favor, vuelve.
La puerta se abrió detrás de mí. No tuve que mirar para saber quién era. Reconocí su forma de respirar.
Maxwell.
Su presencia llenó la habitación. Durante unos segundos nadie habló. Yo continuaba sosteniendo la mano de Andrew mientras Maxwell permanecía detrás de mí.
El hombre al que había amado durante años estaba frente a mí.
El hombre a quien hacía apenas un día le había dicho que quería intentarlo estaba a mi espalda.
La vida se había partido en dos.
—Caroline —murmuró Maxwell.
No solté a Andrew.
—Está vivo.
—Lo sé.
Su voz sonó tensa y lejana.
Me volví. Llevaba una camisa distinta y tenía el rostro pálido. Sus ojos no miraban a Andrew. Me observaban a mí, como si intentara descubrir qué parte de mí acababa de perder.
—Lo encontraron en el bosque —dije—. Alguien lo tuvo encerrado. Lo golpearon.
Maxwell tragó saliva.
—Eso dijeron.
—¿Cómo puede alguien hacerle esto a otra persona?
La pregunta salió rota.
Maxwell se quedó inmóvil. El miedo de sus ojos era el mismo que había visto al despertar junto a él, pero ahora parecía más profundo. Más difícil de ocultar.
Se acercó y extendió una mano.
—No estás sola.
La venda que cubría sus nudillos atrajo mi mirada.
—¿Qué te pasó?
Maxwell miró su mano solo un segundo.
—Tropecé en el garaje y golpeé una estantería.
La respuesta llegó demasiado rápido.
—No me dijiste nada.
—No era importante.
Algo en su voz me inquietó.
Andrew respiró con dificultad y una de las máquinas cambió de ritmo. Me volví de inmediato. El doctor Bennett entró acompañado por una enfermera.
—Necesito que salgan mientras revisamos algunos valores.
—No quiero dejarlo.
—Serán solo unos minutos.
Tuve que soltar la mano de Andrew. Antes de apartarme sentí un movimiento tan débil que pude haberlo imaginado.
Sus dedos se cerraron alrededor de los míos.
Me quedé inmóvil.
—Andrew.
El médico se acercó.
—¿Qué ocurrió?
—Movió la mano. Me escuchó.
—Puede haber sido un reflejo.
—No.
Volví a mirar a Andrew. Su mano estaba inmóvil, pero yo había sentido la presión.
Me giré hacia Maxwell. Esperaba verlo aliviado. Esperanzado.
Durante un segundo su rostro quedó vacío.
Después sonrió.
—Es una buena señal.
Asentí. Quise creer que el miedo que atravesaba su mirada era producto de la preocupación, que las vendas en su mano no significaban nada y que la inquietud de la mañana había sido solo una coincidencia.
Pero mientras nos conducían fuera de la habitación, una pregunta comenzó a crecer dentro de mí.
Pequeña.
Absurda.
Injusta.
¿Por qué Maxwell parecía más asustado que aliviado?
No encontré una respuesta.
Todavía.
Solo miré a través del vidrio mientras Andrew continuaba respirando.
Vivo.
Después de nueve meses de oscuridad.
Vivo.
Y al otro lado del pasillo, Maxwell escondió la mano vendada dentro del bolsillo.