Capítulo 29 El hombre del bosque.
Daniel
La lluvia había disminuido poco antes del amanecer.
No se detuvo por completo, pero ya no caía con la fuerza de la noche. Permanecía suspendida entre los árboles como una neblina fina que cubría las hojas, las piedras y el sendero con una humedad fría.
Ajusté el cierre de mi chaqueta y continué pedaleando.
No me gustaba salir tan temprano. Si dependiera de mí, habría esperado hasta que el cielo aclarara y el café comenzara a hacer efecto. Nathan, en cambio, insistía en que aquellas eran las mejores horas: menos personas, menos ruido y el bosque entero para nosotros.
—Te estás quedando atrás —gritó desde unos metros más adelante.
—Estoy disfrutando del paisaje.
—Estás muriendo.
—También.
Nathan rio y redujo la velocidad. El sendero viejo había permanecido cerrado durante parte del invierno, pero retiraron las barreras aquella semana. Todavía estaba cubierto de ramas caídas y zonas de barro, aunque nada que, según él, justificara dar la vuelta.
Se detuvo junto a una bifurcación.
—¿Izquierda o derecha?
—La derecha vuelve al camino principal.
—Por eso mismo es aburrida.
—La izquierda está en peor estado.
—Por eso mismo es interesante.
Miré el cielo gris.
—Algún día voy a dejar de seguirte.
—Ese día morirás de aburrimiento.
Giró hacia la izquierda. Negué con la cabeza y fui detrás de él.
El sendero se estrechó. Los neumáticos se hundían en el barro, las ramas bajas golpeaban nuestros cascos y la vegetación comenzaba a invadir el camino. Avanzamos varios minutos sin hablar. Solo se oían el crujido de las bicicletas, el agua cayendo de las hojas y nuestras respiraciones agitadas.
Entonces Nathan frenó de golpe.
Estuve a punto de chocar con él.
—¿Qué haces?
Levantó una mano.
—¿Viste eso?
—¿Qué cosa?
Señaló hacia un costado del sendero. Entre los árboles había una forma oscura, parcialmente cubierta por ramas y hojas mojadas.
—Una bolsa —dije.
—Es demasiado grande.
Nathan dejó la bicicleta en el suelo.
—No la toques.
—No pensaba hacerlo.
Avanzó unos pasos mientras yo permanecía junto a las bicicletas. Al principio no ocurrió nada. Después se detuvo y todo su cuerpo se volvió rígido.
—Daniel.
No gritó.
Eso fue lo que más miedo me dio.
—¿Qué?
Giró lentamente. Su rostro había perdido el color.
—Llama a emergencias. Es una persona.
Tardé un segundo en reaccionar. Después dejé caer la bicicleta y corrí hacia él.
Era un hombre. Estaba tendido sobre la tierra húmeda, a pocos metros del sendero. Llevaba ropa oscura, empapada y cubierta de barro. Tenía el rostro herido, sangre seca alrededor de la boca y manchas más oscuras en la camisa.
Me quedé inmóvil.
—Dios.
Nathan se agachó.
—No lo toques.
—Tengo que saber si respira.
Saqué el teléfono. Mis dedos estaban torpes por el frío y necesité dos intentos para marcar mientras Nathan acercaba una mano al cuello del desconocido.
—¿Sientes algo?
No respondió.
—¿Nathan?
—Espera.
La operadora contestó. Di nuestra ubicación como pude, explicando que nos encontrábamos en un sendero secundario, lejos de la entrada principal.
—Hay un hombre herido —dije—. No sabemos desde cuándo está aquí.
Nathan levantó la mirada.
—Está vivo. Tiene pulso, pero es muy débil.
Repetí la información. La operadora me indicó que no lo moviéramos, que no le diéramos agua y que vigiláramos su respiración hasta que llegara la ambulancia.
Nathan se quitó la chaqueta y la extendió sobre el cuerpo. Al hacerlo, la manga del hombre se desplazó.
—¿Qué pasa? —pregunté.
Me acerqué y vi las marcas alrededor de su muñeca: un círculo irregular e inflamado, con zonas de piel abierta. La otra tenía una herida semejante.
Sentí náuseas.
—Eso no se lo hizo aquí.
—No —respondió Nathan.
El hombre respiró. Fue un sonido débil y roto. Sus labios se movieron.
Nathan se inclinó.
—No intentes hablar. Ya viene ayuda.
Los ojos del desconocido se abrieron apenas, sin enfocar.
—Ca... —susurró.
—¿Qué?
—Car...
La respiración se quebró y volvió a cerrar los ojos.
El tiempo comenzó a avanzar de una forma extraña. Cinco minutos parecieron veinte. Yo caminaba de un lado a otro, mirando hacia la entrada cada vez que escuchaba un ruido, mientras Nathan permanecía junto al hombre y comprobaba que siguiera respirando.
—¿Por qué alguien lo dejaría aquí? —pregunté.
Nathan no respondió. La pregunta no tenía una explicación que quisiéramos escuchar.
Miré otra vez al desconocido. Hasta unos minutos antes solo había sido una forma oscura entre los árboles.
Ahora cada detalle lo devolvía a la condición de persona: el cabello pegado a la frente, los dedos llenos de tierra y el esfuerzo mínimo de su pecho para no detenerse.
En alguna parte podía haber alguien esperando que regresara, sin saber que su vida dependía de dos hombres que habían escogido el sendero equivocado aquella mañana.
Finalmente llegaron las sirenas.
Un equipo de paramédicos apareció por el sendero acompañado por guardabosques y agentes de policía. Nos hicieron retroceder mientras revisaban al desconocido. Las palabras se sucedieron con rapidez: traumatismo severo, hipotermia, presión baja, saturación inestable.
Uno de los paramédicos observó las muñecas. Después los tobillos. Intercambió una mirada con su compañero.
—Avise al hospital que podría haber estado retenido.
La frase dejó el bosque todavía más frío.
Colocaron al hombre en una camilla. Cuando pasaron junto a nosotros, volvió a abrir los ojos durante un instante y movió débilmente la mano.
Nathan caminó a su lado.
—¿Puedes decirnos tu nombre?
No hubo respuesta.
Los labios del hombre volvieron a moverse. Esta vez Nathan comprendió algo.
—Dice Caroline.
—¿Es su nombre? —preguntó un paramédico.
—No lo sé.
Las puertas de la ambulancia se cerraron y las sirenas se alejaron. Nathan y yo permanecimos bajo la lluvia, observando el espacio vacío entre los árboles.
Un agente nos interrogó sobre el lugar exacto, las marcas de neumáticos y cualquier vehículo que pudiéramos haber visto. Después se alejó para hablar por radio. Regresó unos minutos más tarde con una fotografía abierta en el teléfono.
—Necesito que miren esto.
La imagen mostraba a un hombre sonriente, más saludable, limpio y vestido con un abrigo oscuro.
Pero era él.
Los mismos ojos. La misma forma del rostro.
—Es el hombre que encontramos —dije.
El agente asintió.
—Se llama Andrew Hawk.
El nombre me resultó familiar.
—¿El hombre desaparecido?
—Sí. Lleva nueve meses desaparecido.
La lluvia continuó cayendo.
Y, por primera vez desde que entramos en el bosque, el silencio dejó de parecer vacío.
Estaba lleno de secretos.
Maxwell
El teléfono sonó mientras frotaba la última mancha del suelo.
No estaba seguro de que fuera sangre. Podía haber sido barro, óxido o cualquier cosa que hubiese permanecido allí desde antes. Aun así, llevaba casi una hora arrodillado sobre la misma zona hasta que la madera comenzó a perder color.
No debía quedar nada.
Había retirado las cadenas, el colchón, los recipientes y la ropa. Todo estaba amontonado junto a la puerta trasera, esperando desaparecer.
El teléfono volvió a sonar.
Richard debía estar regresando. Había tardado más de lo necesario, pero podía haberse detenido para limpiar el automóvil o asegurarse de que nadie lo siguiera.
Cuando miré la pantalla, vi el nombre de Caroline.
Respondí de inmediato.
—Hola.
No hubo saludo. Solo una respiración rápida e irregular.
—Caroline, ¿qué ocurre?
—Encendí el televisor.
El sótano pareció enfriarse.
—¿Qué viste?
—Encontraron a un hombre en el bosque.
El teléfono se volvió pesado dentro de mi mano.
—Dicen que podría ser Andrew.
No.
Richard lo había dejado donde le indiqué. Muerto. Yo había buscado el pulso y no sentí nada.
—¿Quién lo dijo?
Mi voz sonó extrañamente calmada.
—Está en todos los canales. Mostraron su fotografía.
Me apoyé contra la pared.
—¿Está vivo?
El silencio de Caroline duró demasiado.
—Sí.
Cerré los ojos.
Vivo.
Cada golpe, cada herida y cada palabra continuaban respirando dentro de Andrew.
—¿Dónde está? —pregunté.
—En el Hospital General de Salisbury. Dijeron que está en estado crítico.
Crítico.
Quizá todavía no podía hablar. Eso significaba que quedaba tiempo.
—Voy contigo.
—Ya estoy saliendo.
—No conduzcas así. Espera y paso a buscarte.
—Necesito verlo.
—Caroline...
La llamada terminó.
Me quedé con el teléfono junto al oído. En la pantalla seguía el último mensaje de Richard.
Ya está hecho.
Había mentido. Debió descubrir que Andrew respiraba y decidió no decírmelo. Tal vez lo dejó más cerca del camino. Tal vez llamó a emergencias. Tal vez estaba huyendo.
Llamé a Richard.
Una vez.
Dos.
Tres.
No respondió. La furia llegó lentamente, mucho más peligrosa que la que había sentido en el sótano. Richard sabía lo que la supervivencia de Andrew significaba. También sabía que yo no habría permitido que lo dejara respirando.
Lo encontraría.
Pero primero estaba Caroline.
No podía permitir que llegara sola ni que Andrew despertara mientras ella permanecía a su lado. No sabía cuánto recordaría ni si podría hablar, pero una mirada, un gesto o mi nombre serían suficientes.
Subí a la planta principal. El televisor continuaba encendido y mostraba imágenes del bosque: cinta policial, reporteros bajo la lluvia y una ambulancia alejándose entre los árboles.
En la parte inferior apareció un titular.
ENCUENTRAN CON VIDA A ANDREW HAWK, DESAPARECIDO DESDE HACE NUEVE MESES
Junto al texto había una fotografía de Andrew y Caroline sonriendo. Reconocí la imagen. Estaba en su casa, enmarcada junto a la biblioteca.
La felicidad de antes.
La vida de antes.
Sentí odio hacia la fotografía. No hacia Caroline. Nunca hacia ella. Hacia la facilidad con la que Andrew recuperaba un lugar que yo había intentado ocupar durante meses.
La reportera hablaba de heridas en las muñecas y los tobillos, traumatismos y posibles señales de cautiverio prolongado.
Apagué el televisor.
El silencio ya no podía protegerme.