La Tristeza en Mí Capítulo 28 El precio del paraíso. #2
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Capítulo 28 El precio del paraíso. #2

Me aferré a esa explicación hasta que el sonido de la puerta rompió el silencio.

Richard apareció en la escalera. Descendió deprisa y se detuvo al ver el cuerpo.

—¿Qué hiciste?

—Baja la voz.

—Dios mío, Maxwell.

Se arrodilló junto a Andrew y buscó el pulso. Cambió los dedos de lugar dos veces antes de levantar la mirada.

—No siento nada.

—Está inconsciente.

—No se mueve.

—No sabes revisarlo.

Richard miró la sangre, las cadenas y mis manos.

—Lo mataste.

—No.

—Lo mataste.

—Cállate.

Se puso de pie y retrocedió hasta chocar con la pared.

—Esto no era parte del plan. Dijiste que no lo mataríamos.

—Nada de esto estaba en el plan.

—Tenemos que llamar a una ambulancia.

Lo miré.

—¿Y explicar las cadenas? ¿Las heridas? ¿Los nueve meses desaparecido?

—Podemos dejarlo en algún lugar. Decir que lo encontramos.

—Nos encontrarían a nosotros.

—No podemos dejarlo morir aquí.

—Ahora te preocupa.

Richard me observó como si no comprendiera.

—Has venido durante meses —continué—. Lo viste encadenado. Le diste comida. Escuchaste sus gritos.

—No lo golpeé hasta matarlo.

El silencio volvió.

Vi en su rostro el juicio, el miedo y el asco. La misma expresión que Andrew había prometido que aparecería en los ojos de Caroline.

—No me mires así —dije.

—¿Cómo quieres que te mire?

—Tú eres parte de esto.

—No de esto.

Señaló el cuerpo.

—No voy a cargar con lo que hiciste.

—Ya cargas con todo lo demás.

—Tú elegiste golpearlo.

—Y tú elegiste cada cerradura, cada compra y cada mentira que permitió mantenerlo aquí.

Richard negó, pero la culpa ya había ocupado el espacio entre nosotros.

—Hay que sacarlo de esta casa —dije.

—No voy a tocarlo.

—Lo harás.

—No.

La resistencia era peligrosa. Richard siempre había sido predecible mientras creyera que obedecer era la única manera de protegerse. Debía recordarle lo que estaba en juego.

—Si la policía encuentra el cuerpo aquí, revisará la casa. Encontrará tus huellas, tus compras, tus llamadas y el automóvil. Todo conduce a ti.

—Y a ti.

—Sí.

Me acerqué un poco más.

—Pero no sabes cuánto he preparado ni quién caerá primero.

La mentira fue suficiente. El miedo regresó a sus ojos.

—¿Tienes una salida?

—Siempre.

—¿Y para mí?

Dejé pasar un segundo antes de responder.

—Si haces lo que te digo.

Richard palideció.

—Hijo de puta.

—Trae una manta.

No se movió.

Miré otra vez a Andrew. La idea de que realmente estuviera muerto ya no me provocó pánico. Trajo un silencio amplio y peligroso.

Si estaba muerto, no podía hablar. No podía contarle la verdad a Caroline ni destruir lo que comenzaba entre nosotros. Ella tendría respuestas, aunque no todas. Podría despedirse. Yo estaría a su lado cuando lo hiciera.

El pensamiento debería haberme horrorizado.

En cambio, se ordenó dentro de mí con una facilidad aterradora.

—Debemos dejarlo donde puedan encontrarlo —dije.

Richard levantó la cabeza.

—¿Quieres que encuentren el cuerpo?

—Lejos de esta casa. Parecerá que lo retuvieron en otro lugar y lo abandonaron después de atacarlo.

—Van a investigar.

—Que investiguen. Mientras no lleguen al sótano.

—Esto no va a funcionar.

—Tiene que hacerlo.

Richard trajo la manta y las llaves. Las cadenas se abrieron una después de otra. Las muñecas de Andrew quedaron libres, rodeadas por marcas profundas e inflamadas.

Pruebas.

Había demasiadas. Durante meses pensé que podía controlar cada detalle, pero el cuerpo conservaba su propia memoria.

Caroline vería aquellas heridas y comprendería que alguien lo había hecho sufrir.

Nunca sabría que fui yo.

Me aferré a eso.

Entre los dos lo subimos por las escaleras. Su cuerpo pesaba más de lo que esperaba y la cabeza cayó hacia un lado cuando lo acomodamos en el asiento trasero. Por un instante creí ver moverse sus párpados.

Me detuve.

—¿Qué pasa? —preguntó Richard.

Observé el rostro de Andrew.

Nada.

—Conduce hacia el bosque del norte —ordené—. Déjalo cerca del sendero viejo. Lo bastante lejos de la carretera para que no relacionen el lugar con nosotros, pero donde puedan encontrarlo.

—Como si fuera basura.

—Como una víctima.

Richard apartó la mirada.

—Yo conduzco —dijo.

—Estás temblando.

—Y tú estás cubierto de sangre.

Miré mi camisa. Tenía razón.

—Ve tú. Yo limpiaré la casa.

—No puedo hacer esto solo.

Me acerqué a la ventanilla.

—Asegúrate de que nadie te siga y no te detengas. Cuando termines, regresa.

Algo cambió en su expresión: miedo, resentimiento, quizá odio.

—El error fue conocerte.

Subió la ventanilla y se alejó.

Permanecí en el garaje hasta que dejé de oír el motor. Después entré, cerré la puerta y bajé otra vez al sótano.

El silencio era distinto sin Andrew.

Más limpio.

Pero no menos pesado.

Abrí el grifo del pequeño lavadero y froté mis manos. El agua corrió roja al principio, luego rosada y finalmente transparente. No podía quedar nada: ni sangre, ni olor, ni memoria.

Cuando levanté la mirada hacia el espejo, Andrew seguía dentro de mis ojos.

El teléfono vibró.

Era un mensaje de Caroline.

¿Llegaste bien?

Observé mis manos limpias, la camisa manchada y el sótano esperando a mis espaldas.

Sí. Tuve que resolver un problema.

La respuesta apareció poco después.

Me alegra que estés bien. Hablamos más tarde.

Leí las palabras varias veces. No contenían absolución alguna, pero las sostuve frente a mí como si pudieran concedérmela.

Durante unos segundos creí que Andrew estaba muerto, que Richard cumpliría mis instrucciones y que la verdad podía quedar enterrada lejos de aquella casa.

Creí que el paraíso seguía intacto.

Richard

No miré hacia el asiento trasero durante los primeros minutos.

Conduje con los ojos fijos en la carretera y ambas manos aferradas al volante, como si cualquier movimiento fuera de lugar pudiera volver real lo ocurrido. Sabía que el cuerpo estaba allí. Podía sentir su presencia detrás de mí, aunque no emitiera ningún sonido.

Andrew.

Muerto.

Maxwell lo había matado y yo lo transportaba.

La lluvia comenzó a caer sobre el parabrisas. Las pequeñas gotas distorsionaban las luces de los automóviles que circulaban en dirección contraria y volvían borrosos la carretera, los árboles y las casas.

Mi propia vida.

El interior olía a humedad, cuero y sangre. Bajé un poco la ventanilla, pero el aire frío no consiguió limpiar nada.

—Esto no estaba en el plan —murmuré.

Había repetido aquella frase tantas veces que ya no sabía a quién intentaba convencer.

Al principio solo íbamos a asustarlo. Eso dijo Maxwell.

Retenerlo durante unos días y obligarlo a desaparecer el tiempo suficiente para quebrar la confianza de Caroline.

Después los días se convirtieron en semanas.

Maxwell explicó que liberarlo demasiado pronto lo arruinaría todo, que Andrew hablaría y que Caroline jamás le daría una oportunidad si descubría la verdad.

Yo protestaba.

Y después obedecía.

Maxwell no necesitaba gritar. Solo hablaba de consecuencias: de la policía, de mis deudas, de los documentos que falsifiqué por él y de todas las pequeñas decisiones que podían convertirse en años de prisión si alguien decidía observarlas juntas.

Me había atrapado mucho antes de encerrar a Andrew en el sótano.

La diferencia era que yo había entrado voluntariamente.

Miré el espejo retrovisor. La manta cubría casi todo el cuerpo, pero una parte del cabello oscuro de Andrew asomaba junto a la puerta.

Había hablado con él más veces de las que Maxwell sabía. Algunas noches, cuando bajaba con comida, Andrew preguntaba por Caroline. Siempre por ella. No por la policía ni por lo que planeábamos hacer.

—¿Está viva?

Esa había sido su primera pregunta después de pasar varios días entre la fiebre y la inconsciencia.

Le dije que sí, aunque entonces solo conocía su rostro por las noticias: los ojos hinchados, la voz quebrándose mientras pedía ayuda y el anillo colgando cerca del pecho.

Maxwell observaba aquellas imágenes con una fascinación que me revolvía el estómago, como si cada lágrima demostrara cuánto era capaz de amar Caroline.

Las luces de Salisbury quedaron atrás y el camino comenzó a estrecharse. El bosque del norte estaba a menos de veinte minutos.

Después dejaría a Andrew entre los árboles, regresaría a limpiar el automóvil y fingiría que nada había ocurrido. Maxwell continuaría junto a Caroline. Yo seguiría esperando el día en que decidiera que ya no me necesitaba.

Entonces comprendí que ese día nunca llegaría.

Mientras siguiera vivo, sería un testigo. Y, mientras fuera un testigo, sería una amenaza.

El miedo me atravesó con tanta fuerza que levanté el pie del acelerador. Un vehículo tocó la bocina antes de adelantarme.

Yo sabía demasiado: cómo Maxwell había seguido a Caroline, dónde estuvo retenido Andrew, quién compró las cadenas y cómo se cortó la llamada a emergencias. Maxwell no dejaba cabos sueltos.

Nunca.

El teléfono vibró sobre el asiento del copiloto.

¿Ya llegaste?

Escribí con una mano:

Todavía no.

La respuesta apareció de inmediato.

No te desvíes.

No era una instrucción.

Era una advertencia.

Dejé el teléfono boca abajo y encendí los limpiadores. El movimiento repetitivo me produjo una sensación absurda de orden.

Ida.

Vuelta.

Como si algo pudiera limpiarse.

Un sonido leve llegó desde atrás.

Me quedé inmóvil, aunque el automóvil continuó avanzando. Escuché durante varios segundos.

Nada.

Debió ser la manta desplazándose en una curva.

Después volvió a sonar.

No fue un golpe.

Fue una respiración.

Muy débil. Irregular.