Capítulo 28 El precio del paraíso.
Andrew
Lo escuché antes de verlo.
Los pasos de Maxwell descendieron por la escalera con demasiada fuerza.
Él solía bajar con calma, siempre al mismo ritmo, sin permitir que la rabia, el miedo o la culpa alteraran su manera de moverse.
Incluso cuando me encontraba herido, atravesaba el sótano con la serenidad de un hombre convencido de que todo permanecía bajo su control.
Aquella tarde no.
La madera crujió bajo su peso una vez, después otra. Luego la puerta se cerró y la oscuridad volvió a ocupar su lugar.
Levanté la cabeza. El cuello me dolió por el esfuerzo. Llevaba demasiado tiempo encorvado contra la pared, con las piernas extendidas sobre el suelo y las muñecas marcadas por el metal. La fiebre entraba y salía de mi cuerpo como si ya no supiera distinguir entre la vigilia y el sueño.
Pero estaba despierto.
Lo suficiente para comprender que algo había cambiado.
Maxwell apareció al final de la escalera.
Durante unos segundos no se movió; solo me observó.
Tenía la camisa arrugada y uno de los botones parecía mal abrochado.
En cualquier otro hombre habría sido un detalle insignificante.
En él no. Maxwell cuidaba cada aspecto de sí mismo con una precisión casi enfermiza.
Aquella mañana parecía haber salido apresuradamente de algún lugar.
O de alguien.
Se acercó y se detuvo a pocos pasos.
—¿Qué le dijiste a la operadora?
Su voz era baja. Demasiado baja.
—Que estaba vivo.
La mandíbula se le tensó.
—¿Mencionaste esta casa?
—Lo intenté.
—¿Dijiste algún nombre?
No respondí.
Maxwell avanzó otro paso.
—Andrew.
Escuchar mi nombre en su boca me produjo un escalofrío. No por miedo, sino por un odio cansado y profundo. Lo odiaba porque había convertido mi vida en una herramienta para acercarse a Caroline. Porque la había abrazado con las mismas manos que cerraron aquellas cadenas alrededor de mis muñecas.
—¿Dijiste mi nombre? —insistió.
—¿Por qué importa? La llamada existió. Te escucharon.
Sus ojos se oscurecieron.
—Responde.
—No alcancé a dar una dirección. Pero una mujer oyó mi voz, las cadenas y a otro hombre intentando callarme. No puedes borrar eso.
Maxwell sostuvo mi mirada. El miedo que había llevado consigo hasta el sótano quedó expuesto durante un instante.
—No saben dónde estás.
—Todavía.
La palabra permaneció entre nosotros.
Se inclinó un poco hacia mí y reconocí un aroma bajo la humedad de la casa, el frío de su ropa y el olor del sótano. Era tenue. Podía estar confundiéndolo con un recuerdo después de tantos meses encerrado.
Pero lo conocía.
Lo había respirado en el cabello de Caroline, en sus bufandas y en la piel de su cuello cuando la abrazaba por detrás mientras preparaba café.
—Estuviste con ella.
No fue una pregunta.
La expresión de Maxwell cambió apenas, pero fue suficiente.
El dolor dentro de mi pecho adquirió una forma nueva. No eran celos. No exactamente. Era imaginar a Caroline confiando en el hombre que había construido su sufrimiento. Buscando refugio en él sin saber que era quien la había arrojado al abismo.
—No hables de Caroline.
—Estuviste con ella —repetí.
—No sabes nada.
—Huelo su perfume.
La rabia apareció con una rapidez brutal.
—Cállate.
Sonreí, aunque el movimiento abrió una herida en mi labio. No porque aquello me resultara divertido, sino porque acababa de encontrar la grieta.
—¿Qué te dijo?
Maxwell cerró las manos.
—Que quiere intentarlo conmigo.
No había orgullo en su voz. Había necesidad. Necesitaba que aquellas palabras significaran más de lo que Caroline podía haberle prometido.
Me apoyé contra la pared.
—¿Sabe quién eres?
—Sabe todo lo que necesita saber.
—Entonces no sabe nada.
Se acercó.
—Ella me conoce.
—Conoce al hombre que inventaste.
—Soy ese hombre.
—No. El hombre al que dejó entrar en su casa no secuestró a su prometido. No lo mantuvo encadenado durante nueve meses ni la observó sufrir sabiendo exactamente dónde estaba yo.
La respiración de Maxwell cambió.
—No sabes lo que hice por ella.
—Destruiste su vida.
La frase lo golpeó. Lo vi en el destello de duda que cruzó sus ojos antes de desaparecer.
Maxwell había construido una historia en la que él era el salvador; en la que todo lo que había hecho respondía a una forma superior de amor.
Necesitaba que yo aceptara aquella versión porque mi cuerpo demostraba lo contrario.
—Ella estaba sola —dijo.
—Porque tú me quitaste de su lado.
—Yo estuve con ella cuando nadie más sabía qué hacer.
—Después de provocar el dolor que fingías compartir.
Maxwell se inclinó hasta quedar casi a mi altura.
—¿Crees que, si sales de aquí, todo volverá a ser como antes?
—No.
La respuesta pareció sorprenderlo.
—¿Crees que Caroline olvidará lo que siente por mí?
—Tampoco.
—Entonces, ¿qué quieres?
—Que sea libre.
Moví lentamente las muñecas. Las cadenas sonaron entre nosotros.
—No lo es mientras tu verdad dependa de mi silencio.
Los ojos de Maxwell siguieron el movimiento del metal.
—Ella tomó una decisión.
—Con la mitad de la verdad.
—Lo que ocurrió entre nosotros fue real.
—Puede haber sido real para ella y seguir estando construido sobre una mentira tuya.
Su expresión se endureció.
—No sabes lo que tenemos.
—Sé que no te basta con que quiera intentarlo. Necesitas convertirlo en una promesa que no pueda retirar.
Maxwell se quedó inmóvil.
—Déjame hablar con ella —continué—. Deja que me vea. Que vea este lugar y después te mire a ti. Si aun así decide quedarse, tendrás la elección que tanto dices respetar.
—No.
—Entonces no la tienes.
El golpe llegó antes de que pudiera protegerme. Mi cabeza chocó contra la pared y la luz desapareció durante un instante. Sentí el sabor metálico de la sangre antes de volver a enfocar su rostro.
Maxwell parecía sorprendido, no por haberme golpeado, sino por haber perdido el control.
—Esa es la verdad que ella no conoce —murmuré.
—No vuelvas a hablar de ella.
—¿Qué temes que haga cuando vea esto?
Otra vez apareció la duda.
—No lo verá.
—Verá las cadenas. Las marcas. Sabrá que la consolabas por las noches y después bajabas aquí.
Maxwell me golpeó de nuevo.
Esta vez no hubo sorpresa.
Las cadenas me impidieron caer por completo. La sangre descendió por mi boca mientras él me sujetaba de la camisa.
—Ella quiere estar conmigo —dijo.
Ya no era una afirmación.
Era una súplica.
—Quiere al hombre que le mostraste.
Sus dedos se cerraron con más fuerza.
—Yo soy ese hombre.
—También eres este.
No levanté la voz. No lo necesitaba.
—No existen dos Maxwell. El que la escucha y el que me encadena tienen las mismas manos.
Por un instante solo quedó el miedo.
Aproveché el silencio. No sabía cuánto tiempo seguiría consciente ni si habría otra oportunidad.
—Todavía puedes detenerte.
—No.
—Libérame.
—No.
—Dile la verdad.
—No.
—Entonces llévala aquí. Deja que vea el sótano. Deja que me vea y que te mire después.
Maxwell me soltó. Caí contra el suelo y el dolor me atravesó la espalda.
—Eso creí —susurré.
Algo se rompió en él.
Los golpes llegaron sin ritmo y sin control. Me cubrí la cabeza como pude, aunque las cadenas limitaron cada movimiento. Al principio intenté resistir. Después comprendí que no podría.
Pensé en Caroline.
No en la última vez que la vi ni en la boda que no alcanzamos a celebrar. Pensé en una mañana cualquiera: ella sentada sobre la encimera mientras yo fingía que el café estaba demasiado lejos para alcanzarlo, sus pies desnudos balanceándose en el aire y su risa llenando la cocina.
Me aferré a algo pequeño.
Algo que Maxwell nunca hubiera visto.
Algo que todavía nos pertenecía.
El dolor comenzó a alejarse. Escuché a Richard gritar desde algún lugar. Escuché a Maxwell respirar.
Después ya no supe dónde estaba.
Maxwell
El silencio llegó de golpe, como si el sótano hubiera dejado de respirar al mismo tiempo que Andrew.
Mis manos seguían cerradas y los nudillos me ardían. Durante unos segundos no comprendí por qué. Solo veía su cuerpo inclinado contra el suelo, una pierna atrapada debajo de él y el rostro vuelto hacia un lado. La sangre descendía desde su boca y desaparecía entre las sombras.
No se movía.
Yo tampoco.
Miré mis manos. Había sangre en los dedos, junto a las uñas y sobre la muñeca. Caroline había besado aquellas manos unas horas antes. Había entrelazado sus dedos con los míos y confiado en ellas.
Yo solo había querido que Andrew se callara.
Que dejara de pronunciar su nombre y de convertir cada palabra en una amenaza. Pero él había seguido hablando, incluso después del primer golpe, como si supiera que cada verdad podía acercarme un poco más al borde.
Me agaché y observé su espalda. Esperé la expansión mínima de las costillas, un temblor o cualquier señal.
Nada.
Extendí una mano hacia su cuello y me detuve antes de tocarlo. Mientras no comprobara el pulso, aún podía decirme que seguía vivo. Que solo estaba inconsciente. Que aquello no era definitivo.
Pero ya había demasiadas cosas en mi vida sostenidas por una ilusión.
Apoyé dos dedos contra la piel. Estaba caliente. Busqué un latido y cambié la posición de la mano cuando no encontré nada.
—No.
Lo sacudí por el hombro. Su cuerpo se movió sin resistencia.
—Despierta.
No quería que despertara. Había bajado dispuesto a silenciarlo, quizá a hacer algo peor si no existía otra salida.
Pero no así.
No sin haberlo decidido.
No con la voz de Caroline aún viva en mi memoria.
Quiero intentarlo.
Me levanté con brusquedad. Las paredes, las cadenas y el colchón parecieron acercarse. Todo aquello que durante meses había conseguido separar de la vida que llevaba junto a Caroline estaba reunido frente a mí.
Andrew había tenido razón en una cosa.
No existían dos Maxwell.
El hombre que la sostenía y el que acababa de golpearlo eran el mismo.
La certeza me produjo náuseas. Intenté expulsarla de inmediato. Andrew me había provocado. Había utilizado a Caroline y pronunciado las palabras exactas porque sabía dónde herirme. Yo había bajado para averiguar qué dijo durante la llamada, no para matarlo.
Solo había perdido el control.
Una vez.