La Tristeza en Mí Capítulo 27 La mentira perfecta. #2
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Capítulo 27 La mentira perfecta. #2

—No estoy seguro de saber hacerlo.

—Yo tampoco.

Cuando regresó con las tazas, yo ya me había vestido.

Nos sentamos junto a la ventana mientras Salisbury despertaba bajo una luz gris, indiferente a todo lo que había cambiado dentro de aquella habitación.

Hablamos poco. El silencio no fue incómodo, aunque cada tanto Maxwell volvía a mirarme como si necesitara confirmar que no había cambiado de opinión.

Yo le sonreía.

Y, cada vez que lo hacía, algo en su expresión se relajaba.

Pensé en Andrew. Su recuerdo llegó sin violencia. Seguía doliendo, pero no me impedía respirar. El pequeño movimiento del anillo bajo mi blusa me recordó que el amor no desaparecía porque la vida siguiera avanzando.

—Creí que volver a sentir algo por otra persona destruiría lo que viví con él —admití.

Maxwell sostuvo la taza entre ambas manos.

—No lo destruye.

—No —dije, sorprendida por la certeza de mi propia voz—. No lo hace.

Cuando se marchó, lo acompañé hasta la puerta. Maxwell se demoró en el umbral, con una mano sobre el marco y la mirada fija en mí.

—¿Quieres que te llame más tarde?

Por primera vez no pensé si lo necesitaría para atravesar el día.

Pensé, simplemente, que quería oírlo.

—Sí.

Besó mi frente y salió. Cerré la puerta con suavidad, apoyé la espalda contra la madera y permanecí allí hasta que escuché su automóvil alejarse.

Aquella mañana creí que el miedo que había visto en Maxwell era la cicatriz de una vida que todavía no conocía. No comprendí que no temía únicamente perderme.

Temía que yo descubriera la verdad.

Maxwell

Caroline quería intentarlo conmigo.

La frase se repetía dentro de mi cabeza mientras permanecía frente a su casa, con una mano todavía apoyada sobre la puerta del automóvil.

No me había prometido un futuro. Tampoco había dejado de esperar a Andrew. Sus palabras habían sido cuidadosas y tenían límites que cualquier hombre sensato habría respetado.

Yo no lo era.

Tomé su «quiero intentarlo» y lo convertí en algo más grande. En una elección. En la certeza de que, después de aquella noche, ya existía un lugar para mí que Andrew no podría recuperar por completo.

La había sentido pronunciar mi nombre, buscar mis manos y descansar entre mis brazos. Nada de eso había sido fingido. Caroline había decidido acercarse al hombre que conocía.

El problema era que ese hombre no existía entero.

Había una versión de mí capaz de escucharla, de detenerse cuando ella lo pedía y de reconocer el cambio más pequeño en su respiración. También estaba el hombre que había aprendido sus horarios antes de presentarse, apartado a Andrew de su vida y consolado el dolor que él mismo provocó.

Caroline solo conocía al primero.

Y yo necesitaba creer que también era él.

El teléfono vibró en el asiento del copiloto. Richard había llamado dos veces y enviado otros tantos mensajes durante la mañana. Lo observé hasta que la pantalla volvió a iluminarse.

Respondí.

—¿Qué?

—Por fin.

Su respiración sonaba agitada.

—¿Dónde estás?

Miré hacia la ventana de Caroline. La cortina se movió ligeramente, pero ella no apareció.

—Eso no importa.

—Importa si llevas toda la mañana fingiendo que la llamada de anoche no ocurrió.

El calor que todavía conservaba en la piel desapareció.

—No la estoy ignorando.

—Entonces dime qué piensas hacer.

—Ya saqué el teléfono de la casa.

—Eso no borra el registro ni lo que oyó la operadora.

—La llamada duró pocos segundos y Andrew no dio una dirección.

—Pero habló. Ella te oyó a ti y oyó las cadenas. Aunque no obtengan una ubicación exacta, pueden delimitar una zona o relacionarla con el caso si reconocen su voz.

Apreté la mandíbula. Yo ya había pensado en todo aquello. El aparato era viejo, la batería había muerto y la información podía ser demasiado imprecisa para conducirlos hasta la casa, pero ninguna de esas posibilidades convertía la llamada en inofensiva.

—Me ocuparé —dije.

Richard soltó una risa seca.

—Eso dijiste cuando Whitmore empezó a hacer preguntas.

—Y todavía no ha encontrado nada.

—Todavía.

La palabra quedó suspendida entre nosotros.

—¿Dónde estás? —pregunté.

—En la casa.

—No bajes al sótano.

—No pensaba hacerlo. Lo que quiero es que vengas y entendamos que se acabó.

—¿Qué se acabó?

—Esto. Tenemos que sacarlo de allí y marcharnos antes de que alguien relacione la llamada con nosotros.

—No.

Richard guardó silencio.

—¿Qué dijiste?

—No voy a huir.

—La policía puede estar buscando esa llamada ahora mismo.

—No saben quiénes somos. Whitmore tampoco.

—Ya no importa solo lo que sepan. Importa cuánto tardarán en averiguarlo.

Volví a mirar la casa de Caroline: la fachada clara, las flores junto a la entrada y la ventana de su habitación. Una vida normal. La vida que podría haber tenido si Andrew hubiese desaparecido de verdad.

—Voy para allá.

—No deberías volver.

—Tenemos que hablar.

—Tenemos que irnos.

Corté la llamada.

El trayecto hasta la casa se deshizo detrás del volante.

Solo recuperé conciencia de mis movimientos cuando estacioné y vi a Richard esperando detrás de la ventana.

Apartó la cortina en cuanto me reconoció.

Tenía el rostro pálido y los ojos hundidos, como si llevara días esperando que alguien viniera a detenernos.

Entré sin llamar.

—¿Dónde está? —pregunté.

Richard cerró la puerta detrás de mí.

—Abajo.

—¿Ha intentado algo más?

—Está encadenado, Maxwell. ¿Qué crees que puede intentar?

Caminé hacia las escaleras, pero Richard se interpuso.

—Primero tenemos que decidir qué vamos a hacer.

—Quítate.

—No hasta que me escuches.

—Ya te escuché por teléfono.

—No entendiste. Tenemos a un hombre secuestrado desde hace nueve meses, una llamada a emergencias que no podemos borrar y un detective privado haciendo preguntas. Ya no podemos fingir que todavía controlamos esto.

—Podemos trasladarlo.

Richard me observó como si hubiera hablado en otro idioma.

—No.

—Apártate.

—¿Adónde piensas llevarlo?

—A un lugar donde la llamada no pueda conducirlos.

—Y después, ¿qué? ¿Vas a mantenerlo encerrado otros nueve meses? ¿Un año? ¿Hasta cuándo?

No respondí.

El miedo de Richard se transformó lentamente en comprensión.

—Estuviste con ella.

La frase me detuvo.

—Eso no es asunto tuyo.

—Claro que lo es. —Soltó una risa nerviosa—. Por eso no contestabas. Estabas con Caroline.

—No hables de ella.

—Ahora no vas a soltarlo nunca.

—No iba a soltarlo antes.

—Pero antes todavía podías engañarte y decir que esto terminaría cuando ella siguiera adelante. Ahora tienes algo que proteger.

Sentí una punzada detrás de los ojos.

—Ella quiere estar conmigo.

Decirlo en voz alta alimentó algo dentro de mí.

—No está confundida. No intenta reemplazarlo. Quiere intentarlo conmigo.

Richard exhaló lentamente.

—Quiere estar con el hombre que cree que eres.

La frase golpeó el mismo lugar que Andrew había abierto.

La misma herida.

La misma duda.

—Cállate.

—No sabe que cada vez que lloraba sobre tu hombro tú eras la razón. No sabe que, mientras le prometías que todo estaría bien, Andrew estaba encadenado debajo de esta casa.

—Basta.

Mi voz llenó el pasillo.

Richard no retrocedió.

—Si supiera la verdad, no te habría dejado entrar en su vida.

Algo se abrió dentro de mí. No fue rabia, todavía no. Fue la imagen de Caroline mirándome desde el otro lado de una habitación, con la ternura borrada de los ojos y las manos apartándose de mí como si mi contacto pudiera ensuciarla.

No podía permitirlo.

—Lo que ocurrió entre nosotros fue real —dije.

—Para ella.

—Para los dos.

—Entonces déjala decidir después de saber quién eres.

Mis dedos se cerraron alrededor de su camisa y lo empujé contra la pared. La sorpresa lo dejó inmóvil. Nunca lo había golpeado de verdad. Hasta entonces una parte de mí todavía lo consideraba necesario: un aliado, un testigo, alguien con quien compartir la culpa.

Aquella mañana solo vi un obstáculo.

—No vuelvas a hablar de Caroline.

—Mírate —dijo, levantando despacio las manos—. Vienes de su cama y estás dispuesto a hacerle daño a cualquiera que te recuerde que ella no conoce la verdad.

Aflojé los dedos, pero no lo solté.

—No voy a perderla.

—Ya la perdiste el día en que decidiste que su voluntad valía menos que tu obsesión. Lo único que aún no ha ocurrido es que ella lo descubra.

Lo aparté de un golpe. Richard chocó contra la pared y llevó una mano al hombro.

—Prepara el automóvil —ordené.

—¿Para qué?

—Vamos a sacarlo de aquí.

—Maxwell...

—Prepara el automóvil.

Comencé a bajar las escaleras.

—Si cruzas esa puerta, no habrá forma de regresar —dijo Richard detrás de mí.

Me detuve frente a la entrada del sótano, con la mano sobre el picaporte.

Pensé en Caroline. En su sonrisa al despertar, en la forma en que había pronunciado mi nombre y en la cautela con la que me ofreció algo verdadero sin convertirlo en una promesa.

Después recordé a Andrew.

Ella quiere al hombre que finges ser.

Abrí la puerta.

La oscuridad del sótano me recibió como una boca abierta. Arriba estaba la vida que había construido. Abajo, la verdad capaz de destruirla.

Descendí.

Con cada paso, el aroma de Caroline desapareció un poco más de mi piel.

Hasta que solo quedó el miedo.