Capítulo 27 La mentira perfecta.
Caroline
Desperté antes de abrir los ojos.
No fue un sonido lo que me arrancó del sueño ni la claridad débil que comenzaba a filtrarse entre las cortinas. Fue la extraña sensación de no reconocer mi propio cuerpo.
Había un peso cálido alrededor de mi cintura.
Una respiración lenta rozaba mi nuca y, debajo de mi mejilla, el pecho de Maxwell subía y bajaba con una tranquilidad que no parecía pertenecerle.
Permanecí inmóvil durante unos segundos, suspendida en ese territorio impreciso entre el sueño y la vigilia, sin recordar dónde estaba ni cómo había llegado hasta allí.
Entonces sentí su mano descansando sobre mi abdomen.
Y todo regresó.
Sus labios. Mis dedos aferrados a su camisa. La forma en que había pronunciado su nombre sin miedo y sin intentar confundirlo con el de otro hombre.
Cerré los ojos con fuerza.
Esperé que la vergüenza me atravesara. Esperé el remordimiento feroz que tantas veces había imaginado, aquella certeza insoportable de haber traicionado a Andrew y de haber destruido en unas horas todo cuanto habíamos construido durante años.
Quise incluso que llegara, porque el dolor habría sido más fácil de comprender que la serenidad desconocida que comenzaba a instalarse dentro de mí.
Pero la culpa no apareció de la forma en que la había temido.
En su lugar llegó una tristeza suave, antigua, que no exigía castigo.
Andrew continuaba en cada rincón de mi memoria: en las noches en que planeábamos la boda, en el calor de sus manos y en la certeza ingenua con la que habíamos hablado de un futuro que creíamos asegurado.
Seguía amándolo. Nada de lo ocurrido durante la noche había borrado la vida que tuvimos ni la que aún esperaba que nos devolvieran.
Sin embargo, yo seguía viva.
Y estar viva significaba que mi cuerpo podía recordar el deseo incluso cuando mi corazón todavía no sabía qué hacer con él. Podía necesitar cercanía, buscar otros brazos y volver a sentir sin convertir el pasado en una mentira.
Abrí lentamente los ojos.
La habitación estaba envuelta en una penumbra azulada. Sobre la silla había prendas desordenadas y, en el suelo, una de mis zapatillas descansaba lejos de la otra. La escena habría debido parecerme ajena, una prueba silenciosa de que algo irreversible había ocurrido.
No fue así.
Yo había elegido cada paso de aquella noche.
Había sido yo quien lo invitó a quedarse cuando el café se terminó y las palabras comenzaron a resultar insuficientes.
Yo había buscado sus labios. Yo había llevado sus manos hacia mí cuando él se detuvo y me miró como si necesitara una confirmación que no se atrevía a pedir.
Maxwell había esperado.
Incluso entonces.
Sentí que sus dedos se movían ligeramente sobre mi abdomen.
Me giré despacio dentro de sus brazos y contemplé su rostro bajo la claridad tenue de la mañana.
Dormido parecía diferente. Más joven. Menos controlado.
La tensión que solía endurecerle la mandíbula había desaparecido y sus labios permanecían entreabiertos, como si en el sueño no necesitara esconderse detrás de aquella serenidad cuidadosamente construida.
Lo observé durante demasiado tiempo.
Quise memorizarlo.
El pensamiento me asustó. Memorizar había sido el primer paso hacia la pérdida. Había guardado cada detalle de Andrew sin saber que algún día tendría que sobrevivir únicamente con ellos: su voz, sus gestos y la forma exacta en que ocupaba el espacio a mi lado.
Ahora mis ojos retenían la curva de las pestañas de Maxwell, la sombra oscura de su barba y la pequeña línea que aparecía entre sus cejas incluso mientras dormía. Como si una parte de mí creyera que también él podía desaparecer.
Le acaricié el rostro con la punta de los dedos.
Maxwell abrió los ojos de inmediato.
No hubo confusión en su mirada ni el parpadeo lento de quien necesita recordar dónde se encuentra. Despertó como si jamás hubiese estado completamente dormido. Sus ojos encontraron los míos y, durante una fracción de segundo, vi algo que no logré comprender.
Miedo.
No sorpresa. No vergüenza.
Miedo.
La emoción cruzó su rostro antes de desaparecer bajo una sonrisa.
—Buenos días —murmuró.
—Buenos días.
Mi mano seguía sobre su mejilla. Maxwell la cubrió con la suya y presionó mis dedos contra su piel. Cerró los ojos durante un instante, como si necesitara comprobar que yo continuaba allí.
—¿Estás bien?
La pregunta pareció costarle. No porque temiera haberme hecho daño, sino porque temía mi respuesta. Lo comprendí por la rigidez de su cuerpo y por la fuerza apenas perceptible con la que sostuvo mi mano.
Podía decirle que necesitaba tiempo. Que estaba confundida. Que todo había ocurrido demasiado rápido. Habría sido comprensible. Tal vez incluso prudente.
Pero no era la verdad.
—Sí —respondí—. No me arrepiento.
El aire salió de sus pulmones como si hubiera permanecido demasiado tiempo sin respirar.
—No tienes que decir eso por mí.
—No lo digo por ti.
Me incorporé y sostuve la sábana contra mi cuerpo. El aire frío de la habitación hizo más evidente mi vulnerabilidad, pero no aparté la mirada.
—Pensé que esta mañana despertaría odiándome.
Algo se quebró en sus ojos.
—Nunca deberías odiarte por esto.
—Lo sé.
Pronunciar aquellas palabras fue más difícil que admitir que no me arrepentía, porque significaban aceptar que llevaba meses castigándome por seguir sintiendo: por sonreír, por disfrutar su compañía, por necesitar su voz en los días en que la ausencia de Andrew se volvía demasiado pesada.
Había confundido el dolor con la lealtad, como si sufrir fuese la única forma de demostrar que mi amor había sido verdadero.
—Sigo amando a Andrew —dije.
Maxwell bajó la mirada. Sus dedos se tensaron alrededor de los míos antes de relajarse deliberadamente.
—Lo sé.
—Y todavía espero que regrese. Lo de anoche no cambia eso.
—Lo sé —repitió, aunque esta vez las palabras parecieron herirlo.
Tragué saliva.
—Pero tampoco quiero fingir que no significó nada.
Levantó la mirada. La intensidad con la que me observó me hizo sentir expuesta de una forma distinta. No como durante la noche, cuando mi cuerpo había quedado desnudo ante él, sino de una manera más profunda, como si aquellas palabras le entregaran algo mucho más peligroso.
—¿Qué significó? —preguntó.
La respuesta más fácil habría sido decir que no lo sabía. Sin embargo, debajo de toda mi confusión había una verdad sencilla.
—Que quiero intentarlo.
Maxwell dejó de respirar.
—No sé cómo se hace esto —continué—. No sé cómo acercarme a alguien mientras sigo esperando que otro hombre regrese. No sé cuánto tiempo necesitaré ni cuántas veces volveré a sentir que estoy haciendo algo terrible.
Mi voz comenzó a temblar.
—Pero sé que no quiero esconderme de lo que siento por ti.
El miedo regresó a sus ojos. Esta vez duró más. Yo había esperado alivio, quizá felicidad o incluso incredulidad, pero aquello era un miedo tan profundo que parecía dolor.
—¿Por qué me miras así?
Maxwell parpadeó.
—¿Así cómo?
—Como si acabara de decir algo terrible.
—No.
Se incorporó con demasiada rapidez y se sentó en el borde de la cama, dándome la espalda. Pasó una mano por su cabello y comenzó a recoger su ropa con una precisión casi mecánica.
—No es terrible.
—Entonces, ¿qué ocurre?
—Nada.
La respuesta fue inmediata. Perfecta.
Demasiado perfecta.
Me quedé observando la tensión de sus hombros y el modo en que evitaba mirarme. Aquella máscara amable había vuelto a ocupar su lugar.
—Maxwell.
Se detuvo.
—Anoche también tuviste miedo.
—No sabía si estabas preparada.
—No me refiero a eso.
Giró hacia mí. Su expresión volvía a ser serena, atenta, ligeramente triste.
—Entonces no sé a qué te refieres.
—Cuando te dije que quería estar contigo parecías feliz, pero también aterrorizado.
Una sonrisa débil apareció en sus labios.
—Porque nunca creí que ocurriría.
—¿Por qué?
—Porque hay personas a las que la felicidad no les resulta natural.
La frase me golpeó con una fuerza inesperada. No supe si hablaba de su pasado, de las personas que había perdido o de alguna parte de sí mismo que aún no me permitía conocer.
Extendí la mano. Maxwell tardó unos segundos en tomarla. Después se inclinó hasta apoyar la frente contra mis dedos y besó mis nudillos.
—No tengo miedo de ti —susurró—. Tengo miedo de perderte.
Me acerqué y rodeé su cintura desde atrás. Sentí cómo se quedaba inmóvil antes de cubrir mis manos con las suyas.
Una promesa tranquilizadora estuvo a punto de salir de mis labios. Podía decirle que no me perdería, que ya no tenía nada que temer. Pero no era capaz de ofrecerle una certeza que yo misma no poseía.
—No sé qué va a ocurrir mañana —dije—. No puedo prometerte que todo será sencillo ni que dejaré de hablar de Andrew. Habrá días en que su ausencia vuelva a destruirme.
Maxwell giró despacio. Tomé su rostro entre mis manos.
—Solo puedo decirte que anoche fue real. No estaba intentando olvidar a Andrew ni convertirte en su reemplazo. Quise estar contigo y esta mañana sigo queriendo descubrir qué puede existir entre nosotros.
Sus dedos se cerraron alrededor de mi cintura. Algo cambió dentro de él: no solo alivio, sino una intensidad más definitiva, como si hubiera escuchado una promesa distinta de la que yo acababa de hacer.
Me besó.
Al principio con dulzura. Después con una desesperación que me sorprendió. Sus manos me acercaron hacia él mientras sus labios buscaban los míos con una urgencia que no era únicamente deseo.
Apoyé una mano sobre su pecho.
—Maxwell.
Se detuvo de inmediato y me soltó con tanta rapidez que el aire frío ocupó el espacio entre nosotros.
—Lo siento. No quería asustarte.
—No me hiciste daño. Solo fue demasiado.
Asintió, pero la culpa continuó en su rostro.
—Lo entiendo.
Terminó de abrocharse la camisa sin volver a mirarme. Aquella distancia repentina me dolió más de lo que esperaba.
—No quiero que te vayas pensando que me arrepiento.
—No pienso eso.
—Entonces quédate un poco más. Podemos tomar café e intentar comportarnos como dos personas normales.
Una sonrisa tenue apareció en sus labios.