La Tristeza en Mí Capítulo 24 La llamada.
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Capítulo 24 La llamada.

Maxwell

El teléfono.

Fue lo primero que vi.

No a Andrew, ni las cadenas ni la expresión de su rostro. Solo aquel aparato viejo, con la pantalla iluminada entre sus manos y una voz de mujer atravesando el sótano.

—¿Señor? Necesito que me diga dónde está.

Todo mi cuerpo quedó inmóvil. Durante un segundo dejé de respirar.

No podía estar ocurriendo.

Andrew tampoco se movió. Sostenía el teléfono con ambas manos, como si temiera que desapareciera si aflojaba los dedos. Yo permanecía sobre el último escalón, incapaz de bajar y de pensar más allá de la voz que continuaba esperando una respuesta.

La llamada seguía activa.

Una operadora había escuchado a Andrew. Podía haber oído las cadenas, sus dificultades para hablar o el miedo en su respiración. No sabía cuánto podían averiguar a partir de unos segundos ni con qué precisión podrían localizar un aparato tan antiguo.

Pero la llamada existía.

Y alguien, fuera de aquella casa, sabía que un hombre necesitaba ayuda.

Sentí un vacío helado abrirse dentro de mi pecho.

Andrew bajó la mirada hacia la pantalla y después volvió a mirarme. No había en sus ojos el miedo que esperaba encontrar. Había esperanza. Una esperanza tan intensa que me obligó a comprender cuánto tiempo llevaba viviendo sin ella.

Di un paso.

La cadena tintineó cuando Andrew acomodó el cuerpo, pero no intentó retroceder. No podía hacerlo.

—Maxwell.

Pronunció mi nombre con una calma insoportable, como si yo no fuera el hombre que lo había encerrado y todavía existiera algo que pudiéramos negociar.

La operadora volvió a hablar.

—¿Hay alguien con usted? Si no puede decirme la dirección, describa lo que ve.

Miré la pantalla. Los segundos de la llamada continuaban avanzando. Cada uno podía acercar a la policía, a Whitmore y a Caroline.

Podía quitarle el teléfono. Solo nos separaban unos pocos pasos.

Sin embargo, no me moví.

—No lo hagas —dijo Andrew.

—Dámelo.

Sus dedos se cerraron con más fuerza.

—Ya me oyó.

—Dame el teléfono.

—Puedes dejar que esto termine.

Una parte de mí comprendió lo que estaba pidiendo. No me hablaba solamente de la llamada. Me ofrecía una última oportunidad de detener todo lo que había comenzado nueve meses atrás.

Si respondía a la operadora, Andrew saldría de aquella casa. La policía encontraría el sótano, las cadenas y cada prueba que no habíamos conseguido borrar. Whitmore tendría razón. Caroline descubriría que el hombre que la había sostenido mientras lloraba era el mismo que había creado su dolor.

Hacía apenas unas horas, Caroline había entrelazado sus dedos con los míos.

No buscaba refugio durante una crisis ni intentaba aferrarse a la primera persona disponible.

Había sido un gesto sereno, nacido mientras hablábamos de Andrew.

Por primera vez me permitió formar parte de un recuerdo sin colocarme fuera de él.

La llamada podía arrancarme todo aquello antes de que tuviera tiempo de descubrir en qué podía convertirse.

Dejaría de mirarme como lo había hecho aquella tarde.

No volvería a buscar mi mano.

No volvería a besarme.

Yo regresaría a la vida que tenía antes de conocerla: una en la que nadie me esperaba, nadie preguntaba cómo había dormido y mi ausencia no alteraba el día de otra persona.

Volvería a ser nadie.

—No entiendes lo que me estás pidiendo —dije.

Andrew no apartó la mirada.

—Te estoy pidiendo que no la obligues a seguir viviendo dentro de una mentira.

La frase alcanzó el mismo lugar que sus palabras de la noche anterior. Entonces había dicho que Caroline besó al hombre que creía que yo era. Había intentado convencerme de que podía mantener separadas ambas versiones: la que la escuchaba y la que descendía a aquel sótano.

El teléfono demostraba que esa separación nunca había existido.

—Ella ya tomó una decisión —respondí.

—Tomó una decisión con la verdad que tú le diste.

Sentí ascender la rabia.

—Cállate.

—Si crees que lo que siente puede sobrevivir a esto, contéstale a esa mujer.

La operadora nos interrumpió.

—Señor, escucho a otra persona. ¿Está usted en peligro?

Andrew no necesitó responder. Mi voz y el sonido de la cadena podían haberlo hecho por él.

Di los pasos que faltaban y extendí la mano.

—Dámelo.

—No.

—No voy a repetirlo.

Andrew sostuvo mi mirada durante varios segundos. Después miró la pantalla. La batería marcaba un uno por ciento.

—Todavía puedes hacer una cosa que no sea por ti —dijo.

Algo se quebró dentro de mí.

Le arranqué el teléfono de las manos.

Andrew no luchó. Quizá comprendió que, con la cadena y el estado de su cuerpo, solo conseguiría que el aparato cayera al suelo. Quizá aún esperaba que yo fuera capaz de hablar.

Sentí en la palma el calor que había dejado entre sus dedos.

—¿Señor? —insistió la operadora—. Voy a comunicar la llamada con la policía. Necesito que permanezca en la línea.

Mi pulgar quedó suspendido sobre el botón rojo.

Bastaba un movimiento.

Si cortaba, podía ganar tiempo. No sabía cuánto, pero quizá sería suficiente para sacar el teléfono de la casa, hablar con Richard y decidir qué hacer con Andrew. Si no lo hacía, todo terminaría allí.

Miré al hombre encadenado frente a mí.

Por primera vez no vi un obstáculo. Vi la prueba de cada cosa que Caroline ignoraba.

—No estás salvando tu vida —dijo Andrew—. Estás salvando la mentira.

Cerré los ojos.

Y presioné el botón rojo.

Andrew

El pitido que anunció el final de la llamada fue peor que cualquier golpe.

Después solo quedaron nuestras respiraciones y el zumbido débil del teléfono. La pantalla mostró durante un instante que la llamada había terminado. Luego se apagó.

Bajé la mirada.

Había perdido la oportunidad de explicar quién era y dónde me encontraba. No había pronunciado mi nombre, una dirección ni la palabra secuestro. Durante unos segundos sentí que también desaparecía la última posibilidad de salir de allí.

Entonces recordé la voz de la operadora.

Me había escuchado decir que sí. Había oído a Maxwell, la cadena y su negativa. La llamada debía haber quedado registrada en algún lugar, aunque el teléfono no volviera a encenderse. Quizá solo pudieran delimitar una zona demasiado grande. Quizá no encontraran nada.

Pero ya no éramos los únicos que sabíamos que aquella llamada había existido.

Hasta ese momento mi supervivencia había dependido de no dejar de pensar en mí mismo como Andrew Hawk: el hijo de Adelaide y Robert, el hombre que Caroline esperaba y alguien cuya vida continuaba fuera de aquellas paredes.

Maxwell había intentado reducirme a un cuerpo encadenado y a una voz que nadie podía oír.

Durante unos segundos, la operadora me había devuelto algo que creí perdido.

Un testigo.

Levanté la vista.

Maxwell seguía observando el aparato apagado como si esperara que volviera a sonar. Sus dedos lo apretaban con tanta fuerza que los nudillos habían perdido el color.

—Lo siento —dije.

Alzó la cabeza de golpe.

—¿Lo sientes?

—Sí.

Una risa amarga escapó de su garganta.

—¿Después de todo esto me tienes lástima?

Negué despacio.

—No. Te tengo compasión.

Su mandíbula se tensó. Aquella palabra le dolió más de lo que habría conseguido cualquier insulto.

—No necesito tu compasión.

—Lo sé.

—Entonces deja de mirarme así.

No respondí porque no sabía hacerlo de otra manera. Durante meses había intentado odiarlo. Había imaginado muchas veces el momento de verlo perder el control y creí que, cuando llegara, solo sentiría rabia.

Pero tenía delante a un hombre roto, peligroso y obsesionado. Un hombre capaz de hacer cosas terribles y de reconocer, aunque fuera durante un instante, que todavía podía detenerse.

Lo había visto dudar.

Y después lo había visto elegir.

—¿Sabes qué es lo peor? —preguntó.

Guardé silencio.

—Que por un momento pensé en dejar que la llamada continuara.

Su voz se quebró apenas. No lloró, pero algo cambió en la forma en que respiraba.

—Cuando Caroline me besó, creí que ya no importaba nada más. Pensé que por fin alguien me había elegido.

Miró el teléfono.

—Después entré aquí y recordé quién soy.

Negué lentamente.

—No. Recordaste lo que hiciste. Hay una diferencia.

Su expresión se endureció.

—No me arrepiento.

Lo dijo demasiado rápido, como si necesitara convencerse antes que convencerme a mí.

—Entonces, ¿por qué dudaste?

Apartó la mirada. El teléfono seguía atrapado dentro de su mano.

—Porque una parte de ti sabe que esto está mal —continué—. Puede que sea pequeña y que lleves meses intentando silenciarla, pero sigue allí.

—No sabes nada de mí.

—Sé lo suficiente para entender que querías que Caroline te eligiera sin atreverte a permitirle una elección real.

Volvió a mirarme. Había rabia en sus ojos, pero también un cansancio que parecía más antiguo que aquella casa.

—Ella volvió a sonreír gracias a mí.

—Puede ser —admití.

La respuesta lo desconcertó.

—Tal vez la escuchaste cuando nadie más sabía cómo hacerlo. Tal vez la calma que encuentra contigo es real. Eso no borra este lugar.

Señalé con la mirada la cadena.

—Ni convierte en amor la decisión de mantenerme aquí.

—No hables de lo que siento por ella.

—No necesito hacerlo. Esta noche lo hiciste tú.

El silencio cayó entre nosotros.

Maxwell bajó la vista hacia el teléfono. Por un momento creí que iba a dejarlo en el suelo. En cambio, lo guardó en el bolsillo del abrigo.

—No volverás a acercarte a nada que pueda comunicarte con el exterior.

—No puedes borrar la llamada.

Se detuvo.

La rigidez de sus hombros me indicó que también lo sabía.

—Una mujer escuchó mi voz —continué—. Te escuchó a ti. Presionar un botón no cambia eso.

Maxwell se volvió. La sombra de la escalera dividía su rostro y, por primera vez desde que lo conocía, vi miedo sin ninguna máscara que lo ocultara.

No miedo a la policía.

Miedo a perder a Caroline.

—No importa lo que hayan oído —dijo—. No saben dónde estás.

—Todavía.

La palabra permaneció entre nosotros.

Maxwell subió el primer escalón.

—Van a buscarte —añadí.

No respondió.

—Y cuando lo hagan, ella sabrá que nunca dejé de intentar volver.

Su mano se cerró alrededor de la baranda.

—Cállate.

—Tú cortaste la llamada, Maxwell. No mi esperanza.