Capítulo 23 Después del beso. #2
Maxwell observó el suelo antes de responder.
—Andrew forma parte de tu vida.
—Siempre lo hará.
—Entonces también forma parte de las conversaciones que tengas conmigo.
Lo dijo con tanta naturalidad que sentí un nudo en la garganta.
No había celos ni competencia en su voz.
Nunca me pidió que dejara de recordar a Andrew ni actuó como si mi pasado fuera un obstáculo.
Lo aceptaba, y esa aceptación me permitía estar a su lado sin sentir que debía mutilar una parte de mí.
Comprendí algo que me obligó a detenerme: si alguna vez conseguía seguir adelante, no sería porque Maxwell me hiciera olvidar, sino porque, a su lado, podía recordar sin quedarme atrapada en el recuerdo.
Lo miré. Continuaba caminando despacio, con las manos dentro de los bolsillos y la vista perdida entre las luces de la calle, como si ignorara el terremoto que acababa de provocar dentro de mí.
Tal vez lo sabía. Tal vez comprendía que acercarse a mí no consistía en reemplazar a Andrew, sino en aceptar que una parte de mi vida siempre le pertenecería.
Una brisa fría me obligó a cerrar mejor el abrigo. Cuando reanudamos el paso, mi mano buscó la suya antes de que pudiera pensarlo. Las yemas de nuestros dedos se rozaron.
Ninguno hizo un movimiento brusco.
Maxwell solo giró la mano, muy despacio, y entrelazó sus dedos con los míos. No dijo nada. Yo tampoco.
Seguimos caminando así, como si el gesto hubiera encontrado su lugar mucho antes de que nosotros nos atreviéramos a reconocerlo. No pensé en otro beso ni intenté imaginar qué ocurriría después. Durante unos instantes me limité a sentir aquella paz silenciosa.
Y fue precisamente esa paz la que terminó de asustarme.
Andrew
Escuché la puerta principal y después el motor del automóvil.
No me moví.
Richard había salido horas antes, pero Maxwell podía haber olvidado algo.
Podía regresar, abrir la puerta y bajar las escaleras antes de que yo consiguiera esconderme de nuevo.
Esperé tanto que el rectángulo de luz de la ventana diminuta pasó del gris al azul oscuro.
Los músculos de mis piernas temblaban por la misma posición y la humedad parecía haberse instalado dentro de mis huesos.
Solo entonces me arrastré hacia la esquina más oscura del sótano.
La tabla seguía exactamente como la había dejado dos semanas atrás.
Desde que encontré el teléfono bajo la madera había pensado en él cada día, pero no me atreví a encenderlo.
No sabía cuánto tiempo llevaba allí ni cuánta batería conservaría.
Una sola prueba podía consumir la poca energía restante.
Necesitaba una oportunidad en la que ambos estuvieran lejos de la casa.
Esa noche podía ser la única.
Me arrodillé con cuidado. Las cadenas rozaron el cemento y el sonido me pareció demasiado fuerte. Introduje los dedos bajo la madera y la levanté apenas unos centímetros.
El teléfono seguía allí, cubierto de polvo y pequeñas astillas.
Lo sostuve con ambas manos. Durante un instante fui incapaz de hacer nada. No era solo un aparato. Era el único objeto en aquella habitación que todavía pertenecía al mundo exterior. Una puerta demasiado pequeña, quizá ya cerrada, pero una puerta al fin.
Pasé el pulgar sobre la pantalla negra y presioné el botón de encendido.
Nada.
Esperé cinco segundos. Después diez.
Volví a intentarlo.
Silencio.
Una punzada de desesperación me atravesó el estómago.
—Por favor.
La palabra apenas salió. Presioné otra vez y sentí una vibración tan leve que pensé haberla imaginado. Después apareció una luz pequeña y débil. El logotipo de inicio ocupó la pantalla.
Funcionaba.
Me llevé una mano a la boca para contener el llanto. No podía hacer ruido. No entonces.
Esperé mientras el sistema terminaba de cargar. Cada segundo parecía una pérdida irreparable. Cuando apareció la pantalla principal, la batería marcaba un dos por ciento.
Dos.
No tenía margen para equivocarme.
Las manos comenzaron a temblarme. Pensé en llamar a Caroline, a mi madre o a la policía.
El deseo de escuchar la voz de Caroline fue tan violento que tuve que cerrar los ojos.
Pero una llamada personal podía no ser respondida.
Podía caer en el buzón de voz o perderse mientras intentaba explicar algo que ni siquiera comprendía.
Emergencias era la única opción.
Deslicé el dedo por la pantalla. El teléfono respondió con lentitud, como si también estuviera agotado. Abrí el teclado y marqué el número.
Durante una fracción de segundo dudé. Si Maxwell regresaba, si la señal se interrumpía, si la batería moría antes de que alguien contestara...
No podía seguir entregándole mi vida al miedo.
Presioné el botón de llamada.
El tono comenzó a sonar.
Uno.
Dos.
Tres.
Me llevé el teléfono a la oreja con tanta fuerza que el borde se hundió en mi piel.
Vamos.
Por favor.
Escuché un clic.
—Servicio de emergencias. ¿Cuál es su emergencia?
Cerré los ojos.
Durante un instante desaparecieron la oscuridad, las cadenas y el olor a humedad. Había una persona al otro lado. Una persona real que podía escucharme.
Las lágrimas comenzaron a caer sin control.
No recordaba la última vez que había oído una voz ajena a aquella casa, una que no perteneciera a Maxwell ni a Richard.
Durante nueve meses había sido un cuerpo encerrado, un problema, un secreto.
Aquella mujer no sabía quién era, pero me hablaba como si todavía fuera una persona.
Abrí la boca e intenté responder. La voz no salió.
—A...
La garganta me ardió. Tragué saliva y volví a intentarlo.
—Ay...
La operadora no colgó ni se impacientó.
—Señor, respire despacio. ¿Puede escucharme?
Asentí por reflejo, aunque ella no pudiera verme. Todo mi cuerpo temblaba.
—Sí.
La palabra salió rota, casi irreconocible, pero salió.
—Muy bien —respondió con la misma serenidad—. Necesito que mantenga la calma. ¿Puede decirme dónde se encuentra?
Miré las paredes, la ventana diminuta y la cadena. Intenté recordar alguna señal que hubiera visto durante el secuestro, una dirección, una calle o cualquier cosa capaz de conducirlos hasta allí.
Entonces oí un automóvil en el exterior.
El motor se detuvo.
Mi sangre se heló.
—¿Señor? —insistió la operadora—. ¿Puede escucharme?
La puerta principal se abrió sobre mi cabeza. Unos pasos atravesaron el piso superior y se detuvieron junto a la entrada del sótano.
No.
No podía ser.
La puerta se abrió. La luz de la escalera cortó la oscuridad y los pasos comenzaron a descender, tranquilos, inconfundibles. El teléfono resbaló entre mis dedos.
—¿Señor? Necesito que me diga dónde está.
Cada escalón crujió bajo su peso. La sombra apareció antes que el rostro y oscureció la poca luz que entraba desde arriba.
Levanté la vista.
Maxwell estaba allí.