Capítulo 23 Después del beso.
Caroline
Dormí.
Y eso fue lo primero que me hizo sentir culpable.
Abrí los ojos lentamente, preparada para encontrar el mismo peso en el pecho que me había acompañado durante los últimos nueve meses.
Seguía allí, pero ya no era lo único. Algo distinto se había instalado junto al dolor, y permanecí inmóvil, observando el techo mientras intentaba descubrir qué había cambiado.
No tardé en recordarlo.
El parque. La caminata. La conversación. Los ojos de Maxwell bajo la luz de la entrada.
Y después, el beso.
Sentí un nudo inmediato en el estómago. Llevé una mano hasta mis labios, como si todavía pudiera encontrar allí el calor de los suyos, y cerré los ojos con fuerza.
—¿Qué hice...?
Mi voz sonó extraña dentro de la habitación. Más pequeña. Más frágil.
No había sido un accidente. Maxwell no me obligó, no ocurrió en medio de un ataque de ansiedad y tampoco lo confundí con Andrew. Yo había cruzado la distancia. Había apoyado la mano sobre su pecho y lo había besado porque, durante aquel instante, quise hacerlo.
Esa verdad dolía más que cualquier explicación que pudiera inventar.
Giré hacia el velador. La fotografía seguía allí y Andrew sonreía igual que siempre, con esa expresión tranquila que conseguía convencerme de que todo saldría bien. Tomé el marco entre las manos.
—Lo siento.
Las palabras apenas fueron un susurro. No sabía si le estaba pidiendo perdón o si simplemente necesitaba escucharlas salir de mi boca. Apoyé la fotografía contra el pecho y el borde del marco se hundió en mi piel.
Durante meses había imaginado aquel momento de formas completamente distintas.
Pensaba que, si algún día llegaba a sentir algo por otra persona, lo sabría enseguida porque mi cuerpo lo rechazaría.
Mi corazón sería incapaz de mirar a alguien más, como si amar a Andrew hubiera cerrado para siempre una puerta dentro de mí.
Ahora comprendía que me había equivocado.
Lo imposible no era volver a sentir. Lo imposible era hacerlo sin culpa.
Mis dedos buscaron por costumbre el anillo que llevaba colgado del cuello. Lo sostuve con fuerza. El metal estaba frío, ligero y tan cerca del corazón que a veces olvidaba su peso hasta que una respiración lo hacía moverse.
—No quiero olvidarte —dije, y las lágrimas llenaron mis ojos antes de que terminara la frase—. No quiero.
Jamás había sido esa mi intención. Andrew seguía siendo el amor de mi vida. Continuaba imaginando su voz, recordando la manera en que pronunciaba mi nombre y soñando con la boda que nunca ocurrió. Nada de eso había cambiado.
Entonces, ¿por qué había besado a otro hombre?
La pregunta permaneció suspendida dentro de mí. No encontraba una respuesta porque la verdad era demasiado sencilla: cuando estaba con Maxwell, respiraba.
Y admitir algo tan pequeño resultaba insoportablemente doloroso.
Me levanté despacio. En un rincón de la habitación todavía permanecían algunas cajas con recuerdos de la boda.
Nunca tuve fuerzas para abrirlas del todo ni para guardarlas en otro sitio.
Esperaban allí, cerradas, como si también creyeran que Andrew podía regresar en cualquier momento y todo continuaría exactamente donde lo habíamos dejado.
Abrí las cortinas. La luz gris de Salisbury inundó la habitación.
Había llovido durante la madrugada y las calles brillaban bajo el cielo cubierto.
En la acera de enfrente, una mujer sostenía un paraguas mientras el hombre que caminaba junto a ella llevaba un café en cada mano. Reían por algo que no pude escuchar.
Continuaban viviendo.
El mundo nunca se había detenido. La única que seguía atrapada era yo, o al menos eso había sido cierto hasta hacía poco. Ahora una parte de mí quería avanzar, aunque todavía no supiera hacia dónde, y precisamente por eso tenía tanto miedo.
El teléfono vibró sobre la cama. Di un pequeño sobresalto y lo miré sin acercarme. Sabía quién era antes de desbloquear la pantalla.
Maxwell.
¿Dormiste bien?
Una sonrisa apareció antes de que fuera consciente de ella. Pequeña, natural, instintiva. Me llevé una mano a la boca como si pudiera esconderla, aunque no hubiera nadie allí para verla.
Yo sí la había sentido. Y eso bastaba.
Volví a leer el mensaje. No tenía nada especial. No mencionaba el beso ni insinuaba que debiéramos hablar de la noche anterior. Solo preguntaba cómo estaba, como hacía siempre.
Las lágrimas regresaron, esta vez por miedo. Comprendí algo que llevaba demasiado tiempo intentando ignorar: ya esperaba sus mensajes. Esperaba verlo, contarle cosas y escuchar su voz. Había comenzado a reservar para él pequeños fragmentos de mis días.
Y la espera siempre era el principio de algo.
Escribí despacio.
Dormí mejor de lo que esperaba.
Borré la frase. Me pareció demasiado sincera.
Sí. Gracias.
La envié antes de arrepentirme. La respuesta llegó casi de inmediato.
Me alegra.
Solo eso. Ninguna presión, ninguna pregunta incómoda. Maxwell parecía decidido a regalarme la posibilidad de escoger cuándo hablar de lo ocurrido.
Apoyé el teléfono sobre las piernas y respiré profundamente.
Andrew también habría esperado. También me habría dado espacio.
La comparación surgió sola, pero, por primera vez, no sentí que estuviera enfrentando a dos hombres.
Comprendí algo distinto: ninguno me había obligado a elegir.
La lucha ocurría dentro de mí, en un corazón que ya no entendía dónde terminaba el pasado ni dónde podía comenzar el futuro.
Volví a mirar el mensaje y, sin pensarlo demasiado, escribí:
¿Quieres caminar esta tarde?
Tardé menos de un segundo en enviarlo. Cuando lo hice, me quedé inmóvil.
Había sido yo.
No él. Yo.
La respuesta llegó antes de que pudiera arrepentirme.
Claro. Paso por ti a las cinco.
Leí el mensaje varias veces y después dejé el teléfono sobre la cama. Sentía miedo, muchísimo. Sin embargo, debajo del miedo existía otra emoción que llevaba demasiado tiempo sin reconocer.
Ilusión.
La palabra terminó de romperme. Me senté en el borde de la cama, cubrí el rostro con ambas manos y lloré en silencio. El beso no había sido el momento en que todo cambió. El cambio había empezado mucho antes. La noche anterior solo me había obligado a dejar de fingir que no estaba ocurriendo.
Las cinco llegaron demasiado rápido.
Durante toda la tarde me convencí de que debía cancelar. Preparé el mensaje al menos cuatro veces: *Lo siento, no me siento bien. Creo que necesito estar sola. Podemos dejarlo para otro día.* Siempre terminaba borrándolo.
No porque no quisiera verlo.
Precisamente por eso.
A las cinco en punto sonó el timbre. Mi corazón latía con tanta fuerza que tuve que respirar varias veces antes de abrir la puerta.
Maxwell estaba exactamente igual que siempre: jeans oscuros, abrigo negro, las manos dentro de los bolsillos y una sonrisa pequeña. No parecía un hombre al que yo hubiera besado la noche anterior y, por alguna razón, aquello me tranquilizó.
—Hola.
—Hola.
Nos quedamos unos segundos mirándonos. Esperé una referencia al beso, una pregunta o incluso una broma que aliviara la tensión. No ocurrió.
—¿Lista para caminar?
Asentí.
—Sí.
Recorrimos las calles de Salisbury sin un destino concreto.
Había llovido otra vez durante la tarde y los charcos reflejaban las luces de las farolas.
Durante los primeros minutos hablamos de cualquier cosa: una librería que abriría una sección de novelas históricas, un café que había cambiado de dueño y una señora que paseaba siempre al mismo perro y discutía con él como si esperara una respuesta.
Reí más de una vez. La culpa seguía apareciendo, pero ya no era capaz de impedir la risa. Llegaba después, como una sombra y no como una muralla.
Doblamos por una calle estrecha en la que los árboles cubrían casi toda la acera. El viento sacudió las hojas húmedas y no recordé cuándo había sido la última vez que caminé tanto sin mirar el reloj.
—¿En qué piensas? —preguntó Maxwell.
Mantuve la mirada al frente.
—En una tontería.
—Las tonterías suelen ser las mejores conversaciones.
—Estaba recordando una cena.
—¿Otra obra maestra de Andrew?
Lo miré. Recordaba la historia de la pasta carbonizada y la alarma de incendios que le había contado durante nuestra cena.
—Años después de aquel desastre quiso demostrarme que había aprendido. Anunció que prepararía una lasaña increíble.
—Déjame adivinar: seguía sin saber cocinar.
—Ni un poco.
La risa escapó antes de que pudiera contenerla. Mientras hablaba, volvía a ver aquella cocina: el delantal demasiado grande, la harina sobre la encimera y Andrew cantando una canción cuya letra nunca lograba recordar completa.
—Llevaba semanas hablando de una receta secreta. Compró todos los ingredientes y hasta un delantal, porque decía que los grandes chefs siempre usaban uno.
Maxwell soltó una risa baja.
—Un argumento irrefutable.
—Yo también le creí. Todo iba bastante bien hasta que descubrió que había olvidado el queso y dejó la salsa al fuego mientras iba al supermercado.
Maxwell volvió la cabeza hacia mí.
—¿Dejó la cocina sola?
—Dijo que tardaría cinco minutos.
—No fueron cinco minutos.
—Volvió cuarenta minutos después.
Maxwell comenzó a reír con una sinceridad que me obligó a reír también.
—Toda la casa olía a quemado —dijo.
—Peor. La olla estaba completamente negra. Irrecuperable. Creo que jamás volvió a ser una olla.
—¿Y la lasaña?
—Terminamos comiendo pizza.
—Una excelente decisión.
—Andrew insistió en que siempre había sido parte del plan.
—El plan secreto.
—Exactamente.
Nuestra risa se perdió entre los árboles. Después llegó el silencio.
Y no dolió.
Durante meses, cada vez que hablaba de Andrew, las conversaciones terminaban igual. Las personas bajaban la mirada, intentaban cambiar de tema o me decían que debía ser fuerte. Maxwell no hacía ninguna de esas cosas. Solo escuchaba, como si Andrew siguiera teniendo derecho a existir entre nosotros.
—Gracias —dije.
Me miró.
—¿Por qué?
Pensé la respuesta durante unos segundos.
—Porque nunca intentas apartarlo. Todo el mundo se incomoda cuando hablo de él. Tú no.