La Tristeza en Mí Capítulo 22 ¿Se puede amar dos veces? #3
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Capítulo 22 ¿Se puede amar dos veces? #3

—Caroline me besó.

—Lo sé.

—Entonces deja de fingir que no significa nada.

Bajó la mirada hacia la cadena.

—Significa mucho. Eso es lo trágico.

—No convertirás esto en otra de tus lecciones.

—Solo quiero que entiendas lo que acaba de ocurrir.

Reí sin humor.

—Lo entiendo mejor que tú.

—Ella besó al hombre que cree que eres.

La frase golpeó exactamente donde Andrew pretendía.

—Ese hombre también soy yo.

—Es una parte —respondió—. La que escucha, la que la sostiene y sabe qué decir cuando llora. Quizá todo eso sea real. Pero también eres el hombre que me mantiene aquí.

—No hables de ella como si todavía la conocieras.

—La conozco lo suficiente.

—Nueve meses cambian a una persona.

—Sí. La cambiaste tú.

Sentí ascender la rabia.

—Ten cuidado.

Andrew no levantó la voz.

—¿Vas a golpearme porque ella me ama?

—Ella te amaba.

La corrección salió antes de que pudiera contenerla. Andrew quedó inmóvil y el dolor apareció en su rostro. Debería haber sentido triunfo.

No lo sentí.

—¿Eso te dijo? —preguntó.

No respondí.

—No. No te lo dijo.

—Me besó.

—Y después lloró.

Algo se endureció dentro de mi pecho. Lo había deducido, quizá porque conocía a Caroline o porque cualquiera habría comprendido que la culpa llegaría después.

—No importa.

—Claro que importa.

—La culpa desaparecerá.

—La culpa no es tu enemiga. La verdad sí.

Fruncí el ceño.

—No hay ninguna verdad entre tú y yo que pueda cambiar lo que ella siente.

Andrew me miró durante varios segundos.

—¿De verdad lo crees?

Mi silencio volvió a traicionarme.

—Caroline puede llegar a amarte —dijo.

La frase me desarmó más que cualquier insulto. Esperaba que lo negara, que asegurara que ella jamás sentiría algo real por mí.

—Puede mirarte como a alguien en quien confía —continuó—. Puede querer cuidarte e incluso imaginar una vida contigo. Pero no puede amar esto.

Señaló con la mirada las paredes húmedas, la cadena y la oscuridad.

—No puede amar al hombre que hizo esto.

—No tiene que saberlo.

Andrew cerró los ojos. Cuando habló de nuevo, su voz estaba cansada.

—Ese es tu problema. Sigues creyendo que puedes separar las cosas. El hombre que ella besó no existe sin este lugar. No habrías podido acercarte si yo no hubiera desaparecido. Ella no habría llorado sobre tu hombro si tú no hubieras creado primero ese dolor.

—Yo no la rompí.

—Entonces abre la puerta.

Volví la mirada hacia él.

—Déjame salir. Si lo que sienten es real, cuéntale lo que hiciste. Dile por qué estabas allí cuando necesitó ayuda y cómo conocías cada detalle de su sufrimiento.

—Cállate.

—Después pregúntale si todavía quiere besarte.

Lo golpeé.

Mi puño impactó contra su rostro y Andrew cayó hacia un lado. La cadena se arrastró sobre el suelo. Permaneció inclinado unos segundos antes de apoyarse otra vez contra la pared. La sangre apareció en su labio.

No sonrió ni intentó provocarme. Solo me observó con aquella compasión insoportable.

—No me golpeaste porque mentí —dijo—. Lo hiciste porque sabes que tengo razón.

Mantuve el puño cerrado.

—No sabes nada.

—Sé que Caroline vio algo humano en ti. Tal vez fue la primera persona que lo hizo.

Dejé de respirar.

—Cuando descubra la verdad, no solo vas a perderla. También perderás la única oportunidad que tuviste de convertirte en el hombre que ella creyó ver.

Las palabras entraron con más profundidad que el golpe que acababa de darle. La ausencia de rabia en su rostro las volvía peores.

—Todavía puedes detenerlo —dijo.

—No sabes lo que dices.

—Abre la puerta.

—No.

—Entonces ya elegiste.

Retrocedí. No quería seguir escuchando y subí las escaleras.

—Maxwell.

Me detuve sin mirar atrás.

—Cuando Caroline descubra la verdad, no recordará el beso como el momento en que volvió a amar. Lo recordará como el momento en que la hiciste traicionar a un hombre que seguía vivo.

Cerré la puerta y giré la llave.

La euforia había desaparecido.

Toqué mis labios. El beso continuaba allí, pero ahora también escuchaba la voz de Andrew.

Ella besó al hombre que cree que eres.

Me senté en la cocina sin encender la luz. Las fotografías de Whitmore permanecían dentro del sobre, pero ni siquiera necesité mirarlas para sentir su amenaza.

Intenté recordar únicamente a Caroline: su mano sobre mi abrigo, sus labios y el instante en que se acercó por voluntad propia. Cada vez que reconstruía la escena aparecían también las lágrimas, la culpa y el nombre de Andrew.

Caroline podía llegar a amarme.

Andrew lo había dicho.

La posibilidad debería haberme hecho feliz. En cambio, por primera vez sentí miedo de que llegara a amarme. No era el miedo habitual a perderla, sino algo peor: cuanto más sincero fuera lo que Caroline sintiera, más monstruosa se volvería la mentira sobre la que ese amor habría nacido.

Apoyé los codos sobre la mesa y hundí el rostro entre las manos.

Durante meses había dudado de todo excepto de una cosa: amaba a Caroline. Aquella noche continuaba seguro, pero por primera vez surgió una pregunta que ninguna mentira conseguía silenciar.

No si Caroline podía amarme.

Sino si yo merecía ser amado por ella.